Desde mi buhardilla: “Don Braulio”

No piensen que don Braulio era viejo, no, era un tipo que había cumplido recién sesenta años, pero era del campo. Y en esos lugares se acostumbra tanto el don, como el doña antes del nombre, o simplemente algunas veces utilizan el don solamente.
Tampoco vayan a pensar que tenía apuro por cobrar o depositar dinero, por renovar algún plazo fijo o por algo así… no, para nada. Es que don Braulio había trabajado en ese banco durante veinte años. Guardaba un recuerdo muy lindo de ese tiempo. Y como muchos de sus compañeros aún seguían trabajando allí a él le gustaba -cada vez que podía-, ir a saludarlos.
Cuántas anécdotas y problemas… pero también, cuántos buenos momentos había encontrado en ese lugar. En un tiempo ocupó el puesto de cajero, luego de un ascenso estuvo cerca del gerente. Tipo bueno, si los había. Pero debió dejar el Banco, porque su padre (que al igual que su abuelo había sido ferroviario) al cerrar el ramal del tren en ese pueblito perdido en la provincia, puso un almacén de ramos generales.
Ese reloj, se lo había regalado su padre el día que comenzó a trabajar en el Banco. Se había puesto su traje con chaleco, corbata y cuando se lo dio le dijo, “este reloj que sabrá marcarte las horas primero y el tiempo transcurrido luego. Te lo entrego como mi padre hizo conmigo. Es un tesoro así que cuidalo mucho, igual que lo hice yo”.
Llegó a emocionarse ese día, lo tomó como un verdadero tesoro y dándole un abrazo a su padre, le prometió cuidarlo celosamente. Esos lejanos recuerdos afloraban de vez en cuando, sobre todo en momentos como este en que no sabía porque el Banco no abría. Si demoraba más, se le haría tarde para ir al negocio. Justo en ese momento vio que sus puertas se estaban abriendo.
Entonces se levantó, cruzó y se llegó hasta el banco diciendo un “Buenos días”, saludando uno por uno y preguntando como siempre por sus familias. Era algo así como un ritual, que tanto él como sus compañeros agradecían, pues el saludo y las preguntas eran recíprocas.
Ustedes quizás se pregunten, como era que usaba en este tiempo un reloj de bolsillo… Es que era algo normal en la gente mayor, pero en él…. Sucede que se había acostumbrado a ver, primero a su abuelo y luego a su padre mientras lo usaron… hasta les daba cierta elegancia.
Cuando era chico acompañaba, a su abuelo primero y cuando éste se jubiló a su padre, a la estación porque le fascinaban los trenes. Y para él era lo más importante verlos ahí, erguidos, imponentes con sus uniformes dándole a la campana anunciando la llegada del tren y luego marcando la orden de partida. Todo eso lo hacían, sacando el reloj del bolsillo y sosteniéndolo en su mano. Luego que el tren partía lo miraban una vez más y lo guardaban.
Don Braulio estaba muy acostumbrado a los horarios. Así lo había visto en su abuelo y en su padre. Y él continuaba con la tradición. Así como hoy vemos gente que mira la hora en su reloj pulsera a cada rato, en don Braulio el gesto típico era sacarlo de su bolsillo, sosterlo en la mano, mirar la hora y guardarlo.
Muchas veces, cuando tenía algún acontecimiento, parecía querer acelerar el tiempo, mirando siempre el reloj. Pero una vez llegado el día exclamaba, ¡Ya llegó el día! ¡Cómo pasa el tiempo! Si parece que fue ayer que me dijeron que el sábado era la fiesta en el club! ¡Qué barbaridad!
Quizás era una excusa para mirar su reloj a cada rato, pero así sucedía. Amaba su reloj por sobre todas las cosas. Se desprendía de él únicamente cuando se bañaba y cuando se iba a dormir. Cuidadosamente lo ponía sobre la mesita de luz, para tenerlo siempre a mano por si se llegara a despertar y necesitara saber la hora.
Pero sucede que los años pasan para todos y para todo. Un día don Braulio, como de costumbre sacó su reloj del bolsillo miró la hora y vio que faltaban quince minutos para las diez. Y también como de costumbre se dirigió a la plaza esperando que “su” Banco como a veces le decía abriera sus puertas.
Al rato volvió a mirar la hora y las agujas no se habían movido. ¡No lo podía creer! ¿Qué le pasaba? Se preguntó una y otra vez, mientras miraba fijamente el reloj . Lo puso en su oído y no oyó ese tic tac tan familiar.
Asomaron lágrimas a sus ojos. En voz baja, dijo –Papá te juro que no le hice nada!, lo cuidé en todo momento-. Se levantó y por vez primera, no esperó que el Banco abriera. Se fue caminando el paso rápido como quien lleva un enfermo al doctor y se dirigió hacia la relojería. Era algo raro, pero no conocía quien lo atendía. Claro, si nunca lo había necesitado…
Entró, saludó, y le dijo: Mire este reloj que me regaló mi papá, de golpe, sin que yo nada le hiciera nada, se paró. – ¿ Hace mucho que lo tiene? Y…mire, la verdad no sé…porque era de mi abuelo que se lo regaló a mi papá y después mi papá me lo regaló a mi…así…que…no…se…
Está bien señor, pero piense que todo tiene una vida útil…¿No le parece que este reloj duró demasiado? Se debe haber roto la máquina…
 Pero…si yo lo tenía en mi bolsillo, siempre lo tengo en el bolsillo, sabe como lo cuido? Lo saco nada más que para mirar la hora…y…hoy…andaba…pero hace un rato…dejó…
No podía continuar, le parecía ver a su abuelo y luego a su padre, como si estuviesen señalándolo con la mano, acusándolo de algo que…no había hecho…Justo a él le venía a pasar esto…
El empleado lo miraba atentamente, no comprendía que tanto se podía sentir por un reloj cuando había gente que entraba y le decía, -“mi reloj no funciona más, vengo a comprar otro” y muchas veces se lo sacaba ahí mismo lo dejaba en el mostrador, se ponía el nuevo y se iba y ese hombre…nunca le había tocado alguien así.
Entonces sin que él se lo pidiera, sacó varios relojes, todos ellos de pulsera, y se los estaba mostrando. Don Braulio estaba perdido, sin entender… otro reloj y de esos que no sabía ni cómo hacer para mirar la hora… estaba tan acostumbrado a su querido reloj de bolsillo. Agradeció y se fue. Sabía que cerca de la Plaza había otra relojería. Allí se dirigió, entró y le dijeron exactamente lo mismo. ¡No podía ser! ¡No lo podía aceptar! Pero esta vez estaba en la parte de atrás de la relojería el dueño. Era un señor alemán, ya bastante entrado en años, que escuchó la desazón que mostraba don Braulio y asomándose le dijo:
“Señor, me lo puede dejar para que lo revise? Si, le dijo rápidamente, pero enseguida agregó, – ¿No me puedo quedar con usted mientras lo revisa? ¿Sabe qué pasa? Nunca me separé de él…y aparte, me gustaría ver como es por dentro…
Se quedó con el relojero que abrió el reloj, lo miró largamente y dijo, este es un auténtico reloj suizo, de los mejores, doble tapa… efectivamente tiene gastada un pieza, pero veré si lo puedo arreglar. Buscando en una cajita entre todo lo que tenía encontró esa pieza y se la cambió. Lo cerró le dio cuerda y el reloj, volvió a caminar otra vez. Don Braulio exclamó “Respira nuevamente” el relojero sonrió. Porque el que volvía a respirar era Don Braulio, que en ese poco tiempo, le parecía haber envejecido de golpe.
Con su cara plena de satisfacción y agradeciéndole efusivamente le preguntó cuánto le debía. El relojero que era un alemán sumamente parco y serio, le respondió: “Nada señor, el amor y el cuidado han hecho que este reloj viviera tanto, espero que le dure mucho”

Don Braulio le agradeció mucho y agregó mientras le estrechaba la mano “Don Braulio, para lo que guste mandar” Salió de la relojería, caminando con paso seguro y rápido, pensando que ese mediodía el sol estaba brillando como nunca.

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