Egipto: el movimiento huelguístico y la crisis del estado

… especialmente las emergentes alrededor de Hamdeen Sabahi.

El calor sofocante del verano hace de El Cairo un infierno para sus habitantes más pobres. Los ricos bajan la temperatura con sus acondicionadores de aire, mientras que cientos de miles de personas en los  barrios «informales» sufren escasez de agua y cortes de energía. Este año la gente del área de Saft al-Labán tomó el asunto en sus propias manos. El 22 de julio, después de semanas sin agua, asaltaron los edificios de gobernación de Giza. El 11 de agosto llevaron sus protestas al Ministerio del Agua y Saneamiento. En cierto momento, los manifestantes acorralaron al ministro y le pusieron delante un vaso de agua sucia. «Esto es lo que Ud. espera que les demos a nuestros hijos – ahora es su turno de beber». En cuestión de horas tras su elección, el presidente de Egipto, Mohamed Morsi, se encontró en una reunión de emergencia sobre la cuestión. A la mañana siguiente, los portavoces del Ministerio del Agua informaban a la prensa que el agua corría nuevamente en Saft al-Laban.

La entrada por la fuerza de los residentes de al-Saft Labán en los pasillos del poder llegó en el momento preciso en que se desarrollaba otro drama. Mientras oía las excusas del Ministerio del Agua por el corte del agua en Saft al-Laban, la mente de Morsi estaba probablemente centrada en otros asuntos: particularmente, en la declaración que anunciaba la jubilación del mariscal de campo Tantawi, que su portavoz leería ante una sorprendida audiencia al día siguiente.

El ataque de Morsi contra Tantawi y otras figuras destacadas del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF), que había gobernado Egipto desde la caída de Mubarak, se produjo tras la muerte de 16 soldados en un ataque, al parecer por islamistas armados, contra una base egipcia en el Sinaí. El cambio de guardia en la superioridad ocurría sin duda con el apoyo interno de la propia institución militar. El sucesor de Tantawi es el general Abdel Fattah el-Sisi, jefe de la Inteligencia Militar, cuyos primeros actos incluyeron el ascenso de los generales inmediatamente por debajo de los comandantes de la generación de Tantawi.

Las luchas cotidianas de los residentes de Saft al Labán por el acceso al agua potable y el drama político del retiro de Tantawi están estrechamente entrelazadas por la forma en que se está desarrollando el proceso revolucionario en el seno del estado. Para captar esto tenemos que entender las múltiples dimensiones del estado. La primera de estas dimensiones es el Estado como un conjunto de instituciones específicas, cuyo objetivo es perpetuar la dominación de una clase por otra.

Una maquinaria burocrático-militar

En 1871, Marx describía el Estado como una «maquinaria burocrático-militar». Este concepto es particularmente oportuno para el estado egipcio moderno. Durante los 18 meses que estuvo en el poder, Tantawi nombró gabinetes llenos de ministros de los gobiernos anteriores a la revolución. Como era de esperar, no hizo ningún esfuerzo por inducir a sus propios colegas del SCAF al retiro. La única área del estado donde los generales permitieron un cambio significativo fue en el parlamento. La hasta entonces prohibida Hermandad Musulmana arrasó en las elecciones parlamentarias, seguida por los partidos islamistas rivales del movimiento salafista. Sin embargo, la magnitud de la movilización continua desde abajo, en forma de ondas sucesivas de manifestaciones callejeras y huelgas, minó la estrategia de Tantawi.

Esto tiene que ver con la segunda dimensión del estado: «que es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase», como lo definia Lenin. Por un lado, esta frase se refiere a los orígenes del Estado, que aparece como un poder permanente sobre la sociedad con el fin de regular los conflictos de clase y asegurar que se resuelvan a favor de los intereses de la clase dominante. En otro nivel, indica que los conflictos de clase también se manifiestan dentro del estado.

Las revoluciones en el mundo moderno siempre implican una guerra del Estado contra sí mismo. Las grandes revoluciones fuerzan la descomposición del Estado en clases hostiles, y requieren su reconstrucción. La Revolución Rusa de 1917 fue la primera en la que el proletariado estatal (soldados rasos, trabajadores de las empresas estatales y los rangos inferiores de la burocracia del gobierno) fueron capaces no sólo de quebrar al estado existente, sino de construir instituciones alternativas, como los soviets, junto con los trabajadores de la industria privada y los campesinos. Por supuesto que normalmente el estado solo se descompone en parte. Algunas de sus capas inferiores ascienden a la parte superior, y sus instituciones se expanden hacia el exterior para absorber «sangre nueva», pero gran parte de las viejas estructuras se mantienen intactas.

Las oleadas de huelgas que han sacudido Egipto han sido impulsadas por la rebelión en los niveles más bajos del estado. En septiembre de 2012 estas incluían huelgas y protestas de maestros, funcionarios públicos, policías, transportistas y trabajadores manuales en por lo menos 20 universidades públicas. Sus reivindicaciones incluían el despido de todos los rectores y responsables de las universidades y su reemplazo a través del voto de todo el personal de la universidad.

La flexibilidad del Estado durante una revolución, a medida que se expande hacia el exterior en un esfuerzo por contener las energías en ebullición, aumenta el atractivo del reformismo como estrategia. Para los reformistas, la lucha de las masas desde abajo proporciona simplemente un medio para abrir los salones cerrados del estado e insertarse en las oficinas. En 1917, Lenin argumentaba que los trabajadores no pueden cambiar el estado de esta manera, ya que incluso una república democrática seguiría siendo un estado capitalista, cuya finalidad es y será siempre garantizar las mejores condiciones para su explotación.

Pero ¿qué estrategia deben seguir los trabajadores, si es que aún no son lo suficientemente fuertes como para superar por sí mismos la situación actual? Dos años después de las revoluciones de 1848, Marx argumentaba que los trabajadores revolucionarios enfrentaban precisamente ese dilema. Sus antiguos aliados de la burguesía liberal habían pactado con la vieja clase dominante. Como resultado, surgieron capas más radicales de la pequeña burguesía a la vanguardia de la lucha por la democracia, pero Marx advirtió que tampoco se podía confiar en que defenderían los intereses de los trabajadores.

Para Marx, hasta que los trabajadores hayan desarrollado su propia organización y conciencia, es fundamental, trabajar tanto a favor como en contra de estos reformistas democráticos: «La relación del partido revolucionario de los trabajadores con los demócratas pequeñoburgueses debe ser esta: cooperación con ellos en contra del partido que se busca derrocar; oposición a ellos donde quieran asegurar su propia posición».

Las fuerzas reformistas

Hoy en Egipto, los activistas revolucionarios carecen de una fuerte capacidad de organización de masas y todavía tienen que convencer a la mayoría de la clase obrera y al resto de la población pobre de la necesidad de una nueva revolución. No es posible ganar este debate manteniéndose al margen de las batallas entre los reformistas y el antiguo régimen. Tampoco se gana este tipo de debates si los revolucionarios no distinguen entre las diferentes fuerzas reformistas y no toman partido en las luchas entre ellos. El perfil ascendente de Hamdeen Sabahi, que obtuvo cinco millones de votos en las elecciones presidenciales, subraya este punto. Sabahi es un nasserista, que se mantiene firme el legado de la revolución de julio de 1952 que creó las estructuras estatales que sustentaban al régimen de Mubarak.

Sin embargo, como señaló Sameh Naguib, un socialista revolucionario egipcio en una reunión reciente, centrarse en este aspecto de la política Sabahi aisladamente puede llevar a conclusiones erróneas. «Por lo que se refiere a las personas que votaron por Hamdeen Sabahi, lo más importante no es que se trate de personas que van a ser revolucionarios mañana. Lo importante es que representan a un importante sector de la clase obrera que está a favor de la revolución, que no confía en la Hermandad y que está buscando una alternativa. En respuesta a los que dicen que estas personas solo tienen a Nasser en la cabeza, eso es algo bueno, no es algo malo. ¿Por qué? Porque Nasser, en la mente de la clase obrera, significa derechos de los trabajadores, significa la nacionalización, significa vivienda social, educación, muchas cosas fundamentales. Esas son cosas positivas y esto significa que las personas están girando hacia la izquierda».

La distribución de votos de Sabahi en las elecciones sugiere que un gran número de trabajadores lo respaldan porque parece representar muchas de las reivindicaciones planteadas por las huelgas de los últimos seis años. Durante estas huelgas, los trabajadores han tratado de hacer retroceder el asalto neoliberal contra los beneficios sociales que creó el nasserismo para la clase obrera, especialmente en relación con la seguridad laboral y la asistencia social, la educación y la salud a través del estado. El voto por Sabahi proporciona la primera evidencia de que la izquierda (en sentido amplio) se puede constituir en una alternativa a las políticas neoliberales de los Hermandad Musulmana en el terreno de la política nacional. Hasta la primera ronda de las elecciones presidenciales, este espacio estaba abierto a los salafistas, algunos de los cuales han propuesto que la redistribución de los recursos del Estado podría representar una alternativa a la solicitud por parte de Egipto de un préstamo del FMI.

Pero trabajar con los reformistas no significa adoptar su actitud hacia el Estado. Los revolucionarios pueden hacer campaña por los candidatos reformistas, formar alianzas electorales con ellos o unirse a los grandes partidos de izquierda, sin comprometer su rechazo al reformismo.

Tampoco es que la cuestión del reformismo se plantee solo con relación a las elecciones. Volviendo a los acontecimientos del 11 y 12 de agosto, podemos extraer conclusiones tanto a favor de los reformistas como  de los revolucionarios. Si el agua vuelve a fluir en Saft al Laban, ¿se debe a que las reivindicaciones de sus residentes finalmente llegaron a alguien en el estado que estaba preparado para actuar en su nombre? ¿O es que su capacidad colectiva de auto-organización y la militancia de sus protestas forzaron tanto a los sectores antiguos como a los nuevos del estado a resolver el problema?

Conclusiones divergentes

Los activistas de Saft al-Labán estaban discutiendo cuestiones muy similares en relación con los sucesos del 12 de agosto. A medida que se confirmaba la noticia de la partida de Tantawi, el administrador de la página de Facebook «Youth of Saft al-Laban are One Hand», que hasta el día anterior se había centrado en la movilización de las protestas por el agua, publicaba este comentario: «Las decisiones tomadas por el presidente Morsi son una noche de cuchillos largos y el fin del estado del ejército». Otro comentarista fue más cauto: «Estas son decisiones que todos los revolucionarios han estado exigiendo. Son el primer paso hacia la independencia de Egipto de un gobierno militar y el inicio de la construcción de un auténtico Estado civil democrático».

Mantener y desarrollar la confianza de la gente común en su propio poder colectivo sigue siendo una tarea crucial, incluso después de más de 18 meses de revolución. Sin embargo, es la clase obrera organizada la que representa la fuerza más capaz de llevar adelante la revolución egipcia. La capacidad de los trabajadores para paralizar los mecanismos de gobierno, como demuestran las recientes huelgas, significa que son el único grupo de la población pobre con la coherencia social necesaria para enfrentarse al Estado. Pero, como dijo Marx en 1850, son los propios trabajadores los que «más deben contribuir a la victoria final, comprendiendo cuales son sus propios intereses de clase, mediante la adopción de una posición política independiente tan pronto como sea posible, y no dejándose engañar por las frases hipócritas de la burguesía democrática pequeñoburguesa ni dudar por un minuto de la necesidad de un partido independiente del proletariado organizado Su grito de guerra debe ser: la revolución permanente «.

Anne Alexander es investigadora en el Centre for Research in the Arts, Social Sciences and Humanities de la Universidad de Cambridge. Es colaboradora habitual de la revista International Socialism Journal on the Middle East y trabaja actualmente con Mostafa Bassiouny en un libro sobre el movimiento obrero en Egipto.

Traducción para www.sinpermiso.info: Antonio Zighelboim

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