Editorial de Acero Revolucionario N° 18

La campaña presidencial va tomando calor y permite evidenciar las intenciones de la burguesía más radical: Culminar el plan que no pudieron completar en abril de 2002 cuando el pueblo logró activar mecanismos que le permitieron a Chávez retornar al gobierno 47 horas después de ser defenestrado por un golpe militar reaccionario del alto mando militar y FEDECAMARAS, con la planificación de los gobiernos de EUU y España. De aquella fecha a hoy los reaccionarios han aprendido bastante,  acumulando el suficiente odio de clase y fuerzas para actuar de forma más violenta contra el pueblo, contra todos los revolucionarios una vez que se decidan a actuar. 

Su intención se corresponde con los objetivos de clase de la burguesía, con los intereses estratégicos del imperialismo y con las naturales consecuencias de la crisis general del capitalismo; las guerras y revoluciones se colocan a la orden del día, la lucha de clases se agudiza, por lo que es previsible un mayor nivel de confrontaciones a nivel mundial, que no descarta agresiones a ningún país, y menos aún a los petroleros, que poseen uno de los recursos más necesarios y apetecidos por los capitalistas para mantener el sistema en funcionamiento.

En el caso de Venezuela son evidentes las intenciones de la derecha de iniciar un nuevo ciclo de acciones contra el gobierno, que no descartan la utilización de la violencia, el paramilitarismo y los llamados a sectores militares, parte de su arsenal, mientras que por ahora persiguen, como primer paso, meterse en los barrios, denunciar las debilidades del gobierno, acortar la brecha electoral con Chávez y preparar las condiciones para denunciar la existencia de fraude y dejar un gobierno deslegitimado, en un plan de mediano plazo que se completará con los resultados de las elecciones de gobernadores, ya que es evidente la debilidad de los candidatos chavistas en algunas regiones, especialmente por su alejamiento de las bases populares y la forma impuesta de designarlos.

El acaparamiento de productos y el boicot empresarial a la producción estimulando conflictos, son parte de esa campaña que persigue crear malestar en la población, que se ve afectada por la pérdida de mercancías de los anaqueles, aumento de precio, e inflación, lo que aunado al sabotaje eléctrico y de otros servicios públicos van siendo una rutina que afecta a las mayorías y da pie a protestas y reclamos contra el gobierno.   

La aprobación de la Ley desarme y la alegría de quienes la aplican, expresan la intención de algunos sectores del gobierno de fortalecer el aparato represivo del Estado. Desarmar al pueblo, llamar al pacifismo, sin antes haber desarmado a los cuerpos represivos de los burgueses, (empresas de vigilancia privada, paramilitares, cuerpos policiales corruptos en manos de alcaldes y gobernadores de derecha, campo volantes y demás agrupaciones de hombres armados a la disposición de la reacción), sólo hace más fácil para la burguesía aterrorizar y seguir oprimiendo a los trabajadores y al pueblo, utilizando su propio cuerpo de hombres armados, que sumado a los miembros de la FANB que respaldan sus intenciones y son burgueses de convicción, dan una capacidad de acción inicial para sus planes desestabilizadoras, además de la dirección y apoyo imperialista.

El desarme del pueblo es una medida clásica de gobiernos burgueses, que después de usar al pueblo para enfrentar a sus enemigos, comienza un proceso de sometimiento a la clase obrera, imposibilitándola enfrentar a sus enemigos, y dejándola a merced de las acciones violentas de la derecha.

En términos estrictamente locales, desarmar al pueblo, ocasiona que ante una agresión interna o externa sea más fácil que los agresores puedan derrotar una resistencia popular, desarmada e inerme, atada de pies y manos a los designios de quienes detentan el poder de las armas y el uso de la violencia de clase, por eso el armamento del pueblo y el sometimiento de la burguesía sigue siendo una necesidad más allá de los ruegos ilusos de quienes  quieren esconder las expresiones duras de la lucha de clases en nuestra sociedad, de quienes creen que el asesinato premeditado de dirigentes sindicales, campesinos y líderes populares es obra de la casualidad, sin entender que la burguesía está ejecutando un plan de terror para neutralizar las fuerzas revolucionarias por la vía de la coacción y la violencia.

El pueblo no puede bajar la cabeza y entregarse cual cordero para ser degollado por los matarifes a sueldo de la burguesía, llamados paramilitares y funcionarios corruptos que cada semana matan a decenas de personas cumpliendo su macabro plan de sembrar miedo a la población.

Las fuerzas revolucionarias y populares debemos mantener la movilización, estar alerta ante cualquier señal de peligro para responder con decisión y rapidez cualquier intento de la derecha, para evitar de esta forma se repita el caso de Libia o Siria, sin negar las expresiones de la lucha de clases, que no se detienen ante los ruegos de los reformistas, y cada día se hace más evidente a nivel internacional la posibilidad de choques frontales entre la burguesía y el proletariado.

La crisis general del capitalismo sigue avanzando y crea las condiciones para guerras y revoluciones, ante esto los marxistas leninistas debemos estar preparados y dar las respuestas apropiadas en el sentido del avance revolucionario y de la consolidación de las organizaciones revolucionarias, profundizando el trabajo entre las masas populares.

Los marxistas leninistas del mundo nos solidarizamos con la insurgencia colombiana, con el pueblo y en especial con la clase obrera y el campesinado que luchan por  la justicia, que a pesar de la dura ofensiva del gobierno de Santos y del imperialismo, insisten en la necesidad de buscar las vías de la Paz bajo las premisas de entrega de tierras a los campesinos, la participación popular y el rechazo a la represión contra el pueblo, manteniendo las armas en la mano con ejemplos de valentía e inteligencia en las condiciones de una pelea tan desigual que sirve de inspiración a muchos pueblos y demuestra la capacidad de resistencia que pueden generar los trabajadores organizados ante la ofensiva burguesa.

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