¿Dónde está la paz?

 

Invito al lector a un viaje mental y espiritual imaginando cómo  lo haría un extraterrestre de corazón puro en calidad de observador de la Tierra. ¿Qué vería en nuestro mundo? Hambre, desigualdades extremas, enfermedades sin fin, sufrimientos, necesidades, odio, venganzas, violencia contra  los tres reinos de la Naturaleza, y contra la mujer, manipulación genética, mataderos de animales, trasplantesy mercado negro de órganos, y muchas cosas más. Y como telón de fondo, el estruendo de los cañones de guerra, los gritos de los heridos en las muchas guerras, las muchas viudas y huérfanos, los inhumanos campos  de refugiados y la desesperación de los que buscan refugio sin encontrarlo, y tantas cosas en marcha en diferentes continentes. Y dominando el conjunto, una atmósfera sucia y empobreciéndose de oxígeno a medida que se queman y talan bosques, una tierra cada vez más estéril, unas aguas contaminadas por diversos venenos químicos, sin olvidar la contaminación general que provocan las guerras continuas y los desechos nucleares.

El observador extraterrestre se hace muchas preguntas al respecto sin salir de su asombro. Pues ¿acaso no se llaman entre sí “civilizados”, los autores de semejantes tropelías? ¿No se han predicado durante milenios las enseñanzas de Jesús el Cristo, el Príncipe de la Paz, a tal punto que la “civilización”  occidental se autoproclama “cristiana”? Y el observador extraterrestre, que es cristiano y practica como tal  las enseñanzas del Sermón de la Montaña, no se explica por qué esta supuesta civilización se llama “cristiana”, y no otra cosa, como por ejemplo, apocalíptica, título que sería, piensa, el más apropiado…

El observador extraterrestre, que procede de un planeta pacífico, donde se respetan las leyes del Creador del Universo se pregunta  por el origen  de todo este desastre y  busca en  las televisiones que ofrecen continuos informativos esperando encontrar en ellos alguna pista.  Y ¿qué ve en las pantallas? Busca inútilmente remedios  para todo eso que observa, y no halla ni uno para la armonía y la  paz. Muy al contrario, ve  gobernantes  que  hablan de paz, pero se preparan para la próxima guerra invirtiendo ingentes cantidades de riquezas en investigación militar y armamento, en inacabable competencia  para erigirse cada uno en el más fuerte. Ve cómo  los pueblos todos del Planeta sufren a diario privaciones, hambre, enfermedades  y necesidades  a costa de los gastos de sus Estados  para una hipotética guerra o para una guerra presente. Gastos que  tienen que sostener  los pueblos con impuestos mientras ven partir a muchos de sus  jóvenes para los campos de batalla atraídos por algún señuelo para incautos como derecho a la nacionalidad o soldada a cambio de jugarse la existencia  o cercenar  la de otro para satisfacer los miserables egos  de  los creadores de la guerra.

Todo esto, piensa el visitante de otro mundo, debiera ser denunciado en todos los medios de información más prestigiosos, pero no encuentra en ellos crítica alguna, y le asombra que, lejos de eso, los responsables de la miseria y muerte de millones de sus semejantes sean elegidos en urnas, aplaudidos en actos oficiales y desfiles militares  y exhibidos públicamente  como si se tratara de hombres de bien en quienes confiar.

Tiene tal predicamento “ambiental” la violencia en las conciencias dormidas, que no encuentra resistencia cuando  le son ofrecidos a los televidentes toda clase de noticias de  guerras y horrores en cualquier lugar del mundo y apenas si  importa  que sean sus promotores alguno de esos ministros  que acaban de sonreír ante  las cámaras defendiendo los derechos humanos con el mayor cinismo.

Tiene tal predicamento “ambiental” la violencia en las conciencias dormidas, que no bastando con la que ofrecen los telediarios, las pantallas se llenan de guerras  de ficción, de violentos combates a muerte entre enemigos irreconciliables, entre personajes abominables que matan en nombre de la ley- dicen- y aparecen como “los buenos” aunque ignoren las leyes divinas al mismo nivel que los “malos”, sus enemigos a quienes se esfuerzan en exterminar… En cambio,  los amantes de la paz, los que claman pacíficamente en las plazas públicas por la justicia, los que defienden a desahuciados a enfermos, a marginados sociales  o reclaman su derecho a la libertad, al pan, al trabajo, a la justicia o a un Planeta limpio y saludable donde  también  se respete la vida animal,  son maltratados de múltiples maneras por las fuerzas que se dicen de la ley pero actúan  en contra de la ley divina que dice –  piensa el visitante- “Trata a los demás como quieres que te traten a ti”, y “ No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti”. ¿Tan difícil resulta de  entender  algo tan sencillo? Se pregunta extrañado.

Todavía aún  más increíble le resulta al observador atento  la existencia de millones de personas en las llamadas “Iglesias cristianas” pero que- para su sorpresa- son indiferentes al estado del mundo en que viven. Hablan de guerras justas, apoyan y forman parte los estamentos privilegiados de poder y fortuna, establecen jerarquías  de conciencia y sociales entre personas, viven principescamente de sus impuestos  y dividen  y  atan a sus seguidores por el miedo a un Infierno tan inexistente como eficaz  para sus propósitos. ¿Acaso ignoran la Regla de Oro de la conciencia recta: “Lo que quieras que te hagan a ti, hazlo tú primero a otros”?

El visitante extraterrestre no sale de su asombro. ¿Dónde se halla el espíritu del amor, dónde la renuncia a lo mundano, dónde el espíritu igualitario y pacífico del cristianismo? ¿Dónde el sentimiento de  justicia que Jesús vino a explicarnos? ¿Qué clase de locura ha tomado cuerpo en este Planeta, que hasta los que dicen seguir  a Cristo actúan contra los principios de su Maestro

…Lentamente, el visitante se encamina hacia su mundo altamente preocupado por el porvenir de este. Y aunque conoce la profecía de Cristo sobre Su  futuro Reino de Paz en esta Tierra, tampoco ignora lo que aún tendrán que sufrir miles de millones de seres humanos antes de que esto suceda, mientras se desvanece en la atmósfera  deseando que los sentimientos de paz, amor y armonía penetren urgentemente  en el corazón humano para bien de todos y del Planeta mismo.

 

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