Desde mi buhardilla: «El sillón de la abuela»

 
Por eso, cada vez que entraba al cuarto de su abuela, al ver el sillón hamaca, que ésta había usado durante tanto tiempo, le parecía verlo en movimiento. Era como si  ella estuviese presente en esa habitación hamacándose como era su costumbre.
 
¡Como cambiaban los tiempos! Porque  ella, -Liliana-  a la misma edad que tenía su abuela, estaba sentada frente a la computadora recibiendo y contestando mails. Claro que eso no pasaba con muchas personas.  Algunas de las abuelas  de antes  se retiraban de la vida activa, temprano, quizás  por decisión propia  o porque  sus  familiares más cercanos, pensaban que ya no podían continuar haciendo las tareas de la casa, encargándose ellas de hacerlo.
 
Su abuela le había dejado algunas recetas de cocina, porque sabía que le gustaba mucho cocinar.  Liliana las hacía y cuando recibía algún elogio, decía con mucho orgullo “Esta receta me la enseñó  mi abuela”.
 
La herencia recibida de su abuela eran  los muebles que le habían pertenecido,  las recetas de cocina y algunos refranes.  También consejos,  muchos de los cuales ya no recordaba, porque el paso del tiempo y los adelantos de la ciencia, se los habían hecho olvidar.
 
Lo que Liliana tenía hoy con sus hijas y sobre todo con sus nietas, era otra comunicación mucho mejor, más  fluida.  Más actual. Digamos era… distinta. Porque  muchas cosas de las que hoy se hablan, no se decían o  directamente se consideraban prohibidas.
 
La tecnología, estaba tan adelantada, que era casi imperdonable no estar enterada. Hasta se hacían charlas y debates por  televisión  con profesionales que estaban al alcance de cualquiera,  hasta los niños y niñas los escuchaban y veían.
 
Ahora en el cuarto que había servido como habitación de la abuela, aparte del sillón, estaba su cama, su mesita de luz y un ropero, muebles  por cierto de una madera buenísima, muy bien conservados, primero por su abuela, luego por su mamá y ahora por Liliana.
 
Lógicamente que habían pasado ya de moda, pero aún  conservaban ese brillo de la buena madera y algo de ternura sentía,  porque habían pertenecido a  su abuela. A veces se ponía a pensar que pasaría cuando ella ya no estuviese para cuidarlos. ¿Qué sería de ellos?
 
¡Guardaban tantos recuerdos!….Ella misma había dormido en esa cama, junto a su abuela cuando su mamá de chiquita se la dejaba.   De la misma forma que Liliana  dejaba a sus hijas con su mamá, por ser el cuarto más fresco de la casa, el más ventilado y también el más lindo, donde ahora aparte de los muebles y el sillón, dejaban algunas cosas que ya no se usaban.
Habían pasado varias generaciones. La abuela había usado ese sillón, no solo cuando era mayor, también mucho más joven, le había servido cuando acunaba entre sus brazos a su hija,  y  luego a su nieta, hasta llegó a tener en brazos a una  biznieta. Era ideal para hacerlas dormir, mientras ella descansaba.
 
¿Cómo no iba a guardar tantos recuerdos? Hasta la hija de Liliana,  había usado esa habitación, cuando quiso tener algo para ella sola,  donde el sillón cumplía  la función de ser utilizado para escuchar música o para leer, hasta para meditar algunas veces.
 
Eso da una idea de lo mucho que se había utilizado, tenía el respaldo alto y el asiento cómodo, todo de esterilla, que por cierto  había sobrevivido a tanto tiempo y uso,  sin siquiera romperse.
 
Hoy quedaba sola Liliana en esa casa, grande , donde una señora iba dos veces por semana a ayudarla en la limpieza y el orden, como  también le daba una mano con el jardín, que era pequeño  pero le  gustaba tenerlo lleno de plantas.
 
Un día estaba  Liliana  tomando mate con su hija que había ido a visitarla, cuando de pronto, se puso todo negro, comenzaron los relámpagos y truenos a llenar esa tarde donde hasta un rato antes había  sol.
 
Entre las dos, fueron a verificar que todas las ventanas estuviesen cerradas, porque  un fuerte viento sacudía todo.  Comenzó a llover en forma copiosa. Pensando que podía ser un chaparrón, se quedaron las dos mirando a través de una ventana de la sala.
 
Pero sucedió lo inimaginable, lo que nunca había pasado, debido a la cantidad de agua caída tan rápidamente, se desbordó un arroyo que pasaba cercano a la casa.  Vieron  como el agua subía por la vereda y estaba entrando  a la casa, sin pedir permiso.  ¡No lo podían creer!
 
Lo primero que fue a rescatar  Liliana, fue el dinero que tenía guardado y álbumes de fotos. Los papeles importantes y los documentos los tenía guardados en una caja fuerte mediana, que subió al techo de un aparador. No veía a su hija. La llamó escuchando, un  -ya  voy …lejano-
 
Se negaba a creer lo que estaban viendo sus ojos, el agua que arrasaba todo a su paso, que entraba  apoderándose de todo lo que estaba a su alcance, que destruía  muebles que habían convivido con ella durante tantos años. Pensó en los muebles de su abuela… Se puso a llorar…
 
Decidió  salir de la casa, ya que el agua estaba subiendo más y más con los álbumes  apretados por su brazo.  Entonces apareció  su hija,  con algo que la dejó perpleja. Había corrido a salvar el sillón de la “abuela”. No se le había ocurrido agarrar nada más.
 
Le dijo a su mamá, que era lo que más quería. Liliana jamás había pensado  eso, porque no lo habían hablado nunca, pero recién se daba cuenta, hasta donde llegaba ese amor que sin quererlo había transmitido a su hija. Porque “su” abuela  había pasado a ser la “Abuela” para todos.
 
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