El arte de la memoria

Jorge Julio López, 76 años, ex albañil, testigo y querellante en el primer juicio oral y público por genocidio tras la anulación de las leyes de impunidad. Fue un desaparecido durante la dictadura. Es un desaparecido en democracia: nadie sabe nada de él desde el 17 de setiembre de 2006.

Al día siguiente, López iba a terminar un capítulo de esa historia que comenzó cuando lo secuestraron, el 27 de octubre de 1976 y que a lo largo de 30 años tropezó con las más increíbles formas de impunidad.

«Callate la boca y no digas nada», le dijeron cuando lo soltaron, luego de haber soportado cuatro centros clandestinos de detención -el Pozo de Arana, la Unidad de Cuatrerismo, la Comisaría 5 de La Plata y la Comisaría 8, también de esa ciudad- hasta que lo «legalizaron» poniéndolo a disposición del Poder Ejecutivo Nacional en una cárcel, de donde salió finalmente el 25 de junio de 1979.

Pero López habló -como tantos otros- y el represor Miguel Etchecolatz fue condenado. Sin embargo, la historia no terminaba allí: el nido de impunidad que denunció López involucraba a -por lo menos- 62 militares y policías. Sólo 7 estaban detenidos al momento del juicio en el que López declaró como testigo, sin cuidado ni protección alguna.

En las vísperas del fallo, volvió a ser un desaparecido. Y una vez más, nadie vio qué pasó.

Un país en el que la impunidad no es una pieza de museo nos obliga a repetir una vez más la consigna «aparición con vida». Y a gritar, dos veces más fuerte, su necesario colorario: «castigo a los culpables». Sólo así recuperaremos el sentido de esas dos palabras con las que López hoy nos interroga: nunca más.



Aportado por Maite

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS