¿De qué Plan Bolonia hablamos?

Que en estos últimos días&nbsp el Ministerio de Ciencia&nbsp e Innovación esté insertando&nbsp en todos los periódicos&nbsp una página entera&nbsp de publicidad para cantar las excelencias&nbsp del Proceso de Bolonia es&nbsp ya síntoma de que algo no va bien.&nbsp

Lo que está pasando aquí es que primero&nbsp las autoridades deciden, luego&nbsp proclaman la evidencia de lo decidido&nbsp y finalmente buscan la argumentación&nbsp ideológica para justificar lo&nbsp que previamente han decidido que&nbsp hay que hacer. Pero el procedimiento,&nbsp no por conocido, es menos perverso.

Viene esto a cuento de la respuesta&nbsp a la última pregunta del catecismo&nbsp ministerial: no hay que promover&nbsp ningún referéndum al respecto&nbsp porque el Proceso de Bolonia ha sido&nbsp aprobado por las Cortes con amplio&nbsp consenso. La argumentación en&nbsp esto es circular y es perversa.

Es circular, porque ya en la respuesta a la primera pregunta que se&nbsp hace a sí mismo, como si se la hiciera&nbsp a los estudiantes, el catecismo ministerial&nbsp da por supuesta la bondad del&nbsp Proceso: promover la movilidad de&nbsp estudiantes y profesores y lograr una&nbsp universidad europea de calidad. Nadie&nbsp conoce a nadie en la universidad&nbsp que haya objetado tan buenos propósitos.

Y me imagino que, planteada&nbsp así la cosa, tampoco había motivos&nbsp para objetar en las Cortes. Movilidad&nbsp y calidad: estupendo. Por consiguiente,&nbsp Fulano Presidente, que se&nbsp decía por estos pagos no hace mucho.&nbsp Y por consiguiente tampoco en este&nbsp caso hará falta referéndum sobre algo&nbsp acerca de lo cual parece existir un&nbsp &nbsp acuerdo universal.

Pero además de circular, el argumento&nbsp ministerial es perverso, porque&nbsp son ya muchos los presuntos implicados,&nbsp o sea, los estudiantes universitarios,&nbsp que dicen que la mejor&nbsp manera de resolver el conflicto es precisamente&nbsp el referéndum. Y no sólo lo&nbsp dicen sino que, encima, en los casos&nbsp en que tal referéndum se hace, lo están&nbsp ganando por abrumadora mayoría.

Se ha aducido al respecto que&nbsp son pocos los estudiantes que votan.&nbsp Y es verdad. Lo que no se dice, pero es&nbsp igual de verdad, es que los estudiantes&nbsp universitarios que han votado a&nbsp las autoridades que ahora les niegan&nbsp el referéndum son aún menos.

Se puede estar en contra de que&nbsp haya que resolver el actual conflicto&nbsp universitario por la vía del referéndum&nbsp aduciendo razones prácticas o&nbsp de oportunidad, pero siempre a condición&nbsp de dar voz a los críticos que,&nbsp con razón, no se sienten represen&nbsp tados en los actuales órganos de gobierno&nbsp de la Universidad. Eso no es&nbsp romper las reglas del juego democrático.&nbsp Es mejorarlas.

Lo peor que puede pasar ahora es&nbsp que las autoridades se enroquen en&nbsp su castillo considerando que los críticos,&nbsp estudiantes y profesores, están&nbsp desinformados o simplemente tienen&nbsp ganas de armar lío. Pues esto genera&nbsp la conocida espiral que lleva directamente&nbsp al callejón sin salida. Es lo que&nbsp se está viendo ya en la Universidad&nbsp Pompeu Fabra, donde las autoridades&nbsp han hecho entrar cuatro veces a&nbsp la fuerza pública en dos semanas para&nbsp desalojar a los protestantes, que,&nbsp me consta, son en su mayoría personas&nbsp adultas, informadas, dialogantes&nbsp y con un sentido del humor que otros&nbsp quisieran para sí.

Otro pésimo síntoma de este enrocarse&nbsp es que, ante la brutal intervención&nbsp de la policía en la universidad de&nbsp Barcelona y en las calles el día 18, las&nbsp autoridades académicas (y con ellas&nbsp los dirigentes políticos) parecen estar&nbsp dando más crédito a las acusaciones&nbsp de los responsables de la violencia , que a las quejas de los representantes&nbsp de las asambleas estudiantiles, de los&nbsp estudiantes agredidos y de los profesores&nbsp que hemos sido testigos directos&nbsp de esta brutalidad.

Me temo que hay al menos cuatro&nbsp cosas que las autoridades universitarias&nbsp no quieren ver:

La defensa que están haciendo de&nbsp la autonomía de las universidades&nbsp resulta poco creíble cuando, por una&nbsp parte, se refuerza de hecho el vínculo&nbsp mercantil de dependencia respecto&nbsp de las empresas (sin discutir pormenorizadamente&nbsp la relación) y,&nbsp por otra, se solicita de la autoridad&nbsp política la presencia en los campus&nbsp de las fuerzas del orden para cortar&nbsp de raíz toda manifestación crítica.&nbsp Eso va contra una ley no escrita&nbsp pero consuetudinaria. Y sólo puede&nbsp traer malestar.

No se puede empezar diciendo&nbsp que el Proceso de Bolonia tiene que&nbsp hacerse a coste cero y luego gastar el&nbsp dinero que se está gastando en publicidad.&nbsp Un cambio estructural y metodológico,&nbsp que implica más y mejor formación pedagógica del profesorado&nbsp y más dedicación, no puede&nbsp hacerse sin coste. Esto lo saben estudiantes, profesores y personal de la&nbsp administración.

Cuando se inició el Proceso de Bolonia,&nbsp hace diez años, vivíamos en&nbsp plena euforia neoliberal. Ahora vivimos&nbsp en plena crisis económica. La&nbsp palabra competición, tan querida de&nbsp los ideólogos del neoliberalismo, ha&nbsp dejado de tener el efluvio adormecedor&nbsp que tuvo. Ignorar que hemos&nbsp entrado en una fase histórica distinta,&nbsp con tasas de desempleo abrumadoras,&nbsp y que esto está teniendo&nbsp ya efectos en las expectativas de los&nbsp estudiantes universitarios es de una&nbsp irresponsabilidad manifiesta.

Decir a los estudiantes que, como&nbsp consecuencia del Proceso de&nbsp Bolonia, las universidades van a diseñar&nbsp diferentes vías para compaginar&nbsp estudio y trabajo es, en las actuales&nbsp circunstancias, como decir&nbsp misa. El porcentaje de estudiantes&nbsp universitarios que tiene que compaginar&nbsp ya estudio y trabajo no ha&nbsp hecho más que crecer en los últimos&nbsp años. Y con completa independencia&nbsp del Proceso de Bolonia. La articulación&nbsp del Proceso no hace más&nbsp que agudizar un problema ya existente. Y la mayoría de los estudiantes&nbsp de las universidades en que el Proceso está en marcha no ven flexibilidad&nbsp por ninguna parte. Lo viven&nbsp como un agobio. Y buena parte&nbsp del profesorado, también.


Francisco Fernández Buey, Catedrático de Filosofía Política&nbsp en la Universidad Pompeu Fabra


artículo publicado en Público el 21-3-09

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