Dos transiciones por el precio de una

Por Rafael Cid

“Ni quito ni pongo Rey,
pero ayudo a mi señor”
(Bertrand du Guesclin)

Todos los actores políticos implicados coinciden en considerar como una Segunda Transición el nuevo ciclo institucional que se ha abierto tras las elecciones generales del 20-D. Tamaña confluencia entre distintas formaciones y líderes de diferentes generaciones induce una cierta positivación del hecho transicional. El buen paño en el arca se vende. Aunque si después de 37 largos años desde que se inaugurara la Primera Transición (PT) aún necesitamos otra Segunda Transición (ST) es que estamos en un viaje interminable. Rumbo a ninguna parte.

Y si a esa metamorfosis que nunca culmina, añadimos que la PT tuvo que pagar un precio en especies medido en renuncias varias asumidas por los partidos y dirigentes comprometidos, no es descartable que en esta ST pilotada por los políticos que toman el relevo de aquellos pioneros también tenga un coste, aunque esa servidumbre se oculte a la opinión pública verbalizando grandes avances, saltos adelante y progresos mil. Como ocurrió entonces, aunque para percibirlo en toda su dimensión haya que tener una mochila de dilatada experiencia vital. Por eso, la retórica de la buena nueva capta sobre todo las voluntades más jóvenes, sin el jodido lastre de la memoria crítica y vigilante. Fe de principiantes.

Sin embargo, los hechos son tozudos, una vez más, y las esperanzas aladas. Entre esta Segunda Transición y la Primera fundacional hay muchas más semejanzas que contradicciones. Tanto en cuanto al tiempo y lugar en que ambas se inscriben, como en esa tarifación que nuestros políticos concursantes asumen para comparecer ante la historia. Es lo que Gregorio Morán, en un libro ya curtido de años que ahora revive para despistados, denominó “El precio de la Transición”.

Vayamos por partes. Hablemos del contexto que mimetiza a esas dos transiciones que con la contundencia de una gota malaya soporta resignadamente el pueblo español abajofirmante. Cinco son las pautas que anillan a ambos procesos: crisis económica internacional; crisis política interna; nueva clase dirigente y performance rupturista.

Crisis económica internacional. Como se tratara de un “fatum”, ambas transiciones cabalgan a lomos de sendas crisis económicas del modelo capitalista imperante. En la Primera Transición se centraba en el petróleo, cuyo brusco incremento del costo quebró la dinámica de las economías occidentales en 1973 y 1979, ensombreciendo las expectativas de crecimiento de los países más desarrollados. Por su parte, la Segunda Transición se formula sobre las ascuas de una crisis financiera global que intenta saldarse con una monumental transferencia de renta de abajo arriba. Robín Hood al revés: quitárselo a los pobres para dárselo a los ricos a través del artefacto Estado. O si se quiere, socializando las pérdidas y privatizando las ganancias.

Crisis política interna. Ese ha sido el marco recurrente en el que se han fraguado ambas transiciones. En la 1975-1978 el detonante fue el fin de la dictadura franquista por agotamiento físico de quien encarnaba aquel régimen. En la de 2008-2015 el factor desencadenante se ancla en la obsolescencia del bipartidismo imperante entre PP y PSOE, los partidos que en representación del espectro ideológico conservador y socialdemócrata habían patrimonializado el poder.

Nueva clase dirigente. Lógicamente, para que exista una oferta política alternativa a la declinante, y dado que en las modernas sociedades mediáticas el poder se visibiliza en personalidades-daimon, la aparición de una nueva clase dirigente es condición sine qua nom para la reproducción del sistema. Se necesitan formaciones emergentes con suficiente credibilidad para atraer la confianza de los sectores sociales que se sienten desahuciados por las élites caducas. En la Primera Transición ese papel lo desempeñaban Santiago Carrillo por el PCE y Felipe González por el PSOE, y en la Segunda Transición Pablo Iglesias y Albert Rivera, por Podemos y Ciudadanos respectivamente.

Ruptura como performance. Dado que el encadenamiento de ambas transiciones sin solución de continuidad expresa un periplo virtual, una ruptura espectáculo forma parte de ritual de este tipo de procesos políticos. En la Primera Transición se llamó “consenso” y en la Segunda aún se busca nombre. Pero lo que ya se adivina es la doctrina que se maneja para justificar semejante dejación. Y aquí, de nuevo, el pasado retrata el futuro: lo llaman “correlación de debilidades”.

Y del con contexto al texto. El precio de la Primera Transición fueron las renuncias que aceptó una izquierda determinante a cambio de entronizarse en el futuro régimen. También en cuatro magnitudes: forma de Estado; modelo económico; derecho de autodeterminación y alianzas militares. Todas ellas previa promulgación de una Constitución que fijaba las reglas del juego y el número clausus de jugadores.

Forma de Estado. La restauración borbónica en la figura de Juan Carlos de Borbón como jefe de Estado, tal como había dispuesto Franco, título al que la Norma Suprema añadió su condición de jefe de la Fuerzas Armadas y la inmunidad legal. Al aceptar esta condición, PSOE y PCE tiraban por la borda la tradición republicana de 1931 contra la que se perpetró el Alzamiento militar, y de paso legitimaba una amnistía sobre los crímenes de la dictadura con olvido de sus víctimas.

Modelo económico. Del modelo económico de economía planificada y semiautárquica, del franquismo con brotes tecnocráticos en el último periodo, sucedió uno de capitalismo extractivo y bancarización insertado en un mercado común europeo, con el refrendo de los partidos políticos y los sindicatos recién legalizados firmantes de los Pactos de La Moncloa.

Derecho de autodeterminación. Fue uno de los supuestos ideológicos de la izquierda que antes se cayó de la programación. El artículo segundo de la Constitución, consagrando la unidad territorial de España, era la piedra de toque del atado y bien atado para la transición de la dictadura a la democracia, y bajo esa advocación PSOE y PCE iniciaron su compromiso histórico con la monarquía parlamentaria.

Alianzas militares. Fue el ejemplo más nítido de continuismo. A la cesión de bases militares para Estados Unidos en territorio español por la dictadura siguió la entrada en la OTAN de los demócratas. Aunque esa abdicación a iniciativa del felipismo supuso la ruptura de la izquierda, y provocó el nacimiento de Izquierda Unida (IU) tras haber fagocitado el PSOE a la mayor parte de los cuadros del PCE.

Las renuncias de la Segunda Transición están en fase indiciaria, pero haberlas haylas. Y salvo el principio de autodeterminación, ahora resucitado como “derecho a decidir”, que sigue en el alero a trancas y barrancas, todas las demás ya han sido “transadas” por los grupos emergentes, émulos, mutatis mutandis, de aquella otra oposición antifranquista de la Primera Transición. Por hacerlo corto: nadie reivindica la República y tragan con la monarquía de Felipe VI; el capitalismo neoliberal está a buen recaudo porque la derogación de la reforma del artículo 125 de la Constitución que lo reafirma no figura en las prioridades de la izquierda, y lo de la OTAN se da como parte del paisaje, con aspectos chuscos como que Podemos fichara al anterior jefe del Estado Mayor de los Fuerzas Armadas como referente de autoridad para los posibles “casus bellí”, cargo que ostentaba cuando Zapatero autorizó que España fuera la sede de la base naval de escudo antimisiles de EE.UU (la OTAN al cubo).

El eterno retorno.

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