El Antiguo Egipto: una óptica deformada

Hasta fechas recientes, el Antiguo Egipto apenas si resultaba una curiosidad en la enseñanza de la historia, y generalmente se la enfocaba desde la “superioridad” de nuestros Dioses, y algunos de los mejores ejemplos lo tuvimos en el cine, por ejemplo en Sinuhué el egipcio,&nbsp cuando el trasunto Akhenatón (el imposible Michael Wilding), clama al cielo evocando a un Dios que no podría ser otro que el Yhavé bíblico, esto por no hablar del cayado de Moisés&nbsp (Charlton Heston), dejando boquiabierto a toda la Corte de Ramsés II, unos aficionados al lado del Dios que hacia arder la zarza sin que consumiera…

En respuesta a esta presunción que solamente se justifica desde la ignorancia y la prepotencia, se ha desarrollado lo que se ha venido a llamar la egiptomanía, ciencia que unos especialistas definen como el conocimiento y la fascinación por el Antiguo Egipto, por su “paisaje singular, su flora y fauna sorprendentes, sus impresionantes monumentos, su cultura milenaria apoyada en la práctica inmemorial de un sistema de escritura de apariencia misteriosa que parecía ocultar verdades sagradas, sus inquietantes ritos funerarios”,&nbsp fue hasta una época muy reciente,&nbsp el reducto de una elite muy reducida. De ello testimonian detalles como los antiguos textos escolares,&nbsp con cuatro generalidades sobre las pirámides, sobre un tiempo ignoto en el que emergían extraños y despóticos faraones que sometían al pueblo a la mayor esclavitud, obras descomunales, misteriosas momias, curiosidades exóticas que poco o nada tenían que ver con nosotros. Era una civilización reconocida por abstracciones, pero nada que nos apartara de las cuatro referencias bíblicas, y a lo más, de la famosa y bastante acertada frase de Napoleón sobre los cuarenta siglos que nos contemplaban.&nbsp

Con el tiempo, tanta ignorancia se fue haciendo insostenible, y se empezó a hablar de “misterios” que apuntaban a un “más allá” poblado de visitantes de otros mundos donde, según toda verosimilitud, existían seres capaces de algo que nos estaba al alcance humano como levantar las pirámides. También esta moda tan superficial perdió fuelle, y en los años setenta la egiptomanía más seria alcanzado una influencia cada vez mayor. Luego se puede hablar de una auténtica pasión popular que se trasluce en el ámbito editorial, y también en una producción documental valiosísima sobre los más variados aspectos y detalles, aunque no siempre evade los riesgos del sensacionalismo. Actualmente, cualquier biblioteca pública contiene mayor bibliografía sobre Egipto que sobre cualquier otra civilización pasada o presente. Esto no por no hablar de la masificación de un turismo “cultural” que se ha convertido en un pilar de la economía del actual Egipto. No obstante, esto no significa que no sigan actuando los viejos prejuicios culturales y religiosos, a pesar de que la reconsideración científica del Antiguo Egipto debería comporta no pocas revisiones en diversos puntos de la perspectiva histórica.

De entrada tendría que operar un cambio profundo significa una subversión de las teorías eurocentristas, de los esquemas tradicionales sobre el desarrollo de las civilizaciones, y comenzar a reconocer con todas las consecuencias al subvalorado continente africano como la primera cuna del ser humano así como de esta&nbsp civilización –la más duradera e importante de todas las conocidas- que, por lo tanto, precede y explica las siguientes. Hoy esta demostrado que el Antiguo Egipto antecede y determina los pilares de la cultura occidental fijados en la combinación hebrea, griega y romana. Ahora sabemos que nuestras tres ciudades “madres” (Atenas, Roma y Jerusalén) “son descendientes, en distinto grado, de la Menfis del Bajo Egipto y de la Tebas del Alto Egipto, donde las ciudades fueron construidas por los propios dioses” (Jacq), o sea justamente como las otras. Dioses que están en el origen de los nuestros. Estamos hablando pues de una historia que tiene un carácter auroral, de algo que comienza, y presumiblemente, también de algo que acaba. Su tiempo sobrepasa nuestras estrechas medidas: transcurre sin una interrupción significativa al menos durante tres milenios. Un tiempo&nbsp que se vive con un extraordinario esplendor cultural mientras que Europa permanecía todavía en la más oscura prehistoria.

Su ocaso –fruto dilatado de la combinación entre sus contradicciones internas y de las invasiones externas-&nbsp no llegó definitivamente hasta después del año 1.000 a.C, y todavía se encuentran importantes ecos de su esplendor en Alejandría en el espacio de tiempo que va desde Alejandro el Magno, hasta el fin de su reina más insigne, Cleopatra. En el este tiempo primigenio, Egipto fue uno de los primeros lugares, en los que se desarrolló, en una escala coherente y reflexionada, un aparato de explotación social y un gobierno religioso burocrático sobre el que ha planeado hasta ahora un esquema de análisis histórico enfocado desde el ángulo del poder ilimitado de las dinastías. Pero su conocimiento todavía apenas si se alcanza un 25% del&nbsp posible, aunque lo que ya se sabe es más que suficiente para desarrollar un análisis histórico más llano, más cotidiano, con una&nbsp mayor exactitud una realidad que –conviene insistir- nos obliga a cuestionar la persistencia de errores y/o ignorancias (interesadas).

Un buen ejemplo es la prueba que no se trataba de gente como nosotros sino de negroides, de una escala humana a la que el Occidente colonialista se había habituado a menospreciar. El desarrollo de la egiptomanía conlleva de hecho el cuestionamiento de una tradición historiografía predeterminada por la cronología de los reyes de las 31 dinastías, un poco a la manera como&nbsp se explicaba la historia de España, con listas como la de los reyes godos. El avance en los conocimientos nos está permitiendo pues, llegar a una historia más humana, más asequible, diferentes a la que sitúa en primer plano el poder extraordinario de un Estado basado en la monarquía divina, del faraón (=casa grande) que desde el vértice del poder, nombraba a los funcionarios o escribas (dependientes del primer ministro). El faraón&nbsp es el supremo sacerdote, y por lo tanto el Papa de una casta sacerdotal, con la que no dejará de tener contradicciones, un factor que finalmente sería fatal para su decadencia. Pero los ”nombres y los rostros de los faraones no son más que máscaras que ocultan” la&nbsp historia de la gente. Y la verdad de los hechos requiere establecer más claramente como vivía y trabajaba el pueblo llano, así como entender los mecanismos que permitían su sometimiento.

Y,¿qué pinta el cine en todo esto?. La egiptomanía cinematográfica tiende a provocar sentimientos ambivalentes entre el personal más especializado, pero esto no impide que en sus actividades se imponga muchas veces el pase de tal o cual película, aunque sea para advertir de errores y anacronismos. El cine, de un lado no deja de representar y exaltar todos los grandes prejuicios (el Moisés de DeMille es casi un compendio), pero, por otro, algunas de sus aportaciones tenían la virtud incuestionable de ofrecer unos grados de información que se situaba a años luz de la que poseía el pueblo llano, esto sin olvidar el impacto original causado entre numerosas personas, algunas de las cuales han acabado como especialistas o al menos como adictos bien informados.

Ha reflejado prejuicios, y también desconocimiento, de ahí que los títulos importantes sean muy pocos. De hecho, la mayoría abordan más diversos aspectos de la egiptomanía como las aventuras arqueológicas que las historias propias, y entre estas, buena parte están más relacionadas con el Antiguo Testamento o con el Imperio Romano (sobre todo a través de Cleopatra) que con todo su universo. Finalmente, cabe añadir que cuando la literatura y la historia comenzó a tener mayor eco popular, la hora del peplum ya había pasado, y de ahí que desde la Cleopatra de Mankiewicz, el cine no ha producido nada parecido, ni de lejos, a lo máximo a través de los dibujos animados, y en este caso con las vidas jóvenes y sabias de Moisés y de José, contempladas además canónicamente, como manda el potente fundamentalismo norteamericano. El mismo que quiere corregir a Darwin con el Génesis, y que mantiene sobre la cuestión la mentalidad propia de un DeMille.

Comprender lo que significó el Antiguo Egipto resulta clave para comprender la evolución histórica de la humanidad, y a situar esta civilización como una experiencia única, sin parangón, una experiencia africana y negroíde, y cuyas verdades se empezaron a conocer seriamente desde la Ilustración.

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