Discurso de toma de posesión de Obama en Cuba

Riflexiones
El discurso de toma de posesión del presidente norteamericano, Barak Obama, puede perfectamente ser pronunciado, casi fielmente, con algunos arreglos, por cualquier dirigente cubano en la Plaza de la Revolución.
Cualquiera de nuestros líderes puede aseverar en la Plaza que hemos sido fieles a los ideales de nuestros defensores, que estamos en medio de una crisis y que nuestra economía está gravemente debilitada.
De igual manera reconocer, que hay irresponsabilidad de algunos por el fracaso colectivo a la hora de elegir opciones difíciles y de preparar a la isla para una nueva era; que se han perdido casas y empleos y se han cerrado empresas y que los desafíos a los que nos enfrentamos son reales, son graves y muchos.
Pudiera también agregar que no enfrentaremos esas situaciones fácilmente o en u corto periodo de tiempo, pero que el pueblo cubano debe saber que les haremos frente.
En el plano de los compromisos pudiera señalar que hemos elegido la esperanza sobre el temor, la unidad de propósitos sobre el conflicto y la discordia, y proclamar el fin de las quejas mezquinas y las falsas promesas, de las recriminaciones y los dogmas caducos que durante demasiado tiempo han estrangulado a nuestro país.
Recordaría que seguimos siendo una nación joven y llegado el momento de dejar de lado los infantilismos y el momento de reafirmar nuestro espíritu de firmeza: de elegir nuestra mejor historia; de llevar hacia adelante ese valioso don, esa noble idea que ha pasado de generación en generación: la promesa divina de que todos son iguales, todos son libres y todos merecen la oportunidad de alcanzar la felicidad plena.
No estaría demás, que igual que Obama, reafirmara la grandeza de nuestra nación, y asegurar que somos conscientes de que la grandeza como la libertad nunca es un regalo y que nuestro camino nunca ha sido de atajos o de conformarse con menos, ni ha sido un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo o buscan sólo los placeres de la riqueza y la fama.
Demás no está que se mencione al pueblo cubano que durante 50 años, una y otra vez, luchó y se sacrificó y trabajó hasta tener llagas en las manos para que pudiéramos tener una vida mejor.
Reafirmar que nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando empezó esta crisis, ni nuestras mentes son menos inventivas, que nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado o el año pasado.
Nuestra capacidad –enfatizaría- no ha disminuido, pero que ha pasado el tiempo del inmovilismo, de la protección de intereses limitados y de aplazar las decisiones desagradables, por lo que a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y volver a empezar la tarea de rehacer Cuba.
No dejar a la interpretación de nadie, que allí donde miremos, hay trabajo que hacer y el estado de la economía requiere una acción audaz y rápida y actuaremos no sólo para crear nuevos empleos, sino para levantar nuevos cimientos para el crecimiento; para lo que construiremos carreteras y puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que alimentan nuestro comercio y nos mantienen unidos; pondremos a la ciencia en el lugar donde se merece y aprovecharemos las maravillas de la tecnología para aumentar la calidad de la sanidad y reducir su coste.
Todo esto podemos hacerlo. Y todo esto lo haremos, reiteraría nuestro dirigente.
Para poner alguna coña se referiría a que algunos cuestionan la amplitud de nuestras ambiciones y sugieren que nuestro sistema no puede tolerar demasiados grandes planes.
A esos los condenaría por tener memorias cortas y de que han olvidado lo que este país ya ha hecho; lo que hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une al interés común y la necesidad a la valentía.
Les recordaría que lo que no entienden los cínicos es que el terreno que pisan ha cambiado y que los argumentos políticos estériles, que nos han consumido durante demasiado tiempo, ya no sirven.
A renglón seguido diría que la pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno es demasiado grande o pequeño, sino si funciona, ya sea para ayudar a las familias a encontrar trabajos con un sueldo decente, cuidados que pueden pagar y una jubilación digna; y allí donde la respuesta es sí, seguiremos avanzando y allí donde la respuesta es no, pondremos fin a los programas.
No sería redundante referirse a la burocracia y aseverar que a los que manejan el dinero público se les pedirán cuentas para gastar con sabiduría, cambiar los malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día, porque sólo entonces podremos restablecer la confianza vital entre un pueblo y su gobierno.
En el plano de la economía puede afirmar que la cuestión para nosotros tampoco es si el mercado es una fuerza del bien o del mal, pero que esta crisis nos ha recordado a todos que sin vigilancia, el mercado puede descontrolarse y que una nación no puede prosperar durante mucho tiempo si favorece sólo a los que tienen acceso a la divisa.
El orador señalaría que el éxito de nuestra economía siempre ha dependido no sólo del tamaño de nuestro Producto Nacional Bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad, de nuestra habilidad de ofrecer oportunidades a todos los que lo deseen, no por caridad sino porque es la vía más segura hacia el bien común, por lo que debe desaparecer el inmovilismo, el paternalismo, los subsidios al que no lo necesita y el gasto inconmensurable de combustible por los organismos e instituciones del estado.
Advertiría a aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño que no tendrán cabida en los nuevos planes de la revolución.
Ya en el plano de cómo resolver nuestra crisis, enfatizaría que nuestros desafíos podrían ser nuevos, pero que las herramientas con que le haremos frente podrían ser nuevas, pero que esos valores sobre los que depende nuestro éxito – el trabajo duro y la honestidad, la valentía y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo – esas cosas son viejas. Esas cosas son verdaderas, por lo que es necesario el regreso a esas verdades.
En la parte emotiva del discurso predeciría que los hijos de nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba nos negamos a permitir que el socialismo se fuera a bolina, no dimos la vuelta para retroceder, y con la vista puesta en el horizonte, llevamos aquel gran regalo de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones venideras.
Y para que no vaya a haber equivocaciones, y poner algo de inteligencia y dureza en el discurso, finalizaría diciendo a Estados Unidos que ellos saben que están del lado equivocado de la historia, pero que a pesar de ello les tenderemos la mano si ellos están dispuestos a abrir el puño.
Nada, que las palabras son palabras, la realidad otra, aquí, allá y en el fin del mundo.

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