Dinero macabro en la «guerra» del Coronavirus

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Desde Carl von Clausewitz, que falleció en 1831, ningún político presume de lo que tampoco se atreve a negar, aquello de que “la política es la continuación de la guerra por otros medios”.

Y desde que vemos a Fernando Simón rodeado de militares en las ruedas de prensa, no conseguimos encontrar una palabra distinta a “guerra” que nos sirva para poner un nombre menos político al reto global contra este virus.

Sea cual sea el nombre que elijamos para el mono tema que nos domina, lo cierto es que toda la especie humana debería estar en el mismo bando pues, tal como escribía el otro día alguien que me hizo reparar en el detalle, esta parece ser la primera “guerra” mundial en la que no solo van a caer jóvenes por patrias en las que nunca creyeron quienes les enviaban al frente, si tal “amor” tenía que pasar por encima de sus negocios.

¿O acaso nos dejaríamos radiografiar la imaginación en el preciso instante en el que una noticia nos cuenta que alguno de los malos que odiamos ha sido infectado, aunque no pueda ser un jefe del ejército del Coronavirus?

Hay muchos dineros negros, esta vez por macabros, que están proliferando gracias a la pandemia.

Uno, el de las funerarias. A pesar del inmenso negocio que están recibiendo sin el menor esfuerzo, nos llegan noticias sobre una que ha pretendido vender un ataúd “especial coronavirus”, por supuesto a un precio mucho más elevado. Algo he oído que está intentando el gobierno para tapar algunos de esos huecos por los que se cuela la miseria en valores que engorda con dinero en medio de las emociones, pero no hay ley que pueda impedir la trampa.

Otro, el de las compras públicas de productos sanitarios. Por una parte, el ministro Illa, con una adquisición que ya llega a los 659.000 test defectuosos, de momento. Por otra, Ayuso, de la Comunidad de Madrid, hablando hace una semana de dos aviones cargados de material sanitario que aún no han aterrizado. Sin duda, se juntan “el hambre” de unos políticos desesperados por la urgencia de justificar la eficacia de sus decisiones, con las “ganas de comer” de unos intermediarios que, como tanta gente en este momento, engaña a sus clientes como si no hubiera un mañana.

Quizás porque no está nada claro que haya un mañana.

Lo que no nos podíamos imaginar es que hubiera españoles a quienes la pandemia les haya pillado en el extranjero, por motivos ajenos a su voluntad no hayan podido regresar en la fecha contratada y ahora no puedan hacerlo porque las compañías aéreas han subido los precios hasta importes inasequibles. Es de suponer, a la vista de que la noticia está apareciendo en televisiones públicas, que no será muy difícil enviar al ejército a reducir y detener a los dirigentes de esas empresas de aviación, verdaderos colaboradores directos con el enemigo global.

También están quienes buscan aparecer en las portadas fáciles para mejorar su cotización. Un tal Valladares, abogado con un currículum lleno de manchas, ha iniciado contra Pedro Sánchez y los delegados del Gobierno en las CC.AA. la acción ante los tribunales que Casado y el resto de franquistas estaban pidiendo a gritos: acusarlos de prevaricación y lesiones por haber permitido la manifestación feminista del 8 de marzo. Me extraña que la acusación no sea de genocidio y que no incluyan en la misma, como colaboradores necesarios, a todos los que, como el propio Casado, participaron “oficialmente” en la manifestación, o Abascal, que organizaron actos multitudinarios aún más peligrosos.

Y luego está lo único en lo que podemos pensar cuando escuchamos a los más bocazas, digamos Trump o el Boris J. de UK, justificando sus primeras decisiones. Yo solo veo los millones de dólares o libras que saben que se van a ahorrar en pensiones y otras partidas del gasto público. ¿O acaso alguien puede creer que no evalúan al minuto el “favorable” impacto de la pandemia, tras desglosar por edades y sexos las bajas que se cobrará?

Pero, no nos engañemos, ¿Cuántos más piensan lo mismo que esos dos, pero lo disimulan mejor?

Por último, también es posible perder dinero teniendo que pagar por lo que podrían ser donaciones de los que aprovechan la ocasión para demostrar que pueden, como advertencia de que mandan. Y si hay un conflicto en el que la diplomacia es imprescindible, allí estará Josep Borrell para estropearlo.

Leemos en “Euractiv” que a la empresa Huawei, de China por supuesto y multimillonaria donante de mascarillas a Europa, se ha dado por aludida en unas declaraciones de Borrell sobre la “batalla del relato”, con lo que la donante se está planteando cerrar el grifo de la generosidad. Digo yo que, si el fiasco se confirma, la jefa de Europa debería ordenar el confinamiento de la lengua de Borrell y la retención de su sueldo para comprar mascarillas, pues la potencia autodestructiva de este hombre contra los de su propio bando está más que acreditada.

Volviendo al militar e historiador prusiano que nos ha inspirado hoy, nada encontramos en su sabiduría que nos haga pensar que él hubiera llamado “guerra” a esto que nos tiene confinados en nuestros particulares cuarteles de invierno.

Si escribió, en cambio, que “los conflictos se resuelven por consenso o por violencia”.

Cualquiera diría que lo del Coronavirus es, en realidad, una oportunidad a la que se han sumado los españoles amigos de la amenaza como modelo de “concordia”, a la vista de que el resto de contribuyentes, tras ganar las elecciones generales por dos veces en 2019, se estaban atreviendo a la vía del diálogo para intentar el consenso.

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