Publicado en: 4 octubre, 2015

Cuentos de los abuelos: El Huay Chivo llegó al pueblo

Por Shillani Gusano Caveza de Vaca

El sopor de medio día hacía irrespirable el aire que a la hora de entrar por la nariz y bajar a los pulmones quemaba,  el calor, clásico de los pueblos peninsulares no era una condición nueva para los pobladores de Miramar que a esas horas se habían reunido para dar cumplimiento, la mayoría por puro […]

El sopor de medio día hacía irrespirable el aire que a la hora de entrar por la nariz y bajar a los pulmones quemaba,  el calor, clásico de los pueblos peninsulares no era una condición nueva para los pobladores de Miramar que a esas horas se habían reunido para dar cumplimiento, la mayoría por puro morbo, con el ritual mortuorio de Eustolia Pech. El cortejo había partido del centro del pueblo de Miramar,  fastuoso como sólo los ricos peninsulares pueden pagarlo, el cortejo se componía de una multitud de plañideras pagadas a dos centavos plata cada una, seis monaguillos que empuñaban el cetro de plata pura que se sostenía altivo la imagen de San Francisco de Asís de oro puro de veinticuatro quilates engarzado con esmeraldas y con su calaverita de cristal cortado, un sacerdote libanes que oficiaba en latín los misterios dolorosos rogando por el descanso del alma de la pobre caída en infortunio, seis diáconos a  cada lado del sacerdote que enfundados en sus sotanas de cuervos funerarios abrían paso a la caja de caoba forrada en un paño negro tejido con la más fina seda en cuatro partes y engarzado con hilos de plata y platino, detrás de la  arrogante caja, la única mujer que había sido la compañera en eternidad de Eustolia Pech, Blandina  Restrejo, quien se cubría el rostro con un pequeño paño deshilachado por el uso y que había heredado de su abuela como único vestigio de su pasado mágico de la vieja; se decía que el paño daba la facultad de soportar la vida que exige  de quien estando vivo ha bajado al mundo de los muertos. Al salir de la casa de Eustolia Pech, el cortejo era seguido sólo por las plañideras pagadas, el cura, los diáconos y los monaguillos, además de Blandina Restrejo, conforme fue dando la vuelta en al parque que se encontraba frente a la casa, la gente se fue arremolinando, para ver, para husmear, para hurgar, y es que era impensable que la mujer más rica del pueblo corriera la suerte de todos a la hora de exhalar la última bocanada de aire, era impensable que los ricos también se murieran, pero los ricos al igual que todos también se mueren, además cagan y mean, en bacinillas de oro pero también cagan y mean. Sin embargo, Eustolia Pech no siempre fue la mujer más rica y poderosa del pueblo, hubo  un momento en el tiempo en el que se le veía mendigar las sobras de los comensales que gustosos se zampaban los mariscos en las enramadas  de puerto protector.  

Ya casi nadie se acordaba de esas épocas de tanta miseria y pobreza en el pueblo, ahora Miramar era un pueblo próspero y pujante con sus calles planas ya lineadas. Se distinguía de los demás pueblos peninsulares por su ubicación tan privilegiada justo en la frontera del golfo con el mar Caribe, esta condición geográfica le daba una posición envidiable, las condiciones eran propicias para el desarrollo de una vegetación exuberante, palmeras de corozo, cocoteros, limonares,  la ceiba con su carga mágica milenaria, los cedros.   Desde antes que los pueblos peninsulares se conformaran como una capitanía general y se independizaran de la metrópoli, los terrenos de Miramar tenían maderas preciosas y salida al mar, por lo tanto eran peleados por la compañía marítima del sur y la municipalidad de  la región norte de los estados peninsulares, ganando esta última debido a la obstinación de   Romualdo Aragón, un viejo panzón que presidía la mesa directiva de la municipalidad, entrando los años mil ochocientos, desde entonces los pobladores afanosos y agradecidos con el reparto  de tierras que hizo la municipalidad, medio peso en plata por una merga de  terreno, se empeñaron en levantar sus  covachas con materiales de la región, palma en los techos y costera en las paredes, puertas improvisadas con mangle, comunalmente trazaron la calles en cuadricula perfecta aprovechando lo llano del terreno, designaron el lugar donde se levantaría el ayuntamiento, la escuela, la iglesia, el parque,   levantaron albarradas con piedra caliza para evitar que los vientos de los huracanes desbastaran el pueblo a su antojo, repartieron los terrenos por orden de importancia, los que podían pagar el doble del precio de la repartición, un peso plata, se quedaron con los terrenos del primer cuadro del pueblo, y los que no se apostaron a sus alrededores, con el tiempo llegó un burdel con putas francesas que levantó su ubicación en las afueras de Miramar,  ahí los hombres que tuvieran el dinero podrían comparar amores aciagos entre sopores costeños  en medio del cuarto de lámina de zinc que hacía las veces de horno para cocinar amores a fuego lento.

Así han transcurrido los años y Miramar como todos los pueblos peninsulares de la puerta del Caribe, se llenó de misticismo y magia, por sus calles con el paso de los años se comenzó  a escuchar a la Xtabay,  su panteón acompasado de los muertos se pobló de unos seres verdosos  que todos comenzaron a llamar aAluxes.  Cuando era necesario  unas mariposas con la muerte a espaldas, las llamadas  Xmahana,   se posaban sobre las casas donde los anuncios y las noticias de los dioses debían ser escuchados. La iglesia fue fundada en honor a un santo del que nadie se acuerda ya, y es que San Francisco de Asís  en un arrebato salió del mar caminado a pata pelona, cruzó la plaza central, entró por el atrio de la iglesia principal, para con trabajo subir al nicho principal del retablo, despojar al santo sin nombre y posarse él, aun en estos días por más que se le limpie de los pies la arenilla blanca de la bahía esta reaparece, como símbolo del milagro. 

El calor era insoportable a esa hora del medio día, para cuando los metales llegaron a rematar el cortejo con una marcha fúnebre, un vapor salía de las piedras y subía lentamente  por el espacio inundándolo de una humedad malsana  que no permite respirar más que jadeando, mientras  el cortejo a paso desguanzado   rodeaba la entra principal del atrio para entrar en medio de los arcos de la iglesia. Apareció frente de la puerta principal un cura llamado Pedro Sandoval, con crucifijo en mano y con una boca de marinero lanzó improperios sobre los que ahí se hallaban reunidos.

-¡Impíos que Dios tenga misericordia del gran pecado que han cometido al traer a esa  codiciosa amante de los falso tesoros, tentada por el diablo, largo de aquí con sus ostentaciones que a Diós todo poderoso no le gustan estas faltas de respeto!

Así como Jesús corrió del templo a los usureros, el padre Pedro Sandoval arremetía con todos los del cortejo

– ¡y ustedes hijos del diablo, por dinero son capaces de lamerle la cola a Satán si es necesario, quítense las sotanas, las casullas, que pecando están, si por dinero se prestan a este teatro nefasto con el que el maligno quiere embaucar a los pobres ignorantes de esta comunidad! ¡y tú  Blandina Restrejo!, eres el vivo diablo, ¿qué burla es esta? , anda mujer de Lucifer quítate la mantilla y enséñanos tus ojos de demonio…

En medio de la perorata aparecieron dos sacristanes con machete en mano uno a cada lado del padre Pedro Sandoval, un crucifijo de madera colgaba en sus pechos y una cubeta de agua bendita a sus pies esperaba la indicación para ser vertida sobre todo el cortejo que se empeñaba mudo a entrar en la iglesia, Blandina Restrejo se levantó la mantilla y se dejaron ver un par de ojos de mulata vieja, hermosos, que retadoramente  se dirigieron al cura, sin decir palabra y en medio de la música de muerto que la orquesta hacía sonar, sonrió y  al mover el brazo en forma altiva aparecieron dos  negros cada uno con martillo en mano y cuatro clavos de plata, se apostaron uno a cada lado del cajón forrado en seda y procedieron a tapearlo  clavando la tapa, después de eso Blandina Restrejo asintió con la cabeza y el padre libanés en perfecto latín empezó con un servicio corto, que más que por creencia se oficiaba por  ponerle las pasiones sulfurosas al padre Sandoval, no fue extenso, apenas unos diez minutos cuando otra vez, a paso lento, asfixiante el cortejo se comenzó a mover por las calles de Miramar pueblo, rumbo al panteón en terrenos de Miramar puerto, y es que a pesar de que eran un solo pueblo la gente se empeñaba en hacer la división, como dejando claro que  la vida se mueve entre dos dimisiones, una buena y otra contraria, una positiva y otra negativa, una de este mundo y la otra no, una adentrada en la tierra de las  pasiones y la otra a orilla del mar del desapego, una sucia por el pecado y la otra lavada por las olas y las espuma del mar.

Eustolia Pech y Blandina Restrejo habían nacido ambas en Miramar, el mismo día, el mismo mes y el mismo año,  en medio de la inmundicia y pobreza del barrio de los pescadores, ambas habían sido abandonas a su suerte por sus madres apenas habían dejado la teta  y juntas habían jurado siempre proteger la una de la otra, así ambas fueron creciendo ajenas a los cambios que Miramar había tenido a lo largo de los años, juntas siempre  hasta el último de sus días, era inútil saber su edad exacta, no había ningún registro de su nacimiento y nunca fueron bautizadas, no había ni algo que le diera identidad y los nombre que tenían eran producto de años de reiterada obstinación por hacerse llamar así, nadie en el pueblo les respetaba sino hasta que compraron de contado la Casa de los Perros, una casona colonial en la zona más exclusiva de Miramar,  que tenía ese nombre  por dos sendos mastines de terracota que custodiaban la terraza que daba a la calle, de contado y con piezas de  oro macizo compraron la casa, cincuenta onzas en total se contaron por los derechos de esa propiedad, ahí llegaron Eustolia Pech y Blandina  Restrejo,  sin más ajuar que sus ropas roídas por la miseria, de inmediato y después que tomaron posesión del caserón comenzaron a llegar los cargamentos ostentosos con muebles de Francia, manteles españoles, loza china, tapetes persas, exóticas parafernalias que en el pueblo nunca se habían visto, ni tan siquiera en sueños, linos finos, sedas, brocados, abalorios, servicios de plata rematados con remache de platino,  dos carricoches negros con arneses pulidos para caballo que entrarían por la puerta de la Casa de los Perros para no ser vistos jamás, como jamás serian vistos los mozos que cuidaban la propiedad, todos en el pueblo aseguraban que tanta riqueza y ostentación no podía proceder de otro lugar que no fuera el mismísimo infierno, esta idea se fue reforzando con el paso de los años y por el fuerte olor a caca de guajolote que  anegó las calles que circunvalaba la casa.

El cortejo funerario se enfiló sobre la calle que lleva al panteón,  entre albarrada y albarrada, los pasos flemáticos del cortejo hacían de sí mismo una estampa lúgubre que nunca antes se había visto y que no se volvería a ver hasta la muerte del padre Pedro Sandoval, el cura con sus diáconos, los monaguillos y su cetro de oro y plata, la caja, Blandina Restrejo, y todos los mirones, incluso los músicos eran envueltos por una atmósfera demoníaca que hacía que los sonidos de las orquesta se escucharan metálicos reverberando por todos los rincones de la península y encaminados mar adentro se confundían con los cantos de las sirenas, aun hoy en día si pones atención puede escucharse la marcha fúnebre de Eustolia pech. El panteón a esa hora ya estaba abierto y el enterrador custodiaba el hueco rascado en el suelo de roca caliza, había sido necesario traer mozos de la rancherías para completar el trabajo, puesto que además de la dureza de la tierra ganada al mar, un fenómeno mágico sucedía a la hora de escarbar, a cada barreteo, con cada palada de tierra sacada de la tumba, una necesidad onda y vieja de tomar aguardiente se despertaba en la boca del estómago de trabajador en turno, que inmediatamente brincaba en busca del bule donde se hallaba tal destilado bebiendo de ella como si de eso dependiera su propia vida, la tumba de Eustolia embriagó a más mozos que el burdel del pueblo, se decía al paso de los años. Después de tanta faena y tanto pelear con las fuerzas que no son de este mundo, el enterrador, lánguido y parco entregó el trabajo a Blandina Restrejo, extendiendo la mano indicó que el trabajo estaba hecho, pero por la condición mágica del muerto tendría que ser pagada al doble, además de que tenían que ser repuestos los  tres galones de caña que se habían consumido en la labor, Restrejo, lentamente se colocó la mano en la cintura y por debajo del refajo saco unas monedas que a esa hora ya no eran de plata pura, habían adoptado una consistencia verde pastosa, más parecido al cobre que a la plata, extendió la mano ósea y entregó los fierros al sepulturero, no bien había recogido su mano cuando una ventolera se soltó, de inmediato los animales se inquietaron, lo gallos cantaron, los perros ladraron, los pájaros chirrearon. El viento hacia que las palmeras se balancearan de lugar para otro, como haciendo una danza macabra, el mar se picó y comenzó un oleaje intenso que hacía que los cascos de las barcazas de puerto protector chocaran entre sí; la fuerza era tal que la arena levantada exfolió el faro del rompeolas de la bahía, la  pintura blanca característica se fue cayendo, como si por sus muros se le pasara un papel de lija  delgadito.

El sol se fue apagando, la oscuridad fue ganando terreno, como una mancha venida de los más profundo del mar, arribó comiéndose todo a su paso, un silencio se fue prolongando por  todo Miramar, y el sopor inconcebible del medio se tornó en osco frío indomable, a lo lejos se veían los rayos del sol, pero el calor no se llegaba ni se sentía, a lo lejos se vea el mundo caminando a paso de reloj marcial, pero en Miramar el tiempo se había detenido justo en el instante preciso del último pago por la muerta, la tumbas se hicieron polvo, el salitre que guardan en su interior las fue corroyendo como el ácido corre a la carne.

La oscuridad fue tal que no se podía distinguir más allá de la nariz; todos los que morbosos y vendidos del cortejo se quedaron estáticos   cuando de entre los muertos surgió una  figura satírica, casi humano casi chivo, sus pezuñas peludas y gruesas  hicieron un ruido estrepitoso al plantarse  sobre las baldosas del cementerio,  en su dorso se podían apreciar las nervaduras que recorrían sus músculos, era una mole de pelambre, músculo y piel, sus brazos largos se repuntaban con grandes garras humanescas terminadas el afiladas uñas, un hedor inmundo a azufre inundó en un segundo al panteón, al pueblo, a la península, poco a poco la bestia se aproximó al féretro y de un zarpazo reventó la tapa, con una mirada retadora de fauno giró la cabeza hacia donde se encontraban los músicos y con una voz venida de las entrañas de la tierra ordeno tocar música, lo músicos en un estado de estupor, como poseídos tocaron una música tan sublime e inigualable que atormentaría a todos los que la escucharon por la eternidad, a un después de viejos muertos, la tapa de la caja se partió en dos, los clavos de plata salieron disparados por los aires y cuando cayeron al suelo, no eran más que pedazos de herrumbre. El cuerpo de Eustolia Pech salió expulsado, pero ya no era seda lo que el cuerpo vestía, sino harapos comidos por los gusanos que el cuerpo transpiraba por los poros de la piel; en medio de la oscuridad, las horas pasaban, y todo el estupor del acto parecía hacer las horas imperceptibles, justo cuando la bestia se echó la carne manida del cadáver al hombro, alguien pudo salir de la exaltación que el trance  provocaba  y con una voz de terror pudo articular una sola palabra

– ¡Huay chivo!-

Gritó desesperadamente, y como si esa sola palabra al ser nombrada tuviera un poder místico, hizo que el tiempo regresara a sus andanzas de manecilla de reloj, el mar tranquilo fue el de todas las madrugadas, no existía rastro de tolvanera, sólo un cajón de madera apolillado  con la tapa destrozada y lleno de piedras era mudo testigo de lo ahí acontecido.  La campanas del reloj municipal dieron la melodía que anunciaba las tres de la mañana, todos apestando a azufre corrieron en busca del padre Pedro Sandoval, corrieron como locos, corrieron dejando el alma en cada paso, corrieron rezando plegarias a San Francisco de Asís que había venido del mar para salvarlos.

Cuando pasaban por enfrente de la casa de los perros notaron que las paredes de  desmoronaban, que la puerta de caoba no era más que un amasijo de tablas apolilladas y viejas, la casa se veía como si en siglos nadie la hubiera habitado, sin embargo los perros de terracota se mostraban fieles protectores del dueño, relumbraban con un halo demoníaco, incluso más de uno los sitio gruñir al paso de los despavoridos.

Nada se supo de Blandina Restrejo, no se encontró ni sus huesos, no dejó rastro, desapareció, no así Eustolia Pech, en cada aniversario de la aparición del Huay chivo  se le veía pastoreando un atajo de chivos a orillas del camino que lleva a Miramar puerto, le  veía tan pobre como antes de hacer el pacto con el diablo.          

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