Dar un pésame

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Por: Gerardo Tecé

Dar un pésame es, probablemente, uno de los ejercicios más complicados que existen en la disciplina deportiva de relacionarse entre humanos. No lo parecería. En principio, cualquiera diría que un simple lo siento le asegura a uno el aprobado en una de esas pruebas de la vida que evalúan tu tacto ante situaciones de dolor de otros. No siempre es así. Tengo experiencia. Un conocido falleció en unas circunstancias muy complicadas. Tiempo después me crucé, por sorpresa, con un familiar de esta persona. Nos conocíamos bien. En la tormenta de ideas que se formó en mi cabeza para cumplir con mis deberes como ser empático, el simple y clásico lo siento quedó rápidamente descartado por insuficiente. El cúmulo de circunstancias que rodearon aquello era tan grande que no valía. Según se acortaba la distancia entre el ridículo y yo –ya eran pocos metros- la tormenta de ideas se fue secando. La solución óptima que encontré –óptima porque era la única- fue hacer un cobarde longui y mirar para otro lado. Aún me duele.

Dar un pésame debería de llevar consigo pequeñas seguridades para evitar grandes ridículos. Por ejemplo, que uno sepa el momento en el que lo va a llevar a cabo. También un poco de contexto sobre el estado de los familiares y amigos de quien se fue y, como guinda del pastel, un par de frases preparadas en la guantera que vayan más allá del obvio lo siento. Ayer vi el que, probablemente, es el segundo peor pésame de la historia después del mío. Lo hizo el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Él tuvo tiempo, no lo acosaban los metros de distancia. También tuvo el contexto y a todo un equipo de pensadores de frases para la guantera. Pues ni aún así.

“Hoy 200 personas han accedido irregularmente a Melilla y una ha fallecido. El Gobierno siempre apostará por una solución coordinada y europea ante el reto migratorio. Mi solidaridad y reconocimiento a la profesionalidad de las FCSE y servicios que trabajan en nuestras fronteras”.

Al mensaje emitido en Twitter por el presidente del Gobierno le faltaron tantos ingredientes como a mí. No hubo rastro de recuerdo a la persona fallecida, a la que diluyó entre una masa de doscientas que hacían, como por deporte, una actividad ilegal: la de buscarse la vida. Ni un mísero lo siento. Ni un recuerdo a sus familiares y amigos, ni un rastro de humanidad. Bien pensado, lo del presidente no fue un pésame, fue otro lamentable longui, esta vez con los metros suficientes como para que no lo fuera. El no pésame de un presidente que parecía convencido con su actuación con el Aquarius de que Europa, además de orden se jugaba dignidad, nos duele incluso a quienes no somos familiares o amigos del fallecido. En el mensaje presidencial tras el fallecimiento no todo fue frialdad. También hubo algo de cariño. Hacia otros, eso sí. Hacia los cuerpos de seguridad que hacen probablemente uno de los peores trabajos del planeta: asegurarse de que estas personas no logren el objetivo de cruzar la línea que les da una oportunidad.

Después de una tarde colgado al teléfono y tras más de veinte llamadas, no conseguí información de la persona fallecida. Ni un nombre, ni una edad, ni un lugar de nacimiento. Mucho menos un dato de quienes podrían ser esos familiares y amigos a los que el presidente no les dijo ayer lo siento. El de ayer fue un número más, sin rostro ni historia. Ni lágrimas. Cuando saltó la valla de Melilla iba indocumentado. Es decir, iba preparado para lo segundo peor que podía pasarle: ser detenido e internado en un CIE hasta que lo expulsaran de nuevo al otro lado. Por desgracia le pasó lo peor. Lo siento mucho, de verdad. Este mundo es muy injusto para algunos.

https://ctxt.es/es/20181017/Firmas/22413/valla-melilla-inmigracion-pedro-sanchez-aquarius.htm

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