[Dando la espalda a los temporeros] La otra cara de San Mateo: el pasaje de la vergüenza

Por Olivia García

A pesar de lo avanzada que está la temporada de vendimia, sigue sin ponerse en marcha el dispositivo de temporeros, lo que hace que decenas de personas se encuentren, como cada año, en la calle.  San Mateo invade Logroño pero no termina de llegar a todos los rincones. La ciudad celebra la Fiesta de la […]

A pesar de lo avanzada que está la temporada de vendimia, sigue sin ponerse en marcha el dispositivo de temporeros, lo que hace que decenas de personas se encuentren, como cada año, en la calle. 

San Mateo invade Logroño pero no termina de llegar a todos los rincones. La ciudad celebra la Fiesta de la Vendimia pero lo hace obviando su cara más cruel, poniendo un velo sobre una realidad que se recrudece año tras año. Sólo hay que pasear a medianoche por una céntrica calle de la ciudad para chocar de frente con el otro lado de la moneda.

Todos han ido ocupando su espacio en un puzle de mantas y cartones en el que asoman miradas y sonidos que llevan consigo decenas de historias. Las de esas personas que estos días se afanan en recoger el fruto de nuestros campos, las uvas que traen riqueza y prosperidad a una región que está “mejor que la media”. Una media que importa muy poco en este pasaje de la vergüenza.

Junto a la estación de autobuses, en una especie de simbolismo de la itinerancia que envuelve sus vidas, se reúne uno de los núcleos más interculturales de Logroño. Diferentes nacionalidades, un abanico de idiomas y culturas y un destino común. A todos les espera la noche, el suelo, el frío y la indefensión.

La Policía Nacional acaba de sacar del callejón a un joven que, al parecer, estaba “buscando problemas”. Uno de los taxistas de la parada de enfrente asegura no haber visto nada pero tiene claro que “si hay algún indeseable es alguien que ha venido a molestarles, esta gente es muy tranquila y no dan nunca ninguna guerra, sólo quieren descansar para poder trabajar mañana”.

A las puertas del pasaje un joven de unos 30 años y un señor mayor. Los dos son naturales de Ganha y buscan trabajo en la vendimia. El primero ha venido por segunda vez a Logroño, el segundo vive aquí desde hace ya algunos años. “Yo he conseguido tener mi habitación, tengo un techo, pero cuando viene algún amigo de mi país, intento ayudarle”, explica en un perfecto inglés, “sé que tienen que dormir en la calle porque yo no les puedo llevar conmigo, pero intento al menos aconsejarles y ayudarles con el trabajo”. Le duele vivir esto “año tras año” e insiste en que la solución tiene que llegar cuando surge el problema y “no cuando pasen las fiestas”.

Llegan entretanto dos jóvenes ecuatorianos. Buscan a una persona para completar su cuadrilla que ha tenido algunas bajas. Trabajan para un agricultor de Laguardia. Ofrecen dos días de trabajo y pagan a 5 céntimos el kilo. En las negociaciones con unos y otros buscan asegurarse de que su posible “empleado” sea fuerte y trabajador (algunos incluso les muestran sus brazos musculosos), que no beba y que esté dispuesto a trabajar “a kilos”. Dejan ver incluso que, si son lo suficientemente rápidos, el “contrato” se podría mejorar llegándoles a pagar a 7 euros la hora, “pero para eso hay que demostrar antes que sacas mucho tajo”. Si eliminamos los móviles y el paisaje urbano del siglo XXI, alguien podría pensar que aun no se ha abolido la esclavitud.

A su lado, un joven senegalés. Es pequeño y delgado y, aunque dice tener 20 años, su cara es aún la de un niño. Llegó a España hace tres años y es la primera vez que viene a Logroño como temporero. Apenas levanta la vista del suelo y habla lo justo para afirmar que “es importante que alguien se interese por esta situación”. Una situación que se repite año tras año porque, a pesar de que la vendimia se adelanta a menudo, a pesar de que en estas fechas siempre se está ya vendimiando en toda La Rioja, el dispositivo especial aun no se ha puesto en marcha. Moussa cobrará 60 euros por una jornada de trabajo en la que apenas podrá dar un respiro a sus riñones. Se considera afortunado.

Said es marroquí y lleva también tres años en España. “Al principio trabajaba como comercial, bajando plásticos para vender en Marruecos, así me ganaba bien la vida y conseguía además pasar temporadas con mi familia”, cuenta, “pero luego cerraron la frontera y ya no pudimos seguir. Ahora hace más de siete meses que no veo a mi familia”. En su país le espera su mujer y sus dos hijos, de 10 y 3 años. El pequeño llora cada vez que lo ve, porque no le conoce, “cuando por fin paso unos días y consigo que sonría cuando le cojo en brazos, tengo que volver a irme”. A ellos no les cuenta cómo está, “con que lo sufra yo es suficiente”.

No termina de entender que ni siquiera haya un sitio para poder dejar sus cosas. “LLevo aquí una semana y ni siquiera he podido ducharme, vengo de trabajar cansado, sudando, y ni siquiera me puedo lavar”, explica, “y cuando llueve, volvemos con la ropa mojada y tenemos que dormir en la calle. Que lo de dormir yo lo asumo, espero pagarme un techo cuando gane algo, pero que nos dejen al menos ducharnos y ponernos ropa seca”.

Los albergues tienen sus plazas cubiertas y el polideportivo Espartero aun no ha abierto esta temporada. Ni techo, ni duchas, ni un lugar para guardar la ropa… Pero la vendimia sigue avanzando. También las fiestas en su honor. Tal vez cuando pasen, volvamos a recordar que muchos de los que recogen esas uvas duermen cada día en la calle. Tal vez entonces arranque el dispositivo. Y tal vez entonces muchos de ellos se hayan ido ya. Su próximo destino es Andalucía. “Allí las campañas son mejores, más largas y con un techo proporcionado por quien nos da trabajo”, señalan, “pero lo que sin duda es mejor aquí es la gente, no hay racismo, nadie nos mira mal, los vecinos nos ayudan”.

Unos empiezan a echar la culpa a Rajoy, otros a Zapatero, los más mayores se enfadan y les ordenan que dejen de hablar de política. Otros ríen. Uno se prepara un bocadillo y otro se fuma su último cigarro. Ha avanzado la noche y alguien desde dentro del pasaje pide silencio para poder dormir.

 * Rioja2 se puso el jueves en contacto con el Ayuntamiento para conocer las previsiones que tenían respecto a este dispositivo y la apertura del polideportivo. No obtuvimos respuesta. Esta mañana hemos recibido la llamada del consistorio para comunicarnos que los técnicos decidieron abrir anoche el polideportivo. Los temporeros dejan por fin de dormir en la calle y tendrán una ducha y un lugar en el que dejar su ropa. Toca esperar que el año que viene no vuelva a ponerse en marcha con semanas de retraso. 

http://www.rioja2.com/n-100429-3-otra_cara_Mateo_pasaje_verguenza

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