EEUU. Bella lucha, amenaza fascista

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Los agentes de policía racistas en Estados Unidos, por muy bárbaros y criminales que sean, no son más que una extensión del Estado capitalista.  Existen para defender la propiedad, para hacer cumplir el poder del capital y de los ricos sobre la mayoría pobre y despojada, quienes en Estados Unidos vienen de manera desproporcional de las comunidades racialmente oprimidas.  Detrás de la erupción de rabia justa provocada por el asesinato de George Floyd está el desempleo masivo, la creciente desigualdad, la marginalización de decenas de millones de personas arrojadas a las filas de la humanidad superflua, la intensificación de los niveles de explotación, la extensión del hambre, la miseración, la inseguridad y la muerte – todo esto en medio de una pandemia mortal, y todo producido por un capitalismo global que no acepta ninguna restricción a su depredación.

He estado advirtiendo desde mediados de los 2000 sobre el peligro del fascismo del siglo XXI y Estado policiaco global como respuesta a la crisis del capitalismo y la rebelión desde abajo.  El capitalismo global enfrenta en estos momentos lo que probablemente es la peor crisis en su historia.  Van en auge alrededor del mundo las fuerzas fascistas que reúnen al capital transnacional depredador con el poder represivo y reaccionario en el Estado (incluyendo los cuerpos armados del Estado) y con una movilización fascista en la sociedad civil.  Trump – él mismo un capitalista transnacional, un racista, y un fascista – aprovecha de las protestas en Estados Unidos por el asesinato de George Floyd para profundizar dicho proyecto fascista, incitando desde la Casa Blanca una movilización fascista en la sociedad civil y amenazando con llevar a cabo un salto cualitativo en la imposición de un Estado policiaco.  Hay agentes provocadores.  El Estado los podría utilizar, desde ahora o en algún momento en el futuro, para declarar la ley marcial e intensificar la represión, tanto legal como marcial.

En las calles de las principales ciudades norteamericanas patrullan los cuerpos policiacos, la guardia nacional, y unidades del ejército.  Yo mismo he sido testigo en mi ciudad de residencia, Los Ángeles, del uso de las granadas de aturdimiento, pistolas eléctricas, gases lacrimógenos, gas pimienta, balas de hule, y golpizas indiscriminadas con toletes, contra los manifestantes anti-racistas, la gran mayoría de ellos llevando a cabo protestas pacíficas.  En unas declaraciones a la prensa la noche del pasado primero de junio, Trump dijo que estuvo desplegando a “miles y miles de tropas” de las fuerzas armadas norteamericanas a las principales ciudades del país.  “Tienen que dominar,” dijo en una conferencia virtual con los gobernadores de los 50 estados del país, “tienen que arrestar a miles y echarles a la cárcel por 10 años.”  Acto seguido, desde el bunker blindado debajo de la Casa Blanca, ordenó al ejército desalojar violentamente a los manifestantes que estuvieron pacíficamente congregados en un parque frente a la sede presidencial.  Luego llamó a sus seguidores a tomar las calles.

¿Y quiénes son estos seguidores?  Como ya se sabe, en Estados Unidos las nuevas camisas marrones –esto en referencia al cuerpo paramilitar del partido Nazi en los años antes de la toma fascista– están organizados en la milicia nacionalista blanca, en los grupos Nazi y Ku Klux Klan, las organizaciones anti-inmigrantes, los llamados “Boogaloos”, los movimientos “Patriotas” y anti-cuarentena, entre una amplia gama de grupos de la extrema derecha.  Los integrantes de estas organizaciones están fuertemente armados y operan en casi perfecta complicidad con el ala extrema-derecha del Partido Republicano, el cual desde hace tiempo captó a dicho partido y lo convirtió en una entidad de absoluta reacción.

El orden social se está desmoronando, pero una toma fascista está lejos de ser inevitable.  Necesitamos con urgencia aquí en Estados Unidos, al igual que en otros países, un frente unido anti-fascista que ubica el anti-racismo y el anti-capitalismo al centro del programa político y que busca montar un desafío revolucionario al poder estatal capitalista.  El levantamiento actual, en la medida que ayuda a radicalizar la nueva generación de jóvenes que ahora encabezan las protestas, podría aportar a una acumulación crítica de fuerzas desde abajo que saque adelante a dicho programa y que evite una salida fascista a la crisis.

– William I. Robinson, Profesor de Sociología, Universidad de California en Santa Bárbara

Artículo traducido en versión ampliada por el autor.

www.alainet.org/es/articulo/206980

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