Publicado en: 11 octubre, 2015

Cuentos de orgasmos y pasiones: En el autobús

Por Shillani Gusano Caveza de Vaca

Despertó con la mano metida bajo sus bragas, reconociendo el húmedo sexo, que a esa hora le daba la certeza clara de haber abierto los ojos en el mundo de los no soñadores, que le dejaba una extraña sensación de paz y reconciliación con ella misma, sabía que aquella noche pasada, que a estas horas […]

Despertó con la mano metida bajo sus bragas, reconociendo el húmedo sexo, que a esa hora le daba la certeza clara de haber abierto los ojos en el mundo de los no soñadores, que le dejaba una extraña sensación de paz y reconciliación con ella misma, sabía que aquella noche pasada, que a estas horas de la mañana se encontraba lejana, había también soñado con él,  lo sabía porque su aroma se saboreaba aún en sus sábanas,  en el aire enrarecido por los sopores del contacto onírico,  en el recuerdo gustoso de sus muslos, en la imagen que no apartaba de su pensamiento, en la luz que  fundía todos los muebles antiguos en un amasijo vibrante de colores violáceos, sabía, o creía saber que era real, ¿de qué otra forma podría ser?, uno no sueña con cosas o personas que no existen, y era por esta  sencilla afirmación que suspiraba cada que a su  cabeza llegaba la sucesión en ráfaga de imágenes, de ambos cuerpos, el de él y él de ella,  batidos en sudores que ablandaban sus carnes, embadurnados de besos tiernos y pequeños, de voces que pintaban futuros y promesas  incumplidas.

Los primero halos diurnos se colaban apenas por  los grandes ventanales que existían en lugar de dos de las cuatro paredes, las cortinas blancas, con pequeñas mariposas, habían sido elegidas con cuidado por ella misma; cuando los rayos del sol las tocaban, traspasando la vidriera, las mariposas solían sacudir las alas con talante seductor  y revolotear por toda la habitación, convirtiéndola en un enorme mariposario de dobles vistas laminadas, translúcidas.  Esa mañana las mariposas hicieron lo propio al primer rayo de luz traspasando sus  alas membranosas, la luz se tornó en diferentes tonalidades avivando el  recuerdo de su ausencia. Tendida sobre la cama sin más afán que el de ver en cada mariposa la esencia de su hombre, las ganas  de besarlo, de regalarse con  él, esperó que el despertador como siempre, como nunca, anunciara la hora tardía de desembarazarse del lecho. El piteo ensordecedor, también como siempre, retornó a las mariposas a los confines de las cortinas, posándose una a una en el lugar inequívoco que les correspondía, la lisa cortina fue tomando su tonalidad multicolor, y el cuarto regresó de inmediato a la inexorable tranquilidad, casi de muerte, casi anacrónica, de todas las mañanas de hastío.

Siempre se levantaba tarde, esa mañana no era la excepción, su trabajo no le requería por las mañanas, trabajar en el segundo turno de una farmacia de medio pelo, venida a menos, le dejaba la mañana para ella, para  reconocerse.

Sus ojos  dieron  un recorrido por la enorme pieza, demasiado espacio para ella sola, respiro hondamente, sus pulmones se llenaron de un aire fresco impregnado de un aroma cálido y reconocido, aroma a heliotropos viriles, aroma a él,  poco a poco, el edredón de rombos se fue corriendo dejándole ver su cuerpo recostado, se apelmazó  en el piso, ella estiró sus carnes, un ligero crujido siguió al movimiento oscilatorio de su cuello, sus dedos enroscados le hacían sentir un leve tirón en los tendones que le relajaba y le hacía sentir aún más despierta. Con un movimiento parco, laxo, giró sus caderas y bajó primero una pierna y después la otra, las baldosas del piso estaban frías, extasiada por el recuerdo, su piernas temblaron, caminó tres pasos en forma errática, en su rostro se dibujaba una sonrisa hermosa, el cloquear  de sus pies de japonesa desnudos impactando el piso  saturaron la pieza. Buscó encontrarse en el espejo que estaba empotrado en medio del  robusto ropero, que  trajera consigo su abuela de  Guadalajara en tiempos de la guerra cristera, una herencia; su figura se formó de la nada en la superficie pulida, la apreció irreconocible, blanca, blanquísima, la piel le brillaba con un tono cetrino que la hacían resaltar las pecas que le revoloteaban en torno de la nariz y las mejillas, y sobre el cuello, y en los hombros, y en la espalda.

Ahí, parada frente al espejo, tomó por primera vez conciencia de su cuerpo, de sus pies que sentían el palpitar de la respiración del piso, de sus pequeños y hermosos pechos primaverales que caían en forma frutal, de sus caderas afiladas y lánguidas, de los ojos japoneses,  resquicio innegable  de las aventuras de la tatarabuela con un comerciante oriental  de seda; se dio cuenta de su cabello castaño, delgado, corto, que le dejaba el cuello expuesto haciéndole ver elegante y fina, de sus manos arácnidas rematadas por los dedos afilados, largos, coronados con las hermosas uñas esmaltadas en rojo;   hurtó conciencia del movimiento de su sangre, de su corazón latiendo frenéticamente, de su respiración y del vaho  que exhalaba opacando el reflejo platinado,  usurpó su propia imagen siniestra que habitaba en las entrañas del espejo, siempre reflejando a lado contrario, se vio curiosa, intrigada, la mata de vello lacio que le cubría el sexo, como si de pronto notara su existencia, como si de pronto hubiese aparecido de improviso y se posara tomando un terreno que le correspondía desde el día  de su primera menstruación. Ahí parada frente al espejo sintió también las miradas pesadas de las hormigas que trepaban por la pared en formación marcial rumbo al misterio de su cama, cada uno de los insectos le miraba con ojos de azulejos, reclamándole la falta de interés sobre el mundo de los despiertos, reprochándole su insistencia de buscar un pretexto para dormir, le reprochaban desconocer lo que pasaba en sus sueños, pues bien sólo eran parte de ella y de nadie más.

Mientras afuera  una bandada de cardenales surcaba rasante la calle, estiró la mano buscando encontrar en su sitio (como todos los días, exceptuando el domingo) la muda de ropa elegida para la faena; palpó la silla buscando el pantalón ajustado que debería ponerse ese día de la semana según su rígido rol, escogido más por la falta de guardarropa que por un sentido estricto de la moda, buscó la pollera de volantes rojos y tampoco la encontró, la silla se hallaba vacía, buscó con la mirada por el extenso centro de la pieza, y no los encontró, recordó entonces que en el sueño, él  acariciaba los volantes finos de que nacían  por debajo del arco de sus senos y  se pronunciaban por su abdomen.

Sonrió maliciosamente, acordándose del placer producido por la fuerza viril de aquel hermoso amante hecho a la medida, sonrió en actitud cómplice de la prohibida felicidad, sonrío mientras se movía por la habitación en misión de búsqueda de las prendas, sonrió cuando con una mano deslizó el panel de la puerta de su baño privado, y sonrío más cuando encontró sus ropas enrolladas en la barra del toallero, estaban ensopadas en una sustancia aceitosa que le hacía recordar el santo crisma con el que, el obispo dibujó la cruz el día de su primera comunión, reconoció en ellas  de inmediato la causa  del aroma que embriagaba el cuarto entero, tomó las ropas y las ciñó en un abrazo amoroso y tierno en sus pechos de pera, con amor meticuloso se enfundó en ellas, sintiendo el abrazo eterno  del  hombre que habitaba noctabundo sus sueños, salió del baño, para completar el ajuar con los botinetes de terciopelo, los accesorios de ágatas y ónix engarzados en plata; coloreó con parsimonia su rostro juvenil con los coloretes y los carmines que dormían en un cosmetiquero  en el fondo de la luna, por detrás del espejo.

La péndola marcaba el diez menos cuarto, la luz intensa del sol de media mañana bañaba el vecindario, el día prometía ser extenso como todos los días de los enfermos de amor.  Bajó las escaleras, despacio, extasiada por el aroma de sus ropas, jaló el pasador de la puerta metálica del portón principal y puso sus pies sobre la superficie brillosa del hormigón de la calle que a esa hora se desdoblaba  con una intensidad  inclusivamente ofensiva, a sus espaldas fueron quedando los pocos autos que estacionaban frente a las pequeñas casas prefabricadas  en hilera de ambos lados de la cerrada,  su cuerpo se movía con soltura, un paso y después otro, el bolso de lado  con la filipina de boticario suicida atravesada entre las cintas, le hacía ver hermosa.

En el paradero de autobuses de la esquina había unos hombres esperando el ruta Hospital-San Felipe con sus zapatos llenos de prisa, conforme se fue acercando, los hombres se tornaron en escala de grises, hasta convertirse en sombras opacadas por la radiante hermosura que proyectaba, la escena, salida de la realidad acentuaba el aire solitario y las ansias  de amor con las que esperaba la llegada del autobús.  A lo lejos se materializó el gran  amasijo de hierros, sus grandes ojos de cristal y su frente chata fue inconfundible, se trataba del medio de transporte que avanzaba en dirección a ellos, con paso pesado las ruedas del autobús se sintieron  retumbando por la avenida, se detuvo a escasos centímetros de sus piernas, los frenos neumáticos liberaron la presión del aire con lo que una nube de polvo saturó por un instante el espacio de ascenso, se escuchó el bufido con el que la puerta se abrió invitándole a  subir; el chofer  sin intenciones, era un hombre parco, óseo, de poca estatura, le estiró la mano para recoger el cambio que sacaba ella de una bolsa pequeña dentro del gran fardo donde había colgado la filipina, sin mayor afán  ni entusiasmo se penetró en la panza de aquel animal férreo y buscó refugio en un asiento de la tercera fila del lado del conductor, se colocó con las piernas en diagonal con dirección al pasillo, las sombras se pasaron de largo ocupando un espacio robado en los confines de las hileras de asientos, pasaron de largo ocultos de la atención de los pasajeros, siempre absorbidos por el malestar del retardo.

El autobús arrancó, una sacudida la invadió, movimientos oscilatorios hacían vibrar la ventanas y los asientos; en la esquina de Independencia y Crespo, un aroma a heliotropos arborícolas, saturó el habitáculo del autobús, era un aroma reconocible, familiar,  levantó la mirada buscando la fuente de aquel perfume embriagador,   buscándolo intrínsecamente a él, súbitamente en la escalerilla de ascenso, con la mano extendida para entregar el coste del viaje, se configuró un figura masculina, enfundada en camisa de raso liso y pantalones azuleños de mezclilla, con un gesto rápido y vivaz cruzaron las miradas, una mueca  nunca vista ni sentida por ambos, se apoderó de sus rostros,   sin lugar a dudas, literalmente era el hombre de sus sueños, ahí, en ese instante donde todas las fuerzas  místicas se configuran para entregárselo. En ese mismo instante un aire mítico sopló por los ventanales de su habitación, sacudiendo con intensidad las cortinas y a las mariposas  se desprendieron de inmediato de su aletargado sueño para revolotear por toda la habitación, y  después, caer tiesas, petrificadas por la muerte, sus cadáveres serían  encontrados más tarde al retornar a casa. También en ese instante se detuvo el tiempo eliminado todo y a todos los que se percataron de lo sucedido, los nervios y ambiciones de correr a sus brazos y comerlo a besos  subieron temblorosas por sus pies y sus piernas, apoderándose de su vientre, de su pecho, de su garganta, las intenciones de musitar su amor fueron apagadas por el miedo a lo desconocido que representan las trampas del amor,  él se adentro en el laberinto del autobús, pasando a su lado, mirándola, reconociéndola también,  sonrió tenuemente  y ella correspondió el gesto apartándole la mirada. Después de esto nunca más volvería a soñar con él.

Colofón

Muchos  años después de aquel encuentro en el vetusto autobús;  podridos  y solitarios en su lecho de muerte, ambos, los dos,  reconocerían que el peor error de sus vidas fue: no haber reunido el valor  suficiente para decirse hola…

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