[Desde Perú] Cambiando la forma de pensar o la batalla por la subjetividad

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Aplastados por todo el aparato comunicacional, mediático, que en las elecciones[1] arrinconó a las mayorías a elegir entre dos candidatos de derecha −que son diferentes en su recorrido político, pero en espíritu ideológico iguales− o, mejor dicho, fue vital para que en el pensamiento de muchos se vuelva heterogéneo el acatar las cosas tal y como se nos muestran; existe la esperanza, el anhelo, de poder dar la batalla, resistir los golpes y devolverlos, con su misma arma: la prensa; pero haciéndolo desde aquella que se encuentre comprometida con las causas justas, e ideales de dignidad comunes, aunque las tendencias varíen; es necesario aunarse por ser oposición.

El Nuevo ídolo[2]

La izquierda comparte un pensamiento en común, que es la concepción de la buena sociedad. Esa concepción no es creada por los fundadores del socialismo científico −Marx y Engels− es producto de la historia, es el sentido que se rescata de los muchos pensadores que antecedieron a dicha corriente filosófica, de la cual Marx y Engels hacen acopio.

El concepto de buena sociedad es hijo de condiciones ignominiosas para las mayorías. Es hijo que nace desde las entrañas de la explotación del hombre por el hombre[3] para poder dar el grito de su ideal que desea conquistar de diversas formas, es querer el bienestar de aquellos que son expoliados de las condiciones básicas para existir. Pero no queda ahí, expresa el sentimiento de reivindicación económica, política y social. Al pedir estas reivindicaciones no solamente reclama que se le devuelva lo quitado, sino que todo el sistema que somete sea cambiado o insinúa, en muchos casos, eso.

Es así que, obedeciendo a diferentes tendencias, pero principalmente a las cuestiones ya descritas, son creados los libros que describen estas sociedades ideales, esta idea de buena sociedad: Platón con la República, Agustín de Hipona con Ciudad de Dios, Tomas Moro con Utopía, etc., y la más conocida para las personas de esta región es la Biblia, que describe el paraíso, que describe, en fin, un lugar ideal.

Esos libros surgen a partir de un problema tangible, parten de la cruda realidad para pensar en la posibilidad de un mundo mejor en la tierra, en otro planeta, en el reino de Dios, donde fuere que se diga. La cuestión es que la posibilidad hace latir la esperanza. Todas estas construcciones teóricas traen consigo, precisamente, de forma implícita, la visión de una sociedad desigual y opresora, una sociedad en proceso de descomposición que es necesaria transformarla. El concepto de buena sociedad surge y se manifiesta de diferentes maneras cuando nace el Estado, cuando nacen las diferencias sociales, cuando unos tienen más y otros menos.  Es a lo que Nietzsche llama el nuevo ídolo, ese nuevo ídolo producto del cambio vertiginoso que provoca la industria en auge, y esta industria maneja al aparato político y gubernamental a su antojo, convirtiendo así al Estado en “el nuevo ídolo”.

Es el nuevo ídolo en el que dos fuerzas luchan por implantar su visión de sociedad, o como los debates presidenciales se les llama: “su visión de país”. Son las visiones antagónicas que forman el todo; la primera pretende perpetuar las cosas como están, la segunda desea transformar o, en su proceso de reivindicación, simplemente quiere mejorar lo establecido, pero igual, queriéndolo o no, tiene que apegarse a ambicionar más. Por eso es necesario ganar la batalla en el terreno ideológico, entonces es ahí donde se inicia el primer paso, después la cuestión está en no abandonar la praxis, concatenar ambas.

Formar, entonces, el concepto de buena sociedad posible, por parte de los que desean cambiar lo malo por lo bueno, por parte de aquellos que están inconformes, no es labor solamente de la izquierda, es labor de todos en aras de llegar a la meta, en aras de aportar una cuota de ideas para aplacar la sed inmensa de justicia con un buen vaso de acción, que no nos saciará del todo.

¿Está justificado pensar así?, lo está y más de lo que se cree. Lo está ya que, a el nuevo ídolo, al Estado, no se le ve como el que remedia los males, sino como el demiurgo de más de éstos. Lo está porque las nuevas generaciones que se acoplan a la herencia neoliberal privatizadora, que obedece a intereses particulares, no cubre la demanda de mejores condiciones de vida mientras que vuelve más caro el vivir; como hemos visto. Y les está justificado pensar así a los que nacieron antes de esos momentos y que hasta hoy y cinco años más estarán −estaremos− en las mismas condiciones. En conclusión, no se reclama por gusto, no porque se sea “terrorista”, lo es porque la realidad nos empuja a defender la vida y solidarizarnos con los que estén en esa pugna.

Los que formamos parte de las nuevas generaciones de activistas políticos, la nueva generación de disidentes, en su mayoría, no conocimos el rutilante mundo del bloque socialista, en su mejor época, ni mucho menos alzamos la voz de protesta bajo el modelo o influencia de alguna nación progresista; nos plegamos a una lucha no acabada por el digno vivir, por un Estado verdaderamente representativo, bajo el influjo de la cruda realidad. Eso lo demuestran las protestas que se vivieron en el país[4], donde muchos jóvenes salieron a defender derechos laborales, y a lo que se le conoce como la rebelión pulpin[5], nombre jocoso con el que se designa a esa masa que se sacudió de la enajenación mediática. Entonces, nuestro pivote no es meramente una ideología dominante, son las puras ganas de salir a poner el pecho en defensa de la vida, y eso condujo a la politización juvenil justo en el momento en el que las esperanzas se esfumaban.

Por eso es necesario volcarse a ver cómo se pueden agrupar estas fuerzas dispersas para así, en próximos comicios, en próximas contiendas, no solamente electorales, poder obtener la victoria, y para eso, juega un rol importante volcarse a la acción política y la acción teórica en unión, pues, parafraseando a José Carlos Mariátegui −el único e inigualable−, la unidad de pensamiento deviene en unidad de acción. El pensamiento que nos une es el de resistir, si se puede conjuntamente, este tiempo que viene a alagarle la vida al Estado neoliberal y depredador de la naturaleza. De lo contrario, a menos que estallen con más fuerzas las convulsiones sociales, seguiremos lamentándonos.

La batalla por la subjetividad

Todo proceso que en su seno anida la idea de transformación, si a la larga quiere cumplir con el cometido, debería tener en cuenta que cada persona, cada individuo, debe de ser alcanzado con el mensaje que desea difundir. No a puertas de un eventual proceso electoral, sino mucho antes, porque los problemas no aguardan a ser resueltos de a golpe, porque los problemas que hacen languidecer a la sociedad no son para ser traficados y dar dádivas para obtener votos. Esos problemas deben de ser vistos con antelación, de forma perentoria.

Así que el único remedio de poder resolverlos es con la reestructuración o fortalecimiento de los partidos políticos; y no como desde hace tiempo se ve con aquellos partidos, que en el fondo son empresas profesionales en armar campañas para obtener votación traficando con las necesidades de las mayorías.

Esto significa tomar en serio la batalla por la subjetividad de cada individuo, porque es necesario mostrar que no todo está bien, que en el país en el que vivimos faltan muchas cosas por mejorar, que es necesaria la intervención de los buenos en la política pues, sino, los malos −que solo obedecen a intereses angurrientos− lo harán por nosotros.

La esperanza es lo último que se debe de perder, ese espleen reinante en las jóvenes mentes que detestan la política criolla, son necesarias de rescatarlas del fango en el que se van sumergiendo, y cuyo resultado es el peor de todos: creer que la política es mala, pendenciera, patética, que no resuelve nada. Visión sacada del actuar sucio de ciertos individuos que se aprovecharon del poder delegado por el pueblo para delinquir. Eso no es política. A la política se la construye en la práctica y depende su orientación del que la realice: o es a favor de los intereses de las masas o en su detrimento.

Es pues la política ese instrumento en el que los valores son llevados al esplendor y, por ello, testimonio de lo saludable de la sociedad. O es la política la depositaria de la pérdida de los valores de la sociedad, que viene a ser el nihilismo de los valores, es decir, la nada, la putrefacción de los escrúpulos, el momento en que los valores pierden su validez. Depende el resultado del compromiso de los que han dado el primer paso hacia el camino de cuajar en la realidad el concepto de la buena sociedad.

La batalla por cambiar la forma de pensar nos conduce a derrumbar viejos conceptos, conceptos como aquel que nos lleva a pensar en la acumulación de riquezas, conceptos como aquel que dicta a valorar al ser humano por cuanto tiene; esos conceptos son producto de todos los años que vivimos así, y cuál es el resultado, la degeneración del individuo en autómata. Esos conceptos son necesarios destruirlos. Como dice el profesor de filosofía Luis Gamero, en su libro el Peor de los mundos posibles:” Debería considerarse a los intereses económicos sólo como un elemento más entre los otros, y no como si fuese el único que existe en la vida.”

El hombre no es lobo del hombre y por tanto, siendo seres sociales por naturaleza, cambiar el pensamiento individualista es sólo cosa de revertir los papeles que ahora, de forma autómata, cumple cada persona que no se ha sacudido del yugo mediático enajenador. Por algo los profesionales son profesionales, para poner al servicio de las mayorías su sapiencia adquirida, esa es la labor, difundir el concepto de cambio, de solidaridad. Extirpar el tumor maligno de la avaricia y del egocentrismo en los individuos, para así formar sanamente ese instrumento tan venido a menos de la política y que se conoce como partido.

[1] Me refiero a las pasadas elecciones realizadas en Perú el día cinco del pasado mes de junio del 2016; cuyos candidatos que pasaron a segunda vuelta fueron Keiko Fujimori, hija de un presidente de facto, y, su contrincante, Pedro Pablo Kuczynski.

[2] Este subtítulo es un apartado del libro Así habló Zaratustra de F. Nietzsche cuando habla sobre el Estado, el Estado es para Zaratustra el nuevo ídolo que impide llegar al superhombre ya que es un mostro que engulle al pueblo que dice defender.

[3] Me refiero al decir “hombre” a todo el género humano, englobando con esta palabra tanto a los varones como a las mujeres.

[4] Hago referencia a Perú.

[5] Esta protesta fue llamada así ya que después de mucho tiempo se veía salir a la juventud salir a las calles, el nombre es a propósito de la marca de un refresco que consumían los niños.

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