Democracias en la IV Cumbre de las Américas

  Pero al ciudadano corriente que piensa un poco lo que el envoltorio político repercute en su vida nor­mal, tanto le da una democracia convencional como otra de carácter “populista” o totalitaria. Y le da igual, porque antes que libertad, aunque también, lo que quiere es sobre todo «un pasar» y paz. Cuando vea que todo el mundo come, si siente necesidad de algo más de li­bertad ilusoria, ya se ocupará de conseguirla por las bue­nas. Somos miles de millones en el planeta, que presunta­mente la tenemos bajo el paraguas de la convención, los que estamos dispuestos a renunciar a ella para que eso ocurra. Luego ya trataríamos de reco­brarla. Pues el orden moral, ético y uni­versal va por ahí: “Primum vivere deinde Politica”. En reali­dad son unos pocos, unas minorías, sólo, las que se empe­ñan en tenernos en jaque empeñadas en impedir que el bienestar posible alcance a todos y que reine la paz… En cualquier caso y en el supuesto de que esto no fuese así, si a la democracia universal la movieran, además de la diosa y supuesta liber­tad, la inteligencia humana en su máxima ex­presión sobre todo en tiempos crí­ticos en que nos jugamos el legado para las próximas gene­racio­nes, nada habría que objetar. Pero no es así. Si alguna vez vez en la modernidad fue ejercida con limpieza, ahora está podrida y prostituída aunque la prostitución callejera la honre…


  En las democracias, mejor dicho, en la cáscara de cada democracia hay una figura o figurón que está en su papel no más de ocho años generalmente y la segunda legislatura la tiene en vilo. Eso significa que si por un lado tiene a todo un partido detrás con su aparato de fuerzas internas influyente y a las fuerzas financieras locales y mundiales que frenan y corrigen rumbos, por otro lado esa figura desaparecerá de la escena en un plazo relativamente corto aunque renueve el mandato por las urnas. Y si esa figura se propuso hacer algo valioso para la generalidad pero que comprometa los opacos intereses demoledores, durará muy poco…


  Todo esto significa que lo que realmente está gobernando siempre en la sombra son las fuerzas económicas vivas y quienes mueven sus hilos que ni han de renovar mandatos ni es­tán sujetos a escrutinio. Esas fuerzas y sus marione­tistas permanecen intactos y reforzados, mientras los líderes polí­ticos se van desgastando poco a poco. Porque si el ele­gido fue un pervertido político, será su aliado, y si fue vo­lunta­rioso, siempre le buscarán sus enemigos un baldón para pa­rarle los pies… Y mientras la vida democrática sigue, los dete­rioros, las corruptelas y los desmanes consecuencia de la libertad de mercado siguen. Las leyes correctoras nada pueden cuando no existe volonté general o partidista de cumpli­miento por parte de las fuerzas políticas que se opu­sieron a ellas. Y la alternancia del propio sistema siem­pre ofrece esta otra terri­ble y a me­nudo desastrosa debili­dad. Esto es especial­mente grave en materia medioam­biental donde rige el prin­cipio de que «quien puede pagar (la san­ción) puede conta­minar, talar y emporquecer» ¡Y qué decir en materia laboral y social puras donde muy raro el que no es siervo cuya vida personal y familiar depende de otros aun­que esos otros sean unas veces el empresario, otras un Banco y las más los dos!

  En la democracia, la inmensa mayoría de los mortales de­pende de un empresario que es el que le paga, y eso supone que nuestra vida y nuestra suerte dependan de él, de su voluntad y de su capricho. La prostitución no es sólo entre­gar a otro u otra el cuerpo por dinero y para sobrevi­vir. La más perniciosa, indigna y ruin, quizá la única, es, casarse adquiriendo de­rechos por cualquier razón menos por amor; someter una voluntad a otra voluntad, una con­ciencia a otra conciencia, un país a otro país…


  Esta es la razón por la que con tanto ahínco todos los que están amamantados por la ubre de la «democracia»; es de­cir, los elementos de la estructura financiera sobre todo, po­líticos de mayorías, círculos mediáticos, iglesias protegi­das… quieren democracia. Por más que nos digan que la virtud de la democracia está en que «todo» se depura, es otra mentira. Aunque parezca lo contrario es mucho más fá­cil emboscar la trapisonda, los tejemanejes, la manipulación, el soborno, el cohecho, el fraude y la trampa en una madeja de intereses confundidos y confusos, que en un régimen totalitario, como el de Cuba o China donde se puede pla­near hasta el último detalle (que es lo que la biosfera está pidiendo a gritos ya, además de otros aspectos sociales de primer orden) o en otro «populista», a mucha honra, como llaman al de Venezuela.


  Lo dicho. En una democracia no a la manera griega anti­gua (imposible por la demografía) sino a la occidental, quien or­dena y manda no es quien parece. Y es por ahí por donde se cuelan no sólo las atrocidades de guerras caprichosas, de expolio y de colonización forzosa, sino también las bar­baridades medioambientales que están conduciendo inexo­rablemente al planeta entero al abismo. Por los circuitos habituales «democráticos» se termina talando el Amazonas entero, se empotra, aplastándonos, la industria automovi­lista movida por petróleo hasta que se agote, la maderera y la ya nueva «indus­tria» de la construcción. Los grandes pu­fos economicistas se abren paso sin sentir, el ritmo de ex­tracción de petróleo lo marcan otros que nada tienen que ver con los habitantes de los lugares donde están los pozos. Todo está y depende de manos negras que todo el mundo sabe a quién pertenecen o de dónde salen pero nadie puede, «de manera políticamente correcta», apartarlas ni sujetarlas…

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  Una democracia populista encabezada por un resuelto presidente (parecido a un dictador, o siéndolo) con una «causa justa» de dignidad nacional y otra mundial, como Chávez, es lo único que puede corregir un poco la singla­dura del barco en que navegamos todos. Ha sido elegido democráticamente. Pero es que además, aunque fuera un dictador, la dictadura está prevista y justificada en la Ciencia política como el recurso extremo a que recurre una sociedad cuando concurren circunstancias extraordinarias y amena­zas concretas. Y esas circunstancias y amenazas concu­rren. Un monigote como Bush las ha exacerbado y ha re­saltado con su torpeza y perversión personal lo que en rea­lidad viene sucediendo soterradamente casi desde después de la última guerra mundial. Lo que viene sucediendo en Venezuela, en Argentina, en Brasil y en el mundo entero. Ya que la Europa «vieja» está debilitada y desorientada, y la «nueva» sólo busca acomodo en aquélla, pero todos los líde­res de la una y la otra son hombres y mujeres de paja del marco económico, la América Latina, ordinariamente in­estable porque de mantener la inestabilidad se ocupa, ati­zándola, «América», debe empezar a buscar dictadores o elegir presidentes «duros» como el venezolano. A ver si sale ese propósito, de la IV Cumbre de las Américas que se celebra en el Mar del Plata… De lo contrario América Latina termi­nará (si no lo está ya) estrangulada también por esas mis­mas manos negras que se ciernen, como una plaga biblica, sobre el mundo. Sálvese. Aún está tiempo.

Jaime Richart
2 Noviembre 2005

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