Publicado en: 11 enero, 2019

Cultura. Tanatológica

Por Daniel Pizarro, Politika

En la mitología griega, Thánatos​ (en griego antiguo Θάνατος Thánatos, ‘muerte’) era la personificación de la muerte sin violencia. Su toque era suave, como el de su gemelo Hipnos, el sueño. La historia que cuenta Daniel Pizarro es la de una muerte en la que la violencia forma parte del cuadro, está, como dirían en […]

En la mitología griega, Thánatos​ (en griego antiguo Θάνατος Thánatos, ‘muerte’) era la personificación de la muerte sin violencia. Su toque era suave, como el de su gemelo Hipnos, el sueño. La historia que cuenta Daniel Pizarro es la de una muerte en la que la violencia forma parte del cuadro, está, como dirían en Inglaterra, embedded. Porque de suaves sueños, en plan Hipnos… Nada.

Mi corazón está frío, pero todavía no endurece. Puede ser causa de este lugar, de estos personajes que disecciono como si fueran cadáveres, como si me hallara rodeado de muertos, como si también yo estuviera medio muerto. Pero mi corazón está frío, digo, no duro, y para mí que debe haber alguna diferencia entre lo primero y lo segundo; el frío es sólo un estado, la dureza es un callo que se debe limar y siempre aparece de nuevo, pues el corazón se roza una y otra vez y necesita protegerse. En cambio el frío es un estado, digo, un ánimo imparcial.

He aquí estos dos personajes como en una sala de autopsias, con sus órganos internos a la vista, con sus úlceras y tumores. No sé cómo vino a suceder que de pronto me encontrara con ellos desnudos sobre estas camas metálicas, con un parte o informe que reza más o menos –todo es aproximado, disculpen– lo siguiente: P, sexo femenino, treinta y tres años, piel morena, pelo oscuro y rizado; M, sexo masculino, cincuenta y tantos años, cuerpo grueso, tez blanca, pelo ralo y ceniciento. Precisa el informe que M era el jefe directo de P.

Digo que están aquí, ante mis ojos, como dos cadáveres dispuestos a ser diseccionados con un entusiasmo loco por seguir contribuyendo desde ultratumba a la ciencia médica y forense. Quizás yo también esté muerto, ya se dijo. Y quizás este mundo sea un tanatorio en toda la regla.

P y M. Una mujer y un hombre, según el parte forense. Un subordinado y un jefe que reclaman bisturí. Dice el informe que un día M la despidió de la empresa y acaso sea esa acción el motivo de que se encuentren en esta sala de autopsias con los órganos internos obscenamente al descubierto. Doble obscenidad que revela lo oculto y pretende explicar los hechos a partir del estado de algunas vísceras. Pero bueno.

P, treinta y un años, sexo femenino. Ya se dijo. Pero es necesario afianzar cierta información para seguir avanzando por el camino de la ciencia forense. Oriunda de Chillán o sus alrededores, reza el informe o parte legal, o médico. De una parcela custodiada por dos enormes perros policiales que ladraban y mordían a cualquiera que intentase transponer el vallado. Y además la cuidaban con celo animal. Yo diría que también los padres la cuidaban con un celo exagerado haciendo germinar en ella una percepción de sí semejante a una reliquia o jarrón oriental; algo frágil, codiciado e intocable, pongamos, y merecedor de todas las atenciones posibles. No sabría decir por qué fue criada de esa manera que invita a pensar en tragedias y traumas familiares que van penando generación tras generación. En lo psicológico, ella sufría del llamado Complejo de Electra y no había modo de extirpar ese órgano que la mantenía deslumbrada por su padre. Este hombre lo estaba pasando mal por causa de un cáncer que se cobró su próstata llevándose consigo una de sus apreciadas funciones al más allá. No sé si este dato viene al caso, pero está consignado en el informe. Yo agrego que en esta sala los personajes y sus asuntos se desparraman sin medida ni horizonte, y se me hace un tremendo problema discernir entre lo esencial y lo superfluo.

*

Pero el azar es así, cruza a las personas sin ningún miramiento en las arenas del mundo. Nos vamos encontrando y apretujando como ovejas que intentan pasar por un túnel demasiado angosto, evidentemente diseñado para un rebaño menor como dicen las canciones evangélicas. Yo sé que en este trance ovejuno, que también corrobora el informe tanatológico, P conoció al alemán de sus sueños. Los sueños de P, digo. Ella había estrechado el mundo y puesto sus condiciones para que el hombre de su vida fuese un alemán. Un tipo de aspecto germano, se comprende, y acento extraño en estas tierras. Desconozco el sueño de aquel alemán, pero me da la idea de que no era idéntico al de P. Y como los sueños de cada cual jamás son iguales uno se conforma con compartir al menos un subconjunto; aquello sería un contrato social. Pongamos que existió ese subconjunto en común y que ellos se encontraron en esa parcela mientras el resto excluido siguió siendo de forma recíproca una tierra de lo más extraña y hostil para el otro; baste consignar aquí que el propio informe reza que el alemán sentía tirria frente a los compromisos afectivos, en tanto P anhelaba formar una familia con el hombre que provenía del otro hemisferio.

Me fui por las ramas. O tal vez no. ¿Quién podría decirlo en esta sala de autopsias? Observo el cadáver de M y su aspecto me resulta repulsivo. Para mí es un asco de cuerpo, y eso que mi corazón es frío, no duro. Ya se dijo. Hasta me dan ganas de decretar con grandilocuencia la muerte de los personajes tal y como los conocimos hasta ahora y dar la bienvenida a los cadáveres y su disección miembro por miembro. Acabar de buena vez con las novelas y los cuentos y brindar la más cordial bienvenida a los informes forenses.

Así, mi pobre conocimiento de M me obliga a confiar en el parte médico a riesgo de concederle más importancia de la que se merece antes de un examen detallado de los órganos internos. Qué diablos. Si damos fe del informe podemos observar que M ha ido escalando por la jerarquía de la organización. Su vida es un curriculum vitae. Sin embargo también se describe ahí un episodio anterior, de sus tiempos de estudiante universitario, cuando formó parte de una brigada paramilitar que salía a apalear manifestantes durante las protestas contra Pinochet. Como ven, el informe se remite al pasado. Pero no se pronuncia sobre la relación entre aquél y el presente, acaso porque a estos muertos no les importa la sucesión de los hechos en el tiempo; la muerte habla en presente puro, podría decir uno.

Pero bueno. Hay otro episodio más reciente en su vida. Se trata de una relación con C. Esto también figura en el parte médico o legal. Es una relación libre, pues M cree en la libertad a todo evento. No piensa casarse jamás ni tener hijos ni nada que lo ate en la vida. Volar como mariposa de flor en flor, podría decir uno, pero la imagen cae en el ridículo al pensar en M. Algunos creen que la relación con C es más bien un despiste para quienes especulan acerca de su gusto por los hombres. El hecho es que una vez M dijo a C después del acto sexual, en el concentrado espacio de las confesiones: En mi carrera me he piteado a unas ocho personas, donde el verbo pitear equivale a despedir, dejar sin empleo, etc. M lo pronunció y declaró sobre la cama como un acto justo y necesario, realizado sin asco y con perfecta convicción, y sobre todo con placer. El placer de dejar a otro desempleado, digamos.

Cualquiera va comprendiendo que la víctima número nueve en las arenas del mundo iba a ser P, que no se cuidaba de enfrentarse a tipos como M pues ya se dijo que la habían criado como a una porcelana fina y superior a los demás. A este jarrón de la dinastía Ming se le ocurrió plantarse inflexible en su exigencia de vacaciones entre tal y cual fecha. Pues sus vacaciones eran un espacio sagrado y el trabajo un lugar profano, y el alemán participaba del primero y ella no transaría ni por todo el oro del mundo con tal de volver con imágenes de aquellos países visitados en compañía de su sueño, a quien por lo demás escondía frente a sus compañeros de trabajo, quizás indignos de cualquier asunto personal suyo. Uno la veía posando sola en aquellas fotos, en aquel viaje en compañía de su “familia”. Y si por algún descuido aparecían en la imagen unas manos pálidas, largas y huesudas como de alemán, digamos, ella decía que eran las de su hermano. Qué tontería, digo yo, y qué cosa más irrelevante y necia de consignar en un informe forense.

M jamás le perdonó ese viaje y cabe suponer que de ahí en adelante se prometió fusilarla, laboralmente hablando, a la primera falta que cometiera. Pues acaso M necesitaba saciar su sed de víctimas. Y todos nos equivocamos de vez en cuando; esto es un axioma. Así fue como P cometió un error, y así fue como M la persiguió por los laberintos de las normas internas hasta acorralarla y reventarla como a un bicho. Eso reza el parte y no tengo cómo contradecirlo. Ella está fuera de la organización y con intenciones de interponer una demanda, y él sigue dentro y ha conseguido un puesto mejor; nadie niega que estemos ante un profesional muy calificado.

Y bueno, yo me encuentro en esta sala fría como mi corazón, ante sus cuerpos destripados que espero examinar de arriba abajo, y confieso que a la hora de enfrentar la tarea me acosan dudas que desmoralizarían a cualquiera; me pregunto qué obtendré con este panorama de vísceras humeantes, quién me enseñará a leer sus mensajes ocultos, cuál será –si hay una– la naturaleza de estos cuerpos, y una tras otra me hago preguntas como en un cuento de nunca acabar…

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