Del matrimonio homosexual al mercado rosa

En los últimos años se han experimentado avances muy importantes en los derechos de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (LGTB) en el Estado español, recuperando el tiempo perdido durante el franquismo respecto a otros estados en los que los avances hacia la igualdad comenzaron en los años setenta tras la revuelta de Stonewall Inn en 1969 en Nueva York. Así, en pocos años se ha pasado de la persecución y criminalización de homosexualidad y transexualidad impulsadas por el régimen franquista a la aprobación de la ley de matrimonio homosexual incluyendo el derecho a adopción, la cobertura de la Seguridad Social de operaciones de cambio de sexo en algunas comunidades autónomas y la ley de identidad para transexuales, que permite cambiar nombre y sexo en los documentos oficiales sin necesidad de someterse a una operación.

De hecho, con la puesta en marcha de estas reformas, el Estado español se ha colocado en primera fila mundial respecto a la defensa de los derechos LGTB, junto con países como Suecia, Alemania, Holanda y algunos estados de EEUU. Sin embargo, aún queda mucho por avanzar en este terreno, aunque muchas y muchos puedan pensar que ya está hecho casi todo y que la igualdad en función de la tendencia sexual es una realidad en el Estado español. Por ejemplo, el Tribunal Supremo ha rechazado frontalmente que la Seguridad Social esté obligada a financiar las operaciones de cambio de sexo, una necesidad vital para muchas personas transexuales; se trata de operaciones de miles de euros que muchas/os ciudadanas/os no pueden permitirse. Asimismo, transexuales siguen encontrando enormes dificultades para encontrar trabajo debido a las políticas homófobas de muchas empresas. Además, las agresiones a LGTB han aumentado desde que se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, pasando las denuncias de 6 en 2005 a 43 en el 2007; y aún así las denuncias no reflejan la realidad cuantitativa de estas agresiones, ya que muchos de los homosexuales agredidos no han ‘salido del armario’ y no denuncian por vergüenza. Por ejemplo, en Londres, una ciudad relativamente abierta a que se muestren comportamientos homosexuales en público, se registran cada año más de 1.000 agresiones homófobas. De hecho, muchos jóvenes LGTB, y no tan jóvenes, no se atreven aún a experimentar su tendencia sexual con libertad por miedo a las reacciones homófobas que conocen tan bien en sus familiares, amigos, colegios, institutos, universidades o en la calle. Las estadísticas en muchos países muestran como las posibilidades de llegar a situaciones extremas como el suicidio son relativamente más altas entre jóvenes LGTB. También LGTB siguen sufriendo la ‘microhomofobia’ continuamente, por ejemplo, en forma de miradas de desprecio, comentarios insultantes o un lenguaje homófobo, al igual que las mujeres sufren el ‘micromachismo’ en forma de infinidad de detalles que, por pequeños, no dejan de ser ofensivos, como darle siempre a probar el vino o entregarle la cuenta a sus parejas masculinas en restaurantes.

El papel opresor de la familia tradicional

Para seguir avanzando en la consecución de los derechos de LGTB, debemos reconocer que aún vivimos en una sociedad homófoba, de igual manera que para seguir luchando por la igualdad real entre hombres y mujeres debemos reconocer que la sociedad sigue siendo machista. Este paralelismo que ya he utilizado en dos ocasiones entre la lucha por los derechos LGTB y los de las mujeres no es gratuito. También para seguir avanzando hacia la igualdad real en función de la orientación sexual es necesario identificar las causas últimas de la desigualdad LGTB que, como veremos a continuación, son comunes a la desigualdad de la mujer y tienen a la familia tradicional y su papel en el sistema socioeconómico actual en el origen.

La mayor parte de los historiadores especialistas coinciden en localizar temporalmente el comienzo de la marginación social de la mujer en sociedades esclavistas en las que el comercio entre diferentes grupos humanos comenzó a desarrollarse con fuerza debido al desarrollo tecnológico y al agotamiento de los recursos naturales en las zonas con mayor densidad poblacional. Dicho comercio era llevado a cabo principalmente por hombres, ya que las mujeres se encargaban de la agricultura, la ganadería, la elaboración de sus derivados y el cuidado de hijas e hijos. Así, los hombres comenzaron, mediante el comercio, a acumular riquezas de las que no disponían directamente las mujeres. Este enriquecimiento diferencial en función de la especialización en los trabajos sociales llevó a que los hombres se preocupasen de a quién dejaban las riquezas acumuladas. Hasta el momento en estas sociedades dominaban los matrimonios grupales en los que se conocía quién era la madre pero no se sabía con certeza quién era el padre, ya que una mujer podía mantener relaciones sexuales con varios hombres. Partiendo de esta situación, los comerciantes más ricos comenzaron a presionar conforme acumulaban poder con la fuerza de sus recursos materiales y económicos para el establecimiento de matrimonios compartidos exclusivamente por un hombre y una mujer, mujer a la que se castigaría duramente en caso de adulterio para así asegurar que sus hijos fueran hijos del marido y heredasen su fortuna. Esta situación de desigualdad entre hombres y mujeres se prolongó desde estas sociedades esclavistas a lo largo del feudalismo y hasta los inicios del desarrollo del capitalismo en los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, conforme se desarrolló el capitalismo se acrecentó la necesidad de mano de obra en los grandes centros productivos, lo que llevó a la incorporación de las mujeres, e incluso los niños, al trabajo fuera del hogar en condiciones penosas de explotación. Pero esta situación condujo a un frenazo importante en la natalidad, ya que muchas mujeres abortaban por los esfuerzos laborales, tenían menos hijos y, además, muchos niños morían por falta de cuidados sanitarios, de higiene, alimentos y por sobreesfuerzos. A su vez, el desarrollo tecnológico permitía que cada vez se necesitasen menos trabajadores para la misma producción, llegaba mano de obra inmigrante a los núcleos en desarrollo, se necesitaba mano de obra más especializada en los procesos productivos (lo que impulsaba la necesidad de un sistema educativo eficiente para los jóvenes) y las/os trabajadoras/es se movilizaban contra condiciones de trabajo inhumanas. Estos procesos combinados empujaron de nuevo a la mujer a abandonar gradualmente las fábricas y volver al trabajo en el hogar, donde se encargaría del cuidado y la educación de hijas e hijos, ancianas y ancianos y del marido, que sí trabajaba fuera. Aunque en un principio muchas y muchos celebraron esta vuelta al hogar como un triunfo de sus luchas (los hombres ahora cobrarían algo más para mantener a las familias), de esta manera se perpetuó en el capitalismo la desigualdad, nacida miles de años atrás, entre hombres y mujeres, y de la que se aprovecha actualmente el sistema productivo.

Conociendo el origen histórico de las desigualdades vigentes entre hombres y mujeres nos será más fácil comprender la discriminación en función de la orientación sexual y podremos situar mejor nuestra lucha contra ambos tipos de discriminación que comparten un mismo origen, el mantenimiento de la familia tradicional en el corazón del funcionamiento del sistema productivo; esta importancia se evidencia, por ejemplo, en los esfuerzos enormes de todos los gobiernos actuales en mantener y fortalecer a la familia. Acabar con la discriminación de las mujeres es reconocer que las labores sociales que ahora desarrollan ellas principalmente en el seno de la familia tradicional (cuidados y educación de niños, mayores y esposos) deben ser asumidas socialmente. El compartir estas tareas equitativamente entre hombres y mujeres, aunque más justo desde una visión de género, carga aún más a los trabajadores con esfuerzos que podrían y deberían ser desarrollados con fondos e instituciones públicas, aumentando así la calidad de vida de los trabajadores que podrían disfrutar de más tiempo libre y recursos para su realización personal. Pero los Estados neoliberales actuales se resisten y dan marcha atrás a reformas anteriores a la hora de asumir el trabajo de las mujeres socialmente mediante inversiones públicas en guarderías, residencias y cuidados a domicilio para mayores, comedores, lavanderías, etc. Y es que estas inversiones chocan frontalmente con la reducción de impuestos y las privatizaciones que impulsan.

En este contexto, la igualdad real LGTB ataca frontalmente al núcleo de la familia tradicional en la que la mujer aparece sometida. Dos hombres o dos mujeres educados para desarrollar su papel de género en el modelo de familia tradicional no aceptan los roles preestablecidos y se unen entre ellos. Ambos han sido educados para el dominio (hombres) o la sumisión (mujeres) en la familia, y ambos cuentan con las mismas posibilidades de desarrollo profesional en función del sexo. Sin duda, la pareja homosexual puede seguir reproduciendo el modelo de familia tradicional con uno de sus miembros dominando sobre el otro, normalmente un dominio económico (aportando los ingresos familiares) y/o impuesto por la educación sexista recibida, que se traducen en un dominio moral y personal (“yo trabajo muy duro ahí fuera y tú no”). Sin embargo, muy probablemente en la pareja homosexual surja con más facilidad una relación de igualdad ya que, como hemos comentado, ambos miembros han sido educados similarmente y ambos encontrarán las mismas limitaciones profesionales en razón del sexo. De esta manera, las familias homosexuales pueden llegar a convertirse en ejemplos de igualdad entre sus miembros que pongan en evidencia la discriminación que sufre la mujer en la familia tradicional, tan útil para el funcionamiento actual del capitalismo. Por otro lado, las y los LGTB que permanezcan sin pareja no encajan tampoco en el modelo de familia tradicional por lo que deben ser excluidos. Por lo tanto, podemos concluir que luchar por la igualdad LGTB es luchar contra el machismo, y que ambas luchas deben tener como objetivo acabar con el modelo neoliberal actual, que se resiste ferozmente a asumir socialmente el trabajo que, fruto de la discriminación machista, realizan las mujeres. Al analizar las conexiones entre luchas en relación a los derechos LGTB, es interesante fijarse en el inicio de las protestas modernas contra la discriminación, surgidas en 1969 en el bar Stonewall Inn de Nueva York. Los cientos de manifestantes que se enfrentaron entonces directamente con la policía que cerraba sus centros de reunión y los detenía arbitrariamente, aquellos “queers” (“raros” en inglés), estaban inspirados por movimientos de lucha anteriores en EEUU, principalmente las protestas contra la guerra de Vietnam y las luchas a favor de los derechos civiles de los afroamericanos.

En función del papel clave de la mujer sometida para el capitalismo, puede llamarnos la atención que gobiernos con políticas claramente neoliberales como el de ZP impulsen reformas concretas en favor de la igualdad de las mujeres y las y los LGTB, escenificadas recientemente con la creación del Ministerio de Igualdad. Sin duda, la acción de estos gobiernos, habitualmente de partidos socialdemócratas, está llena de contradicciones, ya que a la vez que aprueban leyes que favorecerían la igualdad como piden las mayorías de sus bases y sus votantes no toman las medidas concretas necesarias para que estas leyes conduzcan a una igualdad real. Por ejemplo, en el caso de la administración ZP sin construir suficientes guarderías, hospitales, centros de mayores, comedores y lavanderías públicos, sin dotar con medios suficientes a los juzgados encargados de la violencia machista, sin obligar a las empresas a contratar mujeres en puestos de responsabilidad, etc. Además, estos gobiernos neoliberales con políticas sociales supuestamente de izquierdas favorecen activamente el “mercado rosa”, que como veremos más adelante pone obstáculos importantes a la liberación real de LGTB. Por otro lado, en algunos estados como el español, la reciente caída de la natalidad favorece, junto con una visión xenófoba y racista de la inmigración, la incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar, lo que sin duda impulsa su igualdad respecto al hombre. A todo esto hay que sumar la presión de las organizaciones que han luchado, y siguen haciéndolo, contra el machismo y por los derechos LGTB, imprescindibles para la consecución de las reformas que se han producido hasta el momento a favor de la igualdad.

El mercado rosa, un obstáculo para la liberación

Las reformas en favor de la igualdad LGTB han sido aprovechadas por grandes empresarios, los cuales han desvirtuado el origen luchador de las mismas, generando el llamado “mercado rosa”, que explota comercialmente la tendencia sexual LGTB. Un mercado que crea todo tipo de productos específicos (revistas, bodas, hoteles, bebidas alcohólicas, ocio y turismo, ropa y accesorios, cosméticos, cine, televisión, etc.) para un público LGTB, principalmente homosexual masculino con alto poder adquisitivo. Un mercado que, para vender estos productos, ofrece la imagen estereotipada del gay como un hombre guapo, inteligente, con alto poder adquisitivo, un trabajo de cuello blanco y, por supuesto, bien vestido con unas prendas de estilos muy determinados. Esta imagen del gay como un yuppie crea antipatía e ignorancia hacia la realidad de los gays por parte de muchos trabajadores que creen que no puede haber gays entre ellos al reconocerlos únicamente como estereotipos que viven una realidad de lujo fuera de su alcance. Sin embargo, la imagen de los gays como personas con alto poder adquisitivo está muy lejos de la realidad. Aunque es cierto que muchos gays no tienen que hacerse cargo de hijos por lo que disponen de ese dinero para otros gastos, la mayoría son trabajadores con bajo poder adquisitivo que además sufren habitualmente la discriminación también en el campo económico al no poder heredar de su pareja o no disfrutar de desgravaciones de impuestos por matrimonio.

El mercado rosa se concentra en barrios con un alto porcentaje de población LGTB, como el emblemático Chueca de Madrid. Estos barrios facilitan sin duda el encuentro entre las y los LGTB, pero casi siempre con los beneficios por medio de los empresarios rosas, y corriendo el riesgo de convertirse en guetos que lleven a las y los LGTB a “encerrarse” en estas zonas en las que disfruten de una libertad sexual que se les niega fuera. En este contexto de discriminación, los empresarios rosas se organizan en asociaciones con objetivos como ofrecer diversión y trabajo a las y los LGTB para luchar contra la marginación y la opresión. Sin embargo, en los “barrios rosas” los precios de establecimientos de ocio, tiendas de ropa, etc. suelen ser muy elevados, lo que deja a muchas/os LGTB al margen, convirtiendo la liberación gay en un negocio orientado sólo a personas con poder adquisitivo elevado. Además, los trabajadores LGTB de los establecimientos rosas sufren las mismas presiones que los de otras empresas, obligados a trabajar largas jornadas con sueldos bajos, muchas veces sin cobertura de la Seguridad Social. La comercialización de la lucha contra la discriminación LGTB se refleja perfectamente en los diferentes desfiles del Orgullo Gay de finales de junio que los empresarios rosas están intentando convertir en caravanas publicitarias a consta de eliminar el espíritu reivindicativo. Aunque los grandes empresarios rosas dicen luchar contra la marginación LGTB, lo hacen porque identifican igualdad con negocio, pero al mismo tiempo suelen defender ideas neoliberales que, como hemos visto, se oponen en el fondo a la igualdad, como la limitación de los derechos de los trabajadores inmigrantes, el recorte de impuestos a las empresas a la vez que disminuye el gasto público, o la liberalización de los mercados. Los grandes empresarios rosas y muchos políticos socialdemócratas que supuestamente defienden los derechos LGTB hablan de “la comunidad gay” como si todos los y las LGTB sufriesen por igual la discriminación, nada más lejos de la realidad. Entre las y los LGTB también existen divisiones de clases y los trabajadores LGTB con ingresos limitados sufren más la discriminación que los de alto poder adquisitivo (que pueden permitirse un estilo de vida diseñado para ofrecer más libertad sexual) y, por supuesto, que los empresarios rosas que se aprovechan de estas divisiones. La mayoría de LGTB sufren la subida de la cesta de la compra y el precio de la vivienda, por citar dos ejemplos actuales, igual que los demás trabajadores con los que tienen más en común que con los empresarios rosas que insisten en hablar de “la comunidad gay” colocando a todas y todos los y las LGTB en el mismo grupo, un grupo que debe luchar contra la discriminación no luchando contra el sistema que la genera sino aceptándolo y comprando ciertos “artículos y servicios rosas” dentro del sistema para autoafirmarse personalmente como LGTB. Y estas ideas surgidas desde el lobby rosa son compartidas por muchos grupos de izquierda.

Aún queda mucho por hacer

Es importante destacar que, aunque recientemente se haya avanzado mucho en la protección de los derechos LGTB en el Estado español y en otras zonas durante los últimos 30 años, aún en muchos países se persigue duramente la homosexualidad y la transexualidad. Así, ocho países aplican la pena de muerte contra los homosexuales (Afganistán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Mauritania, Nigeria, Sudán y Yemen) y más de ochenta países persiguen la homosexualidad con cárcel, flagelación, internamiento en psiquiátricos o campos de trabajo. Además, la mayoría de los países se niegan a ceder niños para su adopción por parte de familias homosexuales en otros países. Esta situación internacional nos da una idea de lo que aún queda por avanzar en la consecución de la igualdad real para las y los LGTB. Incluso en los estados donde la homosexualidad y la transexualidad son legales y se han desarrollado leyes de igualdad, las conquistas conseguidas pueden perderse. Valga como ejemplo reciente la intención del PP de Rajoy, de mano de sus homófobos y machistas amigos, los obispos, de eliminar la ley de matrimonio homosexual de llegar al gobierno en las últimas elecciones generales, tras haber recurrido la ley al Tribunal Constitucional. De hecho, actualmente no son pocos los partidos de derecha, por ejemplo, en el Estado español y EEUU, que están desarrollando campañas muy agresivas contra los derechos LGTB. En parte, estas acciones están desarrollándose por la debilidad del discurso dominante desde la izquierda, basado en que se puede acabar con la discriminación mediante reformas dentro del sistema e impulsando el mercado rosa y el estereotipo de gay que consume en él como estrategia de liberación. Esto permite a la derecha señalar a los gays como ciudadanos con un nivel de vida superior a la media (una imagen totalmente falsa) que no necesitan para nada leyes que los protejan especialmente, utilizando además la imagen del gay yuppie en discursos populistas e infundados para enfrentar a los trabajadores entre sí.

En este contexto, tenemos que tener en cuenta que los retrocesos en los derechos LGTB han sido frecuentes a lo largo de la historia: por ejemplo, en el paso de la República al franquismo, o de los primeros años de la Revolución Rusa al estalinismo cuando dos meses después de la toma del poder por los bolcheviques se eliminaron todas las leyes zaristas contra la homosexualidad, a la vez que se legalizaban el aborto y el divorcio. Realmente, los derechos LGTB, al igual que los de otras minorías y los de las mujeres, no estarán a salvo hasta que la ciudadanía no controle desde la base y democráticamente su forma de vida, sin depender de las decisiones de unos pocos grandes empresarios y los políticos a sus servicios; un control democrático fundamentado en el respeto a los derechos humanos y la igualdad real por delante de los intereses de unos pocos. Grupos de LGTB anticapitalistas como LiberAcción en Madrid o Las Panteras Rosas en Sevilla se organizan con una visión radical de cambio, al ser conscientes de que la igualdad no es posible en las condiciones actuales de organización socio-económica y que ellas/os como LGTB forman parte del movimiento antiglobalización o anticapitalista que busca transformar la sociedad radicalmente desde abajo, porque la lucha por los derechos LGTB es también la lucha contra el machismo, el racismo o la islamofobia. La igualdad real de todas y todos en un sistema realmente democrático es un sueño que han tenido y seguimos teniendo muchas y muchos. Algún día con el empuje de todas y todos lo haremos realidad.

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