Publicado en: 11 octubre, 2015

Ecuador: De chongos, putas, discotecas, karaokes y películas en los buses.

Por Pablo Arciniegas Avila

Vivir en una ciudad pequeña tiene, como todo, sus ventajas y desventajas. No es intención de este emborronamiento de palabras hablar sobre ellas, es intención más bien establecer algún tipo de reflexión sobre lo que está pasando en esas ciudades pequeñas que van día a día pareciéndose más a las…

Vivir en una ciudad pequeña tiene, como todo, sus ventajas y desventajas. No es intención de este emborronamiento de palabras hablar sobre ellas, es intención más bien establecer algún tipo de reflexión sobre lo que está pasando en esas ciudades pequeñas que van día a día pareciéndose más a las ya contaminadas ciudades grandes. Y cuando nos referimos a contaminación, claro está, pensamos en la contaminación ambiental, pero aquí haremos alusión a otros tipos de contaminación que tienen que ver con la degradación de los ciudadanos en manos de lo banal, lo grotesco, la legitimidad de actividades con enorme carga de liviandad.

Es lunes, son las 6:30 de la mañana. Espero un bus para trasladarme a una pequeña ciudad a dos horas de la capital provincial, lo tomo en la estación cerca del mercado. A esa hora mucha gente camina entre el frío de la mañana, en su mayoría son trabajadores de la construcción, albañiles, vendedoras y vendedores que han llegado desde el campo, se puede ver también jóvenes estudiantes esperando el bus, vendedores informales; los infaltables preparadores del jugo de sábila, inmigrantes de Perú, gente amable en el trato con sus clientes, yo uno de ellos. Entre esa mixtura de la población del mercado por la mañana, estoy esperando el bus. Llega, me subo, está lleno de gente que va hacia la costa. No hay mucho que elegir, me siento en el primer espacio vacío que encuentro. Cuando estoy intentando sentirme cómodo, llegan hasta mis oídos las notas y voces de una música estridente que causa en mi un estado de nerviosismo (de hecho soy maniático depresivo), es una “bachata” que suena a volumen exagerado, cuya letra repite sin parar “ Sígueme y te sigo mami Pa’ la rumba es que nos vamos Bebiendo nos olvidamos Del mal amor que nos han causado”

Resignado a viajar dos horas escuchando este “género musical” intento dormir, sin buen resultado, me he dedicado a ver el paisaje por la ventana, pero la música no ayuda mucho a la inspiración. En eso repentinamente se corta la “música”, respiro aliviado; pero oh! sorpresa se han encendido las dos pantallas de Tv incorporadas en el bus, y nuevamente el alto volumen reina el bus, y aparecen las escenas de una película en la que todos los actores tienen una arma en la mano, hay gritos, persecuciones de autos, motos que vuelan, disparos, mafia, muertes. Todo esto para un lunes a las 7:30 de mañana considero que es mucho.

Pero bueno, las dos horas han pasado, estoy llegando a la pequeña ciudad de mi destino. Lo primero que aparece a la entrada de la ciudad, además de la necesaria estación de combustibles, son tres discotecas, todas pintadas con colores vivos, a esta hora de la mañana están como muertas, cerradas, pero es fácil percibir que el fin de semana estuvieron atestadas de jóvenes, lo delatan la cantidad de javas de cerveza que se pueden ver en el exterior. Más allá ya por el centro de la ciudad, otras tres discotecas más. Unas cuadras más adelante un local que anuncia ser Karaoke; unas cuadras más se ven tres locales más de Karaokes. La conclusión que saco es que en esta ciudad pequeña la gente baila y canta mucho. Bien está digo para mis adentros, de alguna manera se tiene que divertir la juventud.

He llegado a mi destino, me bajo del bus y me dirijo a tomar café en un pequeño local cercano al mercado de la ciudad. He escogido una mesa cerca de una ventana por la que se puede mirar un valle que se extiende abajo. Entusiasmado por esto, pregunto a mi vecino de desayuno cómo puedo llegar hasta allá. Frente a mi pregunta a esbozado una sonrisa extraña, como de complicidad. – ¿Quiere irse de chongo? la pregunta suena como a invitación. – allá es la zona de chongos, hay unas hembrotas. Si se va ahorita, están recién llegadas, es bueno eso. Le contesto que no gracias, que tal vez otro momento. Pero el hombre insiste y dice con cierto aire de orgullo: “este es uno de los cantones que más chongos tiene, hay buenas putas aquí”. Le respondo de gracias por la información, que ya veré un momento para ir por allá.

Salgo del café. Voy al parque central. Lo que más destaca es una movida actividad comercial. He llegado hasta una esquina donde al paso un joven me ha saludado. Lo llamo, él se acerca, le disparo algunas preguntas. ¿Hay una sala de cine en la ciudad? La respuesta es una risa burlesca. ¿No existe un teatro en la ciudad? Ahora la respuesta es una risa con manos al estómago y todo. ¿No hay una biblioteca pública? Ahora sí, mi joven interlocutor me habla: Qué le pasa, está loco? en esta ciudad solo hay chongos, putas, droga, karaokes y discotecas, eso es lo que más hay. No necesitamos nada más.

Gracias, le digo. Y me reviso los bolsillos a ver cuánto dinero tengo para aplicar en una de las diversiones ofrecidas.

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