EE UU: La elección de Trump ha decretado la muerte definitiva de la política basada en las identidades

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“La elección de 2016 hizo doblar las campanas de muerte por las políticas de identidad. Objetivo de esas políticas era persuadir a los votantes de que no pensaran en su identidad en términos económicos, sino que pensaran en sí mismos, primero y por encima de todo, como mujeres o como miembros de grupos raciales o étnicos, no como gentes que tenían intereses económicos en común. Es obvio que esta estrategia concebida para distraer al votante de la política económica ha fracasado. (…) Esta elección ha mostrado que los votantes tienen una antena para registrar la mentira. Tras ocho años de demagogia de un Obama que, pretendido paladín del pueblo, entregó a su electorado a sus donantes de Wall Street. La “política de la identidad” ha cedido ante el empuje de la fuerza superior que es el malestar económico. La movilización política con banderas identitarias en favor de un programa de Wall Street ha dejado de funcionar.”

En la semana anterior a la celebración de las elecciones el pasado jueves, la prensa anduvo muy ocupada escribiendo necrológicas del Partido Republicano. Y eso siguió tras la “sorprendente” victoria de Donald Trump, esa que, lo mismo que el desplome del fraude bancario en 2008, “nadie podía esperar”. Pretexto: Trump habría visto lo que ningún otro político vio: que la economía no se ha recuperado desde 2008.

Los Demócratas todavía parecen asombrados de que los votantes se preocupen más por la situación económica y sientan rabia contra Wall Street (ningún banquero encarcelado, muy pocas hipotecas basura amortizadas). Es un signo de que los estrategas del partido persisten en el errado camino por el que han solido moverse desde los años 60: el de la fragmentación de los norteamericanos en grupos de identidades compuestas con intereses especiales segmentantes.

Obviamente, el 95% de abajo se percata de que sus ingresos y su patrimonio neto, lejos de recuperarse, han declinado. Las estadísticas del Ingreso Nacional y de la Reserva Federal muestran que todo el crecimiento ha ido a parar tan sólo al 5% de la población. Se dice que Hillary ha gastado mil millones de dólares en sondeos, publicidad televisiva y estratosféricos salarios para los miembros de su equipo de campaña, pero no logró prever la reacción política que esa polarización traía consigo. Ella y su camarilla ignoraron la política económica tan pronto como Bernie [Sanders] fue apartado del camino y sus seguidores renunciaron a sumarse a un tercer partido. El discurso de campaña de Hillary buscó convencer a los votantes de que estaban mejor que hace ocho años. ¡Pero los votantes estaban sobre aviso!

Así pues, la cuestión es ahora si Donald Trump se comportará realmente como un aventurero inconformista y sacudirá los cimientos del Partido Republicano. Parece estar librándose una batalla, si no por el alma de Donald Trump, al menos por el personal que nombrará para su gabinete. Asistimos el jueves y el viernes pasado a un verdadero bombardeo amoroso por parte de los habituales lobistas empresariales cercanos al Partido Republicano, un poco al estilo de las sectas Moon y Hari Krishna asediando a un potencial nuevo miembro. ¿Se rendirá Trump simplemente ahora y pasará el trabajo real de gobierno a los aparatchiki del Partido Republicano?

¡El mercado de valores así lo cree! El miércoles se disparó casi 300 puntos, y repitió ganancias el jueves, ¡nuevo récord en el Promedio Industrial Dow Jones! Las farmacéuticas suben, porque se avista la subida de precios de los fármacos para Medicaid y Medicare. Se disparan las acciones de los oleoductos y otros contaminantes medioambientales, desde el petróleo a carbón pasando por el gas, la minería y la silvicultura, esperando el liderazgo medioambiental esté tan muerto bajo Trump como lo ha estado bajo Obama y su presión en favor del TPP y el TTIP (que incluyen multas a cualquier gobierno que ose imponer normativas que cuesten dinero a esas empresas). En el lado menos oscuro de la cosa, esos tratados “comerciales” que posibilitarían a las grandes empresas transnacionales el bloqueo de leyes públicas protectoras del medio ambiente, de los consumidores y de la sociedad en su conjunto están ahora presumiblemente muertos.

Por ahora, personalidad es política. Y un problema que presenta eso es que cualquiera que se presenta para presidente lo hace en parte en busca del aplauso. Ese fue el punto débil de Carter, que le llevó a claudicar ante los apparatchikii del Partido Demócrata en 1974. Parecería que con Trump puede ocurrir algo similar. Quiere ser amado, y los lobistas Republicanos y le ofrecen aplausos atronadores con tal de que vire hacia ellos y rompa sus promesas de campaña como hizo Obama en 2008. Lo que desharía sus esperanzas de ser un gran presidente y el campeón de la clase trabajadora, que fue la imagen que vendió hasta llegar al 8 de noviembre.

La lucha por el futuro (¿puedo decir “el alma”?) del Partido Demócrata

En su mensaje post-mortem del miércoles por la mañana, Hillary hizo un extravagante llamamiento a la gente joven (particularmente a las chicas) para seguir su modelo y volverse políticamente activos como Demócratas. Lo que hace tan extraño este llamamiento es que el Comité Nacional Demócrata (CND) ha hecho todo lo posible por desincentivar la participación de los jóvenes. Hay pocos candidatos jóvenes (si descontamos a los Republicanos de Wall Street disfrazados de Demócratas Blue Dog (conservadores). La izquierda no ha sido bienvenida en el partido desde hace una década, salvo si se limitaba a la retórica y a la demagogia, no al contenido. Para la camarilla de Hillary en el CND, el problema con los milenials es que no son buen gancho para Wall Street. El tratamiento dispensado a Bernie Sanders resulta ejemplar. El CND arrojó la toalla.

En vez de un festival de amor entre las bases del Partido Demócrata, asistimos a un explosivo juego de culpas. Los Demócratas llegaron a recoger, según se informa, 182 millones de dólares en donativos de campaña. Pero cuando Russ Fengold en Wisconsin y otros candidatos en Michigan, Minnesota y Pensilvania pidieron ayuda, Hillary monopolizó todo para anuncios publicitarios televisivos, dejando a esos candidatos colgados de la brocha. La elección no parecía sino cosa suya y no girar sino en torno a políticas, personalidad e identidad, no en torno a los asuntos económicos que ocupaban el primer rango en la mente del grueso de los votantes.

Hace seis meses, los sondeos mostraban que los mil millones de dóalres gastados por Hyllary en encuestas, publicidad televisiva y una colección carísima de sicofantes en calidad de asesores había sido, y por mucho, un ejercicio de GIGO [acrónimo de Garbage In Garbage Out: “basura que entra, basura que sale”]. Entre mayo y junio, el CND supo que las encuestas daban a Bernie Sanders ganador frente a Donald Trump, mientras daban a Hillary por perdedora. ¿Prefería caso la dirección Demócrata perder con Hillary que ganar tras Bernie y sus reformadores democráticos?

Hillary no aprende. El pasado fin de semana declaró que, según su análisis, los informes del director del FBI, Comey, “levantando dudas que carecían de cualquier base y fundamento” frenaron su inercia ganadora. Análogamente, el New York Times, sostenía que el día antes de las elecciones la probabilidad de victoria de Hillary era del 84%. Todavía no han dicho una palabra sobre lo inadecuado de su análisis.

¿Qué se ha hecho de las antiguas bases del Partido Demócrata, constituidas por el movimiento obrero y los reformadores progresistas? ¿Tienen que hacerse a un lado y permitir ahora que el partido, en la estela de Hillary, sea prisionero de la banda de Robert Rubin en Goldman Sachs-Citigroup que respaldó a Obama?

Si ha de recuperarse al partido, ahora es el momento. La elección de 2016 hizo doblar las campanas de muerte por las políticas de identidad. Objetivo de esas políticas era persuadir a los votantes de que no pensaran en su identidad en términos económicos, sino que pensaran en sí mismos, primero y por encima de todo, como mujeres o como miembros de grupos raciales o étnicos, no como gentes que tenían intereses económicos en común. Es obvio que esta estrategia concebida para distraer al votante de la política económica ha fracasado.

No funcionó con las mujeres. En Florida, sólo el 51% de las mujeres blancas se animaron a votar por Hilary. Ni siquiera funcionó muy bien en los distritos étnicamente hispanos. También ellos estaban más preocupados por sus oportunidades de empleo.

La carta étnica funcionó con muchos votante negros, pero ya no tanto: por Hillary votaron menos negros que por Obama. Bajo la administración Obama en los últimos ocho años, en términos de ingreso y patrimonio neto a los negros les ha ido peor que a cualquier otro grupo, de acuerdo con las estadísticas de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal. Pero la política de identidad étnica del Partido Demócrata distrajo a los votantes negros de sus intereses económicos.

Esta elección ha mostrado que los votantes tienen una antena para registrar la mentira. Tras ocho años de demagogia de un Obama que, pretendido paladín del pueblo, entregó a su electorado a sus donantes de Wall Street. La “política de la identidad” ha cedido ante el empuje de la fuerza superior que es el malestar económico. La movilización política con banderas identitarias en favor de un programa de Wall Street ha dejado de funcionar.

Si, en efecto, a lo que estamos asistiendo es a un revival de la consciencia de clase, ¿quién debería dirigir la lucha para limpiar el Partido Demócrata y echar a su actual dirección pro Wall Street? Tendrá que ser el ala de Wall Street, o acaso Bernie y tal vez Elisabeth Warren moverán pieza?

Sólo hay una forma de rescatar a los Demócratas de la banda de los Clinton y los Rubin. Y es salvar al Partido Demócrata de convertirse irreversiblemente en el partido de Wall Street y del aventurerismo neocon. Es necesario echar ya a la banda wallstreetiana de los Clinton y los Rubin. Y que se lleven de paso consigo a Evan Bayth.

Los peligros de no aprovechar esta oportunidad de limpiar el partido ahora

El Partido Demócrata sólo puede salvarse centrándose en los asuntos económicos, y en forma tal, que revierta la línea neoliberal prevalente bajo Obama y que se remonta a los tiempos de la administración pro Wall Street de Bill Clinton. Los Demócratas necesitan hacer lo mismo que ha hecho el Partido Laborista británico, que es desembarazarse de los thatcheristas de Tony Blair. Como escribió Paul Craig Roberts el pasado fin de semana:

“El cambio no puede darse, si la desplazada clase dominante queda intacta tras una revolución contra ella. Tenemos una buena prueba de eso en Suramérica. Todas las revoluciones indígenas se desarrollaron sin demasiadas molestias para la clase dominante española, y todas las revoluciones fueron derrovadas por una colusión entre la clase dominante y Washington.”[1]

Si no proceden como lo dicho, los Demócratas se quedarán como una concha vacía. Ahora es la hora de Bernie Sanders, Elisabeth Sanders y el pequeño puñado de progresistas que no han sido purgados por el CND. Llegó la hora de que muevan pieza y presenten su candidatura al CND. Si fracasan en ese empeño, el Partido Demócrata estará muerto.

Un indicador de la resolución con que la actual dirección del Partido Demócrata luchará contra ese cambio de lealtades puede verse en su larga lucha contra Bernie Sanders y otros progresistas desde los tiempos de Dennis Kucinich. Estos últimos cinco días de manifestaciones callejeras MoveOn patrocinadas por George Soros, el sostenedor de Hilary, bien podrían ser un intento de prevenir el esperado empuje de los partidarios de Bernie apoyando la candidatura de Howard Dean como jefe del CND y organizando grupos movilizables en lo que podría llegar a ser una “Primavera Maidán” norteamericana.

Tal vez algunos Demócratas prefirieron perder con una candidata de Wall Street como Hilary que ganar con un reformista que les habría desalojado de sus posiciones derechistas. Pero el problema principal fue la hybris. La camarilla de Hilary pensó que podría fabricar su propia realidad. Llegó a creer que centenares de millones de dólares gastados en publicidad televisiva y de otro tipo podría mover a los electores. Pero ocho años de rescate a Wall Street, y no a la economía, bastaron para que el grueso de los electores se percataran de la mendacidad de las promesas de Obama. Y desconfiaron de la pretendida aceptación por Hilary de la oposición de Bernie al TPP.

Los estados oscilantes y finalmente perdidos del Rust Bell o Cinturón Oxidado, que habían apoyado a Obama en las dos últimas elecciones, no son estados racistas. Votaron por dos veces a Obama, después de todo. Pero a la vista del apoyo de éste a Wall Street, perdieron la fe y dejaron de darle crédito. En todos ellos, Bernie había ganado a Hilary en las primarias.

Donald Trump es, así pues, el legado de Obama. El voto de la semana pasada fue una reacción, un culatazo. Hilary creyó que meter a Obama y a Michele en campaña la ayudaría. Pero terminó siendo el beso de la muerte. Obama urgió a los votantes a “salvar su legado” votando por ella como si fuera un tercer mandato suyo. Pero los votantes no querían su legado de regalos despilfarradores a los bancos, a las grandes farmacéuticas y a los monopolios de los seguros de salud.

Pero lo peor de todo fue Hilary pidiendo a los votantes que no tuvieran en cuenta su lealtad a Wall Street y que se limitaran simplemente a votar por una mujer. Y acusando a la McCarthy a Trump de ser “el candidato de Putin” (acusación, dicho sea de paso, de la que se hizo penosamente eco Paul Krugman). El miércoles, el antiguo embajador de Obama en Rusia, Michael McFaul, tuiteó que “Putin intervino en nuestra elección, y ganó”. Era como si los Republicanos y el FBI fueran una quinta columna del KGB. Su predisposición a recortar la Seguridad Social y profundizar en la retención de salarios para derivarlos al mercado de valores –especialmente hacia los fondos financieros de cobertura que financian sus campañas— no le fue precisamente de ayuda. Los honorarios obligatorios pagaderos a las compañías de seguros de salud siguen creciendo, pues la juventud que goza de buena salud crece como el foco principal de beneficios que el Obamacare ha ofrecido en régimen de monopolio a las grandes aseguradoras médicas.

Las marchas anti-Trump movilizadas por George Soros y el MoveOn parecen un intento preventivo destinado a aplicar a la izquierda socialista potencial la vieja estrategia clintoniana del divide y vencerás. Ese grupo ya fue derrotado hace cinco años cuando trató de hacerse con el control del movimiento Ocupa Wall Street y subordinarlo al Partido Demócrata. Su amago de regreso precisamente ahora deberían entenderlo las bases de Sanders y otros “genuinos” Demócratas como indicador de la necesidad urgente de crear una alternativa inmediata para evitar que el “socialismo” caiga prisionero de Soros y sus apparatchikii responsables de la campaña de Clinton.

NOTA: [1] Paul Craig Roberts, “The Anti-Trump Protesters Are Tools of the Oligarchy,” Counterpunch, 11 de noviembre de 2016.

Michael Hudson es profesor de investigación de la facultad de económicas de la Universidad de Missouri, Kansas City e investigador asociado del Instituto de Economía Levy. Su último libro es Killing the Host: How Financial Parasites and Debt Destroy the Global Economy. (“Matar al huésped: o cómo los parásitos financieros y la deuda destruyen la economía mundial”) que está publicado en formato digital por CounterPunch Books y en papel por Islet.
Fuente:
Counterpunch, 15 de noviembre de 2016
Traducción: Amaranta Süss

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