Publicado en: 2 diciembre, 2015

Culto a la impersonalidad

Por Rafael Cid

Por Rafael Cid Son de esas cosas de charanga y pandereta que a veces ocurren en este país con un boato digno de mejor causa. Un diario en horas bajas y varios políticos en campaña que convienen en hacer un debate en red (en realidad todos son ya en conserva). Porque el grupo al que pertenece […]

Por Rafael Cid

Son de esas cosas de charanga y pandereta que a veces ocurren en este país con un boato digno de mejor causa. Un diario en horas bajas y varios políticos en campaña que convienen en hacer un debate en red (en realidad todos son ya en conserva). Porque el grupo al que pertenece el periódico convocante carece de televisión propia de tanto enajenar activos para subsistir y porque los candidatos todavía creen que ese medio tiene influencia para hacerles arañar votos entre los indecisos del 20-D. Con esos atributos El País montó el pasado lunes por todo lo alto el “primer cara a cara electoral a través de internet”. El resultado: un toreo de salón que el anfitrión ha vendido como el trending topic de la jornada. Lo cual, para un coloso informativo multinacional, es como vender el coche para comprar gasolina.
No estaban todos y la gente de Cebrián no se ha cansado de vocearlo. Mariano Rajoy se había rajado y en la casa, muy dignos, rechazaron rebajar el estatus de la representación del Partido Popular en el gobierno con la comparecencia de su vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, la hija de aquel general de la guardia civil, felipista acérrimo, que reventó una comisión de investigación sobre el Gal amenazando con contarlo todo del Batallón Vasco Español (BVE), el terrorismo de “los incontrolados” de la transición. Tampoco asistió el líder de Izquierda Unida-Unidad Popular, Alberto Garzón, aunque sobre ese extremo no hubo explicaciones ni la menor solidaridad de cuerpo. A pesar de que IU tiene representación parlamentaria y dos de los debatientes, los emergentes Ciudadanos y Podemos, son meros postulantes al escaño. Afrenta que El País trató de disimular entrevistando al día siguiente al excluido, que aceptó sin rechistar el premio de consolación.
Así las cosas, el culto a la impersonalidad estaba servido. Al “periódico global” el acto le sirvió para dedicar al día siguiente editorial, portada y diez páginas interiores a celebrarlo, en un insólito ejemplo de onanismo intelectual, añadiendo de su cosecha que el combate lo ganó Podemos porque un 47,01% de los internautas votó a Pablo iglesias frente a un 28,90% que lo hizo por Pedro Sánchez y otro 24,09 % que se decantó por Albert Rivera. Por cierto, a los seguidores del encuentro, que en la edición de papel se denominaba “internautas”, la versión digital los convertía en “lectores”. Seguramente para hacer caja con los casi dos millones de twitter recibidos en la web del diario para jalear a sus respectivos espadas.
Veredicto que por un lado parece lógico pero por otro resulta chocante. Es normal desde la filosofía cibernética (democracia de oído) con que se estructuró Podemos, aunque esa falta de compromiso directo no cese de deslegitimarle con primarias full (su programa electoral solo fue ratificado por el 4% de los inscritos). Pero también es discordante con los resultados que arrojan encuestas solventes, como la que insertaba El País la víspera del debate en la red. Curiosamente, el sondeo de Mestrocopia publicado por el diario el domingo 29 de noviembre concluía todo lo contrario: que Podemos era el partido con menos estimación de voto y que Pablo Iglesias se situaba en el penúltimo puesto en confianza, tras Mariano Rajoy como farolillo rojo.
Lo cual habla de dos mundos aparentemente dispares y excéntricos. El de las encuestas tabuladas y el más aleatorio de internet. ¿El votante real y el votante placebo? Quién lo sabe. Lo único que se puede asegurar es que no son públicos totalmente equivalentes e intercambiables, condición biunívoca para garantizar estadísticas que pretendan arrojar una imagen fiel de la realidad. Y es que la puesta en escena de El País y los tres mosqueteros de la política alternativa al PP, tenía más de simulacro empresarial que de radiografía coyuntural. Basta decir que la única emisora televisiva que retransmitió en directo el evento fue la cadena utilizada por la conferencia episcopal 13tv, con un programa moderado por Alfredo Urdaci, jefe de informativos de TVE en la etapa Aznar y luego jefe de prensa de El Pocero, el rey del ladrillo.
En ese contexto, no es extrañó que Rivera, Iglesias y Sánchez estuvieran más atentos a mirarse al ombligo que a proclamar las prometidas verdades del barquero. Por decir escaso nada hablaron de los dos temas que más deberían preocupar a la sociedad civil. Sordina sobre la derogación de la Ley de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera (LOEPSF) que legalizó la reforma exprés del artículo 135 de la constitución, y mutis sobre el cambio climático. Que ya es obviar. Al menos, eso sí, los tres coincidieron en que derogarían la reforma laboral del PP. Aunque se olvidaron de la que perpetró el PSOE con el aval de CCOO y UGT.

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