Cultura. Un enano, dos bastones

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Los enanos como yo usamos dos bastones: en una mano se empuña la Ignorancia, en la otra los Prejuicios. Aunque a veces nos confundan con ogros, somos simplemente enanos, seres pequeños camuflados en un mundo cada día más estrecho.

Yo digo que al nacer somos todos inocentes. Sin embargo la inocencia no se sostiene por sí misma y a poco andar uno debe echar mano de bastones. En mi caso, fue a muy temprana edad. Ah, mis queridos bastoncitos, la Ignorancia y los Prejuicios. Dicho esto, me considero autorizado a empezar esta historia, no más gruesa que una lonja de jamón rebanada en almacén.

*

Hace un montón de años, enano como soy, me vinculé con una secta religiosa de Oriente. Digo “me vinculé” en vez de “me uní” pues me había asomado a mirar “sin compromiso”, como ofrecen los garzones a quienes van pasando por la vereda. O sea que encajé un pie en el quicio de la puerta, por si las moscas. Sucede que a los enanos no se nos da muy bien la devoción espiritual. Me atrevo a generalizar, aunque en mi caso debe ser porque mis padres nunca me dijeron que Cristo era el Hijo de Dios. Aquello hace toda la diferencia, estoy seguro. Radical diferencia.

Por lo tanto ningún individuo de barba blanca, larga o recortada, podía ser un “iluminado”. No existen los seres superiores ni inferiores. Heredé esta convicción de mi padre, un enano de otra época que creía en el Socialismo. Todos los hombres somos iguales. Con cinco años de edad me decía por las noches, acostado en mi cama: “Seré socialista por convicción propia, no porque mi padre lo sea”.

No hace falta que diga todo lo que admiraba a mi padre, tan pequeño como yo. Me miraba en el espejo y quería su mismo pelo negro. El niño que fui se hacía aquella promesa nocturna en los tiempos del terror, cuando agentes de la represión perseguían, torturaban, mataban y hacían desaparecer a socialistas y enanos semejantes en un país entregado a su instinto carnicero.

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Enano y todo, la pregunta siguió resonando hasta estos días: ¿por qué me vinculé a una secta religiosa? Dicho sea de paso, los adeptos renegaban del apelativo “secta religiosa”. No querían ser encasillados, pues su camino espiritual consistía en despojarse de cualquier etiqueta para alcanzar algún día la “iluminación”. Así que en esos tiempos, con ayuda de mis bastones, me hice un conjunto de preguntas enanas. ¿Y si muero antes de iluminarme? ¿Existe la reencarnación para poder superar el intento fallido? ¿O esa alianza íntima de materia y energía que somos se disuelve en el Todo y vuelve a mezclarse en una nueva tirada de dados? ¿O se trata, más modestamente, de un estilo de vida consagrado al hedonismo? Esas preguntas me hacía yo. En la cama y en la calle. Con mi Ignorancia y mis Prejuicios. Y el mundo entretanto parecía cada vez más estrecho.

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Pero ninguno de esos motivos me vinculaba a la secta. Tal vez en este punto comience por fin mi historia. Yo quería llorar, aprender a llorar. En algún momento de mi vida de enano, diría que en el tránsito de la infancia a la pubertad, me había olvidado de llorar. Necesitaba hacerlo y no sabía cómo. Y entonces, digo, me metí a la secta religiosa para abrir la llave oxidada de las lágrimas. Fui con mis dos bastoncitos y jamás los solté. Como un agente encubierto me proponía robarles el secreto del llanto permaneciendo inmune a sus creencias, reñidas con mis Prejuicios y mi querida Ignorancia. Con el mundo en franca reducción, me bautizaron con un nombre extraño a los enanos. Un nombre, bromeaban ellos, que te escogían poniendo a girar una tómbola en la remota India. Pero bueno.

Y lo logré. Un día se abrió la llave de paso. Fuimos por el fin de semana a una casa en la costa, bailamos, meditamos; nos dimos como siempre unos largos abrazos, totalmente inconducentes, absurdos y rituales. Compartimos nuestras penas, nuestras rabias, nuestras frustraciones. Como un calcetín impúdico pusimos del revés nuestra intimidad. Y yo lo conseguí con ayuda de mis bastones, y no me arrepiento de nada. Ellos no se daban cuenta de que era un enano, pues los seres como yo vivimos una vida clandestina invisible a sus ojos, y si nos escrutaran bien pensarían que estamos totalmente equivocados.

Vaciar la Pena, botar la Rabia. ¿Cómo lo hice? O mejor dicho, ¿cómo pudo suceder? Esa vez se presentaron en mi mente dos imágenes íntimas, las más queridas de mi vida. Una concentraba toda mi Pena y la otra toda mi Rabia. Las tuve frente a mis ojos y la llave de paso se abrió de golpe como una represa. No necesité más de la secta; de ahí en adelante se volvió una compañía superflua y desagradable. Dirijo hacia ella, en todo caso, mis agradecimientos por el llanto concedido.

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Mis bastones, mis bastiones. Los enanos somos así, complicados. Decía entonces que me sobrevinieron esas imágenes de la Rabia y la Pena. Las revolví con un palito y en una sola poción obtuve la Alegría efervescente. Y me la bebí. Pues de las dos primeras resulta esta última. Hay que repetirlo y beber hasta el fondo del vaso.

Pero bueno. Eso no fue todo, por supuesto. Digo yo, recorriendo la trama de una lonja traslúcida. Andaba llorando por la vida de manera sistemática, a lo enano. Con cualquier excusa le pedía el auto enano a mi padre y partía a llorar por ahí, a un mirador, a una calle o un pasaje solitario. Los vidrios se empañaban y desde afuera se habrá visto una especie de nube con hipo, sin razón de ser. Sigo preguntándome por qué lloraba un enano como yo. Se había vuelto un llanto sin motivo, sin imágenes, liberador de una prisión fantasmagórica. ¿Habré sido yo, mi enanismo genético, la razón última del llanto? Puedo decir tentativamente que el mundo me había saturado. Que de niño se había metido de contrabando en vida y ya no me cabía una cucharada más de mundo. Una más y lo vomitaba todo… o me ponía a llorar.

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Pero el mundo no se expulsa por los ojos. Todo lo contrario. Hay años que valen por siglos y milenios que valen por minutos. Las corrientes del tiempo se solapan y emergen de repente, y yo recomiendo tener siempre a mano un par de bastones. El tiempo es relativo, el movimiento es relativo, el tamaño es relativo… ¿Quedará algo aún que no sea relativo? En esos tiempos presencié a la distancia el tsunami de las utopías. El Socialismo real se venía abajo azotado por un tren de olas. Ajusticiaban a Ceaucescu y su mujer en la plaza pública y yo no sentía alegría ni liberación, tampoco una sensación de justicia ni injusticia. Lo que yo sentía era estupor. Aquí y allá, y por todos lados, se privatizaban las empresas públicas a precio de huevo y algunos hombres se enriquecían de la noche a la mañana. ¿Dónde estaba el fiel de la balanza?

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Iba yo con mi enanismo, mi Ignorancia y mis Prejuicios… El mundo se achicaba a ojos vistas. Pero nunca se adecuaba a mi tamaño. Por esos tiempos deseché a una mujer, me enamoré de una enana y entre cuatro enanos como yo planificamos el robo de un banco, acaso con la venia de Bertolt Brecht. Quise ser músico y pintor, trabajé en encuestas puerta a puerta y todo el día una voz interna, pero ajena, iba diciéndome “acepta la vida como es”, a lo que yo contestaba, hablando solo por las calles: “No puedo. Necesito bastones. No estoy dispuesto a que me pateen en el suelo por enano”.

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Un par de años antes, muy a destiempo si quieren, yo había cumplido la promesa de mi infancia. En esos tiempos revueltos debería hallarse el final de mi historia delgada, casi transparente. Un enano atrincherado en la retaguardia.

Viajaba yo todos los martes hacia una comuna del extrarradio para cambiar el mundo, con intensa convicción enana. Tenía mis propios martes de rubí. Tomaba el expreso número 24, blanco y verde, que salía hacia la carretera para sortear los estorbos urbanos y caer de lleno en un pueblo adosado a la ciudad que aún latía con vida propia.

Iba yo en el expreso 24, con mi enanismo. Ya se dijo. Leía en el asiento del bus la Apología de Sócrates con la vana esperanza de que el viejo filósofo se negara a beber cicuta. Iba yo a cambiar el mundo, pero el mundo había dado un giro muy veloz y me estaba persiguiendo por la espalda. El famoso Muro de Berlín se caía a pedazos, también a mi espalda, y me arrojaba sus escombros y cascajos.

El expreso 24 tomaba la salida por un trébol de calles y de forma mágica me transportaba a un pueblo mágico. En ese pueblo me esperaba la enana más bella del mundo. Nunca supe si me vio como a un enano, es decir, como a uno de su especie, o fui para ella algo muy distinto, y mucho menor, de lo que ella significó para mí.

Esa enana vivía en una casa situada en la punta de diamante de dos calles por donde el bus giraba en una maniobra bastante difícil. Ahí me bajaba yo y tocaba el timbre, y partíamos a la plaza del pueblo, nos sentábamos en uno de sus bancos bajo los árboles frondosos, recostaba mi cabeza enana en su regazo enano y me quedaba mirando las hojas verdes. Ella me pasaba los dedos por el pelo y conversábamos de asuntos ajenos a nuestros corazones.

Al poco tiempo ella se alejó de mí sin aviso y yo proseguí con mi trabajo político, enano. Cada vez era un dolor hiriente pasar de largo por la punta de diamantes, ver su ventana iluminada o sin luz. A los pocos meses se acabó todo y no volví más a ese pueblo pegado a la ciudad. Ella con los años se convirtió en una actriz famosa, quiero pensar que de la tribu de los enanos. En el firmamento de un corazón enano está clavado su recuerdo. Y por cierto, aquí termina esta historia traslúcida. Mientras el mundo continúe achicándose, me entre por los ojos y me haga llorar, seguiré aferrado a mis dos bastones.

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