Publicado en: 11 diciembre, 2015

Donostia: Capital cultural de Europa (Herri Kultura)

Por Euri Iparragirre

Durante un año y a partir del próximo 1º de enero de 2016 Donostia será oficialmente «capital cultural de Europa». Ni Euskal Herria ni Donostia tienen cultura «oficial» propia, reconocida internacionalmente. La cultura vasca y más concretamente su esencia, la cultura popular, no sólo no es «oficial» sino que en muchos sitios de nuestro país […]

Durante un año y a partir del próximo 1º de enero de 2016 Donostia será oficialmente «capital cultural de Europa». Ni Euskal Herria ni Donostia tienen cultura «oficial» propia, reconocida internacionalmente. La cultura vasca y más concretamente su esencia, la cultura popular, no sólo no es «oficial» sino que en muchos sitios de nuestro país sufre una implacable marginación que en determinados ámbitos decisivos es opresión pura a manos de las culturas española y francesa. No podemos ser capitalidad de nada dado que primero necesitaríamos tener nuestra propia base sobre la que sustentar esa responsabilidad.

¿Cómo puede un pueblo -que no sólo Donostia-, ser capital internacional de algo que no tiene oficialmente? ¿Qué cultura podemos exponer al exterior, la popular machacada por la represión y el exilio, o la burguesa aceptada por el capital internacional? ¿Cómo podemos enriquecerla con el contraste con otras si ni siquiera es nuestra en su pleno sentido de cultura como producción y distribución popular, colectiva y democrática de valores de uso? Es más, ¿debemos aceptar como el único lugar y medio de enriquecimiento esta oportunista feria político-mercantil o emplearla como campo táctico de lucha en la guerra cultural que se libra actualmente? ¿Debemos denunciar que Donostia y Euskal Herria, haya sido reducida a una de las principales ferias de exposición de las mercancías producidas por la industria cultural de la Europa imperialista?

Contestaremos a estas y otras preguntas a lo largo de la serie de textos sobre Herri Kultura que ofreceremos al debate popular durante la duración del mercadillo donostiarra, verdadero escaparate de la cultura dominante y de la culturilla de consumo alienado de masas que esa minoría lanza al pesebre del analfabetismo funcional capitalista. Ahora debemos profundizar en las razones por las que determinadas fuerzas económicas, políticas y sociales, además de económicas, recurrieron a todas las influencias posibles para que el evento se realizara en Euskal Herria y concretamente en Donostia.

Aquí, como en todo, hay que liberarse de la «verdad», o como sostienen Celia Rodríguez y Nils Longueira, debemos reivindicar «la importancia de no creerle a la “verdad”» dado que «el sistema cultural capitalista ha desarrollado una notable capacidad para reelaborarse y adaptarse a nuevas condiciones sociales, incorporando incluso posturas que parecieran arremeter contra él, en claras maniobras por garantizar su supervivencia y dominación» (C. Rodríguez y N. Longueira «La importancia de no creerle a la “verdad”», Temas Nº 79. Julio-Septiembre 2014. La Habana, p. 95).

Una de esas maniobras de perpetuación del sistema cultural capitalista en las condiciones actuales es la organización del mercadillo donostiarra. La utilización del concepto marxista de verdad para ver la mentira que se oculta tras la «verdad» oficial nos descubre de inmediato el crucial papel del Estado burgués, «que es un fin en sí mismo» (ídem, p. 102), en la industria cultural. En efecto, la burocracia estatal española ha sido clave en la maniobras del Partido Socialista Obrero Español, del Partido Nacionalista Vasco y del Partido Popular para, en representación y defensa de los intereses de clase de la burguesía comercial y financiera vasca, lograr la nominación de Donostia.

Las razones son obvias y podemos sintetizarlas en cuatro bloques, con relativa autonomía cada uno de ellos pero supeditados a la coherencia disciplinadora de una unidad superior, de una totalidad que los subsume y dota de sentido: los mezquinos intereses económicos de los tenderos donostiarras y vascos en general, esencialmente dependientes de la industria cultural y turística; los intereses igualmente mezquinos pero más amplios de la burguesía vasca por reforzar su proyecto de eje-atlántico de servicios especializados, en donde Donostia sería el eslabón bello y lujoso de haute cuisine que uniría el superpuerto del Gran Bilbao con la poderosa euroalemania pasando por Bordele y París; la común necesidad imperiosa de la «nación foral» del PNV y del imperialismo nacionalista español por aplastar la cultura popular vasca especialmente fuerte en Gipuzkoa y Donostia, cultura crítica que explica mucho de la fuerza del independentismo socialista en este territorio histórico; y la estricta necesidad del españolismo por reforzarse en Hego Euskal Herria mediante ese misterio de fe de la «triple identidad: europea, española y vasca», tan irracional como el de la Santísima Trinidad.

El capitalismo actual tiene una de sus ramas más expansivas y rentables en la simbiosis entre la industria cultural, la educativa, la político-mediática, y la turística. Las cuatro dependen directamente de las estrategias estatales de dominación porque tienen un claro contenido político que impacta en directo sobre la totalidad social y en especial sobre las opresiones nacionales y las estrategias demográficas, sexuales y patriarcales. También dependen de los movimientos de grandes capitales excedentarios o de baja rentabilidad en la rama industrial, a la vez que son apetitosos nichos de blanqueo de dinero criminal y de capital ficticio.

La capitalidad cultural donostiarra de 2016 se inscribe en la misma dinámica cultural que G. Yúdice descubrió en los cambios político-económicos de la industria cultural en EEUU, Brasil y México introducidos por el neoliberalismo en los años ´90. A pesar de sus diferencias formales, esas burguesías entendieron que «La cultura es un buen negocio» (G. Yúdice, De la cultura, Ciencias Sociales, La Habana, 2006, pp. 329-331) en el que intervienen sectores como el automotriz, tabacalera, informática, electrónica, cosmética, audiovisual, petrolera, química, alimentación y bebida, turismo, artesanía, folclore… Un negocio bueno que se extiende a los efectos políticos porque intensifica la alienación y debilita la cultura popular y crítica, la conciencia revolucionaria.

Y donde se habla de turismo en tiempos de crisis hay que hablar de explotación sexual, de prostitución como elemento clave del turismo capitalista (Marta Clar, Prostitución y sociedad de clases, un vínculo inseparable, 30/08/2015 (www.laizquierdadiario.es). En los sucesivos comentarios nos extenderemos en las relaciones internas entre turismo, drogas, prostitución y cultura patriarco-burguesa. Semejante coctel es especialmente exquisito en áreas de la burguesía vasca, superficial y pueril pero reaccionaria hasta la médula, que incluso ve con inquietud los tímidos y cobardes intentos del progresismo cultureta donostiarra que se esfuerza por dar una imagen de justa equidistancia en los festivales cinematográficos, jazzísticos, deportivos que organiza, estructurados en base al complejo lingüístico-cultural español e internacional burgués.

Con el capitalismo actual la comercialización del arte y de la cultura ha dado un salto cualitativo, irreversible con respecto a la dependencia que tenían los artistas de un rico mecenas o de encargos remunerados. Úrsula Huws ha estudiado los cambios en la fuerza de trabajo en la biología pero sobre todo en el arte y la cultura, en los servicios públicos y en la sociabilidad. Centrándonos en la industria cultural ha mostrado que la emergencia del «cibertariado» (U. Huws, «Capitalismo y cibertariado», Monthly Reviev, 3ª Época, Nº 1, septiembre 2015. Edición online, pp. 71-73) ha determinado que «Incluso los trabajadores artísticos que intentan trabajar de forma tradicional, fuera del mercado, se encuentran en la práctica que cada vez más tienen que enfrascarse en un proceso dual de súplica y exhibición de los propios logros con las grandes empresas o con instituciones burocráticas para acceder a los recursos que les permitan hacerlo».

La misma presión sufren los novelistas, pues no son ellos los que deciden la suerte de sus obras sino las poco más de 500 agencias literarias que con un millar de representantes se reúnen cada año en la Feria de Fráncfort para decidir «qué se lee en el mundo». Son ellos quienes administran una industria que ha movido 140.000 millones-€ en 2014. Una de ellas, la Agencia Wylie tiene mil «autores» -trabajadores de la pluma- en su nómina (W. Manrique La colmena que decide lo que el mundo leerá, 17/10/2015 (www.elpais.com) El poder de las agencias les permite cambiar los títulos de las obras según su impacto comercial y hasta su final en bastantes casos dependiendo de la exigencia de la tasa de beneficio de empresa literaria: la independencia creativa del autor concluye donde se inicia el beneficio de la empresa literaria.

Este conglomerado de fuerzas reaccionarias que responde en definitiva a la ley general de la acumulación capitalista, hace que, por ejemplo y para ver la explotación cultural con más perspectiva, en Nuestra América más 400 idiomas en su mayoría de origen indígena estén en peligro de extinción (Dora Luz Romero Las lenguas que América del Sur quiere salvar, 16/09/2015 (www.elpais.com). También explica que las fuerzas progresistas y revolucionarias del continente organicen defensas colectivas de sus lenguas y culturas recurriendo al empleo de los más modernos medios tecnológicos pero fuera de la lógica imperialista (M. Lozano, «Satélite protege idiomas ancestrales», Abya Yala. Ciencias Sociales. La Habana, 2011, pp. 235-238).

Llegamos aquí a una problemática con dos caras que reaparecerá siempre abiertamente en las sucesivas entregas de estos comentarios críticos sobre el mercadillo turístico-cultural y político de los avariciosos comerciantes donostiarras. Por un lado, los efectos destructores de  la represión sobre la cultura emancipadora, reforzando así la cultura de la explotación y la pasividad amnésica, o sea, lo que en cierta forma G. Yúdice denomina «cultura de la memoria» (G. Yúdice, ídem, pp. 411-419), cuestión especialmente decisiva para la cultura popular donostiarra y vasca en general marcada a fuego por torturas, cárceles, desapariciones, fusilamientos, expolios y saqueos, multas y expropiaciones, exilios externos e internos, y censuras y prohibiciones múltiples: pero esta centenaria realidad que estructura la rica vivencia rebelde de la cultura vasca no aparecerá en las hueras divagaciones de y sobre la «gran cultura» europea que se realizarán en los salones donostiarras.

Y por la otra cara del mismo problema, los efectos destructores sobre la cultura de los pueblos y de los Estados débiles causados por la mundialización de la ley del valor, del poder omnívoro y omnímodo de la industria cultural transnacional pero con cuna en los grandes imperialismos. G. Yúdice lo explica así: «la transnacionalización se extiende a todos los espacios posibles y transciende las fronteras nacionales para favorecer los intereses comerciales y también políticos de una minoría» (ídem, p. 300). ¿Cómo defendernos frente a ese arrasamiento? Podemos basarnos en la demoledora crítica que A. Woods hizo al charlatán H. Dieterich que fascinó con su labia reformista sobre el «socialismo del siglo XXI» a unos cuantos ignorantes de la izquierda independentista vasca. Parafraseando a Woods, para defender nuestras culturas debemos establecer un monopolio estatal del comercio cultural exterior (A. Woods, Reformismo o Revolución, FFE, Venezuela 2008, pp. 462-463).

Tenemos el caso de Venezuela: país rico pero empobrecido por la guerra económica feroz que le ha declarado el imperialismo y que se suma a una larga agresión anterior, así como por la desidia egoísta de su clase burguesa. En este contexto R. Iturriza se pregunta «¿Cómo se expresa artísticamente una revolución amenazada como nunca antes? ¿Cómo se expresan hoy, en Venezuela, los artistas que anuncian otro mundo posible, gobernado por fuerzas contrarias a la tiranía del capital?» (R. Iturriza, Notas sobre la nueva cultura: El espejo. 25/09/2015 (www.lahaine.org) El autor denuncia radicalmente las impotencias creativas y los nefastos efectos de la burocracia cultural que se ha extendido como un cáncer dentro de las instituciones del país y que sólo repite lo ya hecho. La propuesta de Iturriza es otra: la cultura liberadora ha de volver al pueblo, a su realidad y a sus luchas, y sólo ahí, en el interior de los conflictos, puede recuperar su creatividad.

Únicamente la cultura como praxis colectiva liberadora impedirá que se forme esa masa amorfa e inerme que S. Kara-Murza ha definido como «una enorme multitud virtual. No está en una plaza, sino en confortables apartamentos frente a los televisores, pero no está estructurada y escucha a los máximos líderes y profetas, sin dialogar con ellos. Ella no corre a tomar la Bastilla por sí misma o para linchar a los serbios; solamente aprueba tales acciones de sus autoridades. Da horror hablar con alguien de Occidente sobre las acciones destructivas que apoya. Esta gente en realidad es capaz de destruir la Tierra sin ninguna mala intención, sencillamente “sin pensar”» (S. Kara-Murza, La manipulación de la conciencia, Ciencias Sociales. La Habana 2014, Tomo I, p. 274)

  1. Kara-Murza es uno de esos investigadores que dan mucha importancia al papel castrador del miedo y de la represión en la personalidad y en la cultura de los pueblos (ídem, pp. 173-200), cuestión en la que ahora no nos extendemos pero a la que volveremos siempre. No debe sorprendernos porque, en realidad, un acercamiento malo e individualista a la cultura crítica puede reforzar de rebote el miedo a la libertad, ya que «La cultura no es un adorno -ese adorno para consumo y embellecimiento de la burguesía- y sí una arma transformadora -y trastornadora- de la realidad interior y exterior del individuo» (A. García Pintado, Los males de la cultura 15/10/2015 (www.vientosur.info).

Porque la cultura verdadera, la del pueblo, es un arma revolucionaria, por es mismo y para impedir que se expanda los Estados burgueses toman medidas represivas adecuadas. Recientemente hemos sabido que el Ejército español «invita a los trabajadores de RTVE a jurar la bandera de España» (23/09/2015 www.abc.es). Recordemos que es una bandera monárquica. La radiotelevisión es uno de los instrumentos más eficaces en la creación de la pasiva «multitud virtual» que es capaz de destruir la Tierra «sin pensar», sin «ninguna mala intención». Para atar todavía más fuerte a las y los trabajadores de esa máquina alienadora, el Ejército español les «invita» a jurar la bandera que simboliza la sumisión al orden referenciado en un rey.

Desde esta RTVE se retransmitirán al mundo buena parte de los «actos culturales» a celebrar en Donostia durante 2016, y es por esto por lo que ya empieza a denominarse como verdadera «capitanía cultural» en vez de capitalidad cultural. Será esta máquina de la idiotez la que también refuerce el contenido patriarcal de la cultura española al margen de la pertenencia de clase: solamente el 16,6% de los ejecutivos de las altas empresas españolas son mujeres (05/03/2014 www.publico.es), y el 63% de los españoles cree que las mujeres no valen para científicas de alto nivel, científicas que sólo reciben el 18% de los premios por su trabajo y que ocupan el 20% de los cargos de responsabilidad (M. Ansede, 23/09/2015 www.elpais.com).

Hay que sumar a esta militarización simbólica y patriarcal de la industria político-mediática y del «pensamiento» español, los ataques furibundos de su nacionalismo a los derechos lingüístico-culturales de las naciones que oprime. Txetxu Barruezu sostiene que la euskaldunización forzada sobre todo en Educación y Sanidad de la administración funcionarial en la Comunidad Autonómica Vasca ha supuesto un enorme sacrificio personal para muchos funcionarios que han perdido sus puestos de trabajo por no aprender «vascuence», además de un considerable gasto económico, sustituidos a menudo por personal «con peor curriculo y competencia profesional» (Txetxu Barruezu, Euskaldunizar a la fuerza, 12/09/2015 (www.elpais.com)

  1. L. Barbería no arremete esta vez contra los derechos lingüístico-culturales vascos sino, en la misma línea estratégica de asegurar la dominación cultural española, contra los derechos lingüísticos catalanes al sostener que la lengua catalana actúa no sólo como «marcador identitario, sino también como elemento de distinción social» (J. L. Barbería, El catalán como elemento de clase, 24/09/2015 (www.elpais.com).

Hemos citado sólo una parte infinitesimal de las noticias, datos, comentarios y proyectos que encuadran y determinan los límites en los que se va a desenvolver la capitanía cultural interesadamente cedida por la Unión Europa a la burguesía vasca para que cumpla con su deber: civilizar y pacificar a los bárbaros vascones. Por nuestra parte sólo decir que nos empecinaremos alegre y jovialmente para que vuelvan a fracasar.

EURI IPARRAGIRRE   Euskal Herria  23-10-2015

 

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