Publicado en: 20 noviembre, 2015

Ecuador, la crisis y la Revolución Ciudadana

Por Diego Farpón

Una visión sobre la situación actual de la Revolución Ciudadana

La economía ecuatoriana sufre la crisis orgánica del capitalismo, aunque aparentemente esta no sea perceptible –toda culpa a la situación económica es atribuida al descenso del precio del petróleo-. La economía ecuatoriana no deja de ser una economía capitalista, y forma parte del capitalismo mundial: no puede mantenerse al margen de las crisis globales.

La histórica dependencia a los intereses del capitalismo foráneo en el Ecuador comenzó a romperse en 2007, con la victoria de Rafael Correa: salto cualitativo en los esfuerzos del pueblo del Ecuador y de sus organizaciones de clase, consecuencia, sí, de las condiciones objetivas y subjetivas del momento histórico, pero también de los asesinatos de la Universidad Central y de Roldós, de las luchas del PCE y de La Gloriosa –efímera, pero página dorada en la Historia del Ecuador-, y de otros capítulos que han tenido a la clase trabajadora como protagonista.

Cada vez que se alzó la insurrección, así fuese para ser derrotada, se moldeó el Ecuador, y aunque quizás no pareciese ocurrir nada la correlación de fuerzas entre las clases cambiaba: la clase trabajadora comenzaba a tener historia y enseñanzas, comenzaba a saber cómo enfrentar a la oligarquía. Y además no era sólo el Ecuador el que cambiaba: lo hacía, poco a poco, toda América Latina. Como bloque subordinado a las necesidades del capitalismo central la Historia del Ecuador y la del resto de pueblos del continente –sacrificios y muertes incluidas-, aunque con distintos ritmos en función de las realidades concretas, son muy similares. No es casual que en 2007 asumiera la presidencia Correa, en 2006 Zelaya y Morales, en 2005 Vázquez, en 2003 Kirchner y Lula, y en 1999 Hugo Chávez. Más tarde llegó Lugo en 2008. No todos son, evidentemente, nuestros, pero muestran que la forma histórica de dominación se quebraba: la crisis de la dominación imperialista era –es- un hecho.

La Historia del Ecuador no se puede comprender sin la Historia de América Latina. Hoy, ambos, aún sufren la histórica dependencia del capital extranjero. Quinientos años de expolio no se pueden resolver en ocho años. No es sólo expolio de riquezas: son quinientos años de negación de la educación y de la sanidad, de negación de infraestructuras de todo tipo: viales, ferroviarias, deportivas… son quinientos años de historia perdida, de tiempo perdido. En la vida de todo pueblo hay siglos perdidos[1]: el Ecuador está, al fin, escribiendo su historia… o intentándolo.

Y para influir en el proceso histórico y en la economía es necesario estar en el mundo real: ahí, con las masas, con el pueblo. Porque sabemos del carácter científico de la lucha de clases, pero la revolución la hace el pueblo, la revolución tiene que canalizar la subjetividad de las masas. Si se quiebra la dialéctica objetividad-subjetividad –condiciones materiales y sentir de las masas-, no hay proceso que dirigir: la revolución tiene que seducir a las masas. La revolución no es un acto de caridad, no es una cuestión ética ni moral. La revolución es una cuestión de justicia social, es un acto de liberación: la clase trabajadora es quien la tiene que sentir y llevar a cabo.

Hace falta, para ello, una filosofía para la revolución: una nueva hegemonía ideológica que sitúe a la clase trabajadora como eje central del proyecto político de la Revolución Ciudadana e impregne cada medida política, económica y social, pero también que sirva como elemento formador, cohesionador y movilizador del pueblo ecuatoriano.

Construir el poder popular pasa no sólo por tomar medidas económicas para el pueblo, que son necesarias, no sólo por generar cuadros, que es algo fundamental y siempre insuficiente, no sólo por romper el institucionalismo burgués, herramienta de dominación de una minoría: pasa por construir una nueva cultura. Es necesario desprenderse de costumbres adquiridas y asimiladas a lo largo de cientos de años: para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente[2]. Esta tarea es una tarea pendiente: es el pueblo el que se tiene que liberar a sí mismo. Esta, la tarea ideológica, es la fundamental, me atrevo a decir, del Partido Comunista Ecuatoriano. Prohibido olvidar, dice Rafael Correa insistentemente: frase que podría encabezar el nuevo relato histórico, pero no para recordar cómo era el pasado y recrearse en lo ya superado, sino para ahondar en la Revolución; no sólo para saber que no se quiere una vuelta atrás, sino para construir un futuro radicalmente opuesto y no conformarse con el presente.

La crisis orgánica del capitalismo va a poner a prueba la Revolución Ciudadana: la quiebra del capitalismo y sus múltiples expresiones van a presionar al Ecuador. Quitarse de encima –grosso modo– la opresión capitalista dirigida por los Estados Unidos de América para depender del capital chino no es suficiente. Y en ese momento cada vez más cercano nos hará falta Guayasamín: será la prueba de fuego de la conciencia del pueblo ecuatoriano. El pueblo o es consciente de la nueva época histórica, o es consciente de que es sujeto que interviene sobre los hechos –sobre la vida- de manera real por primera vez en la Historia del Ecuador o no le será difícil a la oligarquía canalizar el descontento de las masas, lanzar discursos simples contra la Revolución Ciudadana que, fruto de la nueva y deteriorada realidad material, puedan impregnar a las masas. Por el momento, el desconcierto de la oposición, acostumbrada a ser hegemónica, da un tiempo tremendamente valioso.

Hoy, en el Ecuador lo viejo muere pero lo nuevo tiene tremendas dificultades para nacer: (…) la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados (…)[3]. Esta revolución aún comienza a andar, y mucho ha andado, aunque mucho más le queda por andar, en mitad de la crisis. Esperemos que por el bien de la clase trabajadora ecuatoriana y los sectores populares el nuevo mundo nos alumbre más pronto que tarde.

[1] Ehrenburg, Ilyá, España, república de trabajadores.

[2] Engels, Friedrich y Marx, Karl, La ideología alemana.

[3] Gramsci, Antonio, Cuadernos de la cárcel, tomo II.

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