Domina quien detenta el derecho a amenazar.

Poniendo palabras al voluntarismo confundimos los deseos con realidad, soñamos tortillas, cosas extrañas e imposibles que pongan subtítulos a nuestras películas. Trabajos de amor para nada, porque por la vía de las letras ya no fluyen las órdenes. Para los grandes apóstoles de la libertad política la palabra había significado libertad frente a la coerción, libertad frente al poder arbitrario de otros hombres, supresión de los lazos que impiden al individuo toda elección y le obligan a obedecer las órdenes de un superior al que está sujeto. Los heridos por las letras insistimos en la libertad, sin darnos cuenta de que las palabras ya han cambiado su sentido, de que la nueva libertad prometida era libertad frente a la indigencia, supresión del apremio de las circunstancias, que, inevitablemente, nos limitan a todos en campo de elección, aunque a algunos mucho más que a otros. Antes de que el hombre pudiera ser verdaderamente libre había que destruir el “despotismo de la indigencia física”, había que abolir las “trabas del sistema económico”. Y eso se las trae. El siguiente deslizamiento semántico es el de la planificación, ahora se trataría de crear las condiciones bajo las cuales el conocimiento e iniciativa de los individuos encuentren el mejor campo para que ellos puedan componer de la manera más afortunada sus planes. Porque una utilización racional de nuestros recursos requiere la dirección centralizada de todas nuestras actividades, que urge ponerse de acuerdo para conseguir algún modelo que sirva para que nos sigamos creyendo protagonistas. No se han descrito adecuadamente los colectivos mientras no se muestre por qué canales fluyen los ríos de órdenes en su interior. A su estructura moral pertenece un acuerdo sobre quién ordena a quién y cuando está autorizado a amenazar a quiénes. Domina quien detenta el derecho a amenazar. Una amenaza se define científico estratégicamente como un “consejo armado”; sociológicamente se describiría como una recomendación reforzada por una sanción. Porque detrás del “por qué debo hacer lo que dices” anda siempre agazapado el “cómo no lo hagas vas a ver lo que pasa”. La energía se degrada cuando se dispersa, la política también. Una política sin protagonistas impide los mecanismos identificativos y proyectivos capaces de transformar las ideas y los programas en convicciones, leyes y obligaciones. Las redes no ayudan a los que pretenden modelos para los mitos, las redes quitan protagonismo a los agentes. La dispersión de las fuerzas se halla en notable connivencia con el omnipresente rumor de la “retificación”, o puesta en red del mundo a través de los medios. Esta retificación, ¿significa quizá sólo un estado de debilidad organizada? Casi como podría decirse que los antiguos físicos se dieron cuenta de pronto que sabían muy pocas matemáticas para poder dominar la física, así puede decirse que los jóvenes se encuentran de pronto en la situación en la que el entendimiento normal, sano, ya no alcanza. Todo se ha enredado tanto que, para dominarlo, haría falta un entendimiento excepcional. Pues, ya no basta con poder jugar bien al juego, sino que siempre se plantea la pregunta: ¿hay que jugar este juego y cuál es el juego correcto? Miramos a través de velos, apresamos a través de redes. Recordemos el irónico comentario de Oscar Wilde acerca de que el problema del socialismo era que nos haría perder demasiadas tardes. La producción biopolítica nos ofrece la posibilidad de que hagamos el trabajo político de crear y mantener relaciones sociales en colaboración utilizando las mismas redes de comunicación y cooperación de la producción social, sin perder las tardes en interminables reuniones asamblearias. Por los toboganes del cómo-cuándo porque-sí que arranca con el analfabetismo de la multitarea la sociedad red nos aleja de la realidad. Desde la multitarea nos deslizamos al multiculturalismo. Y de este al cosmopolitismo. Entonces el localismo pica y lleva a la superposición de colectivos y de estos a la globalización. Desde el individualismo metodológico al individualismo en red y de este al autismo en red. Desde el consumo al consumismo y de este al consumo en red. De la sociedad real a la sociedad red.

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