Educar en España

Para el despertar de los jóvenes

La letra con sangre entra, entró y  puso en las frágiles neuronas infantiles del ayer de los padres la mediocridad del hoy de muchos de  sus hijos y nietos.
 

La historia de la educación en España está permanente sujeta a cambios que nada tienen que ver con el progreso pedagógico, pero mucho con los intereses políticos conservadores y ultras, con la Iglesia siempre al fondo como guía moral. Desde la dictadura fascista hasta hoy, algunas cosas han cambiado, pero lo esencial- la complicidad Iglesia- Estado- Poder Económico- permanece.

Durante muchos años, los profesores tuvimos segregación por sexo (asunto no superado en algunos centros privados y concertados) podíamos fumar en clase, pegar a los alumnos, y otros castigos más sutiles. “La letra con sangre entra”, el sexismo y el autoritarismo han sido grandes principios pedagógicos nacionales.

Para entender todo eso sin que rechinen nuestras neuronas, hay que recordar algo muy importante a tener en cuenta por las generaciones venideras para evitar que vuelvan los fantasmas del pasado, que nunca terminan de desaparecer aquí. Es preciso recordar que España sufrió desde 1939 a 1978  una dictadura  fascista, con una población dominada por el miedo a cualquier cambio que pudiera poner en cuestión lo que dictaban obispos, políticos, militares y jueces, empeñados todos ellos  en mantener aquel nacional-catolicismo, donde palabras como “cambio”, “alternativa”, o “libertad” sonaban a  peligrosas.

Esto ha supuesto que generaciones de maestros y maestras hayamos sido formados por profesores  profundamente conservadores, autoritarios, reaccionarios, machistas y opuestos a introducir cambios en una forma de educar calcada de la política, donde el ordeno y mando propio del fascismo era la regla principal. La secundaria, la vara del profesor.

Y este modelo, que ha sido reproducido por miles de maestros y maestras, ha durado casi  medio siglo  y producido  en generaciones de escolares- hoy adultos granados-  una mezcla de aburrimiento, miedo, y rechazo a la lectura y a la cultura. Y no solo eso: una mentalidad conservadora y temerosa a los cambios, que es la prevalente hoy a nivel nacional. El resultado es visible al observar  el poco interés  de la mayoría de las nuevas generaciones  por el arte, la literatura, la filosofía, la música culta, la espiritualidad y cualquier disciplina relacionada con la cultura crítica, política  o simplemente formativa.

Los jóvenes estudian para aprobar, hasta el punto que hasta  en  muchísimos estudiantes  universitarios puede observarse mala caligrafía y  deficiencias ortográficas y de vocabulario. Y esto es  debido a ese déficit de una sólida formación en cultura general, incluida la verdadera  historia de este país, falsificada a favor del régimen anterior y hasta hoy mismo obstaculizada sin cesar por los residuos fascistas en la política y en los medios de desinformación para evitar que sean conocidas por  las nuevas generaciones las atrocidades franquistas.

El residuo emocional del miedo y la pasividad heredados,  junto a  la desinformación sesgada y equidistante de los grandes medios , han conseguido que muchos españoles se desinteresen de las inquietudes renovadoras de sus  padres y abuelos silenciados, encarcelados, desaparecidos  o fusilados. Esto  facilita  al Sistema que  los más  jóvenes se sometan acríticamente   al principio de autoridad, inmersos  en una especie de limbo ideológico en el que les  resulta difícil defenderse de  los lavados de cerebro de la propaganda mediática y de la tv, la biblia de la gente corriente.

La letra con sangre entra, entró y  puso en las frágiles neuronas infantiles del ayer de los padres la mediocridad del hoy de muchos de  sus hijos y nietos.

Todo eso debe cambiar;  debe cambiar sí, pero exige amor, ansias de saber y disciplina y colaboración  por parte de todos, empezando por los padres/ madres y profesores-as  de cada colegio. Todos ellos sometidos a leyes de educación cambiantes, deben lidiar a menudo con las directrices de las autoridades educativas, con las que hay que mantener una relación tan obligada como desagradable cuando se trata de apostar por lo nuevo y dejar a un lado lo viejo. Y es que  los tiempos no están para bromas entre las catástrofes climáticas,  tan imparables como  las migraciones, las crisis económicas y de la salud  o el autoritarismo global creciente al que no es ajena la escuela, sometida por su parte al clásico principio de “yo dispongo y ordeno y tú ejecutas”, que se aplica sobre el profesorado del mismo modo que se pretende con la población entera.

A pesar de “lo que está cayendo” sobre  este mundo, con tanto conformismo reinante no es fácil apostar por lo nuevo, tampoco  en educación, aunque  siempre ha  habido movimientos pedagógicos encaminados a defender los intereses de los niños pese a todo y a pesar de muchos. Y aunque podríamos citar varios más, me referiré  a la Escuela Nueva, a la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia, a la Yasnaia Poliana de Tolstoi, o a las escuelas Waldorf, por ejemplo, que  en  ningún caso son modelos para la escuela pública española, sin democracia o con ella. ¿Qué viene esto a poner en evidencia? Es fácil contestarse esta pregunta.

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