De la política de los acuerdos y consensos, a la tremolina del «acomodo urgente»

ALGUNA VEZ comenté  que la caída de los muros ideológicos el año 1989 traería como lógica consecuencia un nuevo problema a la mayoría de las naciones del planeta. Y así ocurrió. Lo que un día fue considerada peligrosa panorámica nuclear cerniendo sus megatones sobre la humanidad, ahora es una gigantesca bota ‘made in U.S.A.’ aplastando las cabezas y espíritus de millones de seres a los cuales se les exige obediencia y cooperación con el invasor. 

Si hasta la década de 1980 la señora Justicia mostró una balanza algo equiparada gracias a la presencia de dos poderosos bloques o potencias –como eran EEUU y la URSS- que se disputaban los cariños de países y naciones, en menos de lo que demora un gallo en cantar, cuando la balanza se inclinó completamente hacia un lado, las tres cuartas partes del planeta quedaron expuestas a la depredación y expolio del vencedor. En tan sólo semanas el mundo se percató de una  realidad asfixiante: ya no existía el poderoso adversario del capitalismo para ir en socorro de una nación si esta sentía, o comprobaba, que las águilas negras norteamericanas volaban sobre su cielo. La URSS había dejado de existir y el capitalismo comenzó a ondear sus banderas con tanto ahínco que pareciera haberse transformado de sistema en civilización. 

Entonces, muchas naciones experimentaron en su seno una transformación destinada a preservar el statu quo evitando represalias del nuevo ‘patrón’. Para ello echaron mano al peor de los procesos, a aquel que tomó a los viejos partidos populares –incluyendo a ese fiasco conocido como ‘eurocomunismo’- transformándolos en una izquierda renovada, progresista, `moderna’, lo que no era más que un travestismo seudo socialista  reconvertido a la fe neoliberal sin ambages ni pudor. 

Algo similar acaeció en Chile con la dictadura y la sempiterna expoliadora derecha, a quienes acompañó servilmente una pusilánime izquierda caracterizada por la tibieza de sus aguas. No bien fue derrotada la administración totalitaria a través del histórico plebiscito de 1988, la naciente Concertación de Partidos por la Democracia comenzó a negociar con la ultraderecha los principales contenidos de un gobierno supuestamente democrático, y en esa saga de reuniones y conciliábulos a escondidas se selló la suerte de Chile en beneficio de las inversiones transnacionales y, además, en la protocolización de una Constitución Política aberrante junto a un sistema económico clasista e injusto. “Hagan lo que se les antoje –se supo que les dijo un ex ministro de la dictadura a los representantes concertacionistas el año 1989- pero a mi General Pinochet, a la Constitución y al sistema económico no se les toca ni con el pétalo de una rosa”. Y la Concertación cumplió a cabalidad tamaña orden. 

Aristas más o aristas menos, así gobernó (o co-gobernó mediante la difusa ‘política de los acuerdos’) nuestra cipaya Concertación durante 20 años. En ese mismo período –e incluso hoy- muchos dirigentes de aquel bloque abominaron de la administración del doctor Salvador Allende, llegando a extremos de asegurar que deseaban “dejar muy claro a la opinión pública su rechazo ‘absoluto’ al período de la Unidad Popular”. Hubo (y sigue habiéndolos) ‘izquierdistas’ que pregonan a los cuatro vientos su total desdén hacia Allende y el gobierno popular, con lo cual no sólo otorgan inaceptable visto bueno a la derecha para que esta propague la historia a su regalado antojo sino, también, avalan la falacia del Plan Zeta y aceptan las mentiras del desabastecimiento como producto de la gestión del gobierno de Allende (soslayando la vergonzosa y criminal intromisión de Richard Nixon y el megaemnpresarfiado gransnacional), amén, por cierto, de que aceptan los ditirambos derechistas en relación a que el cobre nunca debió ser nacionalizado y la prensa merece estar completamente en manos de los fundamentalistas neoliberales. 

¿QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA…? 

Durante VEINTE AÑOS hubo miles de personas criticando y denunciando públicamente  las entreguistas maniobras que los gobiernos concertacionistas realizaban en temas tan delicados y significativos como los estudios de pobreza CASEN, la desregulación de leyes laborales favorables al trabajador, la educación comercializada, la venta de los recursos naturales estratégicos a manos privadas y extranjeras, la aceptación silente del sistema binominal y de una Constitución dictatorial, la clasista e injusta distribución de la riqueza, el inmovilismo en la política tributaria, la anomia oficial en relación al cuidado y preservación del medio ambiente, el trato indigno a las regiones y provincias alejadas del Gran Santiago, la solidificación de una política de ‘familisterio’ copando el escenario de la administración pública y de los poderes del estado, la asfixia intencionada de la prensa independiente por parte del duopolio binominal, y un etcétera aún más extenso que todas las situaciones descritas en estas líneas. 

Sin embargo, el silencio de los partidos, grupos y asociaciones concertacionistas hería los oidos, otorgando con ello autorización y beneplácito a la acción gubernamental entreguista y cipaya de Aylwin, Lagos, Frei y Bachelet.  Cuando a esas tiendas partidistas se les exigía definición respecto de termas relevantes, solían argüir que “era necesario sacrificar temporalmente las demandas populares a objeto de impedir que la derecha gobernara”, asunto que como bien sabemos no lograron evitar.  La opinión de la ciudadanía se la guardaron en un bolsillo, ratificando que el país estaba administrado por una sociedad de intereses mutuos conformada por el patrón (la Derecha o Alianza) y su mayordomo (la centroderecha o Concertación). 

Las cosas comenzaron a cambiar cuando la gente, el pueblo, inició las movilizaciones. Estas fueron muy tibias en un comienzo (años 2004-2005), y nadie en la gobernante Concertación les dio bolilla. Por el contrario, dirigentes de todos los partidos de ese bloque manifestaron en aquel entonces su “decidido rechazo” a las manifestaciones y exigencias de los trabajadores (ANEF, CONFUSAM, Profesores, Contratistas del cobre, Temporeras, etc.). Al año siguiente, 2006, las fuerzas de patrones y mayordomos se unieron para combatir a los ‘pingüinos’ y demostrarle al país que las mayorías ciudadanas sólo servían en los recuentos de votos, pero que en la fría realidad nunca decidían nada ni se les hacía caso a sus opiniones.

En ese mismo período tampoco se escuchó a algún alto representante de las tiendas aliancistas y concertacionistas emitir declaraciones en apoyo a los estudiantes. Por el contrario… es oportuno recordar cómo esos ‘eméritos’ presidentes de partidos políticos despotricaban contra los dirigentes estudiantiles. ¿O ya se olvidó el país de aquella indigna fotografía de “las manos tomadas” que en La Moneda inmortalizaron ‘progresistas’ y derechistas, encabezados por Bachelet y la entonces ministra de educación Yasna Provoste? …¿O cuando gobierno y oposición -junto con la prensa ‘oficial’ y la televisión lacaya- quisieron hervir en aceite a la joven dirigenta estudiantil secundaria María Música por el ‘jarrazo’ con agua sobre la cara de la ministra Mónica Jiménez, sostenedora además de varios colegios subvencionados? ¿Y las mentiras de la LOCE? ¿Y la venta de las sanitarias? ¿Y Barrick Gold con Pascua Lama? ¿E Hidroaysén? ¿Y el Transantiago? ¿Y la negativa concertacionista a realizar una reforma laboral verdadera? 

ABANDONAR LA NAVE Y ARMAR ENGAÑIFAS NUEVAS 

Ahora que la opinión pública ha derrumbado a ambos bloques del duopolio otorgando una bajísima calificación al poder legislativo y  a los partidos políticos –tanto como al actual gobierno y a la misma oposición- comenzó la tremolina del “acomodo urgente”, o del reacomodo, materializado por una serie de personajes (algunos de ellos bastante conocidos) decididos a hacer uso de la indesmentible mala memoria del chileno para abandonar la nave madre concertacionista y estructurar inefables movimientos políticos que, así, de repente, parecieran ser descubridores de una nueva línea izquierdista que a decir verdad no tiene nada de ortodoxa, sino, más bien, es la réplica del entreguismo que los partidos ‘progresistas’ europeos manifestaron frente al avance del neoliberalismo tornándose socialdemócratas (aunque en los discursos juran ser muy modernos y muy ‘socialistas’). 

Estos ‘referentes’ no son nuevos (algunos llevan más de un lustro), se estructuraron al amparo de los gobiernos del duopolio y fueron “bautizados” en el extranjero, desde donde reciben aportes ‘ideológicos’ para su funcionamiento (lo que en absoluto es pecado alguno, toda vez que la Alianza recibe dólares y órdenes desde Washington, al igual que la Concertación).  

No son nuevos…pero durante los gobiernos concertacionistas se dedicaron a “estudiar las condiciones de la realidad”, aaunque callaron ante los estruendosos patinazos de esas administraciones; y cuando el gobierno pasó a manos de la clase patronal e inusitadamente el pueblo inició las movilizaciones sociales, esos referentes se pusieron en acción. Son, ni más ni menos, “los colgajos” de la Concertación, dispuestos a obnubilar nuevamente la mente de muchos electores y pavimentar el camino que les permita regresar a las prebendas del gobierno y de la administración pública. 

Es sano repetir algunas consideraciones a este respecto, para que nadie se mueva a error y todos sepan a qué atenerse llegado el momento de las decisiones. Estos ‘colgajos’ se esmeran en sus intentos de convencer a la gente asegurando que hoy son muy distintos a como eran en su época concertacionista. Para ello llegan a extremos, como por ejemplo abominar de varios gobiernos de izquierda en nuestro continente, y plantear -con una ligereza que asombra- la necesidad de establecer una “política moderna y consensuada” en relación al cobre y al litio, evitando términos como ‘renacionalización de recursos estratégicos’. 

Respecto de los programas que algunos de estos ‘colgajos’ han dado a conocer, se observa un ostensible desdén hacia las experiencias de Cuba, Ecuador, Bolivia y Venezuela, haciendo énfasis en la desinformación  relativa a la verdadera situación de la revolución Bolivariana encabezada por el Presidente Hugo Chávez, a quien incluso se le tilda con motes despectivos y, aun más, se aplaude que ciertos ‘socialistas’ (como Lagos Escobar, Fulvio Rossi y Marcelo Díaz) se permitan exponer en público una sarta de mentiras infamantes destinadas a socavar el apoyo popular a la causa bolivariana anti imperialista. 

Es así que varios de estos nuevos dirigentes del ‘colgajerismo concerta’ se ponen a las órdenes del imperialismo norteamericano, y atienden las exigencias del empresariado transnacional en desmedro abierto e indiscutible del bienestar del pueblo. Muchos de estos personajes, al momento en que su nave madre (Concertación) se escora y hace agua, abandonan el barco y corren a refugiarse en alguno de los ‘colgajos’ que tenían dispuestos desde hace años para usarlos llegada la ocasión. 

Desde esos ‘colgajos’ comienzan entonces a dispararle a su vieja  nave nodriza con la ilusoria pretensión de que nadie en el país se percate del doble juego, ya que la idea final no es otra que aferrarse al poder y a la chancaca jugosa emanada de los cargos públicos. 

Por ello juegan al ‘izquierdismo’ duro en el discurso academicista,  pero tibio y socialdemócrata -estilo europeo- en los hechos concretos, si recordamos cuál fue su comportamiento real durante las dos décadas concertacionistas (cuando también eran parte del ‘establishment’). Es por tales motivos que la gente, el pueblo, mayoritariamente, rechaza de plano no sólo a los dos bloques duopólicos principales sino a todo el espectro político actual, donde la vieja izquierda ha experimentado un desastroso “Big Bang” que la atomizó en cien grupúsculos o colgajos desprendidos de la traidora y pusilánime Concertación, pero siguen girando en torno a ella como si se tratase de la única estrella con luz propia en este cosmos político nacional. 

No serán estos grupos ni esos bloques quienes abran puertas al regreso de los valores humanos, la justicia social y la solidaridad. Será la gente… será el pueblo… serán las movilizaciones sociales quienes lo hagan, derivando sus esfuerzos y tenacidad a la concreción de una Asamblea Constituyente como prolegómeno de una nueva Constitución Política y, por fin, del establecimiento de una Asamblea Nacional unicameral con  representantes verdaderamente nuevos y elegidos por la ciudadanía, no por los actuales tiendas partidistas y sus ahijados, los ‘colgajos’.

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