Dylan viene de Dylan Thomas

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Por Jose Luis Merino

El cantautor estadounidense Robert Zimmerman quiso llamarse Bob Dylan, por su fervorosa admiración hacia el poeta galés Dylan Thomas, quien había nacido en 1914 y muerto en 1953.

El cantautor sabía que la poesía del bardo británico estaba plagada de ecos procedentes de la Biblia y del psicoanálisis de Freud, junto a las enseñanzas extraídas de las lecturas de Hopkins y James Joyce.

El poeta intentó fundir, con singular talento, el sentido primitivo de la poesía gaélica medieval y los aportes surgidos de la nueva poesía de su época.

Él no veía los hechos imaginarios o reales de forma objetiva; los tomaba de manera pasional y encendida, porque se trataba de un poeta arrebatadoramente romántico.

En sus páginas recorre como una flecha escarlata la presencia viva de la muerte, en tanto pájaros, mar, infancia, sexo y estrellas actúan como respiraciones insondables.

Poesía de puños cerrados y saliva, con la palabra corazón a tiempo de su boca. Se nos presenta lo más cotidiano envuelto en una suerte de hechizo surrealizante.

En gran parte de este recalcitrante anti-intelectual vive una oscuridad poco habitual, debido a la abultadísima carga subjetivista inherente, por la cual los estudiosos dilucidan cuánto hay de simbolismo en esa oscuridad (como ojos de ciego) y cuánto de surrealismo lleva implícito. Sumergido en esa atmósfera, el lector se deja deslizar por un tobogán permanente de imágenes de grato placer. Esas imágenes convierten a Dylan Thomas en el poeta del hombre como metáfora.

[Cuando le concedieron el extravagante Premio Nobel de Literatura en 2016 a Bob Dylan, tal vez los académicos suecos quisieron reparar con ello, el error de no habérselo otorgado en vida al genuino Dylan Thomas]

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