EE UU: la bipolarización del Partido Demócrata. Dossier

Bernie Sanders: Cómo el estamento dirigente del Partido Demócrata ahoga el cambio progresista
Thomas Palley
El estamento dirigente del partido demócrata se ha visto recientemente incomodado por la campaña del senador Bernie Sanders para devolver al partido a sus modernas raíces de socialdemocracia del New Deal. Entre las respuestas del estamento dirigente se ha visto incluso un complejo emparejamiento de la opinión de la élite mediática y la élite económica dirigido a promover una imagen de Sanders de extremista que no puede salir elegido, con una política económica irreal.

La respuesta proporciona un caso de estudio que muestra de qué modo el Partido asfixia el cambio progresista. Todos los progresistas conocen cómo son la oposición y las tácticas del Partido Republicano. Menos comprendidas son la oposición y tácticas del estamento dirigente del Partido Demócrata. Hablando metafóricamente, el estamento dirigente es un mal bastante menor, pero puede ser asimismo un obstáculo bastante mayor al cambio progresista.

La respuesta de la élite mediática quedó bien reflejada en un informe de coyuntura de FAIR (Fairness and Accuracy In Reporting, [grupo de investigación mediático que se centra en el “equilibrio y precisión en la cobertura periodística”] ) mostrando que el Washington Post había publicado 16 artículos negativos importantes sobre Sanders en 16 horas, antes de las primarias de Michigan. Los titulares fueron especialmente hostiles, y dado que sólo el 40 % de la opinión pública lee más allá de los titulares, eso resulta tan importante como el contenido del artículo.

La política económica ha sido la piedra angular de la campaña de Sanders, y la respuesta de la élite de la opinión ha quedado ejemplificada por Paul Krugman en The New York Times. A lo largo de los años, Krugman ha usado como burla el término “gente muy seria” para atacar a los republicanos opuestos a las medidas políticas del presidente Obama. Ahora, sin ironía, revoca las credenciales de todos los que no apoyan a Clinton al declarar: “todo experto serio en política progresista, ya sea respecto a la atención sanitaria o la reforma financiera, parece inclinarse por Hillary”.

En relación a la oposición de Sanders a los acuerdos comerciales neoliberales, escribe Krugman:  “En esto, como en muchas otras cosas, Sanders se beneficia actualmente del lujo de la irresponsabilidad: nunca ha estado cerca de las palancas del poder, de modo que podía adoptar posiciones que suenan como de principio, pero discutiblemente inútiles, de un modo que Clinton no podía y no puede adoptar ”.

A este vapuleo de Sanders se ha unido una banda de antiguos miembros del Consejo de Asesores Económicos nombrados por los demócratas. En una carta abierta dirigida conjuntamente al senador Sanders, los señores Kruger, Goolsbee, Romer y Tyson arremetían contra una valoración empírica favorable al programa económico de Saunders realizada por el profesor Gerald Friedman. Sin valoración alguna que fuera independiente y detallada, declararon sencillamente que la evaluación no estaba apoyada por la “evidencia económica”.

A los señores Kruger y compañía se les unió luego Justin Wolfers, por medio de uno sus habituales artículos de opinión del New York  Times. Su acusación era que los efectos benéficos del estímulo fiscal desaparecerían una vez que se llegara al pleno empleo y se retirase el estímulo.

Wolfers es coeditor del prestigioso Brookings Papers on Economic Activity. Irónicamente, un número reciente contenía un artículo de dos economistas de la élite de los demócratas, Larry Summers y Brad De Long, que invocaban los mismos mecanismos que el profesor Friedman. Summers y DeLong sostenían que un gran choque negativo en la demanda temporal puede rebajar de modo permanente el crecimiento: Friedman le daba simplemente la vuelta a eso y sostenía que un gran estímulo temporal positivo puede hacer aumentar el crecimiento de modo permanente.

Hay un espacio legítimo para la diferencia intelectual. Lo que resulta tan pasmoso es el tono de la crítica y el hecho de que intentaba restarle importancia a una política importante (el estímulo fiscal) sólo porque Sanders la estaba utilizando en beneficio político propio. Dada su posición de élite profesional y su fácil acceso a los medios de la élite, estos ataques se ramificaron rápidamente por todos los medios convencionales,  ilustrando de qué forma opera el nexo de la élite mediática y la élite de opinión.

El vapuleo de Sanders es reflejo de un mecanismo de defensa de un statu quo permanente que comienza habitualmente con alegaciones de extremismo, se mezcla luego con acusaciones de falta de cualificación y de realismo, y termina con afirmaciones de que no resulta elegible. Se aplica tanto en la vida política como en la vida pública intelectual.

El gambito del extremismo explica que se vincule de modo permanente a Sanders con Trump. Mientras que Trump es un demagogo vanidoso y un empresario con un historial empresarial desprestigiado, Sanders es un cortés socialdemócrata con una larga historia de servicio público a través de sus cargos electorales.

La alegación de que no es elegible pivota sobre la acusación de extremismo del siguiente modo: los norteamericanos no elegirían a un extremista, Sanders es un extremista, ergo, Sanders no es elegible. Como en lo alegación de extremismo, a la acusación de no ser elegible le falta fundamento. Las encuestas muestran que Sanders vence a todos los potenciales candidatos a la designación republicana y que vence cómodamente a Trump.

La tercera alegación es la falta de cualificación. Lo cierto es que Sanders tiene una historia de cincuenta años de compromiso politico, de haberse abierto paso en las filas de la política al  servicio de la gente, de haber sido alcalde de la mayor ciudad de Vermont y de representante de Vermont en el Congreso, donde fue cofundador del “Caucus”Progresista, convirtiéndose luego en senador de  Vermont. Esa parece ser exactamente la carrera y el CV que debería tener un presidente.

Por último, a Sanders se le ha despachado con el argumento de que es un vendedor de sueños imposibles. La Seguridad Social sería un sueño imposible si no la tuviéramos, y otro tanto sucedería con Medicare y la educación pública. Hay en ello una lección: los sueños imposibles  son la substancia del cambio. Más que un exceso de sueños imposibles, nuestra sombría situación actual es producto del miedo a soñar. El estamento dirigente del Partido Demócrata se esfuerza por reducer las expectativas económicas y políticas. El senador Sanders se propone ampliarlas, razón por la cual se le considera una amenaza.

Noviembre sera el momento para que los votantes se unan con el fin de detener a quienquiera que sea el designado por los republicanos. Entretanto, hay una gran lección que aprender. Hoy en día, el mecanismo de defensa del statu quo ha ido consistiendo en mancillar a Bernie Sanders: mañana servirá, una vez más, para descartar a personas y opciones de la política progresista. Los progresistas deben hacer que salga a la luz la obstrucción que presenta el estamento dirigente del Partido Demócrata. Las primarias son el momento primordial para eso, lo que quiere decir que hay buenas razones para que la campaña de Sanders continúe.
Social Europe Journal, 21 de marzo de 2016

 

Lady Macbeth en el Despacho Oval

Àngel Ferrero

“Look like the innocent flower, But be the serpent under it.”
Lady Macbeth, escena Vª

A medida que avanzan las primarias estadounidenses, el escenario previsto por Eduard Limónov, el de una gran batalla simbólica entre arquetipos cuasi-jüngianos y opuestos, parece cada vez más próximo. Donald Trump, el demonio embaucador y macho alfa encarnado en el mito estadounidense del empresario hecho a sí mismo, contra Hillary Rodham Clinton, la matriarca norteamericana, “suegra, madre y abuela, todo en uno”.

La campaña de Trump, que con sus propuestas y salidas de tono ha succionado el oxígeno a sus contrincantes, ha terminado acaparando todo el espacio mediático y eclipsando, en parte, la de los dos candidatos a encabezar el Partido Demócrata en las elecciones presidenciales de noviembre. Desde diferentes tribunas se ha señalado ya que al equipo de Clinton —que parte, como es sabido, como favorita— no le disgusta del todo esta situación, ya que permite a la ex secretaria de Estado presentarse como la alternativa sensata a Trump, en el mejor de los casos, y como “mal menor”, en el peor, y, en cualquiera de los dos, como la primera mujer que rompió el techo de cristal y consiguió entrar en la Casa Blanca. “Recordad, hay un lugar especial en el infierno para las mujeres que no se ayudan entre sí”, dijo Madeleine Albright al pedir el voto femenino para Clinton. Uno se pregunta si ese “lugar especial en el infierno” no estará junto a otro reservado para los hombres y mujeres como Albright, quien, siendo secretaria de Estado, justificó la muerte de medio millón de niños iraquíes como consecuencia de las sanciones impuestas a Irak. O como la propia Hillary Clinton, sin ir más lejos.

En un artículo para Counterpunch, el investigador del Institute for Policy Studies (IPS) Andrew Levine se atrevía a plantear la cuestión sin tapujos. Su título era “Por qué los demócratas y no los republicanos son el problema”, y la respuesta, a grandes trazos, venía a ser porque los demócratas, representando, como representan, los intereses del gran capital estadounidense, pretenden no representarlos en absoluto, y engañan a una parte considerable no sólo de los votantes, sino hasta de la opinión pública internacional. La historia que mejor lo resume la ha explicado Ron Suskind. Según su relato, en marzo de 2009, cuando arreciaban las críticas y protestas contra Wall Street, Barack Obama, que había llegado al Despacho Oval surfeando sobre una ola de descontento, convocó a la Casa Blanca a los ejecutivos de las trece principales instituciones financieras. No, como temía la fuente que explicó la historia a Suskind, para anunciarles un ambicioso programa de reformas, ni tampoco para amonestarlos, sino todo lo contrario. “Mi administración es la única cosa que se encuentra entre vosotros y las horcas”, les espetó Obama. “Tenéis un problema de relaciones públicas que se está convirtiendo en un problema político, y yo quiero ayudar… No estoy aquí para perseguiros, sino para protegeros”. Lo que hizo Obama no es muy diferente a un general que deserta al enemigo y se lleva a los soldados con él sin consultarles su opinión.

Hillary Clinton es sin duda peor que Obama. Muchas cosas juegan ahora a favor de una victoria de Clinton en las primarias y ninguna es buena. Para empezar, las arcas de los Clinton están llenas. El fondo de George Soros (7.039.800 dólares) y otros hedge funds como Pritzker Groups (2.814.343 dólares) o Saban Capital Group (2.531.995 dólares), entre otros, han donado a su campaña, y el capital, como decía Oskar Lafontaine, nunca da sin pedir nada a cambio. La aspirante demócrata también tiene en su bolsillo a los grandes medios de comunicación nacionales e internacionales, que han hecho todo lo que estaba en su mano para marginar la campaña de Bernie Sanders, como ha denunciado el observatorio de medios FAIR. Gracias a todo ello, a la hora de escribir estas líneas Clinton sigue superando en delegados a Sanders, allanando su marcha triunfal a la Convención Nacional Demócrata de julio de la que podría emerger como candidata a la presidencia. Y con todo y con eso, el equipo de Clinton se las ha tenido a la hora de “vender” a su candidata.

Los asesores de Hillary Clinton optaron en un momento dado por destacar su trayectoria política como prueba de su supuesta experiencia institucional frente a los underdog que han amenazado con irrumpir en la carrera a la Casa Blanca. La idea viene a ser más o menos la siguiente: puede que el corazón de los votantes esté con Sanders (¡o incluso con Trump!), pero la cabeza está, o debería de estar, con Clinton, ya que es la única que cuenta con el savoir faire y la capacidad de reunir el consenso suficiente para batir al candidato republicano, probablemente Donald Trump.

Una mirada más atenta revela las fracturas de este relato. Por comenzar por algún sitio, su contrincante, Bernie Sanders, ha sido alcalde, congresista y senador durante más tiempo y ha revalidado el cargo en más ocasiones que Clinton. La candidata comenzó además su carrera en el consejo directivo de Walmart, donde secundó la agresiva política antisindical del fundador de la empresa, Sam Walton. Clinton, aseguró un miembro del consejo al diario Los Angeles Times, fue en todo momento “parte de esas decisiones”. Más tarde, como primera dama —un cargo que en realidad no existe de manera oficial— impulsó una reforma que tenía como fin establecer un sistema de asistencia sanitaria universal, pero la campaña fue boicoteada por los republicanos y las aseguradoras sanitarias. Ésta sería la principal baza de Clinton si su carrera se hubiese terminado aquí. Sin embargo, Clinton apoyó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), cuyas consecuencias notaron no solamente los trabajadores estadounidenses, con la desaparición de miles de puestos de trabajo y la deslocalización de industrias, sino también los mexicanos, con la explosión al otro lado de la frontera del número de maquiladoras, donde la ausencia de derechos laborales y los bajos salarios eran la norma. Como senadora, su mayor contribución fue el apoyo a la guerra de Irak —y con eso queda todo dicho— antes de acceder al cargo de secretaria de Estado, una concesión de Obama al establishment de su partido.

Como jefa de la diplomacia estadounidense, el historial de Clinton invita, cuanto menos, al escepticismo. En ese cargo fue impulsora de la intervención occidental en Libia —según algunos, contra un Obama renuente— que ha terminado en el caos y la desintegración del Estado libio, haciendo que el arsenal acumulado durante años por Muamar el Gadafi —cuya muerte celebró entre risas y parafraseando al emperador Julio César (“llegamos, vimos y se murió”)— se haya dispersado por todo África y Oriente Próximo, donde ha caído en manos de diversas organizaciones terroristas. Clinton es en buena parte también responsable de la desestabilización de Siria, sin la cual no habría surgido la organización terrorista Estado Islámico, ni se habría desatado una crisis humanitaria con la llegada de miles de refugiados a la Unión Europea.

De alcanzar la presidencia, Clinton, que cuenta entre otros con el significativo apoyo de Henry Kissinger o Richard Kagan —junto a su esposa, Victoria Nuland, uno de los mandarines promotores del “intervencionismo liberal”—, continuará y agravará la política de brinkmanship de Occidente hacia Rusia, una mezcla de provocaciones gratuitas —ya calificó a Putin de “hombre sin alma”, a lo que éste respondió con agilidad que “como mínimo un jefe de Estado ha de tener cabeza”—, carrera armamentística y presión diplomática cuyo fin último es conseguir el viejo sueño de Zbigniew Brzezinski: un cambio de régimen en Rusia y/o su balcanización. Clinton también fue la responsable de anunciar en 2011 el giro de la política exterior de EEUU hacia Asia con el fin de “contener” la expansión de la influencia china en la región. Hay otros tantos ejemplos sobre Honduras, Haití o Venezuela, pero el espacio escasea. Clinton nada en un mar de sangre y se encuentra tan lejos de la orilla que ya no le importa bogar adelante o atrás.

No es ninguna casualidad que Diana Johnstone haya coronado a Clinton como “reina del caos”. “Hillary Cinton estaba orgullosa de su papel principal de instigadora de la guerra contra Libia, que ella y sus asesores inicialmente planearon utilizar como base para una ‘doctrina Clinton’, que buscaba una estrategia de cambio de régimen ‘inteligente’ (‘smart power’ regime change strategy)”, explica Johnstone en una entrevista reciente. El derrocamiento de Gadafi estaba concebido como el primer acto de una nueva serie de “intervenciones humanitarias” (el bombardeo sobre Libia, que duró seis meses, se justificó para evitar, se decía, que las tropas gadafistas invadiesen Bengasi, uno de los bastiones de la oposición).

Como es notorio, Clinton ha buscado lavarse la sangre de las manos en su condición de mujer. “Sí, las mujeres deberían trabajar juntas para las causas que afectan a las mujeres en general: igualdad salarial, igual reconocimiento de su capacidad, derechos reproductivos, baja de maternidad y cuidado infantil, ese tipo de cosas”, protesta Johnstone. “Pero Hillary Clinton —continúa—, como individuo, no son las mujeres en general. Las mujeres deberían luchar por el derecho a que una mujer pueda ser elegida presidenta, pero ese derecho ya existe. No se puede reducir a una mujer particular el derecho a ser presidente”. La concejal socialista del ayuntamiento de Seattle, Kshama Sawant, plasmó este sentimiento cuando se coló en un acto de Clinton sosteniendo una pancarta con el mensaje “Yo no estoy con ella”.

En cualquier caso, ¿puede realmente Clinton ganar a Trump? La respuesta no es tan segura como a primera vista podría parecer. Sus partidarios recurren con frecuencia al argumento de que la ex secretaria de Estado puede capitalizar el rechazo al magnate inmobiliario, pero se olvida con la misma frecuencia que puede ocurrir exactamente lo contrario, y que Trump capitalice el rechazo a Clinton.

Lo ha explicado el sociólogo Musa al-Gharbi en The Huffington Post. Según al-Gharbi, Trump podría conseguir fácilmente el voto en los Estados tradicionalmente republicanos (red states), a los que sumaría el de los llamados swing states (sin preferencia clara), donde Clinton ha obtenido peores resultados. “Trump tiene posibilidades de batir a Clinton en virtualmente todos los Estados donde ha conseguido buenos resultados hasta la fecha, y parece predispuesto a ganar también muchos de los Estados donde Clinton perdió. Esto deja a Clinton con el apoyo de los Estados más sólidamente demócratas (blue states), que votaron abrumadoramente contra ella en las primarias, lo que sugiere que el entusiasmo no será elevado en su base”, escribe al-Gharbi. Y es justamente en la base donde todo esto se vuelve más interesante:

“Trump tiene una base amplia y apasionada. Aunque muchos republicanos no están cómodos con Trump, odian ferozmente a Hillary Clinton. Enfrentados a este dilema, la mayoría votaría a Trump sólo para negarle a Clinton la Casa Blanca. Las noticias de miembros de la elite republicana diciendo que votarían a Hillary en vez de a Trump son poco significativas a la hora de indicar cómo actuará la mayoría de votantes: el fenómeno Trump es un testamento de cuán desconectada está la elite del partido de su base electoral. Mientras tanto, los apoyos de Hillary Clinton por parte de destacados neocon únicamente la alienarán todavía más de su base demócrata. Que nadie se equivoque: los republicanos se agruparán en torno a Trump (o contra Clinton), y lo harán en gran número”.

¿Y en el campo demócrata? La situación no es mucho mejor para Clinton:

“Un gran número de demócratas no puede reconciliarse con la posibilidad de votar por Hillary Clinton bajo ninguna circunstancia. Y mientras muchos de ellos probablemente no votarán por Trump, muy bien pueden quedarse en casa el día de las elecciones. Hasta la fecha, la participación de los republicanos ha superado a la de los demócratas en las primarias. Si la tendencia se mantiene (o empeora) en las elecciones generales, supondría la condena para la candidatura de Clinton: los demócratas se apoyan fuertemente en una participación elevada en las elecciones. (…) Muchos partidarios de Sanders no solamente se abstendrán, sino que votarán por Trump si Hillary gana la nominación. Para algunos, sería un voto de castigo a la Convención Nacional Demócrata por su coronación antidemocrática de Clinton (vía superdelegados). Para otros, sería un acto nihilista: un intento de incendiar el establishment, de dar a América ‘el candidato que se merece’”.

Y a todo ello aún habría que sumar, añade al-Ghardi, cómo las encuestas a pie de urna han mostrado cómo muchos votantes, “en particular en los swing states con primarias abiertas, estaban divididos entre Sanders y Trump como el mejor candidato para dirigir su sentimiento anti-establishment”. Si Sanders pierde la nominación demócrata, “quienes votaron por él por este motivo no acudirían a las urnas para votar a alguien como Hillary Clinton en unas elecciones generales. Votarían por Trump”.

Por lo demás, Trump ha salido indemne de varias campañas de desprestigio —sus adversarios han invertido hasta la fecha 67 millones de dólares en anuncios que no parecen haber mermado su atractivo entre los votantes republicanos— y demostrado desenvolverse en los debates televisados como el escualo que es, acabando a dentelladas con sus competidores. Los cadáveres flotantes de contrincantes a cuyos asesores modelaron siguiendo el mismo perfil de experiencia institucional que Clinton, como Jeb Bush (“low energy”) o Marco Rubio (“Little Rubio”), son todo un aviso.

El duelo Trump-Clinton será sin duda lo más deprimente que nos deparen estas elecciones, una suerte de pissing contest entre dos de las personas más detestadas por los propios votantes donde lo que menos importa es quién lo hace de pie y quién sentado. Pero también es sintomático de la reorganización —si no desintegración— de la vida política estadounidense. “La aparición del declive de EEUU”, escribe Paul Craig Roberts, ex asesor de Ronald Reagan, “se ha visto reforzada por la ausencia de líderes capaces entre los candidatos de las nominaciones del partido Republicano y Demócrata a la presidencia. EEUU es incapaz de producir liderazgo político, toda vez que los sucesivos presidentes se han demostrado cada vez peores”. “El resto del mundo debe estar perplejo por cómo un país incapaz de producir un candidato adecuado a la presidencia puede ser una superpotencia”, señala un pesimista Craig Roberts.

Por su ambición de poder, Hillary Clinton ha sido comparada en varias ocasiones con Lady Macbeth. En el drama de Shakespeare, Lady Macbeth carece de la indecisión de su marido y es quien empuja al protagonista a asesinar a Duncan para obtener la corona de Escocia. En la primera escena del acto V dice Lady Macbeth: “Todavía siento el olor de la sangre. Todos los aromas de Oriente no bastarían a quitar de esta pequeña mano mía el olor de la sangre”. Qué ironía. Lo mismo podría haber dicho Clinton. La diferencia, claro, es que ella no sólo carece de indecisión, sino también de remordimientos.

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miembro del comité de redacción de Sin Permiso
es un economista independiente de Washington, D.C. Sus dos libros más recientes son Financialization: The Economics of Finance Capital Domination (Palgrave Macmillan) y From Financial Crisis to Stagnation: The Destruction of Shared Prosperity and the Role of Economics (Cambridge University Press). Formado en Oxford y Yale, ha publicado en numerosas revistas académicas, así como en The Atlantic, American Prospect y The Nation. Sus artículos pueden leerse en su página www.thomaspalley.com.

Fuente:

Varios

Traducción:Lucas Antón

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