Decrépitos y disidentes

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Si algo es inevitable en nuestras vidas es la etapa de la decrepitud, pues al fin y al cabo como entidades biológicas  formamos parte del proceso general de la Naturaleza. Pienso en la decrepitud como un color dorado que se consume hasta arrugarse en gris, pero puedo pensarla como una fruta madura que un día termina por caer del árbol al menor empuje. La  decrepitud es el paso inevitable desde  la madurez hasta el aniquilamiento, que a su vez se convierte en transformación biológica para integrarse en el Planeta. Y vuelta a empezar. Para quienes creemos en el retorno, esa vuelta a empezar tiene un significado doble: físico y espiritual.

La decrepitud también puede ser del alma. Se manifiesta cuando uno deja  de respetar lo tenido como más sagrado y pretende satisfacer su egocentrismo por encima de todo, deja de pensar con claridad, de tomar decisiones que redunden en su salud y armonía y su mapa mental tiene más lagunas que mares; más desiertos que tierra fértil; más olvidos que recuerdos; más confusión que precisión, más rencor que amor. Y el Otro, por supuesto,  no cuenta.

La carrera de los países hacia su decrepitud

¿Sucederá lo mismo en la historia de las naciones?  Si miramos la Historia, vemos cuántos imperios o países antaño prósperos, fecundos, poderosos, se veían hogaño empobrecidos, estancados, débiles o esclavizados por otros que inevitablemente volvieron a repetir el mismo ciclo: el del paso a la decrepitud y vuelta a empezar tal vez pero no siempre. –si observamos el mapa de los continentes, en cada uno siempre ha habido por lo menos un imperio que domina al resto, hasta que llega su turno decadente.  Las causas más frecuentes de la decrepitud de imperios y países son bien conocidas: profundas desigualdades sociales, corrupción moral  de amplias capas de la población, corrupción de los gobernantes y de  las instituciones públicas, aventuras militares y crisis económicas resultantes de todo eso y de sistemas de producción basados en la ambición, la amoralidad, la inmoralidad y la esclavitud o semiesclavitud laboral.

El Otro, la Otra,  no cuentan, sea persona u otro país supuestamente amigo. Y qué decir si se trata de enemigos internos o foráneos.

El bucle de la Historia o el día de la marmota

Por poco que nos detengamos a pensar en el mundo actual, ahora que tenemos una información más amplia acerca de su estado general, vemos que la historia se repite. Tenemos un poderoso  imperio, y girando en torno a él, poderosas naciones en pugna entre sí por poseer más poder en una carrera diabólica por poseer el arma más mortífera, los ciudadanos más sumisos y productivos, y el mayor número de inversores y de ricos. Con ello, crece sin cesar el  número de pobres, desahuciados, desempleados, excluidos sociales, enfermos, hambrientos,  y muchas otras calamidades. Y esto sucede enmedio de una profunda corrupción de las costumbres, de la moral y la ética que alcanza a las más altas esferas de las naciones y a millones de quienes les admiran, les imitan  en cuanto alcanzan sus posibilidades  y les votan para que rijan sus vidas.

Decrepitud  del Poder

Gobernantes, Iglesias,  representantes de grandes corporaciones, instituciones oficiales de alto nivel, jueces y otras instancias oficiales se ven a menudo denunciados por ciudadanos que han sido víctimas de sus engaños, abusos de poder, corruptelas y mala gestión. Por eso no resulta extraño ver cómo algunos famosos personajes de alto nivel social, económico, religioso o político sean encausados por delitos que, oh casualidad, nunca tienen castigo, y si finalmente lo tienen  resulta una burla para quienes han sufrido sus malas artes, tan grande es la desproporción entre el daño causado y la pena judicial. Así que los administradores de la llamada justicia la han suplantada por el Derecho, por su Derecho y este actúa sin vacilar desde  arriba contra los de abajo, pero no al revés. Es la ley del embudo de la que los pobres tanto saben.

Los disidentes

Bien sé que estas cosas  ni siquiera son nuevas en la organización de la Historia del mundo, pero nos sirven para constatar su decrepitud y su ausencia de porvenir de no dar un vuelco como quien vuelve un guante. Pero no se trata de un vuelco protagonizado por gentes armadas de cañones, sino por gentes armadas de una doble conciencia: social y espiritual. Estas gentes son los disidentes, los que no se conforman con lo que ocurre, los que desean un mundo justo, pacífico y ordenado donde prevalezca la justicia y el respeto a los derechos de todos que hoy se les niega a miles de millones de nuestros semejantes por los ricos y poderosos. Para estos, los disidentes son una pesadilla, mientras se obstinan en conducir al mundo hacia el abismo social, económico y climático.

Un lento pero irreversible proceso.

Todavía no existe entre los disidentes esa doble conciencia tanto social como espiritual  capaz de hacer girar el mundo en el sentido de las agujas del reloj, y por tanto no hemos sido capaces aún  de eliminar el egocentrismo. Tan solo hemos podido poner algunos parches siempre provisionales a un cáncer con extensas metástasis. Por eso, estamos inmersos en un proceso involutivo, en la pendiente de la decrepitud general hacia el abismo del mundo. Este es el mal de fondo que actúa como un virus mortal entre nosotros desde hace milenios, y provoca tantas calamidades. Por su causa,  la Historia se repite una y otra vez. Por ello, superarlo es la gran tarea personal y colectiva  pendiente si de verdad queremos el mundo que creemos merecer.

Entre tanto, la Tierra ya está preparando el porvenir  con su cambio climático. Ahora  el mundo materialista se hunde irremediablemente. Y con él sus filósofos, sus teólogos, sus endiosados científicos, sus economistas sus políticos, y todos los que creen todavía en que estos o algunos de su cuerda pueden evitar la decrepitud mundial. La Tierra ya canta su canción de despedida al decrépito mundo del egocentrismo.

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