Deidades peligrosas. Fin de los tiempos capitalistas

La sensación percibida mundialmente aún a pesar de la manipulación mediática contemporánea es de ocaso, agotamiento, de angustiosa decadencia; desde hace aproximadamente un decenio nada es más descriptivo de la situación de las relaciones humanas de nuestro tiempo. El sentimiento de que no se va a ninguna parte es corriente, la percepción de avanzar hacia un abismo insondable a una velocidad cada vez mayor nos invade, la impresión a todo nivel es la de la irremediable destrucción integral de nuestra civilización como destino más o menos inmediato.

El fenómeno no parece ser nuevo teniendo antecedentes notorios en la antigüedad donde en el siglo II de nuestra era, se advierte en Europa una tensionante y clara emoción de fin de los tiempos[1]. En aquel aparente lejano siglo un filósofo notable de su tiempo decía: “Nuestro afán no consiste en estar libres de pecado, sino en ser dios.[2]” ¿Existe algo menos descriptivo del pensamiento de la ínfima minoría dominante del presente en su aspiración por no dejar absolutamente nada fuera de su ambición y llevar esta al infinito?

El quimérico sueño decimonónico del progreso ilimitado prologando hasta los años sesenta del siglo XX, ha sido absolutamente destruido; tan sólo recalcitrantes financistas, industriales de armas, o funcionarios de la privada y antidemocrática Reserva Federal y sus delegados en el mundo entero bajo los emblemas FMI o Banco Mundial (BM), cerradamente repiten con alguna sincera convicción aquellos dogmas capitalistas del ’desarrollo sostenible’, ‘libertad de mercados’, ‘crecimiento’, ‘competitividad’, “recuperación”, “confianza inversionista”, “capitalismo con rostro humano” y demás vacuidades. Los restantes burócratas deben unirse al coro en su calidad de gobernantes al servicio de intereses inconfesables por lo tiránicos; presintiendo que la nave se hunde, apenas cierran los ojos repitiendo sin fe la letanía, seguros eso sí, no de la veracidad de su jerga superflua sino exclusivamente de la fuerza a disposición.

Muchas costumbres destructivas impuestas han llevado a la peligrosa ante sala del desastre absoluto. Allí tenemos el estólido culto fundamentalmente estadounidense por ir de compras, justamente a adquirir lo que no se necesita, a cambiar lo que no requiere ser sustituido, mediante aquellos mecanismos falaces de la obsolescencia programada (desgaste artificial) o percibida (modas) e intoxicante propaganda aparejada, cuya cumbre actual la registran los teléfonos móviles y demás baratijas electrónicas con su consiguiente fetichismo por la tecnología del control social, aturdimiento y destrucción del ambiente cultural y físico de donde proceden las materias primas para su elaboración. El precio de nuestro artefactito electrónico al acceso del bolsillo, ha sido ya pagado en buena parte mediante la pobreza de congoleses, centroamericanos, chinos, malasios, surafricanos y un largo etcétera. El denominado Tercer Mundo es la primera víctima, pues allí se pagan con creces los precios de los productos consumidos en el opulento mundo noratlántico, Japón y demás islotes del capitalismo consumista en otros continentes.

Lo barato monetariamente hablando en el centro del capitalista, equivale físicamente a la devastación del resto de planeta por varias generaciones; los ecosistemas están integrados así que tarde o temprano la ruina y la catástrofe se irán trasladando hasta convertirse en globales. En el fondo pagamos a cuotas nada módicas el disparate del destrozo de un planeta cambiante que alberga nuestra propia y accidental existencia. No es un disparate imaginar a nuestros descendientes dos generaciones más adelante maldiciéndonos.

Como si fuera poco, el capitalismo le ha dado desafortunadamente la razón a Lester Thurow, quien afirma categóricamente que este sistema “es perfectamente compatible con la esclavitud[3]; ¿Qué son sino las relaciones existentes al interior de las miles de maquilas instaladas en naciones clientes de las potencias con trabajos donde las personas son tratadas como objetos prescindibles sin prácticamente derechos?

En este orden de ideas, lo realmente importante no es expuesto y debatido como tema del destino próximo del ambiente al cual pertenecemos; las alarmantes previsiones sobre escasez de agua en los próximos años para cientos de millones, el hambre y la miseria de miles de millones de personas en un momento histórico en el cual es perfectamente posible redistribuir la riqueza desde el punto de vista político y económico, la permanencia de sangrientos conflictos como preludio a la inminencia de nuevas guerras no descartándose en las mismas el empleo de armas nucleares amenazando la misma existencia humana, etc., pasan desapercibidas en su justa dimensión, siendo los involucrados en el asunto todos los seres humanos.

El vehículo fundamental de tales falsedades  es  la televisión, la cual nos convierte en espectadores en vez de actores de nuestra propia vida. La tele como medio dominante y tendiente a la dominación, propugna por la insolidaridad con sus imágenes inclinadas a paralizar y distraer, de allí la perseverancia de los magnates por hacerse sus dueños.

El consecuente agotamiento cultural ha sido manifiesto desde hace varias décadas. El reciclaje frenético de pauperizados modelos culturales es lo sentido con intensidad particular en la mayoría del tiempo gastado desde el cambio al presente siglo. Verdaderos mercachifles han impuesto desde hace un tiempo una industria privada de la distracción, como sucedáneo de la cultura, han acrecentado sus ganancias adormeciendo con hostigante repetición y desaforada publicidad lo en esencia sensibilizante. No es solo ‘más el ruido que las nueces’; en realidad estas están ausentes y el ruido es extremadamente ensordecedor. El sistema comunicacional diseñado para concientizarnos y procurar la participación en trascendentales asuntos, como forma racional y democrática de prevenir catástrofes, ha sido trocado de signo propagando y practicando la indiferencia, el asilamiento y hasta la misma crueldad.

El paisaje se ensombrece aún más cuando se observa como la peste de los más aviesos estragos capitalistas estructurada para naciones empobrecidas, llega al primer mundo (haciendo recordar aquella frase de Marx), como por obra de un hechicero incapaz de controlar sus propios conjuros.

Un hecho tomado al azar del gigantesco absurdo capitalista en naciones con lujo de instituciones de conocimiento: el gobierno de Gran Bretaña mientras contribuye con 2.598 millones de libras para la investigación y el desarrollo de armamento, solo aporta 42 a las energías renovables[4]. ¿Si esto es no es un consciente y planificado suicidio civilizatorio qué es? Empero, dirán los financistas de la City, ‘es impecable respecto a la lógica de la maximización de los rendimientos’. ¡Vaya consuelo para sus nietos!

El problema central para los habitantes del planeta, el tema del cambio climático,  cuestiona todos los valores del capitalismo atesorados como su arsenal ideológico por más de doscientos años, en cuanto a ilimitada sumisión de la naturaleza, la omnisapiencia  humana, el llamado ‘crecimiento’, los omnímodos ‘mercados’ y aquel retorcido y trapacero concepto neoliberal sólo sostenido con base en la violencia, la cual es tenida como instrumento esencial de los aviesos proyectos del FMI y el BM: las migajas  dejadas caer de la mesa por los pocos ricos habrán de ser suficientes para alimentar a las gigantescas mayorías.

El capitalismo, esto es la derecha, sabe bien que sus postulados resultan ser indefendibles a la luz de las ciencias actuales. Pero el darwinismo social y la ley de la jungla económica son erigidos tramposamente como inamovibles sustentando un modo de producción, el cual permite a una oligarquía acumular riqueza en una proporción desconocida en la historia. El modelo de vida del despilfarro y consumismo, donde la satisfacción hedonista es tan efímera que es fantasmagórica y por lo cual insaciable, base de la cultura estadounidense de la llamada ‘american way of life’ como paradigma mundial impuesto, ha sido destruido en su integridad por las evidencias físicas de proximidad de catástrofes ambientales y finitud del planeta habitado, del cual somos apenas una parte.

No obstante, los ideólogos de esta tendencia responden amañadamente y sin soportes científicos creíbles con un conjunto de ilusiones las cuales terminan por desdoblarse en nuevos contrasentidos, como aquellas trapaceras fábulas de un “capitalismo verde y sustentable”, “coches todo terreno ecológicos”, “mercados inteligentes autoregulados”, “cuotas negociables de contaminación”, “mercados de carbono”, “transgénicos saludables y baratos”, ‘prosperidad general mediante la inversión extranjera’, “explotación minera respetuosa del medio ambiente”, “gasto militar para la paz”, etc. Se resisten con una tozudez digna de mejor causa basada en valores deleznables, a dar por terminada la idea victoriana de un mundo inagotable, el cual es servido para explotación inclemente por un ser humano imbuido en un individualismo extremo, por cierto, muy contrario a nuestra historia como primates cimentada en la cooperación y mutua ayuda.

El sur, asignado dentro de los planes capitalistas de aquellos agentes del arrasamiento de culturas llamados FMI  y el BM, como lejano lugar inhóspito destinado a la extracción de materias primas, ha visto a sus gentes reaccionar frente a la pauperización generalizada y la creciente destrucción ambiental; toda la efervescencia social anunciada al Primer Mundo atlantista como terrorista se encuentra relacionada de una u otra manera con dicho conflicto. Es razonablemente previsible una escalada de resistencia y acciones reivindicativas a tal despojo y depredación, con múltiples actuaciones tendientes a la coordinación solidaria de los pueblos de los populosos hemisferios tropicales. De su parte los movimientos contestatarios en el centro capitalista son contenidos mediante variadas tácticas destinadas a hacerlos tímidos, desarticulados y espasmódicos. La magnitud de la devastación ad portas, resultado de que las más grandes calamidades realizadas por las formas de producción destructivas capitalistas no se halla al alcance de los sentidos y es mimetizada con prolijidad por los medios de comunicación de los enceguecidos amos. Tan sólo los latrocinios más recientes en Europa y EE.UU. consecuencia de las rapacidades del capitalismo financiero con sus recortes de salarios, desposesión, desempleo y bienestar menguado, movilizan en algo, empero, aún sin alterar el ciclo devastación-latrocinio-acumulación. Las manifestaciones del abuso de la naturaleza en casos como el del opulento Japón y su desastre aún no bien definido en sus consecuencias, Fukushima, todavía no activan a los directos afectados significativamente.

La civilización consecuencialmente desarrollada con estos valores se enfrenta con altas probabilidades, a pesar de negarlo arteramente, al dilema de desmonte de sus paradigmas más ominosos y rígidos o destrucción de la especie humana. Esto nos han dicho mayoritariamente científicos de todas las tendencias.

No puede haber auténtica libertad si no incluye la de abrogar por cambios, lo contrario es un simulacro, un acto vacío[5]; en este sentido nuestra vida carece de libertad siendo planteada desde la ideología de quienes sustentan los poderes en la cúspide social, como un callejón sin salida, como parte del precio que debemos pagar por la existencia física en el mundo moderno, cuando justamente la ciencia nos provee de evidencia suficiente de que es posible una mucho menos injusta, dolorosa y depredadora organización social.

El desmonte del capitalismo como lo hemos padecido en los más recientes tiempos, partiendo de la base de que en algún momento fue una fuerza de bienestar, es razonablemente requisito sin el cual no es posible salvaguardar una seguridad civilizatoria, esto es propiciar culturas libres en lo posible de la amenaza, la ansiedad y el temor de ser arrasadas dentro de las capacidades humanas existentes.

La consumación de las formas que ha de poseer la desintegración del sistema capitalista ya sea lenta, acelerada o fulminante de acuerdo a una serie de variables de imposible predicción, es la tarea de las actuales generaciones en pos de dejar un mundo donde se hallan detenido los efectos más nocivos de la catástrofe planetaria ambiental, de la cual forma parte nuevas estructuras sociales, con remozadas o tal vez antiguas soluciones a la interacción con la naturaleza, que si bien es imposible de ser realizada por la cultura humana sin algo de violencia frente a aquella, vaya paralela a investigaciones que mediante la tecnología existente y decisiones colectivas atenúen sus efectos más perjudiciales. En la organización social se encuentra la clave.

Frente a los combustibles fósiles, como ejemplo práctico, las energías menos destructivas y costosas deberán ser las preponderantes; energías destinadas a sistemas de locomoción tan absurdos como el coche actual, ampuloso, extremadamente contaminante, transportando las más de la veces a tan sólo una persona, y por el cual se han rediseñado los entornos urbanos desde hace unos cien años, son de imposible continuidad dentro de lo racional. Una variación en este punto traería inestimables efectos positivos en la vida poscapitalista.

La férrea oposición a cambios como el planteado es enorme y en consecuencia los planes de las agencias de represión en todas partes indican con lenguaje neutro e impersonal su necesidad de un despliegue sin precedentes, a fin de espiar más intensamente, propinar más generalizadas palizas, hacer más detenciones, encarcelar masivamente, o tácitamente manifiestan la eventualidad del asesinato de los inconformes ante un estado de cosas opresivo, devastador, indignante y más aún, suicida de la especie.

El capitalismo hace evidentes los instrumentos políticos de dominio fundamentales amenazando ser globalizados sin excepciones, los cuales como ya lo había mencionado Hanna Arendt, son la construcción de un poder con ostentosas características totalitarias, en el cual se destaca “el terror, la mentira, la identificación de control con seguridad y con la falta de novedad[6]. Dicha falta de invención en el asunto tratado pasa a ser la obligada carencia de opciones políticas y económicas al sistema imperante, lo cual evidentemente desdeciría  de nuestra calidad de seres con historia.

El cambio de este grotesco sistema devorador del planeta, de sus recursos de vida, de la civilización humana y de sí mismo, no parece ser viable mediante concertación con los más poderosos, pues su egoísmo y avaricia probada en el último medio milenio, se alimentan de su autismo político y renuencia a ver por propios ojos los resultados de su desquiciamiento, lo cual no es más que la fidelidad fanática a postulados de infinita acumulación capitalista y egolatría lindante con lo metafísico por lo extravagante e insustentable. En consecuencia, sin el derrocamiento de poderes abusivos que entronizan sus latrocinios como forma de vida universal es imposible erigir una civilización menos inconsciente del papel de la especie humana respecto a su entorno y de su reflejo en las sociedades.

Con unas circunstancia así, el sistema de control social global capitalista queda desnudado cada vez más como absurdo y brutal; no se puede seguir forzándonos a navegar hacia la tormenta. Aquí es pertinente Spinoza: “No cabe duda que los contratos o leyes, por los que la multitud transfiere su derecho a un Consejo o a un hombre, deben ser violados, cuando el bien común así lo exige.[7]” A la abulia y la impotencia exigidas con miedo les corresponde la acción alegre y decidida, pues “una sociedad cuyos súbditos no empuñan las armas, porque son presa del terror, no cabe decir que goce de paz, sino más bien que no está en guerra.[8]” Naturalmente el sentido contemporáneo de las armas es mucho menos restringido de aquel del siglo XVII, y se relaciona actualmente con información, comunicación con elemental ética humanista, discusión amplia, unidad y conciencia de clase, organización, sensibilización, solidaridad, ejercicio del ilimitado poder de la muchedumbre con su aplastante número; el terreno de la ultrapolítica, es decir el de la violencia planificada, concienzuda y tecnológica, es el fuerte de los aparatos coercitivos capitalistas y allí arrasan. No obstante, la imaginación y la urgencia siempre pueden hacer algo al respecto en cuanto a respuestas correspondientes a nuestro afán de supervivencia como seres biológicos frente a las agresiones, pues por mucho que conjeturemos sobre la fuerza, debemos entender que esta es la que ha hecho el mundo tal y como lo conocemos; el meollo de la cuestión es colocarla bajo los preceptos éticos construidos socialmente hasta la actualidad, en circunstancias específicas y pertinentes.

Una vida social fluida y altamente politizada es una respuesta por parte de la especie a los peligros planteados; la rabiosa hostilidad a la misma es producto de la angustiosa visión del grupúsculo uno por ciento en medio de su pánico, conocedor del latrocinio corrosivo del cual se beneficia. Dicha construcción por ser cimentada en lo popular puede bosquejar prácticas de verdaderos contra poderes críticos con efectiva injerencia en las decisiones determinantes de nuestras vidas.

Naturalmente en el ensayo de la existencia humana el momentáneo acierto y el error por corregir son parte del andar colectivo en su organización, el cual posee valiosas experiencias por ser investigadas[9]. ¿No sería conveniente de acuerdo a ello la exploración de las erudiciones precolombinas donde la economía era regulada por los órganos políticos y por tanto los medios fundamentales de producción eran controlados por la política, acondicionándola a la vida actual[10]? ¿Qué tal una reformulación de la tenencia de la tierra, algo sensible a miles de millones de seres humanos, sustentada en la actualización del uso  del suelo en las estructuras incaicas?[11] Es indudable que en todos los continentes habitados ha habido nociones de organización similares con sus particularidades y diversos grados de justicia a examinar. En este punto estudiosos de la materia en el campo del pensamiento crítico, se han atrevido a expresar fundamentales modificaciones en una progresión hacia otra clase de civilización, como aquella de volver a dar íntegra vigencia al valor de uso de los bienes en detrimento del actual eje de la plusvalía del valor de cambio, pilar de la acumulación despiadada de banqueros y similares[12]. La perspectiva de una transformación de tales dimensiones permite establecer que el presentimiento colectivo parece bien fundado: no es la economía a que se encuentra en crisis, la economía es la crisis[13].

Una auténtica revolución sería proclive a cambiar fundamentalmente la vida cotidiana, paulatina pero irreversiblemente, teniendo en cuenta que las revoluciones  no son procesos instantáneos; la historia no discurre en forma lineal, por tanto las experiencias de culturas precapitalistas  pueden ser fuente de inspiración para tales efectos. Los pilares ideológicos de una nueva existencia con seguridad han sido ya establecidos por los pueblos; abstractamente sabemos que no es necesario el trabajo físico de todos los habitantes aptos de la sociedad aún mismo tiempo, el mismo desempleo crónico nos lo anuncia.

Bajo tales perspectivas en un mundo poscapitalista las ciudades como tales deben ser revolucionariamente reestructuradas en cuanto a forma y contenido, pues no responden hoy sino a exigencias de aglomeración facilitante del consumo disparatado y férreo control social, con un derroche de recursos y conflictividad innecesarios de cara a otras formas de organización comunitaria pasadas o hasta por establecer, que hoy podrían tenerse por insensatas.

No se puede pasar por alto que sin desenmascarar el real sentido de los medios de comunicación que nos embaucan en el presente, no se podrán hacer cambios significativos y mucho menos dar inicio firme a procesos revolucionarios; el asentamiento en este sentido de un periodismo intencional en cuanto a facilitar la realización de cambios[14], es otro requisito a tener muy en cuenta. Impulsando esto, la historia expuesta como crónica de experiencias y acción viva prolongada en nuestras generaciones, es invaluable como antídoto al totum revoltorum atolondrante de la comunicación tomada por el capital.

El dispersar el poder, descentralizarlo para que sea ejercido a nivel de comunidad, en una variada y variable poliarquía desplegando energías renovables, agricultura orgánica diversificada, dominio sobre las propias vidas, control de las colectividades de los procesos políticos, económicos y sociales, en general son formas de una interesante respuesta al capitalismo depredador de sí mismo y de su propio sustento material. Es difícil avizorar algo peor que la decadencia aniquilante actual, y los inevitables errores de una era poscapitalista podrían ser mejorados humanamente evitando caer en rigideces e impasibidad. En un contexto así adquiere especial relevancia lo mencionado por Slodovan Zizek de evitar la identificación de sistema parlamentario con democracia, pues nos arroja de nuevo al acantilado profundo del dominio de unos seres humanos por otros, con consecuencias a la vista. Las intermediaciones políticas sin constantes ciclos de reposicionamiento son propensas a la cooptación adormilante y al conservadurismo reaccionario.

En la práctica poscapitalista los voceros pro empore de los nuevos poderes podrían ser el resultado de continuos flujos y contraflujos de las clases activas basados en una autoridad racional, en la medida de lo posible bajo control instantáneo para evitar se erijan como casta dominante y los efectos de inevitables errores sean irreparables. Naturalmente esto sería objeto de variadas confrontaciones y matizaciones. Sería deseable una lucha de clases reformulando la marxiana conocida que emergiera con vigor, sabiendo como sabemos, su carácter de impulso humano emancipatorio. Siguiendo postulados marxistas o no, aquel principio “de cada quien según sus capacidades y a cada cual según sus necesidades”, parece un lógico ideario organizador, el cual pudo ya ser puesto en práctica de alguna manera en formaciones sociales no capitalistas.

Contemporáneamente se nos exige asistir impasibles a lo eludible con la experiencia humana acumulada, y se denosta y castiga a quienes avizoran tenebrosos desenlaces, como contrarios a la tranquilidad pública, empero existen suficientes elementos de juicio para establecer que “aquella sociedad, cuya paz depende de la inercia de unos súbditos que se comportan como ganado, porque solo saben actuar como esclavos, merece más bien el nombre de soledad que sociedad.[15]” El aislamiento obra en favor de la minoría psicópata.

Si todo parece en este instante de la historia como callejón sin salida, si nuestros males parecen no poder ser enfrentados con formulaciones teóricas o en veces prácticas pues se nos aparece el capitalismo financiero como estructura indestructible, recordemos a Aristóteles cuando apreciaba como insuperable a la esclavitud como base de la organización social de su tiempo; tiranos absolutos en su momento como los reyes franceses o los zares rusos fueron derrocados por sus propias e insolubles contradicciones y masas decididas; Víctor Hugo expresaba que “La utopía es la verdad del mañana”,  Alfonso La Martine afirmaba “las utopías no son más que verdades prematuras”. Existe por fortuna el ‘utopismo reflexivo’, aquel del presentimiento perfectamente consciente, el de la posibilidad real y objetiva de cada época, el impulsador de la anticipación psicológica de un posible real[16].

La radicalidad de los proyectos poscapitalistas justamente puede ser determinada por la carencia de una certeza[17] enclaustrante de finalidades tan ambiciosas y tan vitales para los habitantes humanos del
planeta. La multiplicidad de vanguardias generaría una creativa incertidumbre, permisiva de tensiones prolíficas en opciones frente a los problemas, mientras que encarnaría una fuente inagotable de respuestas a comunicar entre pueblos y comunidades.

Nada se encuentra predeterminado, la letra de una canción de los años sesenta anuncia lo necesario e indefinible del asunto:

“Estamos en medio de una revolución/ porque veo el rostro de las cosas por venir/

Tu constitución  amigo mío, se va a tener que doblar… / ¿Qué hacer? Te lo estoy diciendo a ti/ Pronto vas a saber, será a través de uno.., dos.., tres… / ¿Qué es lo que ves?”[18]

Así mismo Antonio Machado lo enunciaba con sencilla prosa: “Caminante no hay camino se hace camino al andar”.

Errar e intentar corregir es algo que va de la mano de los esfuerzos por mejorar nuestra existencia biológica y social. Arriesgarse es parte de nuestra vida sobre la tierra y es lo que ha permitido que seamos lo que somos, y eso vale la pena frente a un sistema que ha establecido por estos días a una minoría que como en el siglo II, estima con narcicismo criminal que puede llegar a convertirse en deidad por encima de sus propios desastres.



Notas

[1] Stephen Jay Guld. El Fin de Los Tiempos. Editorial Anagrama. Barcelona 1999. Pág. 33.

[2] Plotino. Eneadas. 1,2,6.

[3] Lester Thurow El Futuro del Capitalismo. Editorial Ariel. Barcelona 1996. Pág.258.

[4] Owen Jones. Arms trading, BAE Systems and why politicians and men from the military make a very dubious mix. Octubre 14 de 2012. http://www.independent.co.uk/voices/comment/arms-trading-bae-systems-and-why-politicians-and-men-from-the-military-make-a-very-dubious-mix-8210897.html

[5] Moses I Finley. Grecia Antigua; Economía y Sociedad. Editorial Crítica, Grupo Editorial Grijalbo, Barcelona 1984. Pág.109.

[6] La Condición Humana. Editorial Seix Barral. Barcelona. Pág. V

[7] Baruch Spinoza. Tratado Político. Alianza Editorial. Madrid 1986. Pág.116.

[8] Spinoza. Pág. 120

[9] Aquí es pertinente evocar aquella expresión del historiador Pierre Chaunu, de que “sobre este eje hay que intentar dar “un paso atrás para poder dar dos adelante”. Hablando del cristianismo y la espiritualidad. Historia y Decadencia. Ediciones Juan Guanica. Barcelona 1983. Pág.393.

[10] Pedro Carrasco. Economía Prehispánica en México. En Historia Económica de México. Enrique cárdenas Compilador. Fondo de Cultura Económica. México 2003. Pág.25.

[11] Ver al respecto a Inca Garcilaso de la Vega. Selección de Comentarios Reales. Editorial Kapelusz. Buenos Aires 1971. Pág. 81 ss.

[12] David Harvey. «Para superar el capitalismo, el valor de uso debe prevalecer sobre el valor de cambio«. Unravelling Capital’s contradictions. Marxismo Crítico. http://marxismocritico.com/2012/10/30/unravelling-capital%C2%B4s-contradictions/ 

[13] Comité Invisible. La Insurrección que Llega. 01/03/2007. La Fabrique editions. Manifiesto.

[14] Ryzard Kapuscinski. Los Cínicos no Sirven Para Este Oficio. Editorial Anagrama. Barcelona 2002. Pág.38.

[15] Spinoza. Pág.120

[16] Ernst Bloch. El Principio de la Esperanza. Gallimard París 1976 I Pág. 177.

[17] Comité Invisible. La Insurrección que Llega. Séptimo Círculo. “Aquí se Construye un Espacio Civilizado”.

[18] Nina Simona ‘Revolución’ 1969.

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