De Bisnero a Maceta

Regino es un hombre fornido, de piel un poco más que bronceada de sol sin ser moreno, de pelo rizado y evidentemente educado, como la mayoría de los cubanos recién llegados a Miami. Está de visita según él, invitado por un tío que se declara expreso político cubano, aunque por su pinta otras cosas pudieran haber provocado esa etapa de su vida.

En este «eficiency» de Pequeña Habana, pequeños apartamentos agregados ilegalmente a las casas de latinos en las zonas pobres del sur de la Florida para mitigar la crisis y poder pagar los impuestos, lucen en repisas figurillas de porcelana con pequeñas botellas de ron cubano y fotos de parientes.

Pero mi inspección del ambiente se detiene en seco, cuando de la puerta de la minúscula cocina, separada con una o­ndeante cortina multicolor de bolitas de plástico, surge, con una bandeja de humeante café, una despampanante mulata.

«Esta es mi mujer Yurelys» -advierte el tío, mientras ella se inclina para entregarme el obligado empalagoso brebaje de amargo café mezclado con frijol. «Nos conocimos en el pueblo en Cuba y nos casamos allá. La traje hace poco» -agrega el flamante marido, el cual a pesar de sus tintes refleja con mucho los 40 años de diferencia con ella y para demostrarlo le asienta una nalgada, mientras refulgen los dientes de oro de su sonrisa.

«Yo los presenté», nos dice Regino y agrega: «la visita del tío fue una bendición para mí cuando llegó al pueblo» y todos asienten. «¿Fumas?», me dice, mostrando una cajetilla, niego con un gesto y me invita a salir al patiecito del lugar: «El tío es asmático», dice en voz baja, mientras esquivamos plantas y tendederas de ropa tendida al sol en el pasillo hacia el patio.

Regino es uno de los afortunados «macetas» de la realidad cubana y esa tarde fresca, poco frecuente en los asfixiantes barrios marginales de Miami, me explica cómo evolucionó de su pueblecito polvoriento cubano a la capital y más tarde a dueño de su propio negocio en el mercado negro cubano. De Bisnero, o buscavidas callejero, a Maceta, persona con capital para invertir o controlar lo mismo prostitutas que los famosos «paladares» -pequeños restaurantes privados de la isla- o prestar dinero «al garrote» -o sea, a por cientos hasta el 50% del préstamo.

No es una persona sin educación -la mayoría en Cuba no lo es- y según él se graduó de Lengua Inglesa en el Instituto Superior Pedagógico de su provincia, aunque su inglés, algo tosco y de fuerte acento para mi oído, funciona en una conversación. Me mostró su carné de la Juventud Comunista, a la que dice perteneció en su pueblo hasta emigrar a La Habana y comenzar a trabajar en una empresa nacional.

Su evolución a capitalista la provoca la visita de su tío de Miami el cual como tantos otros «exiliados» ostentosamente de línea dura anticomunista en tertulias de parques y emisoras de radio, se escabullen en uno de los seis vuelos diarios a La Habana a buscar carne mulata y dárselas de ricachones en los pueblos, gastando unos cuantos cientos de dólares que en La Florida no les alcanzan ni para el alquiler.

Regino conoció al tío en su primera visita y le presentó a Yurelys, la cual en ese entonces era una de las muchachas del pueblo, administradas por él en la «lucha» -prostitución- por la supervivencia. Pero él mismo reconoce esa visita le cambió su vida: «Mi tío me abrió los ojos, pasé de raspuñar quilos a manejar billete», dice con un brillo húmedo en sus ojos, mientras chupa su cigarrillo con avidez.

Este personaje, como muchos otros, son el enlace en la isla de los más de 40,000 viajeros «repitientes» de los 270,000 pasajeros que anualmente toman los vuelos de Nueva York y Miami a cinco ciudades cubanas. Es decir, más del 14% de estos pasajeros de los vuelos chárteres viajan decenas de veces al año a Cuba, como mulas de maletas repletas desde cepillos de dientes hasta paquetes de café mezclado con frijol para ser degustado en los paladares a un CUC -la moneda dura cubana- la tacita.

Los pequeños aportes de capital por parte de familiares y amigos de Miami han financiado durante años operaciones de pequeños negocios en la isla, así como importantes cadenas del mercado negro y prostitución con la adquisición de casas proclives de ser divididas en varias habitaciones con aire acondicionado para el servicio a los clientes extranjeros que pagan de $30 a $50 por noche, sin contar las comisiones de las chicas y sus chulos.

Pero gente como Regino se dedican además a otro negocio altamente lucrativo: el lavado de dinero de las remesas familiares, anualmente casi mil millones de dólares desde los Estados Unidos y Puerto Rico solamente.

Las agencias de viajes y los buscavidas independientes de Miami, llamados aquí «talibanes», trabajando desde el maletero de sus automóviles, recopilan semanalmente millones de dólares en efectivo, los cuales no depositan en sus cuentas bancarias y transfieren a las financieras cubanas como establece la ley federal norteamericana, pues los entregan en efectivo a familiares y amigos de estos «macetas» cubanos en la Florida, los cuales a cambio distribuyen allá en la isla esos envíos en la moneda dura cubana, o sea el CUC.

Esto viola las leyes de los EEUU, pero además, se saltan las regulaciones cubanas, como la del impuesto del 10% al dólar en la isla, lo cual hace perder a Cuba millones de dólares por concepto de estas redes de delincuentes.

Lo que es peor, es que esas agencias de viajes de Miami mencionadas tienen licencias federales para estas operaciones y algunas de ellas hasta contratos con las financieras cubanas, pero por la codicia de la multimillonaria ganancia utilizan las redes ilegales de distribución, las cuales además, controlan el negocio de las «mulas» que llevan paquetes familiares de ropa, comida y medicinas a la isla.

Otro aspecto del negocio de estas cadenas ilegales de transporte de dinero y mercancías, son las toneladas de productos depreciados o robados en la Florida u otras partes de los Estados Unidos, entre los que hay ropa, electrónicos y hasta suministros médicos, como sillas de ruedas y otros, enviados por mulas o barco para alimentar el mercado negro cubano, sobornando en muchas ocasiones a los aduaneros responsables del cobro de esas importaciones comerciales en la isla para incrementar la ganancia de estos delincuentes.

Entre Regino y yo, nos hemos fumado casi media cajetilla de cigarrillos y él sigue explicando como funcionan en Cuba estos negocios y ante mi sorpresa me dice que él mantiene su trabajo en una empresa cubana: «Solamente le pago a un amigo y a mi jefe para que me 'ponchen' la tarjeta cada día y de vez en cuando doy la cara por allí para que me vean los compañeros..»

Ante mi cara de asombro, encoje los hombros y dice: «todo el mundo lo hace, la mayoría no trabaja en todo el día y está en la busca, a mi me cuesta unos quilos y como tengo vínculo laboral, la policía no me molesta…»

El tío y Yurelys aparecen con una botella de ron cubano, hielo y limones, lo cual me anuncia la hora de retirarme, pues de noche las calles de Pequeña Habana pueden ser una aventura peligrosa.

Regino se despide con un abrazo y me dice al oído: «Está buena la prima, ¿eh?» y le respondo: «No sabía que fueras familia de ella…», se echa a reír y me dice: «No, no lo somos» y me guiña un ojo.

Mientras me retiro y recapitulo la conversación confirmo que los cambios en Cuba, con el despido de cientos de miles de personas en puestos de trabajo innecesarios y la implantación de una estructura de impuestos a los nuevos negocios privados, eran una necesidad imperiosa.

Es hora de considerar además cobrarle a estos bisneros y macetas de la isla y de Miami los beneficios sociales que el cubano de a pie paga con su trabajo y disfrutan todos ellos en una sociedad igualitaria sin sudar la camisa.

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