Educar lo de dentro

Pues si, «lo de dentro», pero en aquel tiempo a esa dimensión de la persona se le dedicaba atención, en tanto que ahora se valoran aspectos mucho más superficiales y mucho menos humanos, y se deja en la mayoría de los casos «a la buena de Dios» el crecimiento interno. La presencia física, las habilidades sociales, la capacidad de agradar y aun seducir, y un intelecto enfocado exclusivamente a «ganarse bien la vida» son los objetivos principales de la educación en nuestra sociedad actual. Competitividad, dejar atrás a cuanta más gente mejor a fin de ocupar los primeros sitios, es la principal de las consignas que continuamente nos dicta el entorno, y claro está, la escuela, siempre al servicio del sistema, prepara a la población discente para esa batalla que le espera en cuanto salga a la calle. ¡Claro! ¡No va a preparar para el fracaso! No, por supuesto, pero el resultado de esta labor educativa no puede ser otro que el de tener un mundo cada vez más salvaje, gentes con una escasez cada vez mayor de valores humanos, abocadas a un individualismo feroz, sin ninguna conciencia colectiva.

 No hay que estar iluminado por grandes luces para ver que otra educación es necesaria si queremos que otro mundo sea posible, pero para lo que sí hace falta claridad mental es para ver que educación es la más conveniente para darle la vuelta a esta locura colectiva que estamos viviendo. Y esta claridad no nos va a bajar del cielo, sino que tenemos que alumbrarla en nuestra mente y en la de las generaciones que nos van a relevar.

 Una educación humanizadora es la que atiende y potencia el interior de la persona, la conciencia de cuanto somos y hacemos, la vida del espíritu, todo esa dimensión humana que nos diferencia de las bestias. Y eso es justamente todo lo contrario de lo que preconiza el utilitarismo economicista. Luego ahí está el problema. No vamos a pensar en nada semejante mientras sigamos poniendo el confort y el bienestar propio en el primer plano de nuestra vida, mientras no seamos capaces de descubrir un camino interior que nos eleve por encima de lo puramente material. Es ahí donde nos estamos jugando el futuro de la Humanidad.

 Va a ser necesario insistir desde diversos frentes desde abajo una y otra vez para que quienes están arriba, quienes tienen a su cargo tomar las debidas medidas en materia educativa atiendan lo importante en lugar de limitarse a atender lo inmediato. «Otro mundo es posible, otra educación es necesaria». Hay que gritarlo una y mil veces. Hay que salir con ello a la calle si hace falta y tantas veces como haga falta, pero ante todo es preciso que lo implantemos en nuestro corazón y lo tengamos bien claro, pues de otro modo no daremos el primer paso.

 Me ha venido escribir esta semana sobre esto (una vez más, como ya habrán observado quienes me leen habitualmente) después de leer en KOINONIA la semanal columna de Leonardo Boff, cuya lectura os facilito. Con él os dejo. Hasta la próxima.

Pepcastelló


Urgencia de una nueva moralidad

Leonardo Boff

2006-12-01

  Los informes sombríos sobre el estado de la Tierra y sobre el futuro desalentador de la especie humana nos sugieren la urgencia de una nueva moralidad. Más y más nos damos cuenta de que esta situación dramática se vincula a la forma insensata y hasta inmoral con la que nos relacionamos con la naturaleza, depredándola sin remordimiento a través de un modo de producción que hace del lucro su única ley y religión. Solamente ahora, cuando la alarma ecológica ha llegado a las páginas de la economía, empiezan los gobiernos y las grandes instituciones internacionales a tomarla en serio. La crisis no viene: ya estamos dentro de ella, y alcanza a millones de personas. Al Gore, en su documental «Una verdad incómoda», nos proporciona los datos. O invertimos ya ahora en la disminución de los gases de efecto invernadero, o en los próximos años tendremos que aplicar más de mil millones de dólares anuales para estabilizar el calentamiento dos grados por encima del actual nivel. O nos vamos a encontrar catástrofes nunca vistas.

Bien analizadas, estas medidas son apenas paliativas. Parten de un presupuesto equivocado: piensan que limando los dientes del lobo disminuimos su ferocidad… O sea, podríamos continuar con el mismo modelo de producción y consumo, disminuyendo simplemente la dosis. Ese modelo nos condenará a todos, porque se basa en una metafísica falsa, la de que podemos disponer de los recursos como nos venga en gana, y que nuestra relación con la naturaleza es sólo de orden utilitario. Pensamos que estamos por encima de la naturaleza, y contra la naturaleza. Ella se vengará, tal vez expulsándonos definitivamente de su seno, como se expulsa a una célula cancerígena.

Por eso, de poco valen las soluciones técnico-científicas fundadas en aquella metafísica. Necesitamos una ecuación moral que cambie los fines y no sólo los medios de nuestra civilización. He aquí algunos puntos para la nueva moralidad.

En primer lugar, debemos tomar en serio el principio de precaución y de cuidado. O cuidamos de lo que queda de la naturaleza y regeneramos lo que hemos devastado, o nuestro tipo de sociedad tiene los días contados. Además, filosóficamente, el cuidado es la precondición para que surja cualquier ser, y el criterio anterior a toda acción.

En segundo lugar, importa dar centralidad al afecto, a la compasión, al corazón y a la piedad, como principios morales. Eso nos enseñan el budismo en Oriente y Schopenhauer en Occidente. Ambos afirman: «no hagas mal a ningún ser, más bien esfuérzate por ayudar a todos lo más que puedas».

En tercer lugar, urge rescatar el respeto y la veneración ante cada ser, porque representa un valor por sí mismo. Como lo formuló Albert Schweitzer: «ética es la ilimitada veneración ante la vida y el respeto ante cada ser».

En cuarto lugar, se hace necesario asumir la responsabilidad del futuro del planeta y de la vida. Somos los guardianes del ser. Hans Jonas expresó así el principio de responsabilidad: «actúa de tal manera que tus actos no sean destructivos para la vida».

En quinto lugar, en vez de la competición hay que reforzar el principio de cooperación, porque es la ley suprema del universo: todos los seres son interdependientes y se ayudan unos a otros para evolucionar, sin excluir a los más débiles.

Si viviéramos esa nueva-vieja moralidad, cambiaremos los comportamientos de los estados y de las personas para con la naturaleza, y así nos salvaremos. Vale la frase de 1968 en los muros de París: «seamos realistas, exijamos lo imposible».

 Leonardo Boff

http://www.servicioskoinonia.org/boff/

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