Cuidado con quien se cuela.

 Al filo cortante del gobierno gobierno español, se viene a añadir el del europeo para dar forma de tijera a la herramienta de la bruja. Átropos, la última de las tres Moiras griegas, Morta, la última de las Parcas romanas, la que se presenta con la tijera en la mano, la que corta el hijo de la vida, nos hace saber que esto se ha terminado. Las tres brujas de Macbeth o la Ambición siguen cantando alrededor del caldero donde se cuece el destino del bienestar social tal como hasta ahora lo habíamos venido entendiendo: “Double, double toil and trouble;/Fire burn, and caldron bubble”, repiten una y otra vez con voces horribles.

  La justicia ambiental en el sur implica el decrecimiento sostenible del norte. Dos imposibles tanto económica como ecológicamente, recortar más de lo que nos piden hasta lo que sabemos que debemos seguir recortando; eliminar, por lo menos la mitad de los puestos de trabajo actualmente existentes, al estar ligados a una producción superflua o dañina, cuando no peligrosa o destructora de la vida, cortar al menos a la mitad lo que ganan los que están dispuestos a seguir derrochando recursos con los beneficios de su trabajo… es verdaderamente sobrecogedor que una política que barra a la gran industria química… etc también ha de barrer el puestos de trabajo y salarios para asegurar la vida. Esto corta el aliento a azules, verdes y rojos, prepara la llegada de los ángeles negros de las dictaduras.

  ¿Dónde quieres al policía, dentro o fuera? Es mejor dentro, del mismo modo que es mejor necesitar la policía que el ejército. Pero cuidado con quién se cuela, que todas las concesiones que se hacen van acompañadas de un empobrecimiento interior del que no se es consciente en el momento. 

  Necesitamos mejores cosas, no más cosas, hay que ser inflexible en este punto: «ninguna revolución espiritual sin una revolución  material». Hay una locura de aquellos que tratan el mundo como un sueño y hay una locura de los que tratan la vida interior como un fantasma. El segundo lunático es apenas menos peligroso que el primero. Pero mientras que el primero consigue que le den pastillas, el segundo adquiere lentamente una ascendencia entre los hombres que olvidan lo que es ser hombre. Se puede vacilar ante el camino a seguir, pero sabemos que si hay una sola justificación a la filosofía, a la amistad, a pesar de todos sus posibles errores, radica en cerrarle el paso a ese loco.

  Wittgenstein hizo una vez el propósito de dejar de oponer resistencia, de dejar a su exterior aligerado, por así decirlo, para que su interior permaneciera in-molestado. Desconfiaba del éxito como un griego. Los antiguos desconfiaban del éxito porque temían la envidia de los dioses, pero también por el peligro del desequilibrio interior causado por cualquier éxito como tal. ¡Que superioridad sobre nosotros demuestra el haber comprendido ese peligro! ¡Cómo se ríen nuestras victorias “materiales” de nosotros! ¡Qué peligro tiene el haber creído que universalizar la suciedad limpia!

  Al exilarse interior adentro, somos testigos de un hecho sorprendente, el el interior se es siempre extranjero, en esa extranjería estamos obligados a instalarnos para “habitar”. Estamos siempre en ella expuestos a la sospecha de iluminismo, para los inquisidores los místicos eran peligrosos a causa su intrépida interioridad. Cioran lo decía más gráficamente: es fácil ser profundo, basta dejarse invadir por las propias taras.

  Te conviene revisar la felicidad per capita, la felicidad de tu cabeza. La felicidad interior bruta sube con el producto interior bruto hasta un punto relativamente bajo desde el que la felicidad ya no sube y el producto no para de crecer. En términos de felicidad general el óptimo baja en picado a partir de un determinado PIB. La cuestión es ¿hasta qué´punto has interiorizado al consumidor? es decir, ¿te has enterado de que te estás pasando? 

  El mensaje de la producción va contra la propia población: porque, ya se sabe, la seguridad tiene un precio; una buena parte de la población ha interiorizado de tal modo el miedo abyecto a carecer que opta por someterse al terror suave de la violencia dineraria y laboral. Por meter demasiados papás y policías dentro. Por “tener” demasiadas cosas fuera.

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