Discurso del método

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Por Agustín Guillamón

Las sectas del capricho son muchas y el hombre cuerdo debe huir de todas ellas. Hay gustos exóticos que siempre se casan con todo aquello que los sabios repudian. Viven muy pagados de cualquier extravagancia, y aunque los hace muy conocidos, es más a causa de la risa que de la reputación. Aun como sabio no debe destacar el prudente, mucho menos en aquellas ocupaciones que hacen ridículos a los que las practican.                                                                      

Baltasar Gracián. El arte de la prudencia.

Confieso que no entiendo ese canibalismo intelectual consistente en despedazarse unos a otros por una poquedad. Seguramente se trata de un ritual en el que las personas más próximas son injuriadas precisamente por esa cercanía, y por aburrimiento. El triste resultado es la imposibilidad de un espacio de sana controversia que pueda interesar a los jóvenes, y la destrucción de la mínima posibilidad de existencia de una red de solidaridad internacional e internacionalista: sólo una furiosa pelea de gallitos, en la que gana siempre el más bestia y sanguinario. Y en ese juego, todos perdemos.

La publicación en castellano, catalán y francés de un breve artículo titulado “Derrotismo revolucionario”, que no supera las dos mil palabras, ha tenido la virtud de alborotar el gallinero bordiguista, y aledaños del corral.

Las críticas bordiguistas a ese artículo han utilizado los métodos más variopintos, desde el indigno método de la deformación de imágenes, que coincide con el usado por los nazis en su lucha antisionista, hasta la repetitiva y aburrida utilización del insulto ad hominem como ineficaz sustituto de argumentos o razones.

No se puede debatir con X, un individuo perturbado que se cree y se presenta a sí mismo como “La Internacional”, al tiempo que emplea métodos provocativos y denigrantes de carácter nazi/estalinista, entre una sarta de fórmulas seudomarxistas, sin más razón que el gamberrismo o el berrinche ante la menor contrariedad. Una furia irrefrenable le reafirma en sus dogmas cuando los siente amenazados, transformándole en celoso guardián leninista de lo sacrosanto y azote de herejes.

No se puede dialogar con un analfabeto funcional como Y, incapaz de escribir una frase inteligible que no incluya una afrenta, y que se presenta como “El Partido”. Citar aquí a Y significa ya concederle un nivel teórico del que carece, es elevarlo desde su total indigencia intelectual a una categoría que no tiene, porque sería aconsejable ante todo su asistencia a una escuela nocturna de alfabetización para adultos.

Ni se puede ni se debe dialogar con tales personajes desquiciados, tristes payasos sin gracia como X e Y, porque cualquier respuesta dignificaría su indecencia moral y alentaría su paranoia. Por otra parte, ¿qué decir de esas Internacionales del Mundo Mundial formadas por un solo individuo, o a lo sumo por dos o tres, como son las de X e Y, y qué pensar de su salud mental?

Otros, más dignos y racionales, que constituyen un grupo colegiado asentado y de larga trayectoria como Z, y con los que se podría intentar el inicio de un debate, lo hacen desde un sectarismo feroz y excluyente, que los sitúa en posesión de la verdad absoluta. Mejorarían mucho con menos sectarismo y mayor aceptación de la controversia. Mientras tanto, los pondremos en el mismo saco sectario que a X e Y. Todos en el saco, encerrados bajo la común ignominia del anonimato.

Lo más curioso es que todos ellos, desde X e Y hasta Z, se declaran marxistas: tanto el neurótico nazi, como el analfabeto soez o el sabio colegio sacerdotal. La existencia de marxistas de tal calaña y catadura fue la que hizo exclamar a Marx que él no era marxista. Todos ellos, marxistas todos; desde el mismo saco, todos, coinciden en el método de crítica utilizado: la defensa idealista a ultranza de los textos sagrados de Bilan.

Y curiosamente todos ellos coinciden en el mismo error de considerarme doctor y profesor universitario, quizás porque creen imposible que un trabajador asalariado y autodidacta pueda efectuar una labor de investigación histórica proletaria, loada y valorada antes de la publicación del artículo sobre derrotismo; denostada y ninguneada hasta la histeria después de leer ese artículo, blasfemo con su fe. ¿Qué ha variado?: no lo ha hecho mi trabajo histórico, invariable; sólo gritan airados porque sus dogmas han sido cuestionados. Algunos yerran también, por causa de su afán denigrador, en el inmerecido calificativo de nacionalista o catalanista que me conceden. Bastaría con la lectura del artículo titulado “¿Clase o nación?” para sacarlos de su error, pero seguro que prefieren seguir blandiendo su inmerecido epíteto a enmendar su evidente desatino.

Todos ellos se lanzan a una retahíla, más o menos inteligible, de reproches y fantasmadas, acusándome de no tratar esto o aquello con la suficiente profundidad o detalle, como si en lugar de leer un breve artículo estuviesen ante una tesis doctoral. Aunque ése sería el menor de los males de su místico método de análisis. Pero dejaré de lado a esos inspectores-examinadores, no vayan a creer que esto es una respuesta a sus desprecios, injurias y calumnias; porque ni lo es ni debo valorar sus vómitos: “no ofende quien quiere, sino quien puede”.

Se aplica la palabra sectario a quien sigue fanáticamente una doctrina. El sectario carece de espíritu crítico, santifica la doctrina a la que está adscrito y es incapaz de responder con argumentos a las críticas, que son consideradas como execraciones o herejías a las Sagradas Escrituras de las que el sectario es depositario, intérprete y celoso guardián. El sectario es siempre un idealista religioso, que diviniza al autor o autores de los textos sagrados, ya sean de Marx, Bakunin o Bilan, y se convierte en juez supremo que se arroga la única interpretación correcta de la Biblia.

La menor crítica externa a esa doctrina divinizada es considerada como un blasfemo ataque a la totalidad del pensum, y por lo tanto anatemizada y demonizada. Y a dios no se le discute, se le adora y santifica. Anatema y hoguera al sacrílego: ése es el método del sectario. Cualquier intento de juicio a dios o de debate con un sectario está destinado al fracaso, porque la menor crítica se considera siempre una blasfemia o, aún peor, difamaciones de un hereje, que sólo pueden redimirse en la hoguera.

Mi método es materialista y se fundamenta en un profundo conocimiento histórico de los hechos acaecidos, para analizarlos críticamente. La validez de las teorías políticas es juzgada y analizada en el laboratorio histórico. Si la teoría choca con la realidad o con la historia es la teoría la que debe ser modificada, no la realidad o la historia, como hacen siempre los fanáticos.

En primer lugar hay que constatar que ninguno de ellos rebate o discute mi cita de Marx, referente a la tesis número 11 sobre Ludwig Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.  Del mismo modo, nadie discute ni pone en duda el hecho histórico del abandono del frente de Aragón por 800 milicianos anarquistas, que a finales de febrero de 1937, armados, bajaron a Barcelona para fundar una organización, la Agrupación de los Amigos de Durruti, que sólo dos meses después intentaba dar unos objetivos revolucionarios a la insurrección revolucionaria antiestatal y antiestalinista, iniciada el 3 de mayo de 1937.

No sólo no se discuten ambos argumentos: la tesis número 11 sobre Feuerbach y el derrotismo revolucionario, práctico y activo, de los anarquistas de la Cuarta Agrupación de Gelsa de la Columna Durruti, sino que lo ocultan celosamente. Sobran insultos, faltan argumentos y razones: no hay método histórico ni análisis materialista y dialéctico. Sólo queda un saco de rudo cáñamo sectario, atado con una cuerda.

Frente al método del materialismo histórico, utilizado en mi artículo sobre derrotismo revolucionario, se me opone el método del idealismo ideológico en defensa de unos textos sagrados. Porque mientras Bilan filosofaba en París, la Agrupación de los Amigos de Durruti transformaba la guerra en revolución.

No faltaría decir nada más, porque con esto último ya se ha dicho todo lo que merecía decirse. Sin embargo, para una correcta comprensión de los anatemas leninistas, y de su prepotente ceguera, hay que añadir el desprecio y soberbia intelectual que los hombres del saco sectario, en posesión de la única y correcta interpretación del marxismo-leninismo, esto es, de la “verdad científica” absoluta, mantienen respecto a la canalla anarquista y revolucionaria.

El método idealista interpreta y retuerce los hechos desde la ideología: si la realidad no coincide con las creencias se cambian los hechos y la realidad, ¡y todos contentos! El método histórico materialista se fundamenta en los hechos, no en la ideología. Son los hechos los que deben interpretarse y si hay que cambiar algo no es la realidad histórica, sino una falsa ideología que es ya incapaz de entender o explicar nada. Porque los hechos son muy tozudos: 800 milicianos, sí, anarquistas, abandonaron el frente militar, llevándose las armas a Barcelona para fundar una organización revolucionaria, que dos meses después desencadenaba y encabezaba una insurrección revolucionaria. Esto es así, y además mis detractores no pueden negar que su dios Bilan elogió, exaltó y apoyó, sobre el papel y desde la lejanía, esa insurrección. Quizás sean capaces de preguntarse el porqué.

Algunos de esos inquisidores de mi breve artículo parlotean sobre mis críticas a Los Amigos de Durruti. No entienden que yo no santifique ni deifique a los Amigos de Durruti como ellos hacen con Bilan. Su acendrado espíritu religioso les impide entender que haya ateos. El materialismo de mis investigaciones, histórico por supuesto, no me permite aceptar la Historia Sagrada de la burguesía, tan grata a esos bordiguista-leninistas. Mi visión dialéctica de la historia visualiza y explica el surgimiento y crecimiento revolucionario de Los Amigos de Durruti, antes y durante los Hechos de Mayo, pero también contempla e intenta comprender la deriva y degeneración de esa misma Agrupación después de mayo, tras la derrota política del proletariado revolucionario barcelonés y catalán en mayo de 1937. Mala dialéctica es ésa de la inquebrantable fe bordiguista en Cristo-Bilan.

La derrota política, la represión estalinista y gubernamental, la persecución por parte de los comités superiores cenetistas, el fortísimo aislamiento de los revolucionarios, el hambre, el desarme, etcétera, etcétera, consiguieron que las posiciones de la Agrupación degeneraran y se debilitaran, sin llegar a desaparecer. De ahí las debilidades teóricas sobre nacionalismo, y otras, que aparecen en el folleto de Los Amigos de Durruti, publicado en febrero de 1938: Hacia una nueva revolución.

La labor del historiador consiste en aplicar la crítica materialista a esa degeneración para intentar obtener las preciosas lecciones que las vivencias y el combate de los Amigos de Durruti nos permiten rescatar de la derrota y del inevitable ocultamiento que la Historia Sagrada, escrita por los vencedores, hizo y hace del ser y de las luchas de ese grupo. ¡Qué dura es la dialéctica para los sectarios leninistas! ¡Qué vienen los hombres del saco!

Para terminar este artículo y darle una consistencia que los oprobios y el maniqueísmo de nuestros censores leninistas no permite, expongo a continuación la tesis número 29 de mis Tesis sobre la Guerra de España y la situación revolucionaria creada en Cataluña el 19 de julio de 1936[1], en la que se hace una crítica materialista e histórica del endiosado Bilan.

 

Tesis nº 29

CRÍTICA DE LAS POSICIONES DE BILAN:

Bilan fue el órgano en francés de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista (bordiguistas), más conocido en los años treinta como grupo Prometeo (el órgano en italiano de la Fracción). Bilan ha sido santificado por diversas organizaciones izquierdistas como el non plus ultra de las posiciones revolucionarias durante los años treinta. La Fracción negó, con un análisis brillante e impecable, que en 1936 hubiera triunfado en España una revolución proletaria. Pero añadió que, como faltaba el partido de clase (bordiguista), ni siquiera podía darse la posibilidad de una SITUACIÓN REVOLUCIONARIA (y esto nos parece un grave error, con importantes consecuencias). Según la Fracción el proletariado se veía abocado a una guerra antifascista, esto es, se veía enrolado en una guerra imperialista entre una burguesía democrática y otra burguesía fascista. No cabía otra vía que la deserción, el boicot, o la espera de tiempos mejores en los que el partido (bordiguista) saliera a la palestra de la historia desde el escondrijo en que se hallara.

Los análisis de Bilan tienen la virtud de señalar con fuerza las debilidades y peligros de la situación revolucionaria posterior al triunfo de la insurrección obrera de julio de 1936, pero son incapaces de formular una alternativa revolucionaria. En todo caso el derrotismo revolucionario de abandono del proletariado español en manos de sus organizaciones reformistas o contrarrevolucionarias, propugnado EN LA PRACTICA por la Fracción, tampoco era una alternativa revolucionaria. La incoherencia de Bilan se pone de manifiesto en el análisis sobre las jornadas de mayo de 1937. Resulta que aquella «revolución» del 19 de julio de 1936, que una semana después ya no lo era, porque se habían trocado los objetivos de clase por objetivos bélicos, ahora como nuevo Guadiana de la historia se nos vuelve a aparecer como un fantasma que nadie sabía dónde se escondía. Y ahora resulta que en mayo de 1937 los trabajadores están de nuevo «de revolución», y la defienden con barricadas. ¿No habíamos quedado que, según Bilan, no había revolución? Y es que la Fracción se hace un lío. El 19 de Julio (según Bilan) hay una revolución, pero una semana después, ya no la hay, porque no hay partido (bordiguista); en mayo del 37 se da una nueva semana revolucionaria. Pero, desde el 26 de julio del 36 hasta el 3 de mayo del 37 ¿qué había?: no se nos dice nada. La revolución se considera un Guadiana que surge al escenario histórico cuando interesa a Bilan para explicar unos acontecimientos que ni comprende, ni explica, ni entiende. La revolución es considerada como una serie de explosiones semanales, separadas por diez meses de un limbo inexplicable e inexplicado. Y esas explosiones revolucionarias, tanto la de julio de 1936 como la de mayo de 1937, son tan incómodas para las tesis de la Fracción sobre la inexistencia de una situación revolucionaria, que nos llevan a constatar su absoluta incomprensión sobre las características y naturaleza de un proceso revolucionario proletario.

Bilan reconoce por una parte el carácter de clase de las luchas de julio del 36 y mayo del 37, pero por otra no sólo niega su carácter revolucionario, sino también la existencia de una situación revolucionaria. Visión que sólo puede ser explicada por la lejanía de un grupo parisino absolutamente aislado, que antepone la abstracción de sus análisis al estudio de la realidad española. No hay en Bilan ni una palabra sobre la auténtica naturaleza de los comités, ni sobre la lucha del proletariado barcelonés por la socialización y contra la colectivización, ni sobre los debates y enfrentamientos en el seno de las Columnas a causa de la militarización de las Milicias, ni una crítica seria de las posiciones del grupo de Los Amigos de Durruti, por la sencilla razón de que prácticamente desconocían la existencia e importancia real de todo esto. Era sencillo justificar esa ignorancia negando la existencia de una situación revolucionaria. El análisis de la Fracción quiebra al considerar que la ausencia de un partido revolucionario (bordiguista) implica necesariamente la ausencia de una situación revolucionaria.

El 19 de julio de 1936 se produjo en toda España, pero sobre todo en Cataluña, el triunfo de una insurrección obrera victoriosa. Esa insurrección mayoritariamente libertaria tuvo el concurso de otras fuerzas políticas, como el POUM y los republicanos, y de algunas fuerzas de orden público, como los guardias de asalto y la guardia civil, que se mantuvieron fieles al gobierno de la Generalidad y de la República. Pero lo cierto es que el resultado de esa insurrección, gracias al asalto del cuartel de San Andrés, supuso el armamento del proletariado barcelonés y por extensión de toda Cataluña. La fuerza hegemónica indiscutible que resultó de esa insurrección revolucionaria era anarquista. El resto de fuerzas obreras, la Generalidad y las desbordadas fuerzas de orden público eran, en Cataluña, absolutamente minoritarias.

Fruto de esa insurrección revolucionaria fue el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA). Pero el CCMA era fruto de esa victoria y también de la dejación de los anarquistas a tomar el poder. El CCMA no era un órgano de poder obrero para enfrentarse al poder de la burguesía republicana, esto es, a la Generalidad, sino que era un organismo de colaboración de los anarquistas con el resto de fuerzas políticas, tanto obreras como burguesas: era por lo tanto un órgano de colaboración de clases. En la práctica el CCMA desempeñó las funciones de orden público, y formación de las milicias antifascistas, que el gobierno de la Generalidad era incapaz de realizar. El CCMA actuó como una especie de Ministerio del Interior y de Guerra DE LA GENERALIDAD. Con toda la autonomía e independencia que se quiera, pero como un ministerio de la Generalidad.

Ni el CCMA, ni la CNT-FAI, ni el POUM dieron ninguna consigna (excepto la del fin de la huelga general), ni ninguna orientación, ni ninguna orden hasta el 28 de julio, en el que la CNT y el CCMA emitieron un comunicado y un decreto coincidentes en amenazar con una durísima represión a «los incontrolados» que no actuaran con credenciales del CCMA. La insurrección del 19 de Julio extendió la expropiación de la burguesía y el proceso colectivizador a la mayoría de empresas catalanas, SIN NINGUNA CONSIGNA DE LAS ORGANIZACIONES OBRERAS, SIN NINGUNA ORDEN O DISPOSICIÓN DEL CCMA. Pero hay que señalar con precisión y claridad las características de esa situación revolucionaria: más que de doble poder (que no existió puesto que el CCMA no se enfrentó a la Generalidad, sino que se puso a su servicio) debemos hablar de un vacío de poder centralizado. El poder del gobierno autónomo de la Generalidad se había fragmentado en centenares de comités que tenían todo el poder a nivel local y de empresa, que estaban en su mayoría en manos de la clase obrera. Pero esos comités, incompletos y deficientes, no fueron coordinados entre sí, no fueron potenciados como órganos de poder obrero. Y la CNT-FAI no supo, ni quiso, dar a esos comités una coordinación, QUE ERA ESENCIAL para el triunfo de la revolución.

La propia organización de la CNT en Sindicatos únicos, la debilidad propia de la reciente etapa clandestina y la escisión trentista, pero sobre todo sus notables insuficiencias teóricas, hicieron que la CNT fuera incapaz de coordinar esos comités, que a nivel local y de empresa tenían todo el poder en sus manos. Incluso la organización de la vida económica en Cataluña, y la indispensable coordinación de los distintos sectores económicos, fue dejada en manos del gobierno de la Generalidad, para lo cual fue creado el Consejo de Economía el 11 de agosto de 1936. Se vivía en una inestable y transitoria situación revolucionaria, que había derrotado a la burguesía fascista, que había desbordado a la burguesía republicana, pero que también había desbordado a las propias organizaciones obreras, incapaces de organizar y defender las «conquistas revolucionarias» de Julio, incapaces de decantar la balanza hacia el triunfo definitivo de la revolución, mediante la toma del poder, la instauración de una dictadura del proletariado y la destrucción del aparato de Estado republicano, sencillamente porque la teoría y la organización anarcosindicalistas se mostraba ajena y extraña a la organización de ese proletariado revolucionario. Y el espontaneismo de las masas tiene sus límites. La incapacidad de los Sindicatos de la CNT para afianzar e impulsar la revolución era reconocida por los propios protagonistas. La CNT como organización sindical era inadecuada e incapaz de desempeñar las tareas que hubieran correspondido a una vanguardia o partido revolucionario, y lo mismo sucedió con el resto de organizaciones de la clase obrera. Es por esta razón que la situación revolucionaria, en lugar de derivar hacia una plena revolución, se transformó rápidamente en una situación contrarrevolucionaria favorable a una rápida consolidación de las estructuras del Estado burgués.

No tomar el poder en julio de 1936, significaba dejarlo en manos de la burguesía, y compartirlo con la burguesía en el seno del CCMA, significaba «ayudar» a la burguesía a rehacerse y a llenar el vacío de poder que la insurrección de julio de 1936 había producido.   Por otra parte, el proceso de colectivización no tenía viabilidad ni significado alguno si el Estado capitalista seguía en pie. Y más aún si tenemos en cuenta que los anarquistas acudieron apurados al gobierno de la Generalidad para que planificara la economía catalana, que ellos se veían incapaces de coordinar. El gobierno de la Generalidad tuvo en sus manos, desde agosto de 1936, nada más y nada menos que la planificación económica, la financiación de las empresas, la posibilidad de controlar cada una de las empresas a través de un interventor nombrado por la Generalidad, y el poder de legislar sobre las colectivizaciones. Esa fue la base de la rápida recuperación del poder político de la Generalidad. Si a todo lo anterior añadimos que la guardia civil y de asalto no había sido disuelta, sino sólo acuartelada en la retaguardia, lejos del frente, podemos afirmar con rotundidad que la contrarrevolución en Cataluña tenía unas bases muy sólidas, que explican la rápida restauración del Estado capitalista en todas sus funciones.

Pero hay una diferencia importante entre afirmar que la insurrección de Julio del 36 no fue una revolución, ni planteó siquiera una situación revolucionaria, (como hace Bilan), y afirmar que la situación revolucionaria de Julio fracasó por una serie de insuficiencias, incapacidades y errores de las organizaciones obreras existentes. En julio de 1936 existió una situación revolucionaria que mantuvo la hegemonía de la clase obrera y su amenaza revolucionaria sobre la burguesía republicana durante diez meses, pese a que no existió una CENTRALIZACIÓN DEL PODER de los trabajadores, porque ese poder se fragmentó en centenares de comités locales, de empresa, de distintas organizaciones obreras, y en milicias de diversos partidos, en patrullas de control, etc…

En julio de 1936 las masas obreras supieron actuar sin líderes, sin consignas de sus organizaciones sindicales y políticas; pero en mayo de 1937 esas masas fueron incapaces de actuar contra sus líderes, contra las consignas de sus organizaciones sindicales y políticas.

Mayo del 37 no cayó de las nubes, sino que fue fruto del encarecimiento y escasez de los alimentos y productos básicos, de la resistencia a la disolución de las patrullas de control y la militarización de las milicias, y sobre todo a la ofensiva/resistencia obrera en las empresas, una a una, de forma totalmente aislada, por profundizar y controlar el proceso socializador de la economía catalana, frente a la liquidación de las «conquistas de Julio». Porque la ofensiva «normalizadora» de la Generalidad, que pretendía aplicar los decretos de S’Agaró, aprobados por Tarradellas en enero de 1937, suponían el fin de las «conquistas revolucionarias» y el absoluto control de la economía catalana por el gobierno de la Generalidad.

Las lecciones a sacar son evidentemente la necesidad de destruir totalmente el Estado capitalista, y la disolución de sus cuerpos represivos, así como la instauración de la dictadura social del proletariado, que los anarquistas organizados en la Agrupación de Los Amigos de Durruti identificaron con la formación de una Junta Revolucionaria, compuesta por todas aquellas organizaciones que habían intervenido en las luchas revolucionarias de Julio de 1936. Mayo de 1937 fue consecuencia de los errores cometidos en julio de 1936.

En España no hubo partido revolucionario, pero sí que hubo una profunda y potente ACTIVIDAD REVOLUCIONARIA de la clase obrera, que hizo fracasar el pronunciamiento fascista, que sobrepasó a todas las organizaciones obreras existentes en Julio de 1936, y que en mayo de 1937 se enfrentó al estalinismo, aunque finalmente fracasó porque no supo enfrentarse a sus propias organizaciones sindicales y políticas (CNT y POUM), cuando defendieron también el Estado burgués y el programa de la contrarrevolución. Que el movimiento revolucionario existente en España entre julio de 1936 y mayo de 1937 fracasara, y fuera desviado de sus objetivos de clase hacia objetivos antifascistas, no quita la existencia de esa situación revolucionaria. Ninguna revolución proletaria ha vencido aún, y el fracaso de la Comuna, o el estalinismo, no niegan el carácter revolucionario de la Comuna o de Octubre.

Es evidente que, sin la toma del poder por el proletariado, el proceso colectivizador español no podía sino fracasar, y que todas las colectividades serían condicionadas y desnaturalizadas por esa ausencia de la toma del poder; pero no es menos evidente que la expropiación de la burguesía, con todas sus limitaciones, fue fruto del movimiento revolucionario proletario de Julio. La lección fundamental de la «Revolución Española» (o más precisamente de la situación revolucionaria española) es la necesidad ineludible de una vanguardia que defienda el programa revolucionario del proletariado, cuyos dos primeros pasos son la destrucción total del Estado capitalista y la instauración de una Junta Revolucionaria, como decían Los Amigos de Durruti (o una dictadura del proletariado, en terminología de Marx), organizado en consejos obreros, que unifique y centralice el poder. Pero de ahí a afirmar que sin partido no hay revolución, ni situación revolucionaria (como afirmaba Bilan), significa no comprender que la revolución no la hace el partido, sino el proletariado, aunque una revolución proletaria fracasará inevitablemente si no existe una organización capaz de defender el programa revolucionario del proletariado (como intentaron sin éxito los Amigos de Durruti o la Sección Bolchevique-Leninista de España).

Bilan ponía el carro delante de los bueyes. No deja de ser tragicómico el análisis de quienes pretendiendo «ser el partido», no saben ver la situación revolucionaria que se desarrolla bajo sus narices. El análisis de Bilan es muy valioso en su denuncia de las debilidades y errores del proceso revolucionario español; pero lamentable y penoso en cuanto ese análisis le lleva al absurdo de negar la naturaleza revolucionaria y proletaria del proceso histórico vivido por la clase obrera española entre Julio de 1936 y Mayo de 1937. La negación por Bilan de la existencia de una situación revolucionaria es fruto de su concepción leninista y totalitaria, que concibe como necesaria e inevitable la sustitución de la clase por el partido: si no hay partido no hay posibilidades ni situación revolucionaria, sea cual fuere la actividad revolucionaria del proletariado. Las consecuencias de esa negación de la existencia de una situación revolucionaria en Cataluña, en 1936-1937, llevaron a Bilan a defender (sólo en el plano teórico) posiciones políticas reaccionarias, como eran la ruptura de los frentes militares, la fraternización con las tropas franquistas, el boicot al armamento de las tropas republicanas, etc… No en vano Bilan, o mejor dicho la Fracción Italiana de la Izquierda comunista, conoció la escisión con motivo del debate abierto en torno a la naturaleza y características de la Revolución Española.

En resumen: es cierto que sin partido, o vanguardia revolucionaria, una revolución proletaria fracasará; y ahí está el ejemplo español y el magnífico análisis de Bilan. Pero no es cierto que no pueda darse una situación revolucionaria proletaria si no existe un partido revolucionario. Y esa afirmación es la que llevó a Bilan a un falso análisis de la situación creada el 19 de Julio de 1936 en Cataluña, así como a una incomprensión de los acontecimientos que llevaron al proletariado a una segunda insurrección revolucionaria en mayo de 1937.

Agustín Guillamón

Barcelona, diciembre 2016

[1] Publicada en el Apéndice de Correspondencia entre Juan García Oliver y Abel Paz, Descontrol, 2016.

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