Diferentes Españas

Ahora toca ir desescalando por fases, con variados resultados, buenos, malos y regulares

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Primeros tanteos sobre las dos Españas (Antonio Machado en la memoria):

Una) Alrededor de un centenar de personas del barrio de Salamanca, la zona rosa de Madrid, se manifestaban contra el Gobierno de la nación. Se les había obligado a permanecer confinados durante dos meses. Arracimados, sin guardar ente ellos las distancias debidas, envueltos en banderas patrióticas, voceaban la palabra ¡Libertad! ¡Libertad! Apoyaba la proclama desde balcones, terrazas y ventanas una cacerolada de pucheros, paelleras y otros utensilios de cocina. Allí estaban ellos, para defender la libertad de todos los españoles…

Dos) Lejos, en el Madrid de los barrios modestos, se formaban a diario largas filas de personas frente a comedores sociales y bancos de alimentos. Guardaban entre ellos las distancias de seguridad. Eran de diferentes edades. Abundaban las personas mayores, junto a algunas madres con niños en brazos y otras con pequeños pegados a sus faldas. Todos los semblantes eran serios. El hambre nunca lleva la cara pintada de alegría. Esperaban su turno y la comida para ellos y los suyos. Nada más.

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            Las estrellas más curiosas querían saber por qué allá abajo tres luces de colores parpadeaban día y noche sin pausa alguna. Fueron a preguntárselo a El Principito. No lo sabía. Era algo que no pasaba en el tiempo de su residencia en la Tierra. Veía tres colores: rojo- anaranjado- verde. No podía decir más. Merci beaucoup, monsieur Saint-Exupéry. Así lo agradecía la estrella de mayor edad, en su nombre y en el de las demás hermanas del firmamento.

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            En los días iniciales de la desescalada, surgió una discusión en plena calle entre un español y un subsahariano. Serían las diez de la noche. Llovía a mares. El primero resolvió la disputa con un despectivo insulto. Fue respondido al instante con palabras redondas como la lluvia: “Sí, negro, como Mandela, Luther King y Obama. Y tú, blanco, como Hitler, Mussolini y Franco”.

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            En aquellos días de aislamiento se escuchó la historia de un argentino y su rubia esposa, al estilo de Grace Kelly, quienes llevaban más de diez años conviviendo con una manada de leonas y leones. Esto sucedía en Kenia. Los comienzos del contacto, se gestaron por el efecto azaroso de una cura hecha a uno de los cachorros herido. Después de la cura, el acercamiento logró mejoras. Sin estorbar, el hombre solía observar cómo el grupo comía las grandes piezas cazadas, en tanto los curaba cuando fuera menester. Una tarde de los incontables convites, la leona más dotada y felina, lideresa de las hembras, miraba al hombre mientras comían. El hombre permanecía callado, ajeno a la cuchipanda. Algo pasaba por dentro de la lideresa. Y pasó. Fue en un amanecer sin pájaros. Salieron las hembras en pos de presas para el grupo. Los leones quedaban esperando tumbados, con el adormilado placer de no hacer nada. Tras varias horas de búsqueda de presas, retornaron con las piezas cazadas al espacio común. La lideresa dejó junto a la tienda del hombre una pequeña gacela. El hombre lo tomó como un descuido. No tocó la pieza del lugar donde estaba. Ya vendría a recogerla, le comentó a Grace Kelly. La leona no solo no volvió a recoger su “regalo”, sino que cada cierto tiempo (ese tiempo preciso en la sabana), repetía la misma acción. Siempre con una pequeña presa como cesión. El hombre anotó en la libreta de apuntes: Su inteligencia sensible nunca la entenderán los boludos mirones que pueblan la tierra…

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            El veterano escritor refería por vía telemática a sus cuatro alumnos una pequeña anécdota literaria. Se trataba de un escritor añoso, el cual, y por razones de edad, tenía que salir al baño cinco y hasta seis veces durante la noche. Lo curioso era que algunas ideas de sus escritos, que no acertaba a resolver durante el día, quedaban precisadas en esas salidas nocturnas. Uno de los alumnos pidió la palabra, que fue concedida al momento. “Si ese señor”, dijo, “consiguiera salir al baño una docena de veces, tal vez podía llegar a ganar el Premio Planeta, ¿no le parece?”. Se oyó un clic. “Profesor, ¿está usted ahí?”

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            Delirio y misterio del confinado: las palabras son símbolos, máscaras, que propagamos sin descubrir el enigma.

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            Al fragor de la desescalada, empresarios vascos volverán a fabricar armas de fuego y combate, con destino a Arabia Saudí, país autoritario del Golfo pérsico, donde no se respetan los derechos humanos. Esas mortíferas armas sirven para masacrar a la población de la República Árabe de Yemen. Armas contra civiles hombres y mujeres inocentes, y hasta niños inocentes. Si en el apartado de niños, dolía la existencia de un millón largo de niños españoles que pasa hambre, cómo no sentir, desde lo más hondo del corazón, el asesinato de esos niños yemeníes, que no podrán ver más la luna y las estrellas…

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            La niña le pidió a su abuelo que le contara el cuento del ratoncillo y los ocho globos. El abuelo pretextó que ya no se acordaba, porque había pasado mucho tiempo. La niña insistió tanto… Érase una vez un ratoncillo subido a una caja vacía de manzanas. Se enfrentaba a un pelotón de fusilamiento. El pelotón lo componían ocho globos rojos. El lugar donde estaban era un sórdido patio correspondiente a tres casas de siete pisos. En el patio, podía verse un sinfín de objetos, desde cascotes de botellas, pellejos de naranjas y plátanos, hasta pinzas de ropa de colgar, una muñeca pelona sin ojos ni brazos, una barra de carmín vacía, más una cajetilla de tabaco con un pitillo dentro, entre otros detritus. De pronto, una voz dijo ¡Fuego! Sonaron ocho disparos. Los globos quedaron desinflados, con las cuerditas destensadas colgando y tristes como una habitación a oscuras. El ratoncillo bajó de la caja de manzanas. Se dirigió hacia la salida. Iba despacio, no fueran a creer que tenía miedo. Al final del viaje se dio la vuelta y dijo: fruiickis iiz catummcas, lo que en su idioma ratonil quiere decir: hasta la vista

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