¿De donde vienen las crisis?

De dónde vienen las crisis

Les sonará de algo lo de los ciclos económicos. Al parecer, en economía, a ratos la cosa va bien, pero cada cierto tiempo, llegan las vacas flacas. Las crisis. Según dicen es algo inevitable, se presenta de repente, a veces sin avisar y suele venir del extranjero. Es decir, que no es culpa nuestra, ni de nuestros gobiernos. Faltaría más.

Por ejemplo, la actual crisis, según el Ministro de Industria, Miguel Sebastián, se ha producido por la subida del petróleo, la falta de liquidez y por el asuntillo de la vivienda. Y ha sido por culpa de Bush.

A los mortales comunes, como el que escribe, que no sabemos demasiado sobre macroeconomía, no nos queda más remedio que creernos lo que nos dicen “los que saben”. O eso pensarán algunos. Sin embargo, este mortal piensa de otra manera.

En 1993 se produjo la mayor crisis económica de nuestra “joven democracia”, salvando, claro, la presente. En el primer trimestre de 1994 el paro casi alcanzaba los cuatro millones de almas. Este hecho fue en gran medida consecuencia natural de la progresiva irrupción de la mujer en el mercado laboral español, dado que los gobiernos correspondientes no pusieron en marcha ninguna política eficaz de generación de empleo. A mayor número de trabajadores, si no se cambia nada, pues aumenta, lógicamente, el paro. Ante esa situación, la brillante solución que nos ofrecieron los políticos fue… precarizar el empleo (no lo llamaron así, claro). A empleo más precario, más trabajadores se pueden emplear. Y así, con la connivencia de los sindicatos mayoritarios, aparecieron el despido libre, las ETTs, y otras medidas similares. Sin embargo, el efecto de estas medidas no fue suficientemente notorio a corto plazo, que es el plazo en el que piensan los políticos.

Entonces apareció “El Salvador”: el sector de la construcción. Sin una necesidad real de ello, se empezaron a construir cada vez más y más viviendas. La construcción pasó a ser la mejor forma de inversión, y las hipotecas empezaron a crecer desaforadamente, tanto en número como en valor y, cómo no, en años de endeudamiento.

Y para construir viviendas, hacían falta trabajadores. El paro descendió enormemente, llegando a bajar de los dos millones en el año 2001 (tras un “ajuste” en el método de medición que suprimió alrededor de medio millón de parados adicionales del “recuento”).

Era el milagro de la construcción. El gozo de políticos y especuladores.
Sin embargo, de milagro no tenía nada.

El “neto” de esta operación para los españoles ha sido que hemos gastado una buena parte de nuestros ahorros, presentes y futuros, en construir viviendas que se van a quedar vacías. En lugar de crear empleo estable, se creó un empleo temporal precario, pagado hipotecando nuestro futuro. Se puso un parche a la economía nacional para ir tirando unos años más, hasta que… se acabaran los ahorros, hasta que se agotara el crédito de los españoles.

Y el crédito, tarde o temprano, tenía que agotarse. Y se ha agotado. Ya no hay para más hipotecas, y no se puede seguir construyendo viviendas que no se van a poder vender. Así, los empleos de la construcción, lógicamente, desaparecen. Volvemos a la situación del 93, pero con un nivel de endeudamiento mucho mayor y, por tanto, con menos capacidad para afrontar la crisis. Y con una parte de la actividad económica perdida, con sus correspondientes puestos de trabajo: la que hubiéramos activado con nuestros ingresos en el futuro, los cuales ya hemos despilfarrado. A cambio, tenemos viviendas vacías. Gran inversión.

Y ahí está el origen de la crisis. No en Bush, sino en nuestros políticos, los cuales son los que han permitido y alentado esta orgía inmobiliaria, entre otras acciones de similar calado. En lugar de políticas económicas beneficiosas, también a largo plazo, para los españoles, sólo nos han aportado una política cortoplacista de “pan para hoy y hambre para mañana”. Un “mañana” que ya está llegando.

El petróleo (o Bush), tal vez hayan influido algo, sí, adelantando el momento en el que nuestra burbuja económica iba a reventar. Pero iba a hacerlo de todas formas. Y es que 30 años de gestión económica de un estado por parte de un hatajo de, en el mejor de los casos, incompetentes, tarde o temprano tenían que dar el fruto correspondiente.

Para terminar, la solución: según el ministro Sebastián, hay que reducir el consumo de energía un 10% y comprar menos barriles de petróleo. Es decir, traducido al cristiano, apretarse el cinturón. Ah, y también hay que quitarse la corbata en verano.

Por mi parte, conocida la causa de la crisis, sugeriría otra medida adicional, a ejecutar por los ciudadanos: cambiar de políticos

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