Publicado en: 26 diciembre, 2015

Después del 20D. Mirando al futuro desde los errores del presente

Por Ranolo

La situación de inestabilidad surgida tras los comicios del 20D no parece nada favorable a la continuidad de las políticas neoliberales y austericidas, a la nueva vuelta de tuerca de la reforma laboral que exige Bruselas, a la continuación de las privatizaciones y la puesta en marcha del TTIP.

La situación de inestabilidad surgida tras los comicios del 20D no parece nada favorable a la continuidad de las políticas neoliberales y austericidas, a la nueva vuelta de tuerca de la reforma laboral que exige Bruselas, a la continuación de las privatizaciones y la puesta en marcha del TTIP. Podemos, por tanto, felicitarnos por ello. Pero nada esta ganado aún. Por eso debemos reconocer en qué situación nos encontramos y con qué fuerzas contamos para continuar.

Vale, la izquierda ha conseguido los mejores resultados de la historia reciente en cuanto a representación parlamentaria. El desplome de IU -a quien no ha salvado el desesperado intento de arroparse en la fantasmagórica UP- ha sido compensado con creces por el nutrido grupo de parlamentarios de Podemos, En Comú Podem, En Marea y Compromis-Podemos. Entre todos – incluido IU-UP- los apoyos recibidos por la izquierda en las urnas se aproximan a la cuarta parte del electorado (24,3%), hubieran quedado por encima del PSOE si hubiesen ido juntos (véase http://blogs.publico.es/contraparte/2015/12/23/el-cielo-se-toma-por-consenso-no-por-asalto/), sobre todo porque una candidatura unitaria de la izquierda habría tenido efectos multiplicadores, generando la confianza necesaria para convencer a quienes han seguido pensando que el único voto útil para echar a Rajoy era el del PSOE.

Pero Podemos e IU no quisieron oír el clamor de la calle por la unidad. Las condiciones y exigencias de ambas formaciones para construir una candidatura de unidad popular -en unas negociaciones por arriba y oscuras- llevaron a que finalmente sólo se llegase a acuerdos en aquellos lugares donde existía previamente un potente movimiento, una verdadera presión popular. Y de nuevo, como ya se demostró en las municipales y autonómicas, los resultados avalaron la fuerza de esa unidad. Para qué insistir en la comparación que ya se han hecho en diferentes balances. Basta el ejemplo de Cataluña, donde los resultados de Podemos en las autonómicas fueron realmente flojos En Comú Podem ha sido la fuerza más votada el 20D. Blanco y en botella.
Ambos partidos por separado presentaban flancos débiles, aunque a mucha distancia IU de Podemos. IU con su viejo y anquilosado aparato, con la implicación de algunos frentes en escándalos de corrupción (Madrid) y de aceptación de privilegios a cambio de apoyos al PP (Extremadura) o al PSOE (Andalucía), y con su falta de adaptación a las nuevas formas organizativas (incluso discursivas) surgidas con el 15M, llegó a las elecciones con muy pocas expectativas. Su candidato Garzón realizó un gran esfuerzo de adaptación, tratando de incorporar un nuevo discurso y de aceptar nuevas fórmulas organizativas desde abajo, pero las presiones del aparato para que exigiera ridículas garantías inaceptables en sus negociaciones de unidad, acabaron por romper las negociaciones.
Podemos, por el contrario, irrumpió en el campo político con enorme fuerza, como la esperanza de regeneración política y del verdadero cambio, como la heredera política del 15M. Pero sus fórmulas organizativas verticales, centralistas y autoritarias, las permanentes batallas internas entre lxs numerosxs oportunistas, sus constante titubeos en el terreno de las propuestas, su derechización, la aceptación de la derrota de Grecia como inevitable asegurando que tampoco aquí se podría vencer a la Troika, la renuncia a la auditoría de la deuda , a la salida de la OTAN y al proceso constituyente, hicieron decaer las ilusiones y las esperanzas, al tiempo que el IBEX 35 lanzaba su opción neoliberal de regeneración política, Ciudadanos, dispuesta a amortiguar el desgaste del PP al tiempo que le disputaba votantes a Podemos. A pesar de la caída de las expectativas electorales, la dirección de Podemos prefirió aferrarse a su hoja de ruta, con su “máquina de guerra electoral”, sus listas plancha y su programa de centralidad; sólo allí donde no tuvo más remedio transigió en la creación de candidaturas de unidad popular (Cataluña, Galicia y Valencia).
La quizás ilusoria tentativa de impulsar la unidad desde fuera y dentro a la vez, no tuvo éxito. Ahora en Común, que apareció a principios de verano como una opción horizontal que pretendía incorporar a las bases de los partidos y a los independientes a un proceso que impulsase desde abajo la confluencia que condujera a la construcción de una candidatura de unidad popular, fue ignorada no sólo por la dirección de Podemos sino también por su corriente crítica, Anticapitalistas, que apoyó una candidatura exclusiva de Podemos. Dejaron así el terreno libre al despliegue del aparato

de IU, que en poco tiempo -tras la ruptura definitiva de las negociaciones por arriba- se lanzaron sobre Ahora en Común, desplazaron al sector independiente -que en su inmensa mayoría abandono el proceso- y sobre la sombra de lo que había sido autoproclamaron su coalición IU-Unidad Popular.
Como parece lógico (aunque no aceptable), dadas las distintas expectativas, la estrategia electoral de ambas formaciones ha sido distinta. IU se ha enrojecido; su candidato Alberto Garzón se ha reivindicado como la única alternativa de izquierdas y ha impulsado un programa que sin dejar de ser esencialmente reformista ofrecía algunos extremos bastante más progresistas que el de Podemos (proceso constituyente frente a la reforma de la Constitución, salida de la OTAN…). Por el contrario Pablo Iglesias se ha esforzado por presentarse como un candidato más moderado y ha querido dejar claro que asumiría la responsabilidad de Estado, intentando con ello tranquilizar a las élites y a los mercados. Hemos asistido, así, a un espectáculo de postureo, un déjà vu de vieja política que ha generado bastante intranquilidad y desconfianza. De hecho, muchos votantes de izquierda de ambas formaciones han acudido a las urnas con los dedos en la nariz, nada nuevo, por otra parte, ya que era (y ha seguido siendo para muchxs) la posición habitual de quienes aceptaban el chantaje del voto útil del PSOE en tiempos del bipartidismo.
¿Qué pasará ahora? De las distintas opciones que se han venido barajando (véase http://blogs.publico.es/tiempo-roto/2015/12/21/20d-final-de-la-primera-parte/) se podrían descartar, por el momento, la del gobierno PP-PSOE como pacto explícito de Estado por no quedar suficientemente justificada por la urgencia y suponer el suicidio definitivo del PSOE, y por la misma primera razón parece inaceptable la de un gobierno técnico impuesto por el rey ante la exigencia de la Troika. Parece también si fundamento la hipótesis de un gobierno PSOE con apoyo de la izquierda y los nacionalistas de derechas. La celebración de nuevas elecciones por ingobernabilidad tampoco parece probable, ya que perjudicaría sobre todo al PSOE, cuya ventaja sobre Podemos podría esfumarse. La opción más plausible, por tanto, sería la de permitir la formación de un gobierno del PP mediante la abstención de Ciudadanos y del PSOE. Rajoy ya está echando el cebo, ofreciendo la presidencia del Congreso, el cambio de redacción y orientación del artículo 135 que supusiera el blindaje del estado del bienestar (¿en qué consistiría ese estado del bienestar en el que piensa Rajoy?) y seguramente otros privilegios que no anuncia; sin duda, supondría un pacto de Estado tácito que incluiría la reforma de la Constitución y de la ley electoral, en un intento de cerrar la crisis del régimen del 78. En todo caso se trataría de una solución provisional, una legislatura corta y un horizonte de nuevas elecciones generales en un plazo máximo dos años, con un gobierno relativamente débil, que el PP se puede permitir gracias a haber aprobado los presupuestos antes de las elecciones.
Es evidente que la izquierda debería aprovechar esta situación para prepararse, superando los errores cometidos hasta ahora. Nunca la oportunidad del cambio se había presentado tan favorable. Ante un gobierno débil -a pesar de los apoyos de la Troika y de los que sin duda recibirá de Ciudadanos y PSOE-, un fuerte movimiento reivindicativo en la calle y un nutrido grupo sensible en la Cámara dispuesto a defender esas reivindicaciones y de impulsar un nuevo proceso constituyente debería bastar para cambiar la correlación de fuerzas y arrinconar definitivamente al régimen del 78 ya tocado. No será fácil, pero sí posible. Para ello lo primero es volver a la calle, fortalecer los movimientos, los círculos, las asambleas de barrio; tenemos que prepararnos para las nuevas batallas que vienen derivadas del más que probable recrudecimiento de la crisis; tenemos que exigir el fin de la política de austeridad, la retirada inmediata del artículo 135 de la Constitución y del plan de estabilidad, hemos de imponer el rescate social, el fin de los desahucios, la derogación de la reforma laboral y de las leyes mordazas; tenemos que rechazar la política belicista y exigir el abandono de la OTAN. Es la hora también de crear un amplio movimiento por la apertura de procesos constituyentes verdaderamente democráticos. Un auténtico movimiento de confluencia en el que participen partidos, movimientos e independientes y que sea la base de nuevas candidaturas unitarias de izquierda. Desde ahora, sin esperar a la convocatoria de nuevos comicios.
Ciertamente hoy el panorama en el campo de los partidos no es del todo halagüeño. Ante el nuevo clamor de unidad que los resultados electorales han provocado, Pablo Iglesias se revuelve, utiliza

mezquinamente información de la negociación con IU y se declara contrario a cualquier unidad con ella, asegurando que la vieja guardia les destrozaría. Por su parte Garzón parece más razonable, asegurando que apuesta por repensar un nuevo espacio político para la izquierda, aunque no sabemos si para impulsarlo estaría dispuesto a romper con el anquilosado aparato (la vieja guardia que teme Iglesias). La propuesta de Anticapitalistas parece la más convincente: refundar Podemos, recuperar los círculos, abrirse a otras opciones políticas de izquierda, confluir en las luchas con lxs compañerxs de IU-UP. Pero desgraciadamente su voz siempre ha tenido poco peso en la toma de decisiones de Podemos, y si esto ha sido así hasta ahora no parece probable que la dirección, después de haber recibido (o de apropiarse) el importante espaldarazo de las urnas, vaya a dar más crédito a las propuestas de sus incómodos compañeros de viaje.

Así parecen estar las cosas. Y aún hay más, la importante desmovilización en el último año, que se ha relacionado con el ciclo electoral, ha dejado aristas cortantes. Porque la presión electoral y el oportunismo acabaron invadiendo algunos movimientos sociales y dejando heridas difíciles de restañar. Sin embargo, el retorno de los movimientos a las calles resulta imprescindible y sin duda se producirá. Esperemos que su movilización sea el revulsivo que incline la balanza hacia la nueva orientación que deberían tomar los partidos. Lxs activistas independientes y los militantes de base, que parecen tenerlo más claro que las direcciones, deberán exigirlo. Ahora sí que no podemos perder esta nueva oportunidad.

Manuel Corbera

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