De raperos, libros y obras de arte

Por Carlos Taibo

Aunque la represión de estas horas genera un visible sufrimiento -no podía ser de otra forma- en sus víctimas inmediatas, parece razonable aducir que en su articulación los elementos simbólicos son tanto o más importantes: constituyen un aviso de lo que nos espera si nos empeñamos en repetir que el rey está desnudo.

Por Carlos Taibo

Merece una reflexión lo de los últimos días -raperos condenados, libros secuestrados, obras de arte retiradas-, lo de los últimos meses -la represión en Cataluña- y lo de los últimos años -las reiteradas detenciones de libertarios e independentistas-.

Voy a partir de la presunción -de la certeza, por mejor decirlo- de que la represión más eficiente no es la que se revela a través de realidades como las reseñadas. Es, antes bien, la que cobra cuerpo, a menudo sibilinamente, en los centros de trabajo, en las escuelas y en las manipulaciones abyectas a las que se entregan los medios de incomunicación. La eficiencia de esa represión corre en paralelo con el hecho de que sus efectos se instalan indeleblemente en nuestras cabezas e impiden que tomemos conciencia de dónde estamos y a quiénes servimos.

De siempre he pensado que esa farsa que es la seudodemocracia liberal se servía inteligentemente de lo anterior, de tal suerte que las más de las veces no precisaba recurrir a formas de represión más duras, más evidentes y, acaso por ello, menos lucrativas. A la luz de lo que ocurre en estos tiempos, uno está invitado a recelar, sin embargo, de esa conclusión y a proponer al respecto, como poco, dos explicaciones diferentes. Mientras la primera sugiere que, pese a todo, quienes nos gobiernan y oprimen, en todos los órdenes de la vida, estiman que el tinglado que han montado es mucho más frágil de lo que pudiera parecer, la segunda anota que les puede el espasmo represivo que ha alimentado de siempre sus proyectos -cuántos de ellos no procederán del fascismo más herrumbroso-, y ello hasta el extremo de nublar la conciencia de lo que conviene a sus intereses. Hay que agradecer, eso sí, que sean tan francos y rotundos en su acción, y que ni siquiera se molesten en ocultar, en paralelo, lo generosos que son con los suyos, y en particular con los que han sucumbido, de nuevo sin disimulo, al juego de la corrupción.

Aunque la represión de estas horas genera un visible sufrimiento -no podía ser de otra forma- en sus víctimas inmediatas, parece razonable aducir que en su articulación los elementos simbólicos son tanto o más importantes: constituyen un aviso de lo que nos espera si nos empeñamos en repetir que el rey está desnudo. De lo contrario sería difícil explicar por qué se empeñan en condenar a galeras a un rapero y poco les preocupa, en cambio, que en las redes sociales se reproduzca una y otra vez la letra de la canción que provoca la condena. En más de una ocasión he señalado que un indicador, desgraciado, de que, también en esto, los opresores se están saliendo con la suya es el hecho de que tantas gentes que protestan contra la represión bien se cuiden, antes, de explicarnos que no simpatizan con lo que dicen raperos y titiriteros. Otro lo aporta, sin fisuras, un patético partido socialista que no duda en buscar acomodo en el fascismo de baja intensidad que despunta por doquier. No falta, en fin, el temerario silencio de tantos intelectuales y artistas decididos a sortear las causas molestas. Menos mal que nos queda la UE, que, con sus constantes admoniciones contra nuestros gobernantes, es hoy por hoy la última trinchera de resistencia frente a la barbarie. A nadie se le escapa.

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