Diferendo marítimo entre Chile y Perú. Clima internacional favorece unilateralismo peruano

La controversia diplomática generada entre Chile y Perú sobre el proyecto peruano para modificar las líneas de base y sus puntos de apoyo en la delimitación de los espacios marinos, posiciona una vez más al país en la inconstante o esquiva conciencia: Chile, un país marítimo.

El diferendo marítimo ha sido llevado por Perú a La Haya, y comienza a impactar políticamente quizás más a Chile que a Perú. El reciente reemplazo en Chile de los ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa, Alejandro Foxley y José Goñi respectivamente, en medio o al comienzo de la crisis más dura, es el destello de una estela que se avecina densa y compleja, especialmente cuando el clima internacional favorece posturas rupturistas y menos ortodoxas en cuanto a cooperar y construir.

También abre otras aristas para examinar. Como aquella de un país con marcados desequilibrios en sus patrones de desarrollo, donde el norte y extremo sur, parecen no despegar en la actual clave modernizadora.

Se ha dicho en otras oportunidades: el problema de Chile con Perú, además de la permeabilidad intrínseca de los tratados, no es un problema de masa crítica de defensa militar; es un problema de masa crítica de ideas y voluntad política para desarrollar el norte.

La iniciativa peruana de llevar el diferendo marítimo a La Haya, desnuda la histórica vulnerabilidad del norte chileno, con un proyecto de desarrollo estancado en su producción minera concentrada en el cobre, y un incipiente proyecto de plataforma portuaria hacia el Pacífico sur y el Asia, que no despega.

La tesis peruana de alterar un tratado de delimitación marítima con Chile, remece además las bases mismas de sustentación de convenios acordados 50 y más años atrás, revelando también problemas de Estado más profundos.

El ejercicio es simple: los instrumentos jurídicos fueron elaborados bajo claves de desarrollo económico, protección territorial e ideas de integración, diametralmente diferentes a las que se introducen hoy. Dejaban espacio para el diálogo y el cambio. En algunos casos los tratados por deficiencias en el procedimiento, abren la posibilidad de la acción unilateral, pero también una negociación bilateral.

Existe una situación dual: hay vulnerabilidad en los tratados por los cambios de contextos, pero también hay recursos jurídicos para estabilizarlos cuando corren el riesgo de ser objetados unilateralmente. La posición de Chile ante la eventualidad de una alteración significativa de los tratados, está respaldada por los instrumentos jurídicos internacionales existentes.

Curiosamente, cuando el diagnóstico nos dice que el espacio global en todo sentido se ha reducido, especialmente para alimentar conflictos, el gobierno peruano ha optado por la otra vía, ir a la Haya y complejizar la negociación bilateral. Es probable que la lectura internacional peruana sea todavía la más pragmática, reflejando un resabio de la era Bush, proclive a encontrar rentabilidad en confrontaciones de todo tipo.

Sin embargo hay otra lectura, y que recién comienza a despertar por la crisis económica y política que invade al mundo: no hay tiempo ni espacio para obstruir la cooperación o la integración, ni para beligerancias. El tono de la próxima reunión del grupo de los G -20 en Inglaterra, es exactamente ese, y en esta perspectiva la postura peruana aparece sino desmedida, claramente fuera de tiempo.

Los tratados responden a políticas de Estado, respaldadas y comprometidas por los tres poderes del Estado, y con el aval constitucional correspondiente. De no existir consistencia normativa en cada país, los tratados pueden ser objeto de actos unilaterales.

Los tratados son la fuente de los derechos y las obligaciones internacionales y la historia de las relaciones internacionales se ha construido, en parte, como una historia de los acuerdos internacionales. Una parte clave de la interdependencia de los miembros de la sociedad de países radica en estos convenios.

A pesar de estar cautelados por la Convención de Viena, y ser concebidos dentro de un sistema complejo normativo, ofrecen espacio para la contravención o anulación. En todo caso, los tratados surgen y operan sobre la base filosófica de estados bien constituidos, con solidez institucionalidad y legitimidad política interna. El registro demuestra la vulnerabilidad de la adhesión a los tratados internacionales o bilaterales, cuando los estados presentan problemas que afectan su solidez y legitimidad.

El especialista en Derecho Internacional Dr. Antonio Remiro Brotóns señala que “en términos generales, puede decirse que, en la medida en que lo permite su naturaleza, son aplicables a los actos unilaterales las causas de nulidad – y de terminación – que afectan a los Tratados, entre las que se encuentra la violación manifiesta de normas internas de importancia fundamental concernientes a la competencia para celebrarlos. (art. 46 de la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados).”

A partir de esta premisa de Estado sólido y legítimo, existe un consenso entre los especialistas en Derecho Internacional, en que la clave de los pactos jurídicos entre dos países, es la buena fe. Esta apreciación de buena fe, denota desde ya el estigma de vulnerabilidad en los tratados, asimismo, su éxito y sustentabilidad en el tiempo depende en gran medida de las buenas relaciones históricas entre las dos partes, y de marcos constitucionales consolidados.

La evidencia demuestra que el sistema de poderes del Estado regulados por Constituciones marcadamente imperfectas, – la queja generalizada existe en ambas naciones- , es proclive a la acción unilateral e imprevista, propia de sistemas rígidos y de consenso transitorio. Estos dos rasgos se refuerzan mutuamente, y en Chile y Perú la disfunción es más grave aún al estar sus constituciones enmarcadas por conflictos históricos bélicos. Desde esta perspectiva, el diferendo chileno- peruano persiste por la actual sincronía estructural en ambas partes, o mientras no se produzcan cambios constitucionales, para ir al grano.

Apartarse de la negociación bilateral no solo demuestra la vulnerabilidad intrínseca de los tratados, sino también problemas generalizados entre estados, estimulados por el actual clima permisivo de las relaciones internacionales, en parte debido al quiebre del multilateralismo que proporciona el marco esencial para el diálogo entre naciones.

La marcada fragmentación política en un sistema de relaciones internacionales funcionando en las últimas dos décadas en base a pactos bilaterales de alta rentabilidad, se ha evidenciado en las profundas diferencias para enfrentar la crisis. Este proceso ha facilitado el abandono de negociaciones bilaterales como las que Chile y Perú deberían estar abordando.

Si el motivo intrínseco para no haber sostenido la negociación bilateral, sin recurrir a La Haya, responde a problemas y objetivos más amplios de los Gobiernos de turno, y estaría confirmando el síntoma de la debilidad de ambos estados en sus políticas más constructivas.

Chile comienza a darse cuenta en carne propia de que a partir de la quiebra del multilateralismo, se ha producido un clima proclive al desarrollo bilateral de las relaciones y a la tendencia correspondiente a la acción unilateral de los países cuando algo no funciona o se cruzan las agendas.

La evidencia de los últimos conflictos más paradigmáticos, Balcanes, Irak, Medio Oriente, África Central, Perú-Ecuador, Darfur, habla de una reducida capacidad de protección de los instrumentos internacionales para respaldar la negociación bilateral. Esto se demuestra cada vez más por el rol omnipotente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde se concentra casi todo el poder para aplicar una doctrina de administración de los equilibrios basada en los parámetros de las potencias que dominan el Consejo.

Es decir, el proceso de negociación intermedio como es el caso del nivel bilateral, se debilita en la medida que la crisis aumenta en un ejercicio de profecía auto cumplida al empujar el argumento del diferendo hasta el límite de que la solución provenga de la instancia mayor. Así ha funcionado el sistema de relaciones internacionales hasta hoy, anclado en una filosofía todavía basada en la creencia de poderes superiores que lo resuelven.

Sea cual fuere el objetivo peruano de recurrir a La Haya, el clima internacional rupturista actual hasta el momento le favorece.

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