De nada sirve ser un monstruo.

Es más fácil determinar cómo no se quiere ser que quién se quiere ser. Es posible que nos guste tanto hablar mal de los malos porque así se hace fácil, por la vía de saber cómo no queremos ser, acabar creyendo saber quienes somos. El nazi se va a fijar en aquel ser humano que, a sus ojos, encarna la diferencia para construirse como su negación. Para él ese ser humano es el judío. La negación del judío es la condición de su identidad. Adorno llama a ese procedimiento “la falsa caricatura de la mímesis”. El judío iba a ser elegido como el mal absoluto por el mal absoluto. Los judíos, como los vagabundos, como los extranjeros pobres, como los emboscados, presentan aquellos rasgos ante los cuales el dominio, cuando alcanza el nivel totalitario, no puede por menos que sentirse mortalmente ofendido. En el acoso escolar al “diferente” hasta los niños intentan precisar cómo no quieren ser. Los rasgos de la felicidad sin poder, de la compensación sin trabajo, de la patria sin confines, de la religión sin mitos, de que “ser diferente” valga, joden un huevo. 

  Cuando los que viven en la calle, van a ser multados por eso, sabemos que van a estrechar el margen, los ilegalismos, a aplicar la ley. Los ilegalismos, aquella patria mítica de lo que estando prohibido no está expresamente perseguido. Algunos ilegalismos que el tribunal cuando exagera codifica como infracciones pueden reformularse como la afirmación de la fuerza viva; la ausencia de hábitat como nomadismo, la ausencia de trabajo como libertad, la ausencia de empleo del tiempo como plenitud de los días y las noches. Este enfrentamiento del ilegalismo con el sistema disciplina-penalidad-delincuencia se nota más cuando el sistema deriva hacia el totalitarismo.

  De nada sirve ser un monstruo si no se es también un teórico de lo “monstruoso”. El enemigo se ha convertido en delincuente, y su ilegalidad tiene tres formas: la del revolucionario, la del hereje y la del partisano. Un ejemplo de la falsa caricatura a través de la mímesis es la de los que se drogan. El malestar y la pérdida de sangre fría intelectual que provoca la simple mención de drogas ilegales en los que no las usan, son todavía más inquietantes que los efectos de la misma droga sobre los que la toman.

  Algo así pasa con los antirracistas o los independentistas.  «Los movimientos antirracistas son peligrosos – observaba Claude Lévy-Strauss – pero no son más que peligrosos». Aforismo típicamente Lévystraussiano que merece ser entendido con precisión. Los movimientos antirracistas son peligrosos porque ocultan el hecho de que el sentimiento xenófobo es «natural». El enfrentamiento al extraño aparece en todas las sociedades donde coexisten grupos diferentes; los «salvajes», que lo sabían muy bien, adoptaban como estrategia el alejarse unos de otros. El antirracismo militante condena, pues, por ignorancia o por inadvertencia, un sentimiento que está extendido entre la mayoría, e inventa una culpabilidad. Lo de «pero no son más que peligrosos» expresa, por otra parte, el rechazo absoluto de una equivalencia moral entre racismo y antirracismo: el primero conduce a la violencia; el otro, no. El rechazo a la violencia no es equivalente a la apelación a la violencia. 

  La noción de cultura en tanto que caracteres de un colectivo nacional, tribal o religioso, ha venido a reemplazar, por equivalencia a la de raza, desprestigiada por la experiencia nazi. Pero su funcionamiento objetivo es el mismo. Raza, nación y cultura son constructos nacidos a la sombra del Romanticismo, de la reacción antiiluminista. El multiculturalismo no es la ideología llamada a justificar en el plano teórico la perduración de divisiones entre seres humanos, de exclusiones más o menos voluntarias, y de la explotación derivada de la constitución de guetos étnicos. Ha servido para hacer olvidar el derecho a la igualdad, en nombre del derecho a la diferencia.

  Al final de su vida Bergson decidió bautizarse como católico, aunque prefirió mantener en secreto esa decisión por solidaridad con el pueblo hebreo, entonces víctima del nazismo. Esta solidaridad le costó probablemente la vida. Tras guardar cola durante horas en un frío invierno del París de la Segunda Guerra Mundial para censarse como judío, el anciano filósofo, no pudo sobrevivir a la pulmonía allí contraída.

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