Después de la pandemia, ¿Qué mundo queremos construir?

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A lo largo del último año se han ido conformando una nueva serie de movimientos populares por el clima, con una preocupación centrada en el problema ecológico.
La cuestión que reclaman es sencilla de entender: el ritmo de producción que llevamos supera los límites que la tierra puede soportar. No se puede producir de forma ilimitada en un mundo con unos recursos limitados.
El problema contra el que luchan los movimientos antes citados es el de la crisis climática, que conlleva el calentamiento global, la subida del nivel del mar y muchas otras complejas circunstancias que pueden hacer que la vida se complique, por ejemplo, el fin de los recursos no renovables necesarios actualmente para la vida que llevamos en occidente.
El capitalismo neoliberal parece tambalearse, aparecen grandes grupos de presión que le muestran que la consigna “crecer o morir” no es posible. O, más bien, grupos que le muestran que crecer de esta manera no es posible sin acabar con el planeta.

Respuesta desde el sistema

Ante tales proclamas lanzadas al sistema capitalista, no hemos de olvidar que el sistema vigente se ha adaptado a muchas y diversas circunstancias y, ¿Por qué no lo hará ante el problema climático? El capitalismo adaptativo es consciente de la peligrosidad del cambio climático y de las demandas populares. El capitalismo lo tiene claro, la solución que propone para no perder su reino sobre la tierra es el cambio hacia las energías renovables.
La respuesta parece contundente, transformar nuestras ciudades en “ciudades verdes”: cada casa consumirá energía captada únicamente con paneles solares o a partir de energía hidráulica en los países con grandes porciones de costa. En todas las ciudades el transporte será puramente limpio, con coches y transportes públicos que funcionen con energías renovables. Las aceras estarán llenas de árboles y los techos de las casas en vez de tejas tendrán plantas que recojan las aguas de las lluvias y las empleen de una manera útil.
Es más, no solo parece una gran idea sino que así se enseña en las escuelas. Hoy ya no debería haber prácticamente ningún colegio que no se preocupase por educar a los más peques en la necesidad de reciclar y mostrar lo bonitas y necesarias que son las fuentes renovables frente a las que no lo son y están destrozando el planeta. Si algún colegio quedara sin esta formación, ya hay empresas (muy contaminantes y poco éticas) que se encargan de ofrecer a los colegios programas de “Educación ambiental” en los que invierten muchos esfuerzos para que los niños “aprendan” (y, por supuesto, para lavar su imagen y que no nos cuestionemos qué hay de fondo).
No solo en la escuela, sino en todos los ámbitos públicos que dependen de los Estados se hace gran incidencia en el reciclaje, las energías renovables y el crecimiento verde. Parece ya casi que el Estado ha quedado por completo relegado a la función única de someter a la sociedad a las exigencias del capital, del mercado mundial. Hablaríamos, por tanto, de un Estado empresarial que convierte lo público en propiedad privada pero, eso sí, de pago colectivo.
En definitiva, el capitalismo ventrílocuo que habla desde el mercado y desde los Estados, logrará superar la crisis climática y adaptarse a un nuevo modelo de crecimiento verde y limpio que se base en fuentes de energía renovables en una producción sin contaminación y en un nivel de vida alto pero no contaminante.
La solución capitalista ya está aquí y es real. Este modelo de ciudades verdes ya se empieza a poner en práctica a marchas forzadas, algunas multinacionales ya están construyendo y patrocinando este tipo de ciudades. Incluso, ya puedes (si tienes una importante cantidad de dinero en tu cuenta) comprar una casa en una de estas ciudades futuristas.

Capitalismo de la vigilancia y la seducción

Lo que no explica tanto el capitalismo es que esa ciudad verde también en estará hipervigilada: cámaras, sensores, hiperconexión, automóviles inteligentes, móviles de última generación… Un perfecto caldo de cultivo para una vigilancia extrema de todos los movimientos, deseos y actuaciones de cada individuo.
No hay más que pararse a pensar en la actual crisis del coronavirus en países como China u otros grandes asiáticos que han controlado mejor la crisis por la excesiva vigilancia ejercida mediante el Big Data: toda la información recabada de todas las personas y sus movimientos, pudiendo identificar a los enfermos y apartarlos. ¿Quién nos dice que el Capital no usa y usará el mismo mecanismo para ejercer un total control?
Además, la batalla de control versus privacidad la tienen ganada, muchos son los contextos en los que la población no solo prefiere control por parte del Estado-Mercado, sino que lo exige: por seguridad ante atentados terroristas, por salud ante pandemias, etc. Muchas son las excusas que se pueden poner para ejercer un control y una vigilancia continuados, así como mucha es la predisposición de la gente a perder su privacidad ante algo que se les presente como “mejor” para sus vidas. Es como si ya nos estuvieran educando para dichas sociedades de vigilancia y seducción-control total.

¿Sobre quién recaerá el peso?

Por todo ello, la cuestión climática ahora cambia radicalmente: Si el crecimiento sigue en estas ciudades verdes y dado que la producción de energías renovables requiere del uso de muchos minerales y energía, ¿Sobre quién recaerá el grueso del crecimiento si ya no lo hará sobre el planeta? La producción crecerá proporcionalmente al crecimiento de la pobreza y de la explotación. Los afectados principales serán, una vez más, los empobrecidos y los trabajadores explotados, que cada vez serán más en número y en cualidad. Sobre ellos recaerá todo el peso del nivel de vida de las “ciudades verdes”.
Si el imperativo capitalista del crecimiento se quiere seguir poniendo en práctica sin hacer que el mundo explote, necesariamente se tiene que apoyar en el decrecimiento energético y de consumo de muchas personas muy empobrecidas, para que puedan seguir creciendo las más enriquecidas.
En primer lugar, y siguiendo las leyes de la termodinámica que advierten que las cantidades de energía total serán siempre las misma, toda la energía que se gaste y se emplee en las “ciudades verdes” (que no será poca para mantener el ritmo de vida de una ciudad enteramente digitalizada y necesitada de energía constante), será más energía de la que le correspondería gastar per cápita si tomamos como referencia todas las personas del mundo y, por ende, alguien tiene necesariamente que quedarse sin ella.
En segundo lugar, al capital le interesa seguir investigando y creciendo a pesar de que recaiga sobre muchas personas y sus vidas. Por tanto, el ritmo de vida occidental que quiere preservar hace que la cantidad de minerales necesarios para generar las tecnologías que recogen las energías renovables sea insuficiente para todas las personas. Es decir, que no hay minerales suficientes en el mundo para que todas las personas puedan tener energía renovable para llevar el estilo de vida occidental. De esta forma, si se continúa con el actual ritmo de vida y todos los minerales se emplean para que se lleven a cabo las ciudades verdes, será en detrimento de las personas empobrecidas que jamás podrán alcanzar la energía necesaria para lograr una vida digna.
El capitalismo que se apoya en oprimir a la mitad de la humanidad para que la otra mitad viva a unos niveles altísimos se hará más extremo cuando la primera mitad viva en ciudades tecnologizadas y “verdes” y la otra mitad no solo esté explotada sino que cada vez tendrá menos energía para poder vivir.
En dicha situación la plusvalía no se referirá al excedente económico que se lleva el empresario del trabajo que no paga al trabajador, sino que se aprovecha de su vida entera y de su energía por completo para usarla, a placer, en las nuevas ciudades.

Volviendo a la actualidad y a los movimientos sociales

En definitiva, creo que movimientos como de los que hablaba al principio son importantes, pero su actividad debería tener la base teórica fundamental en la justicia social y no meramente en la lucha contra cambio climático al margen de los empobrecidos y de las clases trabajadoras explotadas.
Un movimiento social fuerte que quiera hacer frente a la situación actual y a la que se nos adviene, tiene que tener sus raíces necesariamente en la justicia social. Si la lucha no parte de una reconstrucción del sistema del mundo, de poco servirá. Ya Gramsci advertía que una actividad revolucionaria solo volverá a ser posible cuando una reconstrucción ideológica radical pueda volver a encontrarse con un movimiento social real.
Actualmente nos encontramos en plena crisis del coronavirus, una crisis que dará paso a otra mayor económica y social, ante esa situación solo caben dos posibilidades: un reforzamiento del capitalismo, volviendo más fuerte que nunca (como ya hemos explicado antes) o aprovechar este momento para un cambio real, un cambio de sistema desde abajo, un gran cambio que parta de la cooperación, el apoyo mutuo, la solidaridad.
No faltan las propuestas de nuevos estilos de vitales y de sociedad que permitan una vida digna para todas las personas, de una forma mucho más cooperativa y de apoyo mutuo: construir una política de lo común, lo común como principio de emancipación del trabajo, municipios democráticos cooperativos, convertir los servicios públicos en instituciones de lo común, establecer los comunes mundiales, instituir federaciones de lo común, etc. No será fácil, pero hoy y ahora tenemos la llave del mundo que queramos construir de aquí en adelante.

Por: José Manuel (@domindela)

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