Daens o el cristianismo obrerista

En la historia social reciente, sobre todo en lugares como américa Latina, la presencia de un obrerismo cristiano se ha hecho notar ante el rechazo de los poderosos.

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En la historia social reciente, sobre todo en lugares como américa Latina, la presencia de un obrerismo cristiano se ha hecho notar ante el rechazo de los poderosos.

Como es bien sabido entre nosotros, especialmente en los primeros tiempos de las Comisiones Obreras,  el cristianismo social tuvo una gran importancia en el movimiento obrero desde sus orígenes hasta el presente más inmediato. Mientras que la jerarquía eclesiástica se ha situado –salvo contada excepciones, algunas tan importantes como en el caso de la brasileña- al lado de las clases dominantes, e incluso con sus sectores más reaccionarios y despiadados. Esta complicidad acabó creando la figura del “cura obrera”, un sector de base de la Iglesia cuya influencia fue determinante para convertir las Iglesias en “santuarios del movimiento obrero clandestinos. Sobre esta corriente “proletaria” existe toda una historia que nos remite a la AIT, a obras de autores como Ignazio Silone (Vino y pan) o Georges Bernanos (Diario de un cura de aldea), entre otros, y a no pocas películas

Alarmada ante el ascenso de los sindicatos y los partidos socialistas a finales del siglo XIX y principios del XX, la Iglesia trató de ofrecer su propia al capitalismo más salvaje con la encíclica “Rerum Novarum” redactada por el papa León XIII, y en la que se trata  de dar respuesta propia a la situación, favoreciendo los llamados “sindicatos amarillos”, que trataban de conseguir mejoras sociales de espaldas a las luchas obreras y apelando al sentido “social” de la patronal y del Estado. Pero esto no impidió el surgimiento de cristianos indignados como el laborista británico Keir Hardie, que consideraban como mucho más verdadera y auténtica una opción socialista que veían en armonía con el mensaje esencial del cristianismo –el amor al prójimo, sobre todo a los más desfavorecidos, a los últimos que serán los primeros-, que esa Iglesia estructurada como una estructura de poder y de privilegio, y que conecta con la parte “mágica” que habla de Dios en vano, y que se justifica como heredera de Cristo y de Pedro al margen de sus obras concretas…O mejor dicho, en abierta contradicción con su actuación concreta, destinada a convencer a los creyentes de que lo importante es estar en comunión con ella, y no en ser consecuentes con lo que se entiende el mensaje de Cristo.

Ni que decir tiene que el cine ha ofrecido una extensa traducción de este conflicto, empezando por la diferencia existente entre las obras –en particular de autores cristianos de la talla de Dreyer, Bresson, Fellini, Olmi, etc.-, que ha ofrecido historias en las que su resolución cristiana han causado la admiración de los no creyentes, tan ajenas al cine de divulgación oficialista, a aquel cine de estampitas tan descaradamente publicitarias de las presunta bondades de una Iglesia constantiniana que si ha brillado ha sido gracias a los herejes y a los que han antepuesto su conciencia a las reglas y los intereses de una jerarquía que desde el cine se ha descrito tantas veces como inherente a las mayores manifestaciones del mal social…(2) Sin duda uno de los títulos más significativo de estos actos de insumisión a favor de los trabajadores se ofrece en Daens que ha sido calificada –a mi juicio, abusivamente- en algunos diarios como el Novecento belga.

El guión, escrito por François Chevalier y por el propio director, está basado en una de Louis Paul Boon (Aalst, 1912-1979), uno de los más importantes escritores flamencos que nunca rompió sus vínculos con la clase obrera y los ideales socialistas de su juventud. De formación autodidacta, Louis Paul trabajó en los más diversos oficios, hasta que, gracias al ánimo que le dio su esposa Jeanneke, escribió su primer libro en 1942, época en la que militó en el partido comunista; su pluma fue muy habitual en la prensa marxista, y la derecha lo trató de “ultramarxista”. Consiguió un premio literario que le permitió escribir el siguiente, Mi pequeña guerra (1946). En toda su obra destila una profunda indignación social, y un conocimiento muy directo de la solidaridad entre los de abajo. Su mayor reconocimiento llegó cuando le otorgaron en 1966 el mayor premio literario de los Países Bajos, luego su nombre figuró como candidato al Nobel. Su última gran novela fue  Pieter Daens (1971), que aunque cuenta una hecho real, no deja por ello de referirse directamente a las consecuencias sociales del neoliberalismo. Daens fue dirigida por Stijn Coninx (1957), que antes había realizado previamente un par de largometra­jes: Hector (1987) y Ko­k o Fianel(1989), totalmente desconocidos entre nosotros, como la práctica totalidad de esta cinematografía.

La acción transcurre en una ciudad belga llamada Aalst a principios del siglo XX, un marco social que la película reconstruye rigurosamente con las imágenes en blanco y negro del comienzo que las que se evoca con un sobrio estilo documental la dureza de unas condiciones de trabajo sobre las que el cine ha pasado normalmente de puntillas, pero que en Daens toman las formas concretas del hambre y la muerte por las calles y los salarios miserables de las fabricas del textil donde hay frecuentes accidentes laborales, y donde trabajan niños de seis años.

Aalst es una ciudad que cuenta con una prospera industria textil que se ve obligada  a competir con la de Inglaterra y Escocia. Los empresarios argumentan  que mientras que en Bélgica una mujer maneja una maquina de hilar, en Gran Bretaña tres son capaces de manejar tres maquinas simultáneamente, cuando resulta además que los trabajadores de las fábricas, hombres y niños tienen una jornada laboral de más de trece horas diarias en unas condiciones infrahumanas que cumplen bajo la vigilancia de encargados sin escrúpulos. Para los  amos se trata de imponer en la fábrica el modelo inglés que resulta más competitivo, pero el resultado es que los accidentes laborales se incrementan de forma trágica. La vida obrera resulta descrita a través de un triple ámbito: el propio espacio fabril, el hogar, y los espacios destinados a la sociabilidad. En su mayoría son “comedores de patatas” como los que pintó el primer Van Gogh, cuya historia inicial por cierto presenta no pocas similitudes con la del Padre Albert Daens (1839-1907), al que la historia reconoce como un defensor de los trabajadores, del sufra­gio universal, promocionó la enseñanza obligatoria y que incluso se opuso a los grandes gastos mi­litares ya la política del rey en el antiguo Congo Belga, un punto en el que los socialistas de su tiempo no fueron ni la mitad de activos de lo que les correspondía.

La historia comienza cuando el padre Daens es enviado a la zona porque el cardenal cree que allí escarmentara, pensando además que si le envían al Congo acabará poniéndose al lado de los nativos, con lo que se establece un parangón entre ambas situaciones.  Nada más llegar a la Aalst, Daens percata de que la vida de un hijo de un obrero no valía nada en la ciudad,  ya había publicado un artículo reformista en el diario que gestiona su hermano, pero que económicamente depende de la Iglesia católica, sostén del Partido Católico, estrechamente ligado a su vez con la patronal más intransigente, habituada a la actitud abiertamente cómplice de la jerarquía eclesiástica y de su colega en el lugar, un arquetipo de sacerdote falso para el que el único problema es que los trabajadores no pequen, o sea que “no codicien los bienes ajenos”, sin pensar que dichos bienes eran ante todo producto del esfuerzo de aquellos desgraciados para los que la Iglesia ya tiene instalado el paliativo de la caridad.  La clase obrera está representada especialmente por una extensa familia Scholliers a la cabeza en la que los padres sufren las consecuencias de la explotación pero al mismo tiempo son muy creyentes, pero cuentan con una hija  Nette (Antje de Boeck), una joven obrera que será la que finalmente encabeza una revuelta obrera contra la patronal, enfrentándose incluso a otros trabajadores. Además, la película ofrece diversos cuadros en la que estos aparecen más preocupados por “olvidar” sus penas que por enfrentarse a la patronal que las provoca.

La trama explica como el incipiente partido socialista trata vanamente de hacer oír su voz sin resultados concretos. Aunque explotados, los trabajadores  carecen de conciencia sindical y siguen creyendo en la Iglesia, temen que la desobediencia les haga empeorar la vida. Por otro lado, los empresarios alimentan a un grupo de sicarios de la patronal que de tanto en tanto aporrean a los socialistas y a los huelguistas, y entre los cuales se encuentra un hermano de Nette, un renegado que desprecia su propia clase. Por el contrario,  Daens con su palabra evangélica, consigue hacerse un eco entre los obreros desde el momento en que sus denuncias dan lugar a la creación de una inspección laboral, un logro que a pesar que resulta bien recibido por los trabajadores acaba siendo estéril. La razón se debe a que los inspectores hablan en idioma walon, que no se entienden con los trabajadores, en particular las mujeres que ahora trabajan por menos salario, ven defraudada sus expectativas.

Con todo, Daens persiste en su actuación  denunciando las condiciones de vida y de trabajo existentes, provocando de esta manera que sus denuncias lleguen hasta el Parlamento gracias a una coalición entre liberales (que denuncian como excesiva las pretensiones patronales, pero que no muestran interés por hacerse oír en a las fábricas), socialistas y los católicos que apoyan a Daens. Pero Daens no se echa atrás y la muerte de un niño somnoliento fábrica le impulsa a apoyar la huelga espontánea que tiene lugar. Muchos obreros católicos se sienten defraudados por el partido confesional y no aceptan a los socialistas, aunque estén a favor de sus apuestas de justicia social. Daens crea un partido democristiano es apoyado por los liberales y que sufre el boicot del partido católico. El principal adversario de Daens, y el más enérgico representante de los intereses empresariales o es otro que Woeste (encarnado con sobriedad por Ge­rard Desarthe, un prestigio­so actor hemos podido verle en films de Bertrand Tavernier, Andrzej Wajda o Claude Berri, y que borda el personaje que, por cierto,  habla como un conservador moderno). Woerste, utiliza la religión como parapeto  ideológico para mantenerse en el poder frente a los “sin Dios» amparado por sus influencias que llegan hasta la más alta jerarquía de la Iglesia.

Daens denuncia esta manipulación cuando declara: “Desde hace años, el partido católico no ha hecho más que agravar la miseria de los obreros de forma alarmante, sin escuchar sus gritos de desesperación (…) El primer debe de cada trabajador es colaborar solidariamente para mejorar y conservar los puestos de trabajo y para ganar la batalla por una existencia digna”.

Hay una escena en la que los “santos padres” hablan poco más o menos como los propios empresarios, y otra en la que es interpelado por el mismo monarca, Leopoldo II, que se muestra vivamente interesado por acallar a Daens,  organiza una campaña con la intención de desacreditar a Daens.

En otra que recuerda bastante La audiencia, la obra maestra de Marco Ferreri, la película muestra como el sacerdote es llamado al Vaticano, y como cuando trata de ver al papa, su buena fe del sacerdote es manipulada por una burocracia vaticana perfectamente educada en la tarea de domesticar rebeldes. Finalmente el sacerdote resulta repudiado por el Vaticano, la jerarquía asume que ha llegado demasiado lejos, y el hombre se ve obligado a escoger entre el sacerdocio que no se ha cuestionado y sus convicciones morales y políticas, claramente extraídas del Evangelio y que confronta en actos concretos a las propias de una Iglesia que forma parte del mismo entramado de los poderosos. Nette, la inquieta y vivaracha muchacha que siempre se ha mantenido a su lado, y que se ha hecho novia de un joven socialista que desconfía de los métodos de Daens, será también su conexión con los socialistas quienes, finalmente, conseguirán imponer el sufragio universal mediante una huelga general, una victoria que les permitirá llegar también al Parlamento como una minoría importante y luchar por una serie de reformas…

Al final, el padre Daens ofrece su propia lección de la historia al proclamar: “El enemigo es aquel que explota y el amigo el que sufre con nosotros y cerca de nosotros”.  Después, antes de los títulos de créditos, unas notas nos informan que Daens siguió fiel a sus convicciones hasta el final de su vida, contradiciendo la nota aparecida en una Webb eclesiástica en la que se nos dice que se limitó a aplicar la Encíclica papal, y que después de algunas desavenencias con la jerarquía, acabó excusándose ante esta.

Daens pues ofrece un trozo de historia social auténtica, un recital sobre como la lucha de clases alcanzó una extraordinaria virulencia en una época en la que la patronal se creía dueña del destino del pueblo en complicidad con la jerarquía eclesiástica y de un monarca cuya extrema crueldad le ha llevado a ser comparado con Hitler y Stalin.   Se trata de un abierto homenaje a Adolf Daens, y con él a la Iglesia de los pobres. Se trata de una obra valiente y necesaria, cuyos méritos han sido reconocidos ampliamente, ya que fue Nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera y galardonada con la Espiga de Plata y el Premio del Público en el Festival de Valladolid de 1992. E insistimos: aunque se trata de una reconstrucción de la época del capitalismo salvaje, el de antes del “Estado del Bienestar”, no por ello deja de resultar una historia presente, entre otras cosas porque los patronos hablan como capitalistas “modernos”, que hablan como esos representantes de la patronal catalana que dicen que los derechos laborales en el Vietnam (un país hundido por décadas de guerra) caben en un papel.

En un hipotético ciclo de películas sobre la relación entre el cristianismo y el movimiento obrero, los animadores podrían ofrecer otros títulos como ¡Qué verde era mi valle¡ de John Ford, El árbol de los zuecos, Ermano Olmi,  Matewan, de John Sayles, Ya no basta con rezar, Romero o Salvador, de Oliver Stone, como parte de una larga lista. Por otro lado, no fue hasta los años sesenta que aquí hubo sacerdotes que se pusieron al lado de los trabajadores y en contra de los patronos que habían comprado a la Iglesia.

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