Dos puntas tiene el camino

Este cuento que te cuento, no es como todos los cuentos que tienen comienzo y final. Este cuento tiene dos finales. Como el camino tiene dos puntas… y en cada una de ellas, los muertos me aguardan.

Este cuento que te cuento, tiene un final en el Chaco argentino, que se llama Néstor. … Néstor es el nombre que nombra a todos los niños, niñas, jóvenes qom, guaraníes, mapuches, muchachitxs de la tierra, del olvido .… Este cuento tiene otro final en París, que se llama Charlie. Charlie nombra a todxs lxs humoristas y sin humor, asesinados de manera brutal y trágica por el terror fundamentalista, o quién sabe por quién que lo usufructúa. Los finales pueden parecer parecidos pero no lo son. El final francés tiene muchas páginas en los diarios, en lenguas diferentes. Tiene mucha gente movilizada en un final casi mundial. “C´est Paris”. Todas / todos nos hemos sentido en la obligación de repudiar esas muertes europeas. De repudiar el absurdo de los asesinatos provocados por el fanatismo religioso, estimulado por el terrorismo del Estado neocolonial -que por siglos persigue a pueblos y países que no se subyugan a su poder mundial-. Muy poquitos sin embargo, nos hemos sentido obligadas/obligados a repudiar la muerte de un niño qom, de un niño de un pueblo originario, provocada por siglos de colonialismo e indiferencia, que hoy se traduce en muerte por desnutrición –motivo debidamente ocultado por los que escriben los certificados de defunción, y por quienes se interesan en reproducir el discurso del poder-.

Este cuento que te cuento, con dos finales, tan distintos en la creación de sentidos y en los sentires que moviliza, está escrito con rabia y con pena. Pena de un mundo que no aprende la convivencia de los muchos mundos que lo habitan. Un mundo que nos pone a todas y todos frente a una locura e irracionalidad que posibilita guerras, invasiones, masacres palestinas, sirias, musulmanas, en las que se inscriben todos los gestos de espanto que pueden llamarse charlies. Rabia por las muertes que provocan muecas displicentes en nuestras geografías ocupadas por los grandes medios de desinformación. Ya sabemos. Néstor será olvidado muy pronto. No provocará debates encendidos. No será tema en la agenda del estado que lo abandonó a su mala suerte. Néstor es un indiecito más de la lista de indiecitos exterminados en el largo genocidio americano. Comparar las muertes no tiene sentido, dice mi cuento, si no es para descubrir que en una y otra viven finalmente, en el mismísimo final, el guión trágico redactado por la cultura colonial. Fue Aimé Césaire el poeta y teórico de la lucha anticolonial, quien insistió en que la colonización incide en la “descivilización” del colonizador. Dijo alguna vez: “Cada vez que en Vietnam se corta una cabeza, y se revienta un ojo, y en Francia se acepta, cada vez que se viola a una niña y en Francia se acepta… se está produciendo una regresión universal, se está instalando una gangrena… lo que encontramos es el veneno instilado en las venas de Europa, y el progreso lento pero seguro del ensalvajamiento del continente”.

Este cuento que te cuento es como una gangrena que destila veneno. Allá y acá. Un cuento en el que no estamos seguros de lo que nos cuentan. En el que no podemos confiar en nuestra sombra, ni en un certificado de defunción, ni en una explicación policial o periodística. Este cuento que te cuento tiene dos finales. Dos finales que duelen. Un final extremadamente visible, que ya podemos adivinar que anticipa millares de nuevos finales que las extremísimas derechas de la civilización occidental están reclamando a viva voz. Y un final extremadamente invisible, que oculta otros finales tan invisibles y desvalidos como el de Néstor… el niño qom. Este cuento que te cuento está harto de finales. Ese hartazgo que duele, que desgarra como la bala o el hambre, reclama que escribamos nuestro propio comienzo. Una apuesta a la vida, a la libertad, saliéndonos de los caminos conocidos que nos desconocen. Este cuento que te cuento se queda así sin final. Como esperando nuestro propio comienzo.

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