Defendamos el cantón kurdo de Afrin ante el ataque del ejército turco

Por Alejandro Iturbe

Hace varios días, aviones y tropas del ejército turco cruzaron la frontera con Siria, apoyadas por algunos batallones del ELS (Ejército Libre de Siria – Free Syrian Army) e iniciaron un ataque al cantón kurdo de Afrin (ubicado en Rojava o Kurdistán sirio) en lo que Turquía llama “Campaña Rama de Olivo”. Desde el campo kurdo, la defensa corre por cuenta de las YPG (Unidades de Defensa Popular), que cuentan en ese cantón con una fuerza de entre 8.000 y 10.000 combatientes.

Las informaciones sobre la situación militar son contradictorias. Los medios turcos informan que sus tropas ya controlan varias poblaciones cercanas a la frontera, que ya han creado una “zona de seguridad” y que avanzan sobre territorio kurdo (1), mientras fuentes cercanas a los kurdos afirman que la ofensiva turca está siendo detenida (2).

Más allá del análisis preciso del curso de los enfrentamientos, nuestra posición ante él es absolutamente clara: apoyamos y defendemos el campo militar de los kurdos contra el ataque turco.

Sin embargo, dada la compleja combinación de fuerzas internacionales, regionales y nacionales que intervienen e influencian el proceso (con cambiantes alianzas y acuerdos de coyuntura entre ellas) nos parece necesario retomar análisis y caracterizaciones que hemos hecho en artículos anteriores ya publicados en este site (3) e incorporar en ellos nuevos elementos.

Los kurdos

El pueblo kurdo es la mayor nacionalidad de Medio Oriente (considerado en su sentido geográfico más amplio) sin Estado propio, ya que el Tratado de Lausana (firmado en 1923 para repartir los dominios del imperio turco-otomano, derrotado en la Primera Guerra Mundial) les negó ese derecho. El pueblo kurdo quedó dividido entre cuatro países (Turquía, Irán, Irak y Siria) en los cuales es una nacionalidad oprimida, y fue duramente reprimido cuando luchó para intentar revertir esta situación.

En el caso del territorio sirio, son ampliamente mayoritarios en tres cantones (Afrin, Jezira y Kobane) ubicados en la franja norte del país (fronteriza con Turquía, al norte, e Irak, al este). Estos cantones suman cerca de 15.000 km2 y en ellos habitan algo más de 2.000.000 de kurdos (y pobladores de otros orígenes). Los kurdos, en su mayoría, provienen de migraciones desde Turquía. Como un ejemplo de la opresión que sufrían en Siria, digamos que, hasta hace pocos años, no tenían derecho a ser ciudadanos de este país.

En ese marco, en los artículos citados analizamos una diferencia en la política que los revolucionarios debíamos tener frente al caso de los kurdos como nacionalidad oprimida, con respecto a la clásica del marxismo en estos casos:

“Como marxistas revolucionarios, no estamos a favor de la atomización de los Estados existentes. Por el contrario, luchamos por la integración de Estados plurinacionales y federativos, libremente constituidos, cada vez mayores. Pero si una nacionalidad oprimida define que quiere su independencia, pasamos a apoyar y defender incondicionalmente esta decisión. (…) El caso kurdo es especial: es evidente que se trata de una nación oprimida, pero no lo es en un solo país sino que está dividida y oprimida en cuatro países. Por eso, la única forma de ejercer su autodeterminación es romper esa división y reunificarse. Así, como punto de partida, reconocemos y defendemos su derecho de separar sus territorios históricos de los Estados que integran y constituir su propio Estado independiente (y apoyamos plenamente su lucha en este sentido). Creemos que, en este caso, no se trataría de una atomización de los Estados sino, por el contrario, de una reunificación de carácter progresivo”.

Las autonomías kurdas

En los últimos años, el pueblo kurdo logró el control de dos regiones autónomas: una en Irak (a la que ellos llaman Basur) y otra en Siria (a la que denominan Rojava). En los hechos, se trata de dos Estados o embriones de Estados propios. En los artículos citados analizamos los procesos que llevaron a lograr estas autonomías, dirigidos por Massoud Barzani y el PDK (Partido Democrático del Kurdistán), en Basur, y por el PYD (Partido de la Unión Democrática), en Rojava. El PYD es la expresión del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán, fundado en Turquía) en Rojava. En esos materiales, también analizamos y caracterizamos esos partidos.

Agregamos que, aunque los procesos que llevaron a ellas eran muy diferentes, “consideramos que las autonomías logradas en Irak y en Rojava son un avance en esta dirección y, por eso, deben ser defendidas. Pero que no tienen ser consideradas como el ‘objetivo final’ sino que deben ser puestas al servicio de la lucha por lograr el Estado kurdo unificado”.

Completábamos nuestra posición señalando que “no damos ningún apoyo ni llamamos a confiar en las actuales direcciones kurdas, tanto por su carácter de clase (burgués o pequeñoburgués) como por la política que llevan adelante (como el abandono de la lucha por el Estado kurdo unificado). Esto significa que, siendo parte del campo de la lucha del pueblo kurdo, las combatimos políticamente, llamamos a luchar contras sus políticas que van contra la lucha unitaria de los kurdos (como los acuerdos con el imperialismo y Putin) y les exigimos que apliquen políticas que impulsen esta lucha”.

Las alianzas peligrosas del PYD

La caracterización de la dirección del PYD es muy importante para entender tanto el tipo de Estado que está construyendo en Rojava como su política de alianzas para defender y consolidar esta autonomía (analizadas especialmente en el artículo del mismo título).

Nos referimos, por un lado, a la tregua de hecho que había establecido con el régimen dictatorial de Bashar al Assad y, por el otro, al hecho de poner en el centro de su política la alianza con EEUU, cuyos gobiernos hicieron de los kurdos de Siria y de las YPG su aliado principal para combatir el ISIS en la región (política aplicada desde la época de Obama y mantenida durante el primer año de Trump).

En ese artículo, señalamos que: “Otra alianza táctica peligrosa del PYD/PKK es con el imperialismo yanqui. Una colaboración  que comenzó a forjarse en la lucha contra el ISIS en la defensa de Kobane y que ahora se ha reforzado en el cerco a Racqa (NDR, el ISIS fue derrotado y la ciudad y su región son contraladas por los kurdos). La principal fuerza de ese ataque son las FDS (Fuerzas Democráticas Sirias – basada en la YPG, con participación minoritaria de combatientes de otros pueblos de Siria) que recibe fuertes suministros de armas y apoyo aéreo de los yanquis”.

Señalábamos además que: Para nosotros, es táctico y no de principios que un movimiento que lucha en un campo militar progresivo reciba armas del imperialismo. Es una táctica válida si sirve a esa lucha. Así sucedió, por ejemplo, con las fuerzas que combatían la invasión japonesa en China en la Segunda Guerra Mundial o en la exigencia para que los imperialismos ‘democráticos’ (EEUU, Inglaterra y Francia) enviasen armas a los republicanos españoles en su guerra contra los fascistas. El problema comienza cuando se deja de decir a las masas que se trata apenas de un cruce de caminos, un corto episodio en el que se coincide temporariamente con nuestro principal enemigo, al que deberemos combatir, con absoluta seguridad, en el futuro. Peor aún, cuando se llama a depositar confianza en ese enemigo. Ese es el camino que está recorriendo el PKK y las organizaciones que influencia”.

En ese marco, hacíamos un alerta: “… se trata nuevamente de una ceguera estratégica (NdR: del PYD/PKK). El imperialismo puede usar diversos peones en las tácticas regionales con que defiende sus intereses. Pero solo son eso (peones) que serán sacrificados en cuanto ya no los necesite. O intentará destruirlos, como ocurrió con los talibanes en Afganistán. Los propios kurdos tienen una amarga experiencia para una posible confianza en el imperialismo en el Tratado de Lausana (firmado en 1923) que les negó el derecho a un estado propio y los condenó a vivir oprimidos en cuatro países diferentes”. La realidad actual (la actitud del gobierno de EEUU frente al ataque turco) ha demostrado muy rápidamente lo correcto de este alerta.

Al mismo tiempo, la política del PYD de establecer una tregua de hecho con el régimen de Assad ha aislado a los kurdos de Rojava de aquellos que deberían ser verdaderos aliados (los sectores más progresivos de las fuerzas rebeldes que combaten la dictadura). Peor aún, cuando las YPG han avanzado sobre territorio no kurdo, muchas veces han combatido contra estas fuerzas y han desalojado violentamente a poblaciones árabes sirias. Así ocurrió, por ejemplo, el año pasado, cuando las YPG intentaron aprovechar la batalla por el control de Alepo para establecer un corredor que uniese los cantones de Afrin y Jezira (ese intento fue derrotado por una anterior invasión del ejército turco).

Este gravísimo error político-militar del PYD contribuyó a que muchas fuerzas rebeldes considerasen a los kurdos como “enemigos”, y ayuda a justificar la política también equivocada de algunos batallones del ELS de ser parte del reaccionario ataque turco contra los kurdos.

Las razones del ataque turco

El gobierno turco de Recep Erdogan tiene razones muy profundas para realizar este ataque; razones que se van han visto agravadas en los últimos años.

En el actual territorio turco viven 16.000.000 de kurdos que son ampliamente mayoritarios en regiones que ocupan unos 190.000 km2. Por un lado, estas cifras representan cerca de la mitad del pueblo kurdo y de la superficie del Kurdistán histórico. Por el otro lado, significan un 20% de la población total de Turquía y un tercio de su superficie actual. Este peso geográfico y poblacional hace que para la burguesía turca sea inaceptable no ya una secesión sino incluso una autonomía regional kurda.

La opresión hacia los kurdos hunde sus raíces en los tiempos del viejo imperio turco-otomano y se continuó cuando este fue desmantelado después de la Primera Guerra Mundial y Turquía quedó reducida a su territorio actual. Se mantuvo incluso cuando la fracción político-militar burguesa encabezada por Mustafá Kemal Ataturk derrocó a la monarquía y fundó la República turca, en 1920, sobre bases laicas. A pesar de su promesa no cumplida de otorgarles autonomía regional, los kurdos siguieron siendo muy oprimidos, discriminados y reprimidos en este país. Si bien tienen derechos políticos como ciudadanos, el Estado turco no reconoce la existencia de una región kurda sino que la considera parte de las regiones de la Anatolia Oriental y Sudoriental, y no permite el uso del kurdo como idioma oficial ni como segundo idioma. Además, los discrimina económicamente: la desocupación en las regiones kurdas es cinco veces la media nacional.

En el marco de las actividades económicas que se desarrollan allí, existe una burguesía kurda ligada a esas actividades. Su principal expresión política es el Partido Popular Democrático o por la Paz y la Democracia (HDP), organización legal que tiene numerosos diputados en el parlamento turco.

Combatiente kurdo

Sin embargo, la organización política de mayor peso “por abajo” es el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán). Esta organización fue fundada en 1978 con una ideología que combinaba la influencia política y organizativa del maoísmo con el nacionalismo kurdo. Su principal dirigente es Abdulah Occalam (llamado Apo por sus seguidores). En 1984, inició la lucha armada contra el Estado turco, fue declarado ilegal y considerado “terrorista”. Occalam está preso desde 1999. Pero desde allí continúa liderando su organización que se extendió a los otros países donde habitan los kurdos (Siria, Irak e Irán), aunque con otros nombres (por ejemplo, el PYD de Rojava).

Apo y su corriente han girado ideológicamente a la derecha y adoptaron una concepción (que denominan “confederalismo democrático”) por la que abandonaron la lucha por un Estado kurdo unificado y ahora se limitan a reclamar autonomías regionales en los países ya citados. Incluso, desde la cárcel, aceptó la propuesta de negociaciones secretas que le propuso el gobierno de Erdogan y que se realizaron de modo intermitente pero sin ningún acercamiento de posiciones.

El PKK se mantuvo como una organización militarizada, siguió ilegalizada y considerada como “terrorista”.

Los gobiernos de Erdogan

Erdogan

Recep Erdogan, fundador y líder del AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo, una organización burguesa de ideología islámica moderada) llegó al gobierno a inicios de 2003, después de derrotar a los diversos partidos laicos kemalistas. Desde entonces, luego de varias elecciones, se ha mantenido en el poder, ya sea por peso propio o a través de diversas alianzas parlamentarias. En 2016, Erdogan enfrentó y derrotó un intento de golpe de Estado, hecho que aprovechó para perseguir y encarcelar a numerosos opositores políticos y sindicales, dando un giro aún más bonapartista en su régimen político.

Desde el inicio, Erdogan y el AKP se postularon como un sector islámico pro-occidental, un aliado capaz de actuar como un nexo entre Europa (y EEUU) y el mundo árabe musulmán. Sus gobiernos mantuvieron el país como miembro de la OTAN (que Turquía integra desde 1952). La alianza militar de las “potencias occidentales” tiene en el país la base aérea de Incirlik (con 5.000 aviadores y técnicos estadounidenses) y varias bases terrestres.

En términos económico-políticos, especialmente a partir de 2004, sus gobiernos buscaron acelerar y concretar la vieja aspiración de la burguesía turca de integrar la Unión Europea. Pero esa aceptación viene demorándose por el recelo de algunos de sus países miembros. Una de las objeciones es la política del AKP sobre los “derechos humanos” y en especial hacia las minorías nacionales (kurdos y otros). La UE no quiere “comprar” el conflicto con los kurdos y transformarlo en un “problema europeo”.

Las cosas se complicaron aún más luego de un incidente diplomático con los Países Bajos (Holanda) en 2017. En ese momento, el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania declaró que “Turquía está más lejos que nunca de ser miembro de la UE” (4).

En un intento de desbloquear la cuestión de los kurdos, Erdogan autorizó la legalización del HDP, en 2012, y la actuación dentro de él de la organización kurda PAD (Partido Democrático de las Regiones). El HDP ha logrado buenos resultados electorales (siempre supera la cláusula de barrera de 10%) y es el tercer partido del parlamento turco con decenas de diputados (muchos de ellos kurdos). Incluso, en elecciones en las que el AKP no ha logrado mayoría parlamentaria propia, apoyó la formación de un nuevo gobierno Erdogan, aunque sin integrarlo nunca directamente.

Al mismo tiempo, abrió negociaciones con el PKK: representantes del AKP realizaron reuniones con Occalam en la cárcel. El objetivo de Erdogan era que el PKK abandonase las armas y se transformase en un partido legal, al estilo del HDP. Sin embargo, la negativa del gobierno turco de otorgar cualquier autonomía a los kurdos impidió un acercamiento y, como vimos, el PKK se mantuvo militarizado.

Un tema adicional importante: la burguesía turca actual es heredera de una burguesía que perdió su imperio pero que, desde un nivel inferior, aspira a jugar un papel político de “potencia regional” como aliada subordinada de Europa y Estados Unidos. Por ello, intenta tener política para los países vecinos (especialmente Irak y Siria, con los que tiene “fronteras kurdas”). En el marco de esa aspiración, mantiene una disputa de influencia con el régimen de los ayatolás iraníes.

El proceso de Rojava agudiza todas las contradicciones

Una de las cuestiones centrales que enfrenta la burguesía turca es el “problema kurdo” y, en este sentido, es muy importante la dinámica de las autonomías de Basur y Rojava.

La existencia de Basur no significó ningún problema. El gobierno de Barzani y el PDK se transformó en socio económico y político de Erdogan, ya que le suministra casi todo el petróleo que Turquía necesita, mientras que la burguesía turca invierte en Basur. Como reflejo de eso, Erdogan ha recibido a Barzani en Ankara con honores de jefe de Estado. Adicionalmente, la influencia de Barzani juega un papel “pacificador” en la burguesía y los sectores medios kurdos de Turquía, a los que alienta a integrarse a las “instituciones” a través del HDP (5).

Por el contrario, Rojava sí es un factor profundamente desestabilizador de la situación. Objetivamente, el triunfo en Rojava es un factor que alienta la lucha de los kurdos en Turquía. A la burguesía turca, además, le preocupa especialmente el papel de dirección y la influencia del PKK en ambos lados de la frontera (una peligrosísima “frontera kurda armada”).

Por eso, la política de Erdogan fue, inicialmente, alentar y apoyar el ISIS en sus ataques contra los kurdos. Pero la política de EEUU (que luego analizaremos más profundamente) fue enfrentar al ISIS y armar a los kurdos de Rojava como su principal fuerza de apoyo en esa tarea. Esto significó el “alerta rojo” para Erdogan, cuyo gobierno afirmó que una parte de las armas entregadas a las YPG terminan en manos de la milicias del PKK en Turquía.

Después, Erdogan comprendió que el ISIS estaba siendo irremediablemente derrotado, mientras las YPG y su extensión a las FDS, se fortalecían. En ese marco, tomó dos definiciones. La primera y principal fue la de intervenir militarmente de modo directo contra Rojava. La segunda, subordinada a la primera, fue girar hacia un acuerdo coyuntural con Rusia (con la que venía muy enfrentada por la violación del espacio aéreo turco por parte de aviones rusos en su trayecto hacia y desde Siria) para que “autorizase” esas operaciones. Ese acuerdo con el gobierno de Putin se definió en el llamado “consenso de Sochi” (6).

Esta no es la primera incursión turca contra los kurdos en territorio sirio. A finales de 2016, había realizado la operación “Escudo del Éufrates” para “cortar” el corredor que los kurdos intentaban formar entre Afrin y Jazira. El objetivo fue logrado y las fuerzas afines a los turcos quedaron con el dominio de la ciudad siria de Yarabulus y otras poblaciones menores.

La operación “Rama de Olivo” fue definida como respuesta al anuncio de que las YPG-FDS (luego de haber derrotado y desalojado al ISIS de Racqa) iban a concentrar 30.000 combatientes en esa frontera (con aparente aval de EEUU). Representa una continuidad de la política que, según el propio gobierno turco, apunta a formar una “franja de seguridad” en territorio sirio, de unos 30 km de ancho, y a lo largo de toda la línea fronteriza hasta el límite con Irak, y así obligar a las fuerzas kurdas (y a la propia población) a “alejarse” de Turquía.

Hay otros dos factores que inciden en esta política de Erdogan. El primero es que le permitió generar “hechos consumados” que obligan al imperialismo estadounidense a escoger entre un aliado histórico, confiable y de mucho mayor peso regional (Turquía) y un aliado coyuntural y más peligroso (las YPG-FDS). Las declaraciones de Erdogan no dejan lugar a ninguna duda: “Los EEUU comprenderán que no van a encontrar mejor aliado que Turquía para trabajar juntos en la región”. Todo parece indicar que esa apuesta está dando resultado.

El segundo factor, secundario pero real, es la intención de Erdogan y el AKP de fortalecerse internamente de cara a las elecciones de 2019, aprovechando el sentimiento chovinista turco. Por ejemplo, ya obligó a dos partidos opositores, el derechista MHP y el “socialdemócrata” CHP a apoyar su política en Siria.

Los zigzagueos de EEUU en territorio pantanoso

Es imposible entender el complejo panorama de fuerzas de Medio Oriente y de Siria en particular, y su profunda inestabilidad actual, sin analizar como uno de los elementos más importantes la actual situación político-militar del imperialismo estadounidense en el área.

La derrota del proyecto del “Siglo Americano” del ex presidente George W. Bush en las guerras y ocupaciones de Irak y Afganistán generaron en el imperialismo estadounidense lo que sus propios analistas llamaron “síndrome de Irak” (análogo al surgido luego de la derrota en Vietnam, en 1974). Es decir, la profunda dificultad de realizar acciones militares de envergadura en otros países porque acababan transformándose en ocupaciones permanentes y en guerras de liberación del pueblo de la nación ocupada, con resultados generalmente desfavorables a mediano plazo (7). Por ejemplo, después de la retirada del ejército yanqui, Irak quedó fracturado en tres regiones, mientras que en Afganistán, si bien tropas estadounidenses aún sostienen un gobierno títere en Kabul, la mayoría del territorio está controlado por los talibanes o jefes tribales regionales.

Esta derrota obligó al imperialismo a adecuar su política: solo podía realizar operaciones militares muy limitadas (algunas acciones aéreas rápidas, apoyo en armas y en instrucción militar a fuerzas locales) o “tercerizar” las intervenciones, como la acción de las fuerzas armadas de Arabia Saudita en Yemen y Bahrein. Junto con esto, también se vio obligado a hacer algunos acuerdos un tanto “oblicuos” según una lógica simplista o maniqueísta. Por ejemplo, con el régimen de los ayatolás iraníes, siempre considerado como “enemigo” (política iniciada por el propio Bush y profundizada por Obama), para sostener un gobierno central iraquí en Bagdad.

En ese marco, en 2011 estalla el proceso de la revolución árabe que derriba o amenaza derribar regímenes amigos (como el de Túnez o el de los militares egipcios), que se extiende a Siria contra la dictadura de Bashar al Assad (y que la respuesta de una represión genocida por parte del régimen sirio acaba transformando en una guerra civil). Los Assad eran viejos “enemigos” pero que cada vez estaban más cerca de Occidente y, en especial, de Israel.

En el marco de la debilidad imperialista en la región, Obama realiza un juego complejo: por un lado, apoyar a la oposición siria (en especial a sus sectores más proimperialistas) pero sin darles muchas armas; por el otro, eso era una forma de obligar al régimen a una salida negociada entre “ambas partes” y, de ser posible, sin la figura de Assad.

La situación en Siria se hacía cada vez más compleja por varias razones. En primer lugar, los kurdos pasan a controlar política y militarmente la región de Rojava. En segundo lugar, ante lo que parecía una caída próxima del régimen de Assad, el gobierno ruso de Putin envía aviones, hombres y armas, e instala bases militares para defenderlo (tarea en la que ya colaboraban el régimen iraní y la milicia libanesa chiita Hezbollah). Gracias a ese apoyo externo, el régimen sobrevive y comienza a contraatacar sobre los “rebeldes”.

El ISIS complica aún más la situación

Acaba de complicar aún más el cuadro la aparición del ISIS que, desde Irak, avanza cortando y apropiándose de territorio sirio, creando una franja continua hasta Racqa. El ISIS expresa una fracción burguesa (posiblemente alentada desde Arabia Saudita) que buscó aprovechar el fraccionamiento y el “caos” de Irak y Siria para “redibujar el mapa” de la región, crear su propio Estado y controlar áreas petroleras, disfrazando este objetivo con una ideología ultra-religiosa y anti-Occidente. En Irak logró cierta base social en la población sunita, perseguida por el gobierno chiita de Bagdad, pero un sector importante de sus combatientes provenía de diversos países musulmanes. En Siria, por el contrario, representaba un elemento totalmente artificial y ajeno (8). En ese momento (2014-2015), el gobierno de Obama define que el ISIS era el enemigo al que había que eliminar de inmediato y “sacarlo de la ecuación”.

Una parte importante del plan de expansión y consolidación del ISIS en Siria fue el durísimo ataque al cantón kurdo de Kobane. El gobierno de Obama apoyó con armas y asesores militares a las YPG, pero fue la heroica resistencia del pueblo kurdo el factor central que le provocó una dolorosa derrota al ISIS (9).

La profundización de la política de alianza con las YPG kurdas (y la creación de las FDS) fueron entonces la política escogida por Obama para desalojar al ISIS de Racqa y de otras regiones de Siria. La reciente expulsión del ISIS de esa ciudad (y su virtual liquidación como fuerza militarmente efectiva en territorio sirio) mostraron que la elección de Obama había dado el resultado esperado.

¿Y ahora con Trump?

Donald Trump llegó al gobierno criticando la política externa de Obama y con la promesa de “hacer fuerte de nuevo a América”. Pero entre sus intenciones de endurecer esa política y la posibilidad de hacerlo está la realidad que hemos analizado. Por eso, esa política muchas veces parece oscilante e incluso contradictoria.

Por ejemplo, comenzó a “dinamitar los puentes” que Obama había construido con el régimen iraní pero, al mismo tiempo, le dio mucha importancia a la relación con el gobierno de Putin (del que ese régimen es un fuerte aliado) para colaborar en la “pacificación” de la región.

En Siria dejó que Assad, apoyado por Putin, fuese dando duros golpes militares a los rebeldes. Pero cuando el “contacto ruso” se transformó en un problema de política interna estadounidense, ordenó realizar un bombardeo casi simbólico contra el régimen de Assad (“hago como que te bombardeo”).

Hace poco, declaró que su gobierno reconocía a Jerusalén como la capital de Israel, algo que irritó a todos los árabes (amigos o enemigos) y a sus propios socios europeos, sin que resultasen claras las razones ni los objetivos de hacer esta declaración en ese momento.

A pesar de esas oscilaciones, en su primer año mantuvo una continuidad con Obama sobre el tema de los kurdos. Incluso la profundizó, apoyando con armas a las YPG-FDS en el ataque y en la toma de Racqa. Al mismo tiempo, buscó utilizar la autonomía de Basur para hostigar la influencia de Irán en Bagdad. Finalmente, todo indica que dio el aval al anuncio kurdo de que las YPG-FDS iban a concentrar 30.000 combatientes en la frontera con Turquía. Diversas informaciones indican que, incluso en el propio entorno de Trump había quienes señalaban que esa política significaba “jugar con fuego” por el carácter del PKK-PYD y por el deterioro de las relaciones con el gobierno turco de Erdogan.

¿Un giro de timón?  

En ese marco, el gobierno de Erdogan “patea el tablero” y lo obliga a tomar la definición de cuál de ambos aliados iba a escoger. Todo indica que ha optado por Turquía y Erdogan, un aliado mucho más sólido y confiable, y que está dejando a los kurdos de Rojava librados a su propia suerte.

Después del ataque turco, Rex Tillerson (secretario de Estado del gobierno Trump y responsable de las relaciones exteriores) declaró: “Estamos comprometidos con Turquia… y veremos lo que podemos hacer para trabajar en conjunto para enfrentar sus legítimas preocupaciones de forma satisfactoria” (10). En sintonía, el Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, declaró que: “Turquía es uno de los miembros de la OTAN que más ha sufrido con el terrorismo”.

La realidad es que Trump y EEUU (aun cuando no hayan sido consultado antes) están dejando correr el ataque turco; no van a apoyar a los kurdos en su repuesta y les “aconsejan” retroceder. Incluso, hay informaciones sobre que, bajo cuerda, se han comprometido con el gobierno turco a dejar de entregar armas a las YPG/FDS (12).

En otras palabras, todo indica que el gobierno de Trump está dando un giro en su política en Siria (y en la región), volviendo a estrechar lazos con Turquía y, como dijimos, dejando a los kurdos (como mínimo en Afrin) librados a sus propias fuerzas.

El rol contrarrevolucionario de Putin

Otro elemento central para comprender el complejo cuadro es el papel del gobierno Putin y de Rusia. Luego de la restauración del capitalismo y la caída de la URSS y del aparato estalinista internacional, Rusia retrocedió en la jerarquía internacional de naciones y en su capacidad de incidir en los procesos políticos en el mundo. En el aspecto económico-financiero, por ejemplo, es profundamente dependiente de Europa y Estados Unidos.

En el marco de esta decadencia, los diferentes gobiernos de Putin buscan atenuarla y defender espacios de influencia; especialmente en las repúblicas de la ex URSS y en algunas otras del ex “mundo socialista” (como Ucrania y Serbia), aunque también buscan alianzas con regímenes como el iraní. Se apoya para ello en el propio debilitamiento de los imperialismos occidentales, sus contradicciones y los “vacíos que dejan”. Pero, centralmente, se sustenta en el poderío militar heredado de la ex URSS.

En el caso de Siria, desde el inicio del proceso revolucionario en 2011, siempre apoyó sin ambigüedades la dictadura genocida de Bashar al Assad contra los rebeldes y le suministró mucho armamento. A partir de setiembre de 2015 comenzó una intervención militar directa, que actualmente se expresa en algunos miles de soldados y armamento terrestre y en una fuerte presencia de fuerza aérea. La excusa fue “ayudar al gobierno de Assad a combatir el ISIS”. Pero la realidad es que este apoyo tenía como objetivo combatir contra las fuerzas sirias rebeldes y desalojarlas de las áreas que controlaban.

Con respecto al papel de las fuerzas rusas en la guerra civil siria, la Red Siria de Derechos Humanos denunció que “desde que comenzó la intervención rusa en apoyo al régimen genocida de Bashar al Assad, en septiembre de 2015, hasta el 31 de diciembre de 2017, su aviación asesinó a 5.783 civiles (entre ellos 1.596 niños)… hubo 817 ataques a instalaciones civiles (141 eran instalaciones médicas)” (13).

La complicidad de Putin con el ataque turco

Como parte del consenso entre Trump y Putin, existía un acuerdo implícito que establecía “áreas de responsabilidad” al oeste (Rusia) y al este (EEUU) del río Éufrates, para evitar choques directos entre sus fuerzas o entre sus aliados. El cantón de Afrin queda al oeste del río, es decir, bajo “responsabilidad rusa”.

En ese marco, es muy claro que el gobierno de Putin dio el OK al ataque turco (posiblemente desde las reuniones de Sochi) y actuó en consecuencia: liberó el espacio aéreo sobre Afrin para el ataque e hizo retroceder a sus fuerzas terrestres para evitar choques con los turcos. Sobre este tema, la agencia Al Jazeera informa: “Las semillas de la operación ‘Rama de Olivo’ fueron plantadas el último verano, durante las conversaciones entre el ministro ruso de Defensa Sergei Shoigu y el jefe de Estado Mayoir turco Hulusi Akar, en Istanbul. Como resultado de esas conversaciones, Moscú dio su consentimiento al uso parcial del espacio aéreo sirio por parte de la Fuerza Aérea turca, pavimentando el camino para la ofensiva de Turquía sobre Afrin” (14).

Para el PYD/PKK esto representa otro “desengaño”, ya que consideraban el gobierno de Putin y a las fuerzas rusas en Siria como “protectoras”. Ahora chocan contra la dura realidad. El General Sipan Hemo, comandante de las YPG declaró: “Rusia ha traicionado a los kurdos… Llegará un día en el que Rusia deberá disculparse con nosotros por su falta de principios” (15).

En realidad, no se trata de “falta de principios” de Putin sino del juego permanente de un dirigente burgués en defensa de los intereses de su burguesía y de su Estado. Una nueva muestra de la “ceguera estratégica” del PYD/PKK en sus alianzas y en quienes depositaron su confianza.

Mientras tanto, al Assad…

¿Cómo se ubica Bashar al Assad y su régimen ante este ataque? En los años inmediatos a 2011 Bashar quedó acorralado, perdió el control de parte importante del territorio sirio, y estuvo a punto de caer ante la ofensiva militar de los rebeldes. Sobrevivió gracias a la “ayuda extranjera”: las milicias libanesas de Hezbollah y el apoyo de armas de Irán y de Rusia.

Como vimos, en 2015 las fuerzas militares rusas entraron directamente en la guerra y le permitieron una fuerte ofensiva hacia el este, que desalojó a las fuerzas rebeldes de muchos de los territorios que dominaban y las atomizó al extremo.

Desde el punto de vista formal, el ataque turco es una violación a la soberanía de Siria. En este sentido, al Assad y su régimen cubrieron las formas declarando que responderían militarmente al ataque. Pero la realidad es que no hicieron nada y ni siquiera le pidieron a Putin que lo impidiese.

Aunque parezca contradictorio, Bashar al Assad sale beneficiado con el ataque turco. La tregua de hecho que había establecido con los kurdos era circunstancial: le sirvió para concentrarse en el combate a las fuerzas rebeldes, al mismo tiempo que los kurdos frenaban el avance del ISIS en Siria.

Pero, apoyadas por EEUU, las YPG/FDS se han fortalecido mucho militar y territorialmente. Eso es una amenaza estratégica para su régimen y para sus aspiraciones de recuperar el control de todo el territorio sirio.

En las actuales condiciones, el ataque turco y su triunfo es la mejor opción. No solo porque debilitaría a las fuerzas kurdas y las obligaría a retroceder sino porque quiebra la alianza entre EEUU y las YPG/FDS.

Algunas consideraciones finales

Hemos definido la situación de Siria como un complejo “polígono de fuerzas”. Esas fuerzas intervienen y definen su política en una combinación de intereses estratégicos y necesidades coyunturales y concretas. El “tablero sirio” no solo cambia de modo constante en los dominios territoriales que cada sector tiene, sino también en las alianzas y acuerdos que se van configurando. En ese juego, nunca debemos olvidar que, como en el ajedrez, existen reyes, alfiles y peones.

Por eso, en el marco de su complejidad, si miramos objetivamente, una cosa se ve con claridad. Detrás del ataque turco se ha establecido un acuerdo contrarrevolucionario contra los kurdos, entre Erdogan, Putin, Trump, Assad, y los ayatolás iraníes. En cierta forma, es el mismo acuerdo que ayudó a infligir fuertes derrotas a parte importante de los rebeldes sirios y fortalecer a Assad. Lamentablemente, ahora también se han sumado en ese frente contrarrevolucionario algunos batallones del ELS que actúan como “tropas terrestres” de los turcos.

Es una conclusión que deben sacar con claridad los kurdos: las “piezas grandes” (EEUU y Rusia) hacen su propio juego en defensa de sus intereses, y los “peones” siempre pueden ser sacrificados.

Es necesario que comprendan que el fin de la opresión que sufren y la conquista de su propio Estado nunca se logrará de la mano de Obama-Trump o de Putin. Aunque puedan aprovechar sus contradicciones, ellos serán siempre estratégicamente sus enemigos, y siempre preferirán mantener en el juego a sus “alfiles” (como Assad, Erdogan o los ayatolás iraníes) antes que a los peones. Y que la política de alianzas seguida por el PYD/PKK los ha llevado a esta situación.

La lucha de los kurdos solo podrá triunfar, en primer lugar con la unidad del propio pueblo kurdo, independientemente del país en que son oprimidos. Es necesario exigirle a los peshmergas de Basur que acudan en defensa de sus hermanos en Afrin. Es necesario exigirle a las milicias del PKK en Turquía que (en la medida de sus posibilidades) pasen de las meras declaraciones y apoyen a los kurdos de Rojava, desde el otro lado de la frontera.

En segundo lugar, es muy importante que los kurdos de Rojava comprendan que la política seguida por el PYD-YPG-FDS (hacer una tregua con Assad y atacar batallones de los rebeldes sirios y poblaciones controladas por ellos) fue un crimen político y, ahora, se les vuelve dramáticamente en contra. Es necesario que hagan un giro de 180º en esa política y busquen imprescindiblemente una alianza con los sectores más progresivos de las fuerzas opositoras a Assad. Por otro lado, es necesario que esas fuerzas lleven adelante una política en el mismo sentido.

Creemos que mantiene toda su vigencia lo que escribimos en nuestro artículo de octubre pasado: “Esta colaboración en la lucha entre los kurdos y los árabes sirios contra el régimen de Assad no solo es posible sino que es imprescindible para que ambos sectores triunfen. En el caso de los kurdos de Siria, es el único camino real para lograr su autodeterminación e, incluso, para defender la autonomía regional que han conseguido. En el caso de la oposición siria, es absolutamente necesario para superar el muy difícil momento que vive la revolución. Las políticas que van contra esa unidad (provengan de sectores de la oposición siria o de los partidos kurdos) son un crimen por partida doble. Por un lado, contra el proceso revolucionario sirio en su conjunto y, por el otro, contra el destino de los kurdos de Siria. Por eso, deben ser combatidas”.

Luego de este extenso análisis, queremos terminar reafirmando nuestra posición: apoyamos y defendemos el campo militar de los kurdos contra el ataque turco. Por eso, llamamos a realizar una gran campaña internacional unitaria por ese punto.

Notas:

(1) http://www.aljazeera.com/news/2018/01/turkey-battles-syrian-kurds-fronts-afrin-180123075112364.html

(2) http://elcoyote.org/combates-e-bombardeios-continuam-intensos-em-afrin-curdos-acusam-russia-de-cumplicidade/

(3) Ver https://litci.org/es/menu/teoria/sobre-la-lucha-del-pueblo-kurdo/

https://litci.org/es/menu/mundo/medio-oriente/siria/rojava-kurdistan-sirio-un-estado-burgues-atipico-parte-1/

https://litci.org/es/menu/mundo/medio-oriente/kurdistan/rojava-kurdistan-sirio-las-alianzas-peligrosas-del-pyd/

(4) https://www.luna.ovh/planeta/es/Adhesi%C3%B3n_de_Turqu%C3%ADa_a_la_Uni%C3%B3n_Europea

(5) Ver https://litci.org/es/menu/mundo/medio-oriente/kurdistan/masivo-plebiscito-la-independencia-basur-kurdistan-iraqui/

(6) Reuniones realizadas en la ciudad rusa de Sochi, en los meses finales de 2017, entre los gobiernos de Rusia, Irán y Turquía para acordar políticas comunes para intervenir en Siria.

(7) Sobre este tema, ver el artículo “Reacción democrática: del síndrome de Vietnam al síndrome de Irak” en Correo Internacional N.° 16 (Enero 2017) y en https://litci.org/es/menu/lit-ci-y-partidos/publicaciones/correo-internacional/la-reaccion-democratica-del-sindrome-de-vietnam-al-sindrome-de-irak/

(8) Para un análisis más completo del ISIS, EI (Estado Islámico) o Daesh (como lo denominan los árabes) ver: https://litci.org/es/menu/mundo/medio-oriente/irak/un-ano-de-califato-en-irak-y-siria/

(9) Ver: https://litci.org/es/menu/mundo/medio-oriente/siria/la-victoria-del-pueblo-kurdo-en-kobane/

(10) https://lta.reuters.com/article/worldNews/idLTAKBN1FG0E8-OUSLW

(11) https://www.aljazeera.com/news/2018/01/turkey-stop-ypg-support-face-confrontation-180125182540759.html

(12) https://br.sputniknews.com/americas/2018012210338995-eua-turquia-operacao-militar-siria/

(13) http://sn4hr.org/blog/2018/01/27/51291/

(14) http://www.aljazeera.com/indepth/opinion/russia-helping-turkey-afrin-180125122718953.html

(15) Ídem.

 

LIT-CI

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