Ecos de la Revolución de Octubre

Las fuerzas revolucionarias a escala global festejan por estos días uno de los acontecimientos trascendentales de la Historia Universal: la Gran Revolución Socialista de Octubre, protagonizada por las masas populares de Rusia con el liderazgo de Vladimir Ilich Lenin al frente del Partido Bolchevique, y escenificada noventa y un año atrás –el 25 de octubre o el 7 de noviembre, según el calendario de referencia.

Una vez emergida a la sazón de la Primera Guerra Mundial (1914 a 1918), además de darle la batida inicial al colonialismo y provocar de hecho un cambio en el sistema las relaciones a nivel internacional, a partir de 1917 la obra de esta Revolución se convirtió en el faro del batallarde todos los proletarios de la tierra. Puede asegurarse que no ha habido desde aquel momento un accionar milit­ante de los trabajadores en cualquier rincón del planeta que, consciente o inconscientemente, no haya estado inspirado en el extraordinario ejemplo de aquel Octubre.

Constituye un elemento fehaciente que tras el extraordinario acontecimiento, por primera vez las masas populares del antiguo imperio zarista se situaron en condiciones de iniciar la edificación de una sociedad carente de la explotación al género humano, al tiempo que paulatinamente se empeñaban en construir la dignidad, la equidad, la fraternidad y la felicidad de las personas. Entre sus avances se encuentran cómo cada vez más satisfizo racionalmente las necesidades materiales y espirituales de los pueblos que conformaron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS, 1922); cómo fue el primero en colocar a un hombre en el espacio cósmico…; amén de cómo le extendió la mano internacionalistas a múltiples desposeídos de diversas latitudes –aspecto que muy bien sabemos en Cuba.

También la humanidad le debe al Gran Octubre el hecho de que las pretensiones fascistas no se hicieran realidad con la Segun­da Guerra Mundial (1939 a 1945). No se olvidará nunca que más de 27 millones de los mejores hijos del pueblo soviético murieron en aras de desaparecer las ínfulas del imperialismo internacional –cuya punta de lanza era el maniático de Hitler.

Luego alcanzaron toda una hazaña, muy a pesar de obstáculos: la paridad militar con los yan­quis, fruto de lo cual la ba­lanza de la correlación mun­dial de fuerzas llegaría a inclinarse a favor del progreso, evitando así el desencadena­miento de otra conflagración universal y los peores efectos de las maniobras reaccionarias del impe­rialismo en contra de la lu­cha liberadora de los pueblos.

En este orden de ideas, vale recordar que hasta el destacado economista inglés John M. Keynes se sintió atraído por las profundas y nuevas transformaciones que se realizaban en la URSS en la década del 30 de la pasada centuria, al extremo de llegar a acotar en “Alocución sobre el libro Soviet Communism”:

“Los soviéticos están ocupados en el vasto empeño administrativo de hacer que funcionen de forma tranquila y exitosa, sobre un territorio tan extenso que ocupa una sexta parte de la superficie de la Tierra, toda una nueva serie de instituciones sociales y económicas. Los procedimientos siguen variando rápidamente para ajustarse a las nuevas experiencias. Estamos asistiendo al mayor grado de experimentalismo y empirismo jamás intentado por unos administradores desinteresados”.

Sin duda, Keynes encontró en el proceso de construcción del socialismo en la Unión Soviética que un elemento distintivo estaba en la planificación estatal del desarrollo de la sociedad –en este caso, basada en la propiedad social sobre los medios de producción–, asunto que no tardó en incorporar a su propia teoría económica. Ello jugó su papel como opción ante la repercusión de la gran crisis de 1929 a 1933.

Escapa a la casualidad, pues, la actual apuesta a esa suerte de Neokeynesianismo –incluyendo al flamante Presidente USA, Barack Obama.

No obstante, simultáneamente emergieron problemas –sobretodo, de carácter subjetivo– que a la postre condujeron al desmantelamiento de la obra fundada por Lenin.

En un rápido balance, entre los factores que conllevaron a la bancarrota se encuentran la inexperiencia en la construcción del socialismo, las acciones del sistema capitalista internacional y la desvinculación del Partido dirigente con las masas. Pero fue la traición a los postulados o principios fundamentales del marxismo-leninismo lo que en última instancia provocó el derrumbe.

A partir del desmontaje de los valores que hasta allí se habían enarbolados, incluida la tergiversación de la Historia; a partir de la apología a las cosas buenas que pudiera exhibir el capitalismo, incluida la crítica desmedida a los errores cometidos en el socialismo; a partir de la Perestroika (supuesta rectificación) y la Glasnost (aparente diafanidad informativa), en la práctica se edificaba la vuelta al capitalismo, a un proceso en el cual el socialismo no murió de muerte natural, sino apuñaleado por la espalda –al decir del Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, compañero Fidel Castro.

Un tristemente célebre pacto devino cierre del capítulo iniciado en octubre de 1917: el fatídico acuerdo de Bioloviezhski, firmado el 8 de diciembre de 1991 por los entonces presidentes de Rusia, Boris Eltsin; de Ucrania, Leonik Kravchuk; y de Bielorrusia, Stanislav Shuhkevich, con el que se puso punto final a la existencia de la URSS –al menos, para este tiempo–. Sobre ello, ahora recuerdo que un cable de la agencia Prensa Latina, fechado en Moscú el 7 de diciembre de 2006, decía:

“A 15 años de esos acontecimientos [se trata del acuerdo de Bioloviezhski], el 52,7 por ciento de los rusos opinan hoy que la desaparición de la URSS pudo evitarse, mientras que 56,3 por ciento lamenta la caída del Estado soviético, según un sondeo de la consultora Bashkirov y socios«.Y para ilustrar un tanto más sobre el infeliz episodio, se precisa en el mencionado cable: “Entre ciudadanos de Rusia, Ucrania y Bielorrusia ese sentimiento aglutina a 69 de cada 100 entrevistados por la agencia Monitor Euroasiático”, es decir casi un 70 % de personas lamentando la desdicha.

Con estos elementos, se comprende que a esta altura haya resurgido la polémica sobre la pertinencia del descomunal acontecimiento, entre otras, por una razón: la cacareada bondad que iba a traer consigo el desmontaje del Socialismo para en su lugar iniciar el hasta ahí inédito proceso de reconstrucción del Capitalismo, se convirtió en una verdadera estafa a los pueblos de aquella latitud. Casi una década después, la lección brilla por su presencia.

Obviamente, era imprescindible rectificar-perfeccionar el rumbo del Socialismo de corte soviético, eliminar errores; pero ello se distanciaba del hecho de aspirar a mejorar las condiciones materiales y espirituales de las masas privilegiando a la propiedad privada, condenando al Estado a separarse del desarrollo de la sociedad y olvidándose de la necesidad de otorgarle preferencias a las personas y naciones desposeídas.

La vida se ha encargado de corroborar que Occidente ofrece veneno, tal como el Neoliberalismo equivale al mismísimo pandemonio –esencialmente hablando–. Si no, f’íjese en lo que sostiene Joseph Stiglitz en “El boomerang neoliberal”:

“Durante un cuarto de siglo ha habido una pugna entre los países en desarrollo y está claro quiénes han sido los perdedores: los países que aplicaron políticas neoliberales no sólo perdieron la apuesta del crecimiento sino que, además, cuando sí crecieron, los beneficios fueron a parar desproporcionadamente a quienes se encuentran en la cumbre de la sociedad” (www.coyunturapolitica.wordpress.com, 31/7/08).

Por mi parte, acerca de las crecientes desgaracias aparejadas a la dinámica del Capitalismo hoy día, escribí “Adiós al ´estado de bienestar social’” (www.kaosenlared.net, 7/10/08). Así, considero que una y otra vez hay que repasar el devenir de la humanidad y traer a colación una enseñanza: los pueblos que olvidan su Historia, están condenados a volver a ella –y no precisamente en sus mejores aristas.

Por fortuna, gana vitalidad el movimiento contestatario en todos los confines de la Tierra, específicamente en Latinoamérica. Cada vez son más las generaciones de revolucionarios que apuestan a la conquista del cielo. Ahí están Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador… Ahí esta la Alternativa Bolivariana para las Américas y sus frutos muy tangibles. A modo de ejemplo, resalta la Operación Milagro, esa que ha devuelto y/o mejorado la vista a más de un millón de desvalidos –incluyendo al mismísimo asesino del Comandante Che Guevara.

En lo que respecta a Cuba, apenas voy a decir que estamos celebrando el advenimiento de los primeros 50 años de Revolución y guapeamos cada vez más contra viento y marea, perfeccionando nuestro modo de construir el culto a la dignidad plena de la persona.

He aquí ecos de la Gloriosa Revolución Octubre.

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