Publicado en: 25 octubre, 2015

Cuentos de orgasmos y pasiones: Al otro lado del muerto

Por Shillani Gusano Caveza de Vaca

El vino giraba pasmado en la copa de cristal, frente a ella su gemela y ante estas se consumía en la impaciencia  Renata, y Carla  su pareja que desde hacía ya quince años  había sido su compañera en el hogar, no era amor el que se profesaban sino una devoción etérea que les garantizaba cuidarse […]

El vino giraba pasmado en la copa de cristal, frente a ella su gemela y ante estas se consumía en la impaciencia  Renata, y Carla  su pareja que desde hacía ya quince años  había sido su compañera en el hogar, no era amor el que se profesaban sino una devoción etérea que les garantizaba cuidarse la una a la otra y la una de la otra,  el clima invernal apenas si se percibía,  no distaba mucho de la estación pasada confundiendo al cuerpo con el poco frío que se dejaba sentir, la casa pequeña  estaba apenas compuesta  de  un salón corto y estrecho que hacía las veces de comedor y sala, en la parte de arriba las dos recamaras y el baño  no dejaban mucho a la imaginación, era una casa nueva, sobria, blanqueada con piezas de art deco en la pared, las horas avanzaban con paso firme sobre la charola del reloj de monturas doradas   y acompañándoles los últimos rayos de sol, poco a poco la oscuridad fue tomando posesión de todo el  espacio respirable dejándoles amparadas sólo con la lucecilla que irradiaba la lamparita de pliegues y abalorios que se tambaleaba funámbula sobre sus cabezas suspendida de un alambre acerado del techo. Sus ojos se miraban con interminable preocupación ajena como si esperasen que  llegara de una buena vez la noticia, como si esperaran que esta pose de pareja en desgracia fuera producto inmediato de la fecha, y no del remordimiento comprometido por el dolor familiar del  pobre sobrino que en ese momento podría confundirse con quien fuera y de quien fuera pues estaba claro que por consanguinidad era descendiente directo  de Renata, pero, que por tanto tiempo compartido e invertido en relaciones carismáticas no importaba pues era querido por Carla con estupor místico, casi maternal,  contra natura, y que a en esos momentos habría de convertirse con  toda legalidad en un hombre que afrontaría  la desgracia y la mala hora, sin reducto   ni forma de escapar a lo que en sí daría origen al final de la historia aun no iniciada y mucho menos contada.  Las horas seguían escurriéndose  similares a las parvadas de turdideos que en  las tardes de desconsuelo cantan tristísimos sus penas, sus partidas.  Llegada las doce menos cuarto  se escuchaba la algarabía por todo el barrio, el olor   de la cena navideña se extendía por todas las callecitas del  vecindario. Subía y bajaba escaleras, se perdía un instante en los jardines improvisados en los balcones de las diminutas casas, para salir a juguetón al paso de aquellos que por la calle aprietan el paso para llegar a la hora de la cena  de navidad; el timbre suena, Renata se levanta de la mesa, con ojos de angustia, su rostro cetrino parece más bello que nunca, son sus ojos brazas ardientes; avanza lentamente  y con paso firme por el pequeño salón, forza la situación, no se arroja torpemente, es la noticia que había estado esperando desde la mañana anterior, es la noticia que indudablemente había cancelado los planes de cenar jamón o pierna horneada y que a cambio había confinado la celebración de nochebuena a un ritual  funerario de mirar de frente   a Carla mientras lentamente el vino se evaporaba de la copa por falta de apetencia, fue en ese instante  antes de abrir la puerta, antes de girar la perilla y hacer crujir los goznes  cuando rápidamente pensó en Carla, Renata pensó intensamente como hacía mucho tiempo no lo había hecho, peso en sus manías por bajar de peso y en los experimentos con fibra dietética que en más de una ocasión le arruinaron el desayuno, pensó  en aquella primera vez que le vio y que tan desagradable fue, pensó también en la ocasión que frente a frente en aquella esquina el corazón le saltó en pedazos  al darse cuenta que si alguna de las dos daba una paso en dirección contraria moriría irremediablemente de amor, recordó las interminables noches de pelea donde a pesar del coraje y la rabia podía dormir tranquila al escucharla toser en la habitación contigua, sin embargo hacía tiempo que las cosas  ya no eran como en aquellos días  de pasión desaforada, la relación había tomado rumbos convencionales, donde no hay espacio para los besos o las caricias o los roces o las miradas furtivas o la complicidad,  se miraban ahora con un cariño quedo, de agradecimiento  por haberse salvado de la soledad siniestra que les rondaba tiempo atrás;  Renata giró la cabeza y con una sonrisa  tenue busco la mirada de Carla quien estaba en la mesa, el peso del cuerpo y de la espera le sumían con especial entusiasmo en  la poltrona metálica, distraída  no se dio cuenta del gesto de su compañera. Tras abrir la puerta una figura torcida por los años, enfundada en un traje negro, se configuró, sus zapatos se plantaron en el pequeño espacio del recibidor bajo el quicio de la puerta,  era el mensajero de la funeraria, con parsimonia y escrupulosamente llevó la mano izquierda sobre su cabeza acomodando el cabello que se había desalineado con la marcha,  hizo un ruidito con la garganta como si se tratara de un ritual harto ensayado, como si para él fuese sólo su trabajo, indolente, indiferente, con la mirada siempre a la los pies de Renata comenzó a hablar;

-Buenas  noches, es toda una pena tener que ser yo el portador de tal noticia, y más en esta noche que recordamos el nacimiento de  Jesús nuestro señor.  No es mi intención arruinarles la noche, sin embargo, el trabajo que he optado por tomar, que me correspondía por derecho de natura y que era mío antes de que yo naciera, y que consiste en acompañar a los vivos a la hora de despedir a sus muertos,  es el que me tiene frente a usted señorita, me es ingrato comunicarles el sensible fallecimiento de su sobrina nieta, hija de su sobrino Adán y que por falta de tiempo o de respetos no se nombró y que esta noche recoge dios nuestro señor en su seno para darle un lugar  en su legión de ángeles, si desea ir al funeral, la familia ha mandado un coche que espera a una cuadra, yo le esperaré.

Sin contestar y como si la intención fuese seguir con la obra,  Renata descolgó la mano de la perilla y con cara dura dio la media vuelta dejando la puerta entreabierta.

-Vamos Carla, lo hemos estado esperando durante todo el día, ¿ahora resulta que no iras?

Carla se levantó lentamente de la poltrona metálica y con voz de estío contestó:  

-Ya te he dicho que este asunto de los muertos no es para mí, sin embargo, haré la excepción por tratarse de Adán, bueno de su hija, ¿te acuerdas de cuando lo tenía yo que sobornar con chocolate para que no dijera nada sobre nosotras? Es todavía un niño….   ¿Y la madre, cómo crees que este?

– No lo sé, no la conozco.

Tomaron amabas el bolso y sus respectivos abrigos  de lana negros, lo hicieron más por guardar formas que por practicidad, pues la temperatura del ambiente   aumentaba y hacía casi insoportable tal atuendo, el mensajero de la funeraria esperaba en la banqueta de la calle, con paso heráldico emprendió la marcha hacia el coche, un Ford ocho cilindros negro que hacía más misteriosa la escena, con atención el chofer bajó para abrir solemnemente las puertas traseras, ambas abordaron sin decir un sola palabra, el mensajero tomó el lugar del copiloto, el motor rugió y el auto emprendió  la  marcha, tomaron la calle principal sobre calzada de la Reforma abandonando el lujoso barrio ubicado al sur de la ciudad, poco a poco se alejaron del complejo residencial para adentrarse primeramente sobre calzada Hinojosa, y después sobre las empedradas calles del centro de la ciudad colonial,  el auto siguió su marcha cómodamente, pues por la fecha y por la hora el tráfico era escaso, llegó a la calle de Independencia  para dar vuelta, dos cuadras más adelante  se encontraba de frente con el portón  ancho de madera  que era el acceso principal a la funeraria, el chofer accionó el control remoto y la puerta se abrió para dejar a pasar a la bestia oscura y férrea, el tol tol clásico del Ford retumbó en las paredes del pequeño espacio destinado a estacionar los autos, era inusual que una funeraria ofreciera servicio de taxis para los familiares del acaecido , sin embargo la fecha y la naturaleza  del funeral justificaban tal hecho. Descendieron del coche sin premura,  se dirigieron hacia la capilla principal que había sido dispuesta como capilla ardiente, una puerta de caoba finamente empotrada marcaba el inicio del largo pasillo que culminaba en  la capilla principal, se podía apreciar el alboroto de gente corriendo de prisa, de caras angustiosas y dolorosas,  de sentimientos de desamparo, si bien todos esperaban la noticia pues el destino de la niña se hallaba sellado desde su llegada a este mundo  por haber nacido con medio pulmón, ninguno de los presentes se encontraba alegre porque ahora se encontrase metida en un cajón pequeño y blanco, el olor a funeral se esparcía por todo el lugar, un tufo a flores, a resina, a parafina, a incienso, saturaba la atmósfera nocturna, la hora de brindar por la navidad había quedado escasos minutos atrás y la madrugada se precipitaba plomiza y alargada,  de pronto se escuchó el ruido de unas suelas de  cuero chocando con el suelo, se escuchaban casi metálicas, reverberando en el ambiente,  era el profesor Julián que intentaba darles alcance, con la mano extendida tocó el hombro de Carla  quien inmediatamente apretó fuerte la mano de Renata  y marco el alto.

-Buena noche  mujeres guapas – dijo Julián-  me da mucho gusto verles, es una pena que tenga que ser bajo estas circunstancias tan terribles, tan dolientes.

-Buenos días- contestó arrogantemente Carla, Julián nunca había sido su agrado, le parecía un hombre demasiado molesto y pretenciosos, ya que Julián aparte de la fama de sabio que le acompañaba desde su juventud, tenía la fama de mujeriego y no desperdiciaba ninguna oportunidad para coquetearles, la corrección del saludo por lo entrado de la madrugada, más que un reclamo trivial  era la forma de ponerse a salvo y de poner a salvo a Renata de la coquetería de aquel viejo maestro universitario.

Los tres entraron a la capilla ardiente, la gente poco a poco comenzaba a llegar, poco a poco se  iba llenando de personas sin rostro, desposeídas por el sentimiento de pérdida, el féretro había sido dispuesto al fondo, era pequeño, blanco, se encontraba en lo alto de una base rodeado por cuatro cirios luminosos, se encontraba también atiborrado de flores blancas, apenas se veía el pequeño cuerpo en medio de tanta parafernalia, apenas se veía enfundado en la pequeña mortaja de seda blanca. Las sillas habían sido colocadas   a manera de media luna;  cuando Renata entró al emplazamiento descubrió que el llamado  de la muerte había sido más fuerte para ella que para alguien más,  de pronto vio a la madre envuelta  en dolor y pena, no podía imaginar el desasosiego que sentía su corazón al perder a su única hija, pero más allá de lo impactante de la escena se dio cuenta que   todo el asunto tenía que ver con él, en el rostro de Julia  que era como se llamaba la madre dolorosa, se podía advertir, recorrió con la mirada la sala y vio que estaban ahí  María que sin duda también tenía que ver con él, que estaba ahí Renata Palma, prima de Julia, y que si bien no se podía ligar de forma sólida también tenía que ver con él, tenían que ver con él las flores, las velas, el muerto, la música de réquiem que sonaba tenue en la bocinas empotradas en la pared, el humo de incienso olían a  él, los llantos dolorosos se transformaban vibrantes para convertirse en la voz de él, la realidad se torcía en  un instante perpetuo en el que aquel funeral había dejado a flote una situación siniestra y prohibida, el tiempo parecía congelado, ahora no importaba mucho las formalidad de las condolencias, su corazón estaba en carne viva quemándose en las llamas intensa del amor, en las llamas perpetuas del amor prohibido, aquel que no lleva a ninguna parte sino a la muerte, fue consciente de ello en medio del funeral como alegoría a la desesperanza total que le causaba no poder comérselo y tenerlo por siempre cálido, quieto, quedo, entre sus entrañas, la desesperanza que le causaba el haberse dado cuenta de que no sería  para ella le llenaba las manos, se las hacía temblar  embadurnadas de un sudor espeso, sin fuerzas Renata encogida de  hombros, presa de un temblor fue buscando el lugar más apartado posible para llorar en soledad la imposibilidad de un futuro, para llorar la terrible sensación de encontrarse en medio de una broma  macabra del destino, de encontrarse no en el funeral de su sobrina nieta sino en el de su más grande amor, no sabía que pasaría, no quedaba más que llorar tendidamente, Carla se aproximó de inmediato e intentó calmarle segura de que la impresión de ver a la madre dolida era la causante de aquel episodio,  diestramente quitó de su cuello la mascada que tanto le caracterizaba y la brindó a Renata para que limpiara las lágrimas que en su precipitación habían corrido  todo el maquillaje, dándole al afilado rostro cetrino un aspecto descuidado y doliente.

II

Cuando le vio por primera vez el corazón de Emiliano latió incontrolablemente, se perdió en aquellos grandes  ojos almendrados, el tiempo se detuvo de golpe y desde entonces no fue el mismo, ni lo sería jamás, era una mañana como cualquier otra en la universidad, el curso acaba de iniciar, los alumnos de nuevo ingreso apresuraban el paso para incorporarse a sus aulas que se disponían en una sola gran nave de tres pisos, el edificio vetustos se había construido en los años sesenta,  Julia subía por las escaleras, era una joven normal enfundada en un vestido de olanes muy a la vieja usanza, su trazo pequeño  le hacía ver más joven de lo que en realidad era, no era menos ordinaria que las demás, nada excepcional podía proyectar  se confundía con todos, Emiliano bajaba corriendo las escaleras y la encontró de frente, en un instante los dos  se compenetraron fundiéndose en una sola alma partida por dos cuerpo, Emiliano apenas tenían veinte y Julia  diecisiete años, desde ese momento Emiliano sintió que una pasión incontrolable  le volvió espuma la sangre apoderándose  de cada una de las fibras celulares del corazón,  sintió que enfermaba de muerte,  también sintió que el único remedio era Julia con todo su esplendor. Desde aquella mañana Emiliano buscaba  encontrarse con aquella niña de piel morena y de ojos almendrados, buscaba desesperadamente poder coincidir con cualquier pretexto en el mismo espacio, respirar el mismo aire, sentir el mismo tiempo, le buscaba todas las mañana en las escaleras, pasaba largos ratos suspendido del barandal del pasillo en el tercer piso con la esperanza de verla pasar por la plaza, recorría los salones  con talante desamparado, como alma en pena que busca la anhelada sustancia que le asegure la trascendencia de este mundo etéreo a la gloria de los besos furtivos y humanos que sólo  la boca  de Julia podría darle,  sucedió por entonces que una tarde al salir de la última clase  se encontraron en la puerta de la universidad, Emiliano con mochila al hombro y Julia abrazando los libros del primer seminario de temas selectos de filosofía,  se sonrieron como si fuese lo único que les mantendría con vida los próximos años,

-hola-  dijo con voz casual y dulce Julia mientras Emiliano pasmado se perdía en las ondas sonoras magnificadas por la adrenalina, no podía responder al llamado, petrificado por el sentimiento intento  reticular palabra, lo consiguió torpemente,

– hola me llamo Emiliano- fue lo único que pudo articular, una risita burlona saturó el ambiente  poniéndole más nervioso.

Julia, con un paso coqueto dio media vuelta y caminó sobre la banqueta, tres pasos después de dejar el cuerpo de Emiliano condenado al cepo de amoríos aciagos  giró la cabeza, sonriendo, con la mano izquierda hizo un ademán de despedida, perdiéndose entre la gente que con paso largo salía de la universidad.   

Después de aquel encuentro tan casual  e inusitado Emiliano entendió que ella, Julia era la mujer de su vida, de sus muertes, entendió también que no era una mujer de este mundo, pedestre,  y eso le llenó de terror puesto que  él se comprendía así mismo   como  un hombre mundano, sin mayor trascendencia ni osadía, así lo habían criado, desde pequeño creía que las mujeres eran seres extraños y complicados cuya misión era no menos que la desgracia de los hombres. El peligro se dejaba ver en aquellas pupilas almendradas  que a esto tiempos no podría jamás sacar de sus adentros, parado ahí frente al portón metálico corroído por el tiempo y la mala pintura murió, fue una muerte trágica pues daba cuenta que no podría nunca compartir la vida con ella, trágica porque ahora sabía que existía, que  respiraba, que en cualquier momento podría encontrarle, que es más, en cualquier momento podría tomar conciencia de que solo vivirá por ella, para buscar que le respirara, que le comiera, que le viera, que le sintiera.   

Las mañanas oscuras   

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