EEUU – Israel: El peso de la comunidad judía en Washington (sólo un ejemplo reciente)

WASHINGTON (IPS). El Departamento de Estado (cancillería) de Estados Unidos negó de forma rotunda los dichos del primer ministro de Israel, Ehud Olmert, acerca de su influencia sobre el presidente George W. Bush. El incidente revivió un viejo debate sobre los hilos que manejan la política exterior de Washington.

Las declaraciones de Olmert volvieron a poner sobre el tapete la cuestión del poder que el gobierno de Israel y el lobby de la comunidad judía en Estados Unidos tienen en la política de Washington en Medio Oriente.

Olmert se jactó el 12 de enero de solicitar y obtener de inmediato una conversación con Bush en la que, según él, lo habría convencido de frustrar las intenciones de la secretaria de Estado (canciller), Condoleezza Rice, de votar la resolución del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que llamó el 9 de enero a un inmediato cese del fuego en el territorio palestino de Gaza.

El portavoz de la cancillería, Sean McCormack, respondió el 13 de enero que la afirmación de Olmert había sido «totalmente errónea». Esa oficina no quiso responder a las preguntas de IPS al respecto.

Olmert realizó las declaraciones en la meridional ciudad israelí de Ashkelon, donde cayeron varios cohetes lanzados desde la franja de Gaza.

El primer ministro aseguró que llamó a la Casa Blanca en cuanto se enteró del contenido de la resolución del Consejo de Seguridad.

«Comuníqueme con el presidente Bush, pedí», relató Omert. «Me dijeron que estaba dando un discurso en Filadelfia y yo respondí: no me importa. Necesito hablar con él. Dejó el estrado y habló conmigo».

Después de esa conversación, el presidente Bush, siempre según Olmert, llamó a Rice y la obligó a no votar la resolución, que ella misma había contribuido a redactar.

«Le dio una orden a la secretaria de Estado, quien no votó el texto que ella misma había cocinado, redactado, organizado y promovido. Quedó bastante avergonzada y se abstuvo de aprobar una resolución que ella había arreglado», aseguró el primer ministro israelí.

La resolución del Consejo de Seguridad fue aprobada por 14 votos a favor, ninguno en contra y sólo Estados Unidos se abstuvo.

El gobierno estadounidense se apuró a rebatir los comentarios de Olmert. Además del descargo del Departamento de Estado, el portavoz McCormack también denunció «inexactitudes» en el relato.

Independientemente de la veracidad de las afirmaciones de Olmert, el hecho es una vergüenza para el gobierno de Bush, criticado por su respaldo incondicional a las posiciones de Israel.

La mayoría de los aliados de Estados Unidos en Europa y otras regiones reclaman un inmediato cese del fuego desde que comenzó el bombardeo israelí contra Gaza, el 27 de diciembre, pero el gobierno de Bush fue categórico en condenar la operación o, incluso, sugerir un plazo.

El Congreso legislativo de este país también expresó su fuerte apoyo a las acciones de Israel en Gaza. La semana pasada, la Casa Blanca y el Senado aprobaron por una mayoría abrumadora unas resoluciones no vinculantes de respaldo a la ofensiva militar israelí.

Pero hay estudios que sugieren que, en general, los integrantes de las dos cámaras del Congreso y la población son escépticos respecto del ataque israelí, lo que indica la posición oficial del gobierno.

Una encuesta anónima realizada por el National Journal a 60 congresistas concluyó que 30 por ciento de los miembros del Partido Demócrata y 12 por ciento del Partido Republicano piensan que Israel se excedió «demasiado» en el uso de la fuerza en Gaza.

Pero eso no impidió que más de 90 por ciento de los representantes votaran a favor de la resolución de la Cámara de Representantes, que responsabiliza a Hamás (acrónimo árabe de Movimiento de Resistencia Islámica) de las víctimas civiles.

Otro estudio realizado a fines de diciembre por Rasmussen concluyó que la población estadounidense apoyaba la ofensiva israelí, pero por un margen estrecho: 44 por ciento de los consultados dijeron respaldarla, frente al 41 por ciento que no.

Entre los demócratas, 55 por ciento consideró que Israel, primero debió tratar de encontrar una salida diplomática.

El diferendo diplomático suscitado por los comentarios de Olmert y la supuesta discrepancia entre la opinión pública estadounidense y las políticas del gobierno respecto del conflicto palestino-israelí dieron nuevos bríos a viejos debates.

No sólo el gobierno de Bush fue criticado por sus posiciones favorables a Israel, también el del Bill Clinton (1993-2001), y en especial su más alto negociador Dennis Ross, por priorizar los reclamos israelíes en las negociaciones de paz de fines de los años 90.

Ross, de quien se dice que podría convertirse en el próximo enviado para Medio Oriente del presidente electo Barack Obama, fue acusado por negociadores árabes y estadounidenses de no haber sido un «mediador honesto» en el proceso de paz, según un libro publicado por Dan Kurtzer, ex colega suyo.

En 2005, el ex negociador Aaron David Miller se quejó de que «muchos funcionarios estadounidenses que participaron en el proceso de paz árabe-israelí, incluido yo mismo, actuamos como abogados de Israel, encargándonos y coordinando con los israelíes, en perjuicio del éxito de las negociaciones».

En el ámbito local, el abrumador respaldo dado por el Congreso a la ofensiva militar contra Gaza, pese al poco entusiasmo de la población, es considerado como una prueba más de la existencia de una política promovida por el «lobby de Israel» hacia posiciones de línea dura.

El hecho fue planteado por los politólogos John Mearsheimer y Stephen Walt en un artículo publicado en 2006 en la London Review of Books, titulado: «El lobby de Israel», que luego dio pie a un libro.

Las organizaciones que integran el lobby israelí, en especial el influyente Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí (Aipac), influye desde hace décadas en la política extranjera de este país que perjudica los intereses estadounidenses.

La tesis de Measrcheimer y Walt suscitó mucha polémica desde su publicación. Para los detractores fue simplemente la última manifestación de las teorías conspirativas de larga data acerca de una dominación encubierta de los judíos en la política nacional.

En cambio, los defensores sostienen que el concepto de «lobby israelí» no abarca a toda la comunidad judía, porque las políticas de organizaciones como Aipac no representan a la mayoría, más moderada, y porque, además, está integrado por muchos evangélicos cristianos.

Desde la publicación del artículo de Mearsheimer y Walt hubo un debate más abierto respecto de la forma en que Washington lleva adelante la política hacia Israel.

Los analistas Jeffrey Golberg, de Atlantic, y Joe Klein, de Time, quienes trataron de distinguir, no sin cierta dificultad, sus posiciones de la de Mearsheimer y Walt, señalaron que las organizaciones judías de línea dura que integran los círculos políticos nacionales ejercen su influencia en la política hacia Israel en una dirección que no es saludable.

La polémica mundial por el ataque israelí contra Gaza sigue siendo dura y es poco probable que esas diferencias se acallen en un futuro cercano.

Walt, por su parte, interpretó los últimos acontecimientos como una prueba más para su tesis.

«La mayoría de los estadounidenses respaldan la existencia de Israel y tienen más simpatía por ellos que por los palestinos», escribió el 5 de este mes en respuesta al estudio de Rasmussen.

«Pero no piden que los políticos estadounidenses respalden siempre a Israel, independientemente de lo que haga. Aunque eso es lo que la mayoría de los políticos de este país hacen».

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